PERDÓNEME, CHARLESLa Iglesia anglicana acaba de pedir disculpas a Charles Darwin por haber tenido en su día el mal gusto de poner en duda la teoría de la evolución. No existe constancia de que Darwin haya dado las gracias por el detalle. Hace unos años, el Papa de Roma rehabilitó a Galileo y presentó sus excusas por la obcecación vaticana que mantuvo durante siglos a monaguillos, vicarios, obispos y cardenales en la convicción de que era el Sol lo que giraba en torno a la Tierra. Como acaba de hacer Darwin, el padre de la hipótesis heliocéntrica también guardó un silencio ofensivo, alentado, seguramente, por un temperamento rencoroso. No resulta sorprendente. Todos estos científicos suelen hacer gala de una educación deplorable.
Mi tía Laurencia recibió a los 82 años una visita insólita. Allí, bajo el dintel de la puerta de su casa, la esperaba un anciano decrépito y consumido aferrado a un fragante ramo de magnolias. Algo en aquella voz y en su pellejo avejentado le permitió reconocer en el visitante al Cipriano, su prometido de juventud, que en la víspera de bodas desapareció del pueblo dejando atrás novia, cura y convite. “Perdóname –le rogó el ajado galán a mi tía- Había un tráfico horroroso, y no he podido llegar antes”.
Hay en el mundo instituciones y gentes que no parecen particularmente dotadas para manejarse con las unidades de medida que el común de los mortales utiliza para amojonar el transcurso del tiempo. El pretendiente de mi tía Laurencia debió vivir a un ritmo desmedido, ajeno a las horas, como en un suspiro. A las iglesias anglicana y católica les ha ocurrido tres cuartos de lo mismo. Esta mañana, el arzobispo de Canterbury habrá caído en la cuenta, y, arreándose un cachete en la frente, se habrá dicho: “¡Cáspita! ¡Lo del Darwin!”. De similar manera, al sucesor de Pedro debió de parecerle que apenas fue ayer cuando se acabó de amontonar el pasto de la hoguera a la que habían pensado arrojar a Galileo.
Pero no seamos injustos. Este relajo con el que algunos se conducen, esta actitud esquiva con las obligaciones que impone el devenir de los años, este pasar sin sentir, no es patrimonio exclusivo de las iglesias y de los maridos frustrados de la Laurencia.
Sarah Palin, candidata a la vicepresidencia de los EEUU por el partido republicano, también padece este mal, aunque, en su caso, no se haya mostrado tan compasiva como la Iglesia de Inglaterra con el bueno de Darwin. La que podría ser la mujer más poderosa de la primera potencia mundial considera al padre de la teoría de la evolución poco menos que un embaucador. La Palin es una señora de armas tomar para quien la Asociación Nacional del Rifle viene a ser lo más parecido a una sociedad filantrópica.
Considerado como un derecho inalienable de las familias norteamericanas, la candidata defiende la conveniencia de que las escuelas instruyan a los más jóvenes en que eso de la selección natural y la evolución de las especies no es sino una pamema. La buena señora Palin, ejemplar ama de casa y corajuda gobernante, exige que las enseñanzas de Darwin se erradiquen de los planes de estudio para dar paso a la mucho más fundamentada teoría del “creacionismo” o, como se ha rebautizado recientemente con la intención de proporcionarle bouquet científico, del “diseño inteligente”. La señora Palin tampoco parece ser muy consciente de que el tiempo pasa.
Que la jerarquía de una iglesia se niegue durante décadas, o incluso siglos, a dar su plácet a lo que todos los demás ya han aceptado como una evidencia resulta poco más que pintoresco. Al fin y al cabo, y en retribución al sentido común, anglicanos y católicos han acabado por conceder que ni Darwin ni Galileo eran unos charlatanes. Lo que se antoja realmente inquietante es que el futuro gobierno de los EEUU pueda estar dirigido por un hatajo de fanáticos empecinados en discutir de nuevo lo que ya discutieron nuestros tatarabuelos. Vivimos tiempos de revivals. Vea, si no, lo que ocurre en Italia, donde Berlusconi ha dado en recuperar la muy mussoliniana tradición de fichar gitanos.
Cuando yo era joven, la mayoría sentía una cierta aprensión a la enconada resistencia que mostraban los nostálgicos del franquismo. Hoy, al calor de los nuevos tiempos, que son los más viejos, ha emergido un nuevo cuerpo de nostálgicos a quienes Franco y su régimen deben de antojárseles como el colmo de la modernidad. Las añoranzas de esta gente se remontan mucho más atrás, emparentados como están con los antidarwinistas de Palin y los neofascistas de Berlusconi.
Podría escribir otra porción de cosas sobre este asunto, pero he de dejarles. Tengo en la puerta al Cipriano, que se pregunta si los gladiolos resultarán más eficaces que las magnolias para persuadir a la Laurencia de que sus intenciones son honestas.
Mi tía Laurencia recibió a los 82 años una visita insólita. Allí, bajo el dintel de la puerta de su casa, la esperaba un anciano decrépito y consumido aferrado a un fragante ramo de magnolias. Algo en aquella voz y en su pellejo avejentado le permitió reconocer en el visitante al Cipriano, su prometido de juventud, que en la víspera de bodas desapareció del pueblo dejando atrás novia, cura y convite. “Perdóname –le rogó el ajado galán a mi tía- Había un tráfico horroroso, y no he podido llegar antes”.
Hay en el mundo instituciones y gentes que no parecen particularmente dotadas para manejarse con las unidades de medida que el común de los mortales utiliza para amojonar el transcurso del tiempo. El pretendiente de mi tía Laurencia debió vivir a un ritmo desmedido, ajeno a las horas, como en un suspiro. A las iglesias anglicana y católica les ha ocurrido tres cuartos de lo mismo. Esta mañana, el arzobispo de Canterbury habrá caído en la cuenta, y, arreándose un cachete en la frente, se habrá dicho: “¡Cáspita! ¡Lo del Darwin!”. De similar manera, al sucesor de Pedro debió de parecerle que apenas fue ayer cuando se acabó de amontonar el pasto de la hoguera a la que habían pensado arrojar a Galileo.
Pero no seamos injustos. Este relajo con el que algunos se conducen, esta actitud esquiva con las obligaciones que impone el devenir de los años, este pasar sin sentir, no es patrimonio exclusivo de las iglesias y de los maridos frustrados de la Laurencia.
Sarah Palin, candidata a la vicepresidencia de los EEUU por el partido republicano, también padece este mal, aunque, en su caso, no se haya mostrado tan compasiva como la Iglesia de Inglaterra con el bueno de Darwin. La que podría ser la mujer más poderosa de la primera potencia mundial considera al padre de la teoría de la evolución poco menos que un embaucador. La Palin es una señora de armas tomar para quien la Asociación Nacional del Rifle viene a ser lo más parecido a una sociedad filantrópica.
Considerado como un derecho inalienable de las familias norteamericanas, la candidata defiende la conveniencia de que las escuelas instruyan a los más jóvenes en que eso de la selección natural y la evolución de las especies no es sino una pamema. La buena señora Palin, ejemplar ama de casa y corajuda gobernante, exige que las enseñanzas de Darwin se erradiquen de los planes de estudio para dar paso a la mucho más fundamentada teoría del “creacionismo” o, como se ha rebautizado recientemente con la intención de proporcionarle bouquet científico, del “diseño inteligente”. La señora Palin tampoco parece ser muy consciente de que el tiempo pasa.
Que la jerarquía de una iglesia se niegue durante décadas, o incluso siglos, a dar su plácet a lo que todos los demás ya han aceptado como una evidencia resulta poco más que pintoresco. Al fin y al cabo, y en retribución al sentido común, anglicanos y católicos han acabado por conceder que ni Darwin ni Galileo eran unos charlatanes. Lo que se antoja realmente inquietante es que el futuro gobierno de los EEUU pueda estar dirigido por un hatajo de fanáticos empecinados en discutir de nuevo lo que ya discutieron nuestros tatarabuelos. Vivimos tiempos de revivals. Vea, si no, lo que ocurre en Italia, donde Berlusconi ha dado en recuperar la muy mussoliniana tradición de fichar gitanos.
Cuando yo era joven, la mayoría sentía una cierta aprensión a la enconada resistencia que mostraban los nostálgicos del franquismo. Hoy, al calor de los nuevos tiempos, que son los más viejos, ha emergido un nuevo cuerpo de nostálgicos a quienes Franco y su régimen deben de antojárseles como el colmo de la modernidad. Las añoranzas de esta gente se remontan mucho más atrás, emparentados como están con los antidarwinistas de Palin y los neofascistas de Berlusconi.
Podría escribir otra porción de cosas sobre este asunto, pero he de dejarles. Tengo en la puerta al Cipriano, que se pregunta si los gladiolos resultarán más eficaces que las magnolias para persuadir a la Laurencia de que sus intenciones son honestas.
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