viernes 6 de noviembre de 2009
El escritor Francisco Ayala ha muerto a los 103 años. El antropólogo Claude Lévi-Strauss no ha llegado a cumplir los 101. Mientras, millares de cretinos que aún no han alcanzado la cincuentena continúan entre nosotros. Va a ser cierto eso de que siempre se van los mejores.
Pero aventemos los prejuicios. Los mejores no son los únicos que se marchan. El conocimiento que procura la experiencia nos permite aseverar, sin género de duda, que también los peores la acaban diñando. Ayala y Lévi-Strauss, dos insignes modelos de ser humano, han muerto como lo harán, en un futuro que por piedad confiamos lejano, los implicados en la trama Gürtel, Agatha Ruiz de la Prada, el equipo directivo de Telecinco y los productores de José Luis Garci.
Nunca se ha dado el caso, al menos no está acreditado, de que todos los mejores se hayan marchado al mismo tiempo dejando tras de sí, y para desdicha de la especie, a todos los peores. Tampoco consta en parte alguna que haya sucedido lo contrario. Lo usual es que impere un orden aleatorio: hoy se marchan algunos de los mejores, ausencias que aumentarán mañana con el deceso de un puñado de los peores. Y así el mundo marcha que da gusto.
Resulta una abominación imaginar que algún día el ser humano pueda llegar a administrar el flujo de la muerte, cualquiera que sea el propósito que se persiga con ello. Sobre todo, si tenemos en cuenta los antecedentes. La infamia ha solido enseñorearse de la historia. Ha habido bárbaros convencidos de que exterminando a los otros, esto es, a los peores (los peores siempre son los otros), podría fundarse un orden nuevo uncido a las espaldas de los mejores. Estos exterminios, amén de odiosos, no suelen dar resultado y ponen de manifiesto el escaso tacto y la nula educación de quien los acomete.
Pese a todo, se antoja evidente que una buena gestión de la muerte no resultaría un ejercicio improductivo. Los gobiernos deberían ponderar la viabilidad de una burocracia tanatológica, constituida por funcionarios de carrera cuya formación garantizara la adecuada explotación empresarial de las defunciones. Con el afán de hallar a su tarea una rentabilidad social, estos empleados públicos estarían encargados de aplicar los principios de eficacia y eficiencia a esa desdichada experiencia que a todos nos aguarda al final del camino.
Quienes opongan objeciones al proyecto considerando su extraordinario coste acabarán aceptándolo si se les explica que no sería ni tan siquiera necesaria la creación de un nuevo ministerio. Apenas si bastaría una dirección general que, convenientemente organizada, fuera dirigida por un gestor de talento entre cuyos planes no figurara el de morirse próximamente. En tiempos que se prevean de mortandad de genios, este probo servidor público adoptaría las medidas necesarias para favorecer el fallecimiento de un mayor número de mastuerzos. Todo sería el resultado de una estudiada estrategia dirigida a compensar unas muertes con otras, una suerte de plan de emergencia concebido para aquellas épocas en las que los más talentosos ejemplares de la especie mostrasen una obstinada inclinación a morirse. Este equilibrio proporcionaría al mundo una estabilidad feraz.
Mientras tales adelantos nos alcanzan, habremos de conformarnos con aceptar el curso natural de los acontecimientos, la tiranía de la biología, los caprichos del azar. Si no fuera de mal gusto, avanzaría un cálculo sobre el número de indeseables que necesariamente tendrían que morir para compensar el óbito reciente de Ayala y Lévi-Strauss. No daré tales cifras, pues soy consciente de la impopularidad que granjea abordar de manera abierta y desprejuiciada asuntos como el que aquí se trata.
Aun así, yo ya tengo las cuentas hechas.
jueves 29 de octubre de 2009
Un alcalde corrupto no está sujeto a los inconvenientes que ocasiona a otro tipo de delincuentes ese empeño de la víctima por ponerlo todo pringado de sangre. Aun después de cometidos sus cohechos y prevaricaciones, sus trajes permanecen impolutos. Además, muchos alcaldes corruptos no están ni tan siquiera casados. Así pues, las piltrafas de intestino pegadas en la corbata y las esposas observadoras no son amenazas que se ciernan sobre la impunidad de nuestros delincuentes electos. Pese a todo, no deberíamos llegar a la errada conclusión de que estos delitos no dejan huella alguna tras de sí. De hecho, los latrocinios de estos mangantes difícilmente pasan desapercibidos para quienes mejor les conocen.
Un alcalde corrupto no puede cometer sus tropelías sin levantar sospechas pero, como el bueno de Jack en su esposa, el alcalde corrupto sabe que puede confiar en los suyos. Por muy escandaloso que sea su comportamiento, por mucho que recelen en el partido de sus recalificaciones y adjudicaciones, por muchas denuncias de afiliados que se hayan elevado a la consideración de la ejecutiva provincial, el alcalde corrupto está persuadido de que nadie dirá esta boca es mía. En el seno de los partidos políticos, como en casa de los señores de Destripador, el silencio es una virtud muy valorada.
La señora de Jack el Destripador, si alguna vez existió, vivió con la incertidumbre que proporciona no saber si quien llama a la puerta es un inspector de Scotland Yard. Si tal cosa hubiese llegado a suceder, si la policía de Su Majestad hubiese venido a prender al criminal, la señora de Destripador habría fingido sorpresa, estupor, desesperación; habría gritado como una ménade; se habría arrancado mechones de cabello; habría lamentado en público su ignorancia y lo engañada que andaba; habría abjurado de Jack y de la villanía de su comportamiento; habría pedido perdón al mundo y, finalmente, en un gesto calculado y teatral, se habría desvanecido sobre la calzada polvorienta ante la consternación y la compasión de un grupo de curiosos arremolinados en plena calle.
Si un alcalde corrupto es sorprendido con las manos en la masa, los dirigentes del partido mostrarán su indignación, advertirán de que tales conductas son inadmisibles en el seno de una organización fundada para la defensa de los más elevados valores, jurarán y perjurarán que no había modo de imaginar que tales cosas estaban ocurriendo, expulsarán de inmediato de sus filas al trincón y volverán a sus quehaceres como si nada de esto hubiese sucedido.
La señora de Destripador, si alguna vez existió, debió de morir reconfortada por el escrúpulo con que guardó la fidelidad debida al esposo y por la prudencia y tacto con los que se desenvolvió en vida.
Y es que, como gustaba de decir la señora de Destripador, los escándalos son veneno para el matrimonio.
viernes 23 de octubre de 2009
GNADOQue las cosas han cambiado, que ya no somos lo que éramos, que la herejía, la apostasía y el satanismo ya no merecen la reprobación urbi et orbi de la iglesia verdadera resulta notorio. El más burdo materialismo emponzoña las almas que otrora alimentaron con su torrente prístino y cristalino el manantial de la fe auténtica, aquélla que jamás se pervierte. Todo, incluidos los más delicados sentimientos, resulta susceptible de ser tasado en el mercado.
El ABC lo ha publicado: el Vaticano anuncia su intención de dar cobijo a un millar de pastores anglicanos descontentos con la deriva que el Arzobispo de Canterbury ha marcado para la iglesia de Inglaterra. ¡Una manga de herejes, británicos por más señas, en el seno de la Santa Iglesia Católica!
Habrá quien sostenga que un sacerdote anglicano contrario a la ordenación de mujeres y homosexuales no podrá hallar mejor cobijo que el que le proporciona la iglesia de Roma, tan poco dada a manifestar compasión por las instigadoras del pecado original y por los sodomitas. Y quizá tengan razón. Pero esto de la fe no es cosa de chalaneo, que quien se acuesta protestante debe levantarse protestante, que tiene que existir un orden, una decencia, una vergüenza torera, que sí, que Dios en todas las casas, pero cada uno en la suya, que ésta es la de Tócame Roque, un escándalo, un contradiós…
Ya hemos abierto las puertas a una sarta de curas fornicadores, acostumbrados a dejarse acompañar por sus señoras en las recepciones de la parroquia, padres de pequeñas criaturas que deambularán por el redil del catolicismo señalados con el estigma de haber nacido hijos del cura. ¿Qué será lo próximo? Quizás la curia vaticana esté considerando en este mismo instante la posibilidad de ofrecer acogimiento al clero más crítico del Palmar de Troya. O, por qué no, quiera tentar a los antiguos concejales socialistas de Benidorm con una canonjía rentable, ahora que ya no los quieren en el partido por tránsfugas e indisciplinados. O, yendo más allá, proponer a El Bigotes y a Ric Costa, denostados por los suyos, para los obispados de Barbastro y Sigüenza, respectivamente.
Llámenme antiguo, pero con Pablo VI algo así jamás habría sucedido. La feligresía se gana por la abundancia de corazón y la prodigalidad del gesto, no por cálculo y codicia. Resulta de todo punto inaceptable dejar paso franco a quienes, consigo, traen ideas y comportamientos que siempre hemos censurado, a quienes jamás creyeron en lo que nosotros siempre creímos. Es como si un partido político, con el único propósito de mejorar sus resultados electorales, aceptara entre sus filas a aquél a quien en el pasado criticó por deshonesto, inmoral e inclinado al latrocinio y al pillaje. ¿Se lo imaginan? ¿Una formación concebida para defender los intereses generales actuando con la sola y espuria intención de fortalecer la organización aun a expensas de socavar sus propios principios, de estafar a sus votantes, de propiciar lo que no es sino un fraude colosal? ¿A que no pueden imaginárselo?
Que Dios nos guíe.
viernes 16 de octubre de 2009
EL PUNTO DE VISTA El rostro de Nuestro Señor Jesucristo se ha asomado a las paredes de la catedral de Gibraltar sin permiso del Arzobispo de Canterbury, quien ha debido de ver en esta aparición una intromisión intolerable del bando católico, el indicio primero e indiscutible de una conspiración urdida a pachas entre Roma y el gobierno de España para promover una santa cruzada cuyo último propósito no es otro que el de hurtar el Peñón a H. M. Elizabeth II. “O eso, o una mancha de humedad”, replica nuestro fontanero a la máxima autoridad de la iglesia anglicana.
Ya sea debido a un servicio de mantenimiento negligente, ya al deseo del Todopoderoso por mostrarse a través de su hijo ante sus criaturas, lo cierto es que no cabe esperar un acuerdo al respecto. Los fontaneros y los católicos son sectas enfrentadas desde el principio de los tiempos.
La adopción de un punto de vista congruente con nuestros deseos y expectativas resulta condición indispensable para la felicidad. Un creyente que en lugar de rostros ensangrentados de cristos viera tan sólo manchas de humedad, estaría eligiendo un punto de vista inadecuado. Situaciones como la de este hombre de fe al que aludimos no suelen darse habitualmente, gracias a Dios. Lo usual es que cada uno vea lo que quiere ver. Esta estrategia vital nos permite reafirmarnos en nuestras convicciones y escapar de la melancolía.
Admiren ustedes al señor Mariano Rajoy quien hasta hace no mucho no veía en el caso “Gürtel” sino la malevolencia de una casta infame de policías, jueces y fiscales confabulados para socavar la buena imagen y la honra de los dirigentes populares valencianos. El punto de vista escogido por el señor Rajoy le congraciaba con la existencia y con su firme convicción de que si los buenos están en algún lado, ése es nuestro lado.
Y así vivimos, confiados en que el mundo es según lo miramos. Cada cual tiene su punto de vista, aquél desde el cual hace acopio de certezas. Quien se mira al espejo advierte que convive con el reflejo de un ser humano apuesto, fibroso y con un cabello abundante y vigoroso, la envidia de cualquier tricólogo.
El secretario general del Partido Popular vio la mancha pero no advirtió la suciedad del pigmento con el cual se dibujaban los cercos que la delimitaban. Rajoy anduvo persuadido de encontrarse ante un retrato afortunado y favorecedor de su amigo Paco Camps, hermoseado, en un segundo plano, por la galana figura de Ric Costa emulando en pose y afectación a Gunilla von Bismarck. El tufo a humedad ha acabado por cambiarle el punto de vista, con la consiguiente frustración y padecimientos.
Los fieles católicos gibraltareños se hallan plenamente convencidos de que lo sucedido en su catedral constituye un episodio milagroso que el Vaticano hará bien en considerar. Ninguno de ellos duda del carácter genuino ni del origen escatológico de la santa faz que ha venido a encaramarse a las paredes de su templo. A mí, en ocasiones, me ocurre algo parecido. Yo también veo caras. Miro a mi país, desde mi particular punto de vista, y, en lugar organizaciones políticas inspiradas en la satisfacción del interés general, advierto una mancha grande, turbia y viscosa que, observada desde muy cerca, parece delinear la silueta de El Bigotes. O es eso, o es la humedad.
martes 13 de octubre de 2009
EL MODELO ODONTOLÓGICOPero esto no es todo. Cualquier economista de medio pelo le confirmará que basta echar un vistazo a las dentaduras de los nacionales de un país para determinar su renta per cápita, su tasa de ocupación, su producto interior bruto y su índice de desigualdad. Las tensiones que históricamente han vivido las distintas sociedades a causa de la injusta distribución de la riqueza también pueden ser explicadas desde un punto de vista dental. No parece descabellado pensar que el concepto mismo de lucha de clases naciera alentado por una periodontitis, una gingivitis o una caries de caballo. Resulta sencillo imaginar a don Carlos Marx víctima de un inmisericorde dolor de muelas para el cual no halla consuelo ni paliativo. En tal estado, don Carlos toma la pluma y, enrabietado por los celos que le procura la dentadura sana, nívea y esmaltada del Káiser, concibe para el mundo y sus desheredados la idea de la dictadura del proletariado.
En esto llega don Vladimiro Ilyich Ulyanov, a quien los más reputados historiadores atribuyen una salud dental deplorable, y, no pudiendo soportar el desafecto y el rencor que alimentan en su pecho los salubres y bien formados molares, incisivos y caninos de los Romanov, organiza una revolución rusa de ésas que ya no se hacen. (Dicen que, en un alarde de dignidad y como testimonio póstumo del final de una raza, el Zar Nicolás II forzó la sonrisa ante el pelotón de fusilamiento para hacer bien visibles el perfecto cincelado de sus coronas, la armónica disposición de sus premolares, la vigorosa encía, tierna y colorada como la frambuesa).
En nuestros días, el bolchevismo carece del tirón del que gozó en otro tiempo. Nuestras democracias constituyen la evidencia de que una sociedad puede organizarse conforme a los principios de libertad, igualdad y justicia. He ahí el caso español. Pero, ¿a quién debemos atribuir el mérito de la transición de un modelo político fundado en el autoritarismo y el culto personal a otro inspirado por el reconocimiento de los derechos fundamentales y del principio de participación política del ciudadano? ¿A Suárez? ¿A la moderación de la izquierda? ¿A la Corona? ¿A la particular sensibilidad del ser español? Lugares comunes, prejuicios, simples falacias. Si hay un cuerpo social que merezca tal reconocimiento ése es el que integran los odontólogos de España.
Gracias a su pericia y dedicación, y a las modernas técnicas protésicas, las dentaduras de los hijos del solar hispano ya no reflejan las desigualdades económicas y sociales que mostraban las piezas dentarias de nuestros abuelos. La democracia odontológica, fundada en la erradicación de la caries y en la sustitución del diente enfermo por prótesis móviles y fijas, ha abatido las diferencias entre clases sociales.
Con todo, y pese a aceptar la incuestionable aportación de nuestros dentistas al progreso social y al desarrollo económico de la patria, mantengo, personalmente, una reserva. Los usuarios de dentaduras postizas me dan repelús. Todos comparten, sin excepción, una sonrisa siniestra. Esos dientes perfectamente alineados y simétricos que asoman pujantes bajo el labio superior me producen no poco temor y desasosiego. No sé por qué, pero se me infunde que dentro de quien sonríe se esconde un señor a quien tan sólo se le ve la piñata. Y, en la convicción de que si pienso mal, acierto, creo que el huésped es un tipo maligno y malintencionado empeñado en salir al exterior empujando con los dientes, un parásito que intenta escapar del pellejo que le proporciona cobijo.
Cuando miro a Juárez, no puedo dejar de pensar que utiliza dentadura postiza. Aunque, claro, no debe de ser el único.
jueves 1 de octubre de 2009
EL MUNDO MODERNOMi tío Hilario vendía máquinas de coser a domicilio. “Ya no se fabrican ingenios como éstos, no señor”, se lamentaba mi tío ante las visitas. Un sorbito de menta-poleo, un par de cabezazos resignados, y vuelta la burra al trigo. “Juro como que hay Dios que son sólidos estos cacharros. Acero prensado, no les digo más. Pero no de una robustez fría, como pudiera pensarse. Estos aparatos tienen algo humano. ¡Me invade un escalofrío con sólo escucharme! Pasas las yemas de los dedos sobre su cuerpo metálico y la máquina te devuelve el tacto de una piel adolescente. Sí, ya sé, parece una chaladura, pero…”
Las amigas de mi madre no perdían hilo al relato de mi tío. Mamá, acostumbrada a aquellas narraciones heroicas de sobremesa, aprovechaba para hojear el “Lecturas” con disimulo.
“Estas máquinas de coser son un instrumento del progreso. La patente procede de Manchester, una de las cunas de la revolución industrial. ¿Conocen Manchester? No, claro. Pero no les hará falta para apreciar la suavidad del mecanismo de las máquinas de coser Ladymate, su sencillo manejo, el amable trato que dispensa a los tejidos, aun a los más delicados. Patente inglesa, pero fabricadas por Herederos de Domènech Bofarull en su fábrica de San Baudilio de Llobregat”.
Aquella obra de la ingeniería doméstica tenía una madre, la fértil inventiva industrial de los hijos de la Gran Bretaña, y un padre, el gerente de Domènech Bofarull. Compartida esta revelación, mi tío callaba. El suyo era un silencio dramático, premeditado. Intentando el efecto pretendido, mojaba un pellizco de bizcotela en la taza de menta-poleo. La interrupción, unida al chapoteo del bizcocho en la infusión, irritaba al auditorio. Todas querían desvelar hasta el último de los misterios de aquella bendición de la técnica finisecular puesta al servicio de las amas de casa y de los establecimientos comerciales dedicados a la confección de uniformes militares y hábitos eclesiásticos.
“Por si en algo les beneficiara saberlo, les diré que la sastrería que viste a Pablo VI tiene suscrito un acuerdo mercantil con Ladymate por el que se obliga a utilizar nuestras máquinas. Ni que decir tiene que comparto esta información con ustedes en la seguridad de que me guardarán la confidencia. En el Vaticano son muy recelosos para según qué cosas. Pero, sí, las agujas de las Ladymate han pespunteado las casullas del Papa”.
Bastaba la mención a Su Santidad y al refuerzo de las costuras de sus casullas para que las asistentes a la velada coreografiaran un “oh” unísono y admirativo. Y era justo en este momento cuando mi tío daba por finalizada su disertación. Retiraba la menta-poleo con un gesto reposado, se excusaba ante las amigas de mi madre y se encaminaba hacia el pasillo, camino del retrete, para echar una meada.
Siempre sucedía del mismo modo. Una de las visitas perseguía a mi tío por el corredor, lo alcanzaba a la altura de la cocina y le rogaba un precio asequible para hacerse con una de aquellas maravillosas máquinas de coser. “No podría hacerle una cosa así a una de las mejores amigas de mi hermana. Las máquinas Ladymate son una estafa. Sólo si quisiera perder el índice de la mano derecha, que es lo que le ha sucedido a la inmensa mayoría de las costureras de Manchester, le recomendaría que invirtiese su dinero en uno de estos trastos mugrientos. No crea todo lo que oiga. Y, ahora, si me permite…” Y se marchaba a completar su micción.
Cuando le afeábamos su incoherencia, aquellas encendidas soflamas a favor de la máquina Ladymate, mi tío respondía: “Vivo de vender máquinas de coser. Si no me engañara a mí mismo, ¿cómo podría engañar a los demás?”.
Mi tío Hilario era un adelantado a su tiempo.
sábado 26 de septiembre de 2009
UN HOMBRE ESCÉPTICOLa credulidad ha sido un incentivo para los criminales de todas las épocas. La Historia enseña que, en todo tiempo, pánfilos, confiados y cándidos han servido de aliento a los más refinados estafadores, a los más brutales salteadores, a los más abyectos asesinos. Detrás de cada envenenador, de cada traficante de órganos, de cada tratante de esclavos, hay un pardillo que no atisbó el peligro. Los anales de la infamia están colmados de inocentones que abrieron las puertas de sus casas a sus verdugos.
El escepticismo es la actitud que conviene a quien no quiere verse sorprendido. Las enciclopedias que versan sobre estas cosas confirman que, de toda la vida de Dios, siempre ha sido más fácil degollar a un creyente que a un escéptico. Esto es vox populi en el mundillo del hampa.
El escepticismo es una inclinación de las almas experimentadas, una barricada tras la que se parapeta quien creyó y, desengañado por los años, abrazó la incredulidad como una medida profiláctica.
Pese a la evidente superioridad del escepticismo sobre la credulidad, la duda no goza de buena reputación social. A ojos del sentido común que es de uso entre las gentes de buen tono, quien ha asumido que el mundo es un asco, que nos quedan cuatro días y que la leche desnatada no es sino suero aguado constituye un caso clínico que requiere ser tratado con trankimazines, antidepresivos y sedantes. Por el contrario, si algún idiota perora desde un balcón que la felicidad está a la vuelta de la esquina, que llegará el día en que acabarán las guerras y que los bífidus activos de los yogures resultan realmente eficaces, no faltará quien celebre la jovialidad de la criatura, sus ganas de vivir, su carácter desenfadado y efervescente. Un pesimista con fundados motivos para serlo es tenido en nuestro tiempo como un objeto de estudio médico. Frente a él, un cretino con entusiasmo es encumbrado a la categoría de ciudadano ilustre, de modelo para la juventud.
Si les hubiese sido dada la oportunidad de recuperar sus vísceras y volver a la vida, las prostitutas londinenses que intimaron con Jack el Destripador no se habrían dejado engatusar una segunda vez por el misterioso caballero del sombrero de copa que emergía de entre la niebla. Si Jehová, tal y como las cerró, hubiese querido abrir de nuevo las aguas y devolverlos sanos y salvos a la orilla, los soldados egipcios se habrían cuidado muy mucho de adentrarse otra vez en el Mar Rojo para seguirle los pasos a Moisés y sus muchachos. De haber conocido los resultados de antemano, la modelo habría replicado al insistente escultor que para el Monumento a la Madre iba a posar su señora abuela.
Todo esto, que contado así puede antojarse una cosa abstrusa, ininteligible, tiene, sin embargo, su aplicación práctica a los asuntos de la vida cotidiana. La experiencia avala que la estancia veraniega de los cuñados y su prole en nuestro apartamento de la costa no se limitará a un par de días, tal y como anunciaron antes de su llegada. Quien ha vivido lo suficiente sabe que el bicho peludo que nos olisquea la pantorrilla en plena calle muerde, pese a que su amo insista vehementemente en desmentirlo. Los escépticos hemos acabado por aceptar que si el telefonillo de casa suena, no será para alertarnos de que, al fin, ha llegado el alma gemela que andábamos buscando, el amor puro que anhelábamos, la graciosa criatura que habrá de procurarnos la felicidad que ansiábamos. A estas alturas ya estamos seguros de que, si no se trata de un repartidor de publicidad, quien nos reclama ante el portero automático es un empleado de la recaudación municipal o un predicador de la Iglesia de los Santos de los Últimos Días.
Todo lo cual nos conduce, de manera natural e irremediable, al Plan Estratégico Algeciras 2015. Y debe de ser la edad, pero es que no consigo creerme nada.
sábado 19 de septiembre de 2009
Los socialistas andaluces han anunciado su intención de crear una fábrica de ideas que, quizá, acabe proporcionando un bienestar público similar al que procuró la factoría de bragueros regentada por mi bisabuelo, q. e. p. d.
La naturaleza misma de la iniciativa emprendida por el PSOE en nada difiere de la que acometió mi antepasado hace ya un siglo. Aquel empresario benéfico y ejemplar vislumbró desde muy temprano el brillante porvenir de una actividad basada en la aplicación del sistema de producción industrial a la confección de bragueros. Hasta entonces, la del braguero había sido una manufactura cultivada, en exclusiva, por gremios de artesanos incapaces de adivinar el potencial de un producto que tan bien se avenía al proceso de montaje en cadena. Del mismo modo, y en una de esas premoniciones que distingue a los pioneros, el PSOE ha impulsado la producción a escala industrial de un artículo cuya fabricación había tenido, hasta la fecha, un carácter puramente doméstico y artesanal. ¿Por qué confinar el rico mundo de la gestación de ideas a la iniciativa individual pudiendo erigir una fábrica capaz de generarlas al por mayor en todos los modelos y colores, adaptadas a las exigencias de la temporada y al gusto de nuestra distinguida clientela?
Antes, uno podía verse asaltado por una idea en la cola de un cine, durante un atasco en la 340 o mientras disfrutaba de la quietud y la intimidad que proporciona el excusado. Fueron tiempos que ya no volverán.
La fabricación de ideas con miras a proporcionar a la militancia un pensamiento pulcro y acabado y una consistente imagen publicitaria al partido constituye un hallazgo excepcional y un esfuerzo encomiable. Pero, ¿qué mente privilegiada maduró y alumbró la idea fundacional de este proyecto singularísimo? ¿A quién se le ocurrió la idea de la fábrica de ideas?
Caben dos respuestas a la que algunos tendrán por insidiosa pregunta. Tal idea podría haberse fraguado al modo tradicional, es decir, pensando, para lo cual habrá de considerarse la posibilidad de que en un partido político puedan encontrarse dos o tres entendimientos capaces de tamaña hazaña intelectual. También pudiera ser que se tratase de una idea importada, facturada por una multinacional dedicada a la fabricación de ideas cuya sede podríamos ubicar en Montgomery, Alabama, que es el lugar donde deberían radicarse siempre este tipo de establecimientos. Como todos convendrán, esta segunda posibilidad se antoja la más razonable.
La fabricación en cadena de ideas no está exenta, sin embargo, de riesgos y complicaciones. Los imponderables, a los que no resulta ajena la cadena de producción, pueden hacer que se lance al mercado una idea defectuosa, lastrada por taras que impidan su comercialización. Se han dado casos en los que los fabricantes diseñaron una campaña militar para la democratización de un país y la erradicación del terrorismo fundamentalista y acabó saliendo una invasión de corte colonial jalonada por un sinnúmero de crímenes de guerra. Ni la FAES es inmune al error.
Para prevenir tales males, y aun reconociendo que, propagandísticamente, el impacto de un braguero es menor al de una buena campaña publicitaria, sugiero a los socialistas que, mejor, se decanten por la ortopedia. Es sólo una idea.
viernes 11 de septiembre de 2009
UN LIBRO ASÍ DE TOCHOUn automatismo del pensamiento nos induce a creer que la abundancia resulta preferible a la escasez. De ahí, el prestigio del que gozan las multitudes, la riqueza y los pechos siliconados. Un teatro abarrotado de público es testimonio del éxito de la representación, por muy gañanes que sean los que sienten sus posaderas en las butacas. Un magnate de la industria del automóvil concita una admiración proporcional al tamaño de su fortuna. Pamela Anderson, alborotando junto a la playa embutida en su bañador rojo, pasaría desapercibida sin el reclamo de la hipertrofia mamaria que la hizo célebre. Mucho, mucho y si puede ser más, mejor.
Deténgase a reflexionar sobre ello y concluirá que lo opulento, lo cuantioso, lo copioso añade a las cosas del mundo un timbre de calidad, de excelencia del que, al menos entre la masa, no goza lo breve, lo austero. Si el pregonero de la feria de su pueblo invierte una hora y cuarto en exaltar las inigualables bellezas del terruño y la hospitalidad de sus gentes, los asistentes aplaudirán con entusiasmo la intervención por juzgarla de acuerdo a la extensión que se espera de un pregón de las fiestas patronales. Habrán podido dormirse durante la disertación, habrán podido maldecir a la parentela toda del orador y a sus descendientes venideros, habrán podido ocupar la mayor parte de esa hora y cuarto en la exigente tarea de extraer el pellejo a medio kilo de altramuces. Pero, concluida la monserga, todos aplaudirán encendidos la incontestable valía literaria de la pieza que acaban de escuchar. El pueblo encuentra en la cantidad virtudes que no reconoce a la calidad.
León Tolstói tuvo presente todas estas cosas cuando decidió acometer la escritura de su “Guerra y paz”. El autor ruso adoptó una prevención que cualquier literato en ciernes que aspire a convertirse en una celebridad debería imitar. Obstinado en que la suya fuera tenida como una de las novelas más elogiadas de la literatura universal en todos los tiempos, Tolstói decidió escribir y escribir y, puestos a ello, hacerlo sin mesura, sin freno, compulsivamente. Tan denodada empresa alumbró un libro de apretada prosa y de dimensiones y peso suficientes como para cascar kilo y medio de nueces de California. Tolstói sabía que un tocho tal disuadiría de su lectura a la práctica totalidad de sus contemporáneos quienes, enfrentados a tamaño ladrillo, atenderían sólo al grosor del libro y concluirían, según la lógica aquí expuesta, que una novela de doce centímetros de grosor había de ser necesariamente una obra maestra de la literatura universal. La mayor parte de los españoles adultos en algún momento de nuestras vidas hemos huido despavoridos ante la sola idea de tener que leer, de principio a fin, el tochaco que Tolstoi tuvo a bien escribir. Esto, sin embargo, no es obstáculo para que, en el caso de ser preguntados por ello, todos coincidamos en que “Guerra y paz” es una de las cimas de la novelística rusa. Sin duda alguna.
Éste es el signo de los tiempos y en ello se encuentra la cifra del éxito. Todo consiste en acumular. Si es usted idiota y acaba de alumbrar una idea idiota, no sea modesto. Indague para dar con el paradero de otros idiotas emparentados con usted por idéntica idiotez que, preferiblemente, hayan parido ocurrencias tan idiotas como la suya, y funde una asociación, un partido político, una religión o un sindicato. Esta suma de esfuerzos e inteligencias quedará plasmada en una obra fundamental que reunirá las cuantiosas idioteces paridas por los entendimientos de los padres fundadores, y esa obra, esencial y necesaria, será el germen de un manifiesto político, de un programa electoral o de una nueva Biblia. No me cabe duda alguna de que la editorial Planeta abonará una generosa cantidad por los derechos de una obra como ésta. Bastará con que supere las 600 páginas.
viernes 4 de septiembre de 2009

El espejo me devuelve el reflejo de uno de estos individuos orondos y me malicio que ese tipo, tan parecido a mí, se ha comido a quien yo era.
Resulta una excentricidad, no lo niego, pero esta sensibilidad recién adquirida para apreciar el incremento de volumen del cuerpo adopta, en mi caso, una dimensión moral. Me explicaré. No sólo me veo gordo a mí mismo, sino que advierto con horror cómo la gente a la que dispenso mi afecto también ha sido atacada por este proceso lento pero irreversible al final del cual aguardan unos pantalones de la talla 64. Todos aquéllos a quienes profeso mis simpatías (que, son, por lo tanto, todos los que, según mi particular percepción, albergan virtudes y cualidades que me resultan gratas) están gordos. A mis ojos, una persona virtuosa en nada se distingue de un luchador de sumo.
Por supuesto, esta alucinación, porque no puede tratarse de otra cosa, posee un carácter simétrico. Sucede que cuando mi atención se concentra en las personas hacia las que siento una indisimulada antipatía el fenómeno se invierte. Si la casualidad me obliga a cruzarme en la calle con uno de estos sujetos despreciables, no veo al villano, al usurero o al hipócrita sino a un individuo estilizado, de armónicas facciones, ajeno a los lastres que impone la obesidad, grácil y ligero como la Paulova, todo un figurín. Y es entonces cuando me persuado de que el mal y su práctica proporcionan un tipín que no puede prometer ningún producto dietético del mercado.
No aspiro a ser el único trastornado aquejado de esta disfunción sensorial. Puede ser, y no crea que no medito sobre ello, que aquéllos a quienes tengo por gente abyecta se enfrenten, apostados ante el espejo, al reflejo de un ser humano de dimensiones paquidérmicas. Quizás, los malvados que me parecen sílfides se lamenten de lo mucho que han engordado en los últimos años. Y, del mismo modo, pudiera ser que ellos, de reparar en mi apariencia, hallaran en mí a un individuo enjuto y fibroso. La existencia es gorda o enclenque según los ojos de quien la juzgue.
Esta subjetividad, que impide la clasificación moral de los moradores del planeta en gordinflones y flacuchos, constituye un serio obstáculo para el progreso de la humanidad y el perfeccionamiento de nuestras sociedades. Imaginemos una civilización en la que, de manera objetiva, mensurable y con posibilidad de verificación, pudiera aseverarse que las buenas personas tienen, sin excepción, papada, barriga cervecera y arrastran diez arrobas por las vías públicas. Consecuentemente, en esta sociedad utópica, los flacos serían, necesariamente, gente de poco fiar, pervertidos, simuladores, rufianes, traicioneros, amigos de lo ajeno, perjuros, taimados, serviles, mendaces… Esto es, la esencia de la malignidad.
Una humanidad así organizada, depararía no pocos beneficios al bien público. Podríamos saber si el tendero nos sisa en el peso de los calabacines con tan sólo echarle un vistazo. Advertiríamos sin dificultades si el candidato del cartel electoral es un mentiroso o un sujeto íntegro. Acudiríamos al altar en la seguridad de que nuestra pareja observará su obligación de fidelidad hasta sus últimos días. Los tenderos, los candidatos y los cónyuges, cuanto más gordos, más fiables.
Una vida así de gorda nos protegería de la desdicha.
LA TENTACIÓN VIVE ABAJOQuien crea que sólo del nicho hacia fuera residen el éxito profesional, el amor loco, la satisfacción de la carne, el orgullo del linaje, la felicidad desmedida, la tristeza inconsolable, la honradez insobornable, la castidad que purifica, la salacidad que condena, el triunfo de nuestros colores, las suegras, las visitas de cumplido a casa del cuñado, Halle Berry, la peste bubónica y los apartamentos en Oropesa se equivoca de medio a medio. Sostener que esta sarta de dichas e infortunios se detiene ante la frontera de la muerte es cosa de ateos y descreídos. Un japonés anónimo ha tenido la clarividencia de advertir esta verdad y, para reafirmar su convicción de que hay algo más allá, ha decidido comprarse la tumba vecina a la de Marilyn Monroe. En el caso que nos ocupa, puede decirse que la tentación vive abajo.
Lo que a ojos de gente iletrada puede reputarse de extravagancia es, para quien ha reunido los suficientes conocimientos acerca de la escatología y las religiones, un acto congruente con la naturaleza del hombre. El comportamiento de nuestro amigo nipón en nada difiere del de Tutankamón, quien, en un alarde de inteligencia, dejó a sus súbditos precisas instrucciones acerca de las vituallas y enseres que habían de depositarse en su tumba. El faraón preveía un viaje largo, por lo que no olvidó proveerse de un lujoso mobiliario, carros ligeros, suntuosas estatuas, vasijas de alabastro y, por si la gusa acuciase, de generosas raciones de carne de buey, cebada, almendras, dátiles y jarras de vino. El egipcio creía en una vida más allá de la presente y pensó que no era bueno enfrentarse a ella con una mano delante y otra detrás.
El japonés, como el faraón, también anda persuadido de que la muerte no es sino una suerte de excursión que resulta necesario amenizar con algún divertimento. Y, en eso habrá de concedérsele la razón, pasar toda una eternidad tumbado encima de la Monroe es, de entre todos los esparcimientos posibles, uno de los mejores.
Si, como convienen la mayoría de los credos religiosos, la muerte no es sino el inicio de un largo y placentero viaje al final del cual nos aguarda la felicidad suprema, habrá que considerar si no sería conveniente emular a este previsor hijo del País del Sol Naciente. Como nadie discute, uno de estos días una enfermedad cruel e incurable, o un competidor envidioso y ducho en el uso de venenos de fulminantes efectos, o un piano desprendido de un andamio, o la atragantá de un portero de discoteca nos facturarán para el otro barrio. Y si esto es así, y me temo que será así, ¿cómo no preguntarse por la condición social, estatus profesional, ingresos anuales, hipotecas en vigor, número de descendientes, filiación política, hobbies, educación y perímetro torácico de aquéllos a quienes la fortuna convertirá en nuestros compañeros de periplo? ¿Seremos capaces de esperar el momento funesto sin sentirnos soliviantados ante la posibilidad de que los nichos fronteros al nuestro sean ocupados por, pongamos algunos casos, un asesino de incautas ancianas, un descuartizador de rubicundas adolescentes, un estrangulador de lánguidas prostitutas o un pregonero de las fiestas locales? ¿De veras que no nos perturba la idea de caminar hacia la eternidad entre tan indeseable vecindad?
Hagamos como el japonés y, previsores, reservemos un nicho en la crujía donde descanse lo más granado del camposanto: arquitectos galardonados, financieros afamados, modelos de pecho abundoso, patricios distinguidos con el Especial de Pura Cepa… La reputación póstuma ha recibido el desdén de este mundo materialista abandonado al hedonismo. Ya nada importa la identidad, ni el currículo, ni la catadura moral de aquéllos que serán enterrados junto a nosotros. Lo mismo da una madre Teresa de Calculta que un Bernard Madoff. Dan ganas de no morirse.
lunes 17 de agosto de 2009

Desde este punto de vista, la condición de técnico no es sino una prueba palmaria de que, tal y como consagró la Revolución Francesa, todos los miembros de nuestra especie son iguales. Todo español, sin distinción de sexo, raza, religión u opinión puede acabar convirtiéndose, a poco empeño que ponga en ello, en un reputado técnico.
Debemos a las privilegiadas cabezas de los revolucionarios franceses una porción de las ideas que todavía hoy empleamos para organizar nuestras sociedades. Esas cabezas, durante el tiempo que consiguieron mantenerse sobre sus respectivos hombros, no cesaron de alumbrar ideas nacidas para el engrandecimiento moral de los hombres. Los revolucionarios se dejaron arrebatar por el sabor ferruginoso de la sangre y, una vez rebanados los pescuezos más conspicuos de la aristocracia, se acomodaron en sus sillones Luis XVI y se pusieron a pensar. Y ya se sabe que el ejercicio físico abre el apetito y excita la actividad intelectual. Nacieron así los principios éticos fundamentales sobre los que aun hoy día encuentra asiento nuestra vieja Europa: la “liberté”, la “fraternité” y la “egalité”.
Cuando el responsable de una administración pública española afirma que un congénere suyo posee la categoría de técnico no se limita a describir un estatus profesional. Aseverar tal cosa supone proclamar, implícita pero no por ello menos evidentemente, que todos los seres humanos somos iguales, que Dios nos dotó a todos, hombres y mujeres, de idéntica dignidad en el acto de la creación, que, en virtud de esta equivalencia, todos estamos capacitados para hacernos acreedores a una doble recompensa: una vida eterna en la cálida compaña de Dios Padre, que habrá de llegar tras la muerte física, y un puestecito como técnico en la administración pública, logro que sólo puede verificarse en el transcurso de nuestra existencia mundana.
Que la condición de técnico es cosa que iguala a los hombres no puede dudarse y, como se ha visto, resulta sencillo de sostener. ¿Qué otra condición distinta a la de técnico equipara de esta manera tan desprejuiciada y generosa a los seres humanos? Esto es algo de sobras conocido en los despachos de los ministerios, las salas de reuniones de las consejerías y los urinarios de los ayuntamientos.
Un técnico, además de todas estas cosas que venimos contando, es el mejor amigo del ministro, el consejero, el concejal. Del mismo modo que las ancianas se escudan tras su avanzada edad para colarse ante la ventanilla de la oficina de la contribución, los gestores públicos suelen aludir a los técnicos para justificar por qué tal cosa se hizo o se dejó de hacer. Eso sí, nunca sabremos si el referido técnico invirtió años de estudios en las más prestigiosas universidades para adquirir su pericia o si, por el contrario, sus capacidades se reducen a vigilar con disposición sabuesa que los perros no defequen bajo el letrero donde se advierte a la ciudadanía de que en aquel lugar se da albergue a un centro la administración local.
sábado 8 de agosto de 2009

Galileo se obstinó en la peregrina idea de que la Tierra giraba en torno al Sol. Hay que ser muy cretino para propalar aquí y allá tal cosa, sobre todo si se tiene en cuenta que todo el mundo sabe, desde el Papa hasta el inquisidor más humilde, que en el éter, obra de Dios, todo da vueltas alrededor de nuestro planeta. Un memo y un hereje, eso era Galileo.
Pero pasó el tiempo, y, con él, los remilgos que el parecer común oponía a las teorías de Galileo. Los colegios públicos aceptaron el heliocentrismo en sus libros de texto, la televisión recreó la vida del científico hasta entonces denostado en inacabables seriales dramáticos, la misma Iglesia Católica, Apostólica y Romana cedió y acabó por aceptar que, al final, el tonto de la baba éste tenía razón. Y Galileo ascendió desde las brumas abisales de la cretinez a los altares de la genialidad. Como más arriba queda consignado, todo fue cuestión de tiempo.
¿Y qué decir del inglés aquél que sostenía ante quien quisiera oírle que todo quisque, usted y yo, la Reina de Inglaterra y el cobrador del gas, independientemente de su condición social y recursos económicos, tiene a un mono entre sus ancestros? ¿Habrase visto chaladura mayor? ¿Un mono, dice usted? ¿En mi familia? ¿Un antepasado chepudo, con el cuerpo lleno de vello y dedicado a espulgar a sus congéneres? ¿Un apestoso simio trepando por mi árbol genealógico, ciscándose en mi linaje, una dinastía de industriales del ramo textil, mi bisabuelo, fundador del Círculo Mercantil de Barcelona, mi abuelo, Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo, mi padre, tesorero de Fórum Filatélico? El mono lo será usted, caballero. ¡Será mastuerzo!
Con los años, la paleontología, la genética, la anatomía comparada, la bioquímica y otra porción de ciencias acudieron en ayuda de Darwin y sus teorías. La evolución se asumió como una evidencia y todos, pese a la duda que aún se mantiene en algunas parroquias, aceptaron la genialidad del británico y la singularidad de su hallazgo. Darwin transitó, en apenas unas décadas, de majarón con prestigio de charlatán de feria a padre de la moderna ciencia natural. Era cuestión de tiempo.
Ante tales antecedentes, no queda sino aconsejar a nuestros conciudadanos que no emitan juicios precipitados acerca de lo que puedan decir sus vecinos. Una idiotez, una majadería, no es sino una idea genial sin madurar, la semilla de un descubrimiento que cambiará nuestra percepción del mundo, el óvulo donde habrá de germinar un coloso intelectual al que la posteridad venerará. Nadie nos garantiza que, tras su apariencia zangolotina y desmañada, tras sus torpes balbuceos, tras la necedad de sus palabras, el inquilino del 7ºB no esconda un pensamiento fértil y abundoso, una lucidez de entendimiento que sólo se pondrá de manifiesto transcurrida, pongamos por caso, una docena de siglos. El soplagaitas de hoy puede ser el rutilante filósofo del próximo milenio.
Así que si se le viene de pronto a las mientes una estupidez, sea cual sea su calibre, exprésela sin reservas. Piense que obtener el reconocimiento de las generaciones venideras como hombre irrepetible y providencial es un premio que bien merece pasar por un auténtico cenutrio a ojos de sus contemporáneos.
lunes 3 de agosto de 2009

Habían sido traídas en autobuses desde las distintas circunscripciones electorales de la región, lo más selecto del gremio de plañideras, y ellas, aplicadas y expertas, dedicaron toda la noche y buena parte de la madrugada a gemir desconsoladas en torno al lecho mortuorio. De haber podido, el infortunado secretario provincial del partido habría celebrado el efectismo de la puesta en escena.
La estancia en la que se velaba el cadáver de aquel zorro de la política iba siendo ocupada en disciplinado orden por aquéllos que mejor le conocieron en vida. En una esquina, intercambiando confianzas y chistes subidos de tono, departían los más adinerados empresarios de la provincia: esforzados hombres de negocios, ciudadanos intachables, inagotables creadores de riqueza, inasequibles al desaliento y a la Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal de la Dirección General de Policía.
Junto a la ventana, circunspectos, media docena de ojerosos y barbudos intelectuales locales maldecían la brevedad de la existencia y la inoportunidad de este deceso, prueba palmaria de que la muerte no sabe de calendarios ni de programaciones, ya ves, un par de semanitas más y el fiambre habría disfrutado del tiempo necesario para cumplir su promesa de firmar un generoso convenio por el cual la Diputación Provincial correría con los gastos (onerosos, como corresponde a toda creación artística que se precie) de la edición completa en rústica de las obras firmadas por los más relevantes poetas de la capital. “Siempre se van los mejores”, lamentaban a coro los de las luengas barbas.
Más allá, fieles a la proximidad de la mesita donde se habían dispuesto los emparedados y los refrescos, guardaba respetuoso silencio una representación de los asesores nombrados por el partido en las más diversas instituciones públicas. Aquél a quien se tenía por el mejor preparado de todos ellos (su destreza para superar holgadamente los exámenes de 1º de BUP, con la única mácula de sendos suspensos en Química, Literatura, Historia, Educación Física y Pretecnología, le había proporcionado tal reputación) había sido escogido para dar lectura a una oda fúnebre.
Quienes detuvieron su mirada sobre el hombre elegido para glosar las excelencias del difunto podrían haber creído que el ligero temblor de sus manos, la copiosa sudoración que le perlaba la frente, el tic incorregible de su ojo izquierdo no eran sino la expresión de la inquietud que le asaltaba ante la magnitud de la tarea que le había sido encomendada. No era eso, no. Los padecimientos del asesor eran de muy distinta naturaleza, pues estaban alentados por un recuerdo, el de aquella tarde en la que, animado por la prometedora carrera que podría proporcionarle tan ínclito mecenas, prestó juramento de fidelidad al secretario provincial, hoy ya difunto, con un entusiasmo servil del que aquí, en el velorio, se arrepentía: “Secretario, cuente conmigo. Allá donde vaya usted, iré yo”, le prometió. Resultaba absurdo, desde luego, pero la posibilidad de que, aun tieso como la mojama, el secretario abandonase el féretro para exigirle el cumplimiento de su compromiso le desazonaba. “Ya va siendo hora”, le conminaba el fiambre en su alucinación, y él, espantado, creía no disponer de argumentos para negarse.
Una brisa gélida penetró, ululando, a través de la ventana. A su impulso se mecieron los visillos, la bandera con los colores del partido que acolchaba el ataúd, el flequillo del cadáver. La visión del cabello en movimiento le hizo imaginar un gesto del fallecido para retirar los mechones de la frente, la evidencia de que lo siguiente que le cabía esperar era asistir al milagro del cadáver que se levanta, pide disculpas al respetable y brama con voz de ultratumba, sin dejar de atravesarle con su mirada vidriosa: “Venga, que nos vamos”.
Cayó fulminado, víctima de un infarto irrecuperable. Dejó viuda, dos hijos y una vacante de asesor, generosamente remunerada, en no sé bien qué departamento de la administración provincial.
lunes 27 de julio de 2009
TEORÍA DEL BOQUETEAsomamos a través de un boquete, confundidos por la algarabía que nuestra esperada visita ocasiona entre un grupo de desconocidos. Con el tiempo, acabamos de bruces en otro agujero, acompañados, en tan solemne ocasión, por la fanfarria gemebunda de un grupo de señores y señoras ataviados de negro riguroso. La existencia es circular.
Ni el alma ni el intelecto. Lo que distingue a los humanos del resto de las criaturas que pueblan el mundo es su demostrada capacidad para construir civilización sobre los agujeros. Un topo puede escarbar un hoyo profundo, pero esta obra de ingeniería animal carecerá del hálito moral que confiere nuestra especie a sus boquetes. Una ventana es una creación inequívocamente humana y una acabada muestra de cultura.
Neil Armstrong desciende del módulo espacial, pisa la polvorienta superficie lunar, declama para la posteridad su célebre frase sobre los pequeños y los grandes pasos y, tras toda esta liturgia, su instinto –su humano instinto- le incita a abrir un agujero con el mástil de la bandera a fin de reclamar para los Estados Unidos de América la autoría de tan ciclópea hazaña. Las barras y estrellas ondean almidonadas sobre la pradera yerma del satélite.
Años antes, otro compatriota, el muy honorable Abraham Lincoln, disfruta en el palco de un teatro con la representación de una comedia musical cuando, de entre las cortinas, una mano alevosa emerge para disparar la bala que, décimas de segundo más tarde, taladrará el cráneo del presidente libertador y filántropo. Un orificio en la cabeza más privilegiada de la época. Toda una declaración de intenciones y el acto inaugural de una fructífera tradición homicida fundada en el reprobado hábito de taladrar agujeros en el pellejo ajeno.
La historia de la humanidad está delineada por esa afinidad irracional que el hombre ha sentido siempre hacia los agujeros. Arquímedes dio con su principio mientras se deleitaba con la tibieza de las aguas jabonosas en su bañera. Oscar Wilde escribió sus páginas más dolientes, las que dedicó a su ingrato amante, en una lóbrega celda de la cárcel de Reading. El mismísimo Jesucristo, el hijo de Dios, imaginó el improbable artificio de un camello que se introduce a través del ojo de una aguja. ¿Y qué otra cosa son las bañeras, las celdas y los ojos de aguja sino boquetes?
Venecia, triste y hermosa, es conocida en el orbe todo por sus canales. París, distante y chic, será recordada por siempre como la ciudad de la luz. Las Vegas, verbenera y grandilocuente, celebra ante sus visitantes su condición de capital mundial del juego. Vanos galardones todos ellos si han de compararse con la naturaleza exquisita y elegida de una ciudad que, a centenares de kilómetros de todas éstas, prefirió consagrar su identidad, su naturaleza, su peculiar idiosincrasia a aquello que mejor define a la especie humana. ¡Canales! ¡Luces! ¡Juego! ¡Cuán irrisorias resultan tales distinciones! ¡Qué intrascendentes tales títulos! ¡Cómo palidecen en comparación con las galas que adornan a la modesta pero orgullosa villa de Algeciras, la ciudad de los agujeros!
Recién llegado, creí que todas las perforaciones, todas las zanjas, todas las excavaciones obedecían a un fin utilitarista, tal y como tan burdamente suele suceder en otras latitudes: la construcción de una nueva carretera, la rectificación del acerado, la erección de un edificio imponente. Nada de eso. Los agujeros en Algeciras son una elección ética, una pose del espíritu ante la vanidad de la existencia. Artísticamente, no cabe establecer diferencia alguna entre la belleza lacerante de los textos escritos por Wilde en el presidio y un buen boquete abierto en el centro de la avenida Blas Infante. Meses de trabajos polvorientos e incomodidades, de aceras inutilizadas y vallas que vedan el paso, de martillos neumáticos en atronador concierto, de carteles que demandan el perdón por las molestias y recuerdan que si los operarios trabajan lo hacen para usted… Y todo ello para descubrir, una vez concluidos los trabajos, que todo ha quedado exactamente igual a como estaba antes de empezar. Eso es arte.
martes 21 de julio de 2009
El tiempo ha tintado de sepia la fotografía. La joven, confinada en un óvalo, sostiene una mirada ausente, premeditada con la complicidad del retratista. La dedicatoria dibuja con trazo inseguro una protocolaria declaración de fidelidad y aprecio. “En prueba del cariño que te profesa tu futura, Málaga, 1910”.No mucho tiempo después, el destinatario del retrato, enviado como testimonio de un amor cuya expresión sólo se admitía convencional y reglada, escribió con tinta china en el dorso una nota, más propia de un encargado de inventarios que de un enamorado. “Le hablé más de cuatro años y casó en Málaga con un viudo en 1912”. Otro apunte, consignado con los mismos caracteres funcionariales, añade: “Murió a los 26 años de edad, el 20 de junio de 1918”.
Quizás, la frialdad de la necrológica sea la consecuencia inmediata del desengaño padecido por el prometido, víctima de la traición a manos de quien, prefiriéndolo antes que a él, vino a casarse con un viudo en Málaga. O, no hay por qué descartarlo, la vida siempre resultó ingrata con las mujeres, él jamás la amó. No podemos extraer conclusiones categóricas con tan escasos indicios. Pero pudiera ser que el prometido sólo buscara su cercanía movido por el cálculo, deslumbrado por una pingüe fortuna, la de ella, rica heredera, ahora desposeída de sus bienes y hacienda mediante un testamento inesperado por lo cruel, indigno de un padre, cautivado en el declive de su vida por los ojos felinos de una buscona, conchabada con un chulo, cuyas malas artes y ciertos conocimientos de los más básicos principios de la sugestión y la ciencia de Mesmer permitieron la modificación ante notario de la última voluntad del fallecido, un progenitor inconsciente que abandona a su suerte a la sangre de su sangre, abocada a una vida marcada por la privación y la desolación inconsolable que ocasiona saberse despreciada por el propio padre. El prometido conoce la noticia y huye. Ella, en un acto labrado de renuncias, casa con un viudo en 1912. En Málaga.
Esta última hipótesis ha de conducirnos a rectificar alguna de las consideraciones dadas hasta aquí como irrefutables, formuladas con el aval de métodos que se han revelado fructíferos en los ámbitos profesionales consagrados a la investigación y la pesquisa, consideraciones que presentaron como cierta la presunción de que la mirada de la joven no era sino una pose, el resultado de un gesto fingido pactado con el autor de la instantánea, perito en puestas en escena y manejo del magnesio. Bajo esta nueva luz, la que proyecta la narración de la peripecia trágica protagonizada por la joven desheredada y abandonada, habrá de concluirse que los ojos extraviados de Vicenta constituyen una expresión de la pena que le ocupa el alma, y no, como hasta ahora habíamos sostenido, un recurso de fotógrafo, un ardid para conferir al retrato un aire de misterio y elegancia.
El cartón moteado de humedades, marcado en su margen inferior izquierdo con la divisa de la casa de fotografía, Heliodoro Michaux e hijos, no deja traslucir la tragedia personal de Vicenta, seducida y repudiada por un cazador de fortunas, humillada y estafada por su propio padre. Las desdichas particulares exhalan un aliento cálido durante apenas un minuto, y quien lo siente, imagina el dolor y la pérdida ajenas, el infortunio que impulsó a éste a arrebatar una vida o a aquél a llorar sin descansos la muerte de la amada a tan tierna edad. Pasado ese minuto, ese calor fugaz se extingue y, con él, el sufrimiento en el que halla su asiento, dejando en evidencia que al mundo le resultan indiferentes los padecimientos de tantos siglos. Vicenta se ha muerto después de seis años de malhadado matrimonio, víctima de unas fiebres cuya etiología la medicina de la época se confesó incapaz de identificar, presa de terribles convulsiones, rodeada de su familia política y del religioso al que se ha encomendado la tarea de reconfortarla en su último tránsito.
“Murió a los 26 años de edad, el 20 de junio de 1918”, leemos en el dorso antes de ocupar nuestra atención con un nuevo retrato, también dedicado, pero en cuya historia no habremos de detenernos.
sábado 11 de julio de 2009
Las empresas editoras de los diarios Europa Sur y Sur han despedido esta semana a once de sus trabajadores. Lo que sucederá a continuación resulta de todo punto predecible:
La Asociación de la Prensa organizará una concentración de protesta ante el monumento a la libertad de expresión. No existe en la ciudad un monumento a la precariedad laboral, todavía. Si usted no ha participado nunca en una de estas convocatorias, le diré que se trata de un bonito acto social. En una ciudad sin teatro, y, por tanto, sin temporada de ópera, este tipo de citas mundanas constituye un sucedáneo consolador. No hay estolas de marta cibelina, ni gruesos abrigos de visón, ni ajustados smokings, nada de lo que puede verse a las puertas de La Scala de Milán. A cambio, todo el mundo se atavía con sus mejores galas reivindicativas. Las asociaciones de la prensa animan, de este modo, la dolce vita de las localidades provincianas donde la oferta de ocio resulta escasa.
Las asociaciones de la prensa son entidades que cumplen su función con escrúpulo. Reparten regalos entre sus asociados cuando arriba la Navidad, ofertan interesantes cursos sobre oratoria y retórica, organizan instructivos viajes a la ciudad de Rochefort para que sus miembros conozcan de primera mano el proceso de elaboración del afamado queso. No es un reproche. Los mismos responsables de estas organizaciones reconocen su incapacidad para hacer frente a la progresiva precariedad que asuela a los profesionales del periodismo. No somos un sindicato, se defienden. Nadie les acusa. Al cabo, las asociaciones de la prensa sólo se distinguen del Club de Amigos del Puro Habano en que carecen de saloncito de fumar.
Luego están los representantes de las organizaciones sindicales. Éstas, a diferencia de las asociaciones de la prensa, sí que son un sindicato. Los periodistas no configuramos el gremio que mayores satisfacciones reporta a los sindicatos. En términos de rentabilidad, un fornido obrero del metal detrás de una barricada vale lo que una veintena de redactores de un periódico. La buena voluntad no es suficiente para hacer de una empresa una institución rentable. Los sindicatos lo saben. Por eso, sus trabajadores más queridos son aquéllos que, en disciplinada formación, se dejan retratar guiados por sus líderes sindicales en una instantánea que mañana reproducirán las portadas de los periódicos. Los periodistas ni desfilan, ni protestan, ni tan siquiera tienen conciencia de sí. Se limitan a escribir el pie de la foto en la que aparecen los directivos de los sindicatos en gallarda actitud reivindicativa.
Ocasionalmente, podrá encontrarse entre los asistentes a algún diputado provincial, a un concejal, quizá a un alcalde. Concluida la protesta, el diputado, el concejal o el alcalde se dirigirán a sus despachos para cerrar con el gerente que acaba de despedir a media docena de sus empleados el acuerdo por el que la institución financiará un falso patrocinio, un suplemento superfluo, una inútil campaña publicitaria.
Luego, finalmente, estamos nosotros, los periodistas. ¡Qué decir de nosotros! Poca cosa. Aborregados, aceptamos el martirio. Somos gente razonable, instruida. Si bien se mira, prácticamente somos artistas. ¡Una huelga en el sector! ¡Qué ordinariez! Los adalides de la libertad de expresión estamos muy por encima de esas cosas. ¿Quién ha visto a Woodward o a Bernstein en huelga?
Existe, pese a todo, una solución. Podrán perseguirnos, acogotarnos, sumirnos en la más absoluta de las precariedades, vulnerar nuestros derechos, matarnos de hambre con salarios a la altura, mofarse de nosotros, humillarnos…Pero nadie podrá impedirnos, en el ejercicio de nuestros legítimos derechos, que, con la determinación de la que sólo puede hacer gala un periodista de raza, tomemos nuestra titulación universitaria y, con este aval, concurramos a las oposiciones a ordenanza de la Consejería de Agricultura y Pesca. Así aprenderán.
(A modo de epílogo, requiero a quienes, gratuitamente, colaboran en los diarios que acaban de despedir a once trabajadores para que manifiesten su solidaridad renunciando a sus tribunas en estos periódicos. Existen antecedentes. En circunstancias similares, gente tan decente como el profesor Mario Ocaña o ese buen hombre que fue don Rafael Montoya se negaron a continuar escribiendo para Europa Sur).

El cuerpo social admira a las personalidades dotadas de un talento singularísimo. Éstas son mencionadas con reverencia en los discursos pronunciados durante los fastos que reúnen a toda la comunidad. Algunas operan a corazón abierto, otras diseñan asombrosas construcciones civiles, hay quienes, arrebatadas por una inspiración feraz, escriben gruesos poemarios en los que la patria y los valores sempiternos quedan plasmados con viveza. Son éstas quienes reciben los galardones, las invitadas a los actos solemnes, aquéllas que advierten a sus conciudadanos de las funestas consecuencias que trae consigo la degeneración de las costumbres, las que bautizan con su nombre las principales y más anchurosas avenidas. Un día, una apoplejía las sorprende haciendo las cosas que se supone han de hacer los más ilustres y reconocidos hijos del país. La criada (o el asistente personal, o su preparador físico, o un fontanero polaco) descubre el cadáver, ya frío, y alerta a los servicios de emergencia, quienes certifican la defunción, pues nada ha podido hacerse por el gran hombre. El cuerpo se traslada a la morgue, se atavía con la dignidad que el difunto merece, se maquilla el rostro cerúleo para la exposición de los restos mortales en el salón de plenos del Ayuntamiento, o en el Teatro Real, o en la Real Academia de las Artes y las Ciencias, o en la Santísima Iglesia Catedral, a apenas dos pasos de “El virtuosismo eréctil”, la casa de citas que con tanto entusiasmo como discreción frecuentó en vida.
El cochero exhibe el rostro circunspecto que requieren estas ocasiones, advierte a los caballos, con un tirón de las riendas, de que han de girar a la izquierda y se conmueve por el respeto y duelo con el que la muchedumbre acompaña la comitiva fúnebre.
Estos miramientos no se guardan con el resto de la comunidad. Un alcalde inútil, un electricista incapaz o un periodista con faltas de ortografía son objeto de las invectivas y vituperios de sus conciudadanos, viven en doloroso silencio el menoscabo de su reputación y, el día fatal, viajan solos al cementerio, escoltados apenas por los empleados de la funeraria, su esposa, su suegra y un depravado que, tras los nichos, se alivia excitado por el hedor dulzón del cadáver y el llanto de los deudos.
La injusticia resulta evidente, pues nadie, hasta la fecha (es decir, hasta el mismo momento en que fue escrito este artículo revelador), ha sabido ponderar la valiosa aportación con la que los individuos más inútiles contribuyen al engrandecimiento de las naciones. Tomemos como referencia e ilustración al mencionado alcalde inepto con el que abríamos la segunda parte de este texto. Tenemos aquí a un hombre sin relieve, cuyas lecturas se reducen a una decena de prospectos médicos, una cantidad ingente de discursos inaugurales (cuyo sentido último e intención es incapaz de penetrar) y el recuadrito que las etiquetas de las conservas reservan para dar cuenta de los ingredientes utilizados en la elaboración del melocotón en almíbar. Es éste que nos ocupa un ser en apariencia superfluo, prescindible, merecedor de la reprensión pública.
Me parece que tales juicios demuestran escasa misericordia y ninguna perspicacia, pues no atienden a la estimable función que los inútiles desempeñan para garantizar el funcionamiento óptimo y engrasado de la máquina social.
Este hombre fue criado en el regazo del partido desde muy tierna edad, adiestrado en la postración servil, curtido en la batalla cuyo premio había de ser su designación para un apañado cargo público. Nadie repara en que este mismo sujeto bien podría, aunque no sin grandes esfuerzos, desde luego, haber emprendido carrera como neurocirujano, ingeniero de caminos o técnico nuclear. ¿Son capaces de imaginar los centenares de pacientes fallecidos en la mesa de operaciones mientras nuestro patán hurga en sus meninges con el bisturí? ¿Pueden evaluar el coste económico y el derroche de vidas humanas que se derivaría del derrumbamiento de los puentes diseñados por nuestro cretino? ¿No se dan cuenta de las catastróficas consecuencias aparejadas a la imprudente decisión de dejar en manos de tal cenutrio la dirección de una central nuclear?
Deberíamos agradecer a estos entrañables mastuerzos su afán de servicio, evidenciado en su sabia determinación de orientar su vocación allí donde su ineptitud resulta menos devastadora. Honremos a nuestros inútiles.
sábado 27 de junio de 2009
La ciencia económica siempre se me antojó un arcano impenetrable. No se aflija, ya no tiene arreglo. Todos nacemos con los alcances con que nos dota natura, y los míos no llegan más allá. Mi terca impermeabilidad a la comprensión de los fundamentos que sustentan las teorías económicas no constituye una excepcionalidad. Puedo resultar igualmente impenetrable a una gran variedad de conocimientos. La sabiduría me ha acechado durante toda mi vida, pero yo he logrado mantenerla a raya. Es un don.A los 43 años de mi edad, y gracias a esta disposición de mi espíritu, puedo aseverar sin jactancia que nada sé sobre música dodecafónica. De la misma manera, confieso mi más absoluta ignorancia acerca de los principios de la genética reproductiva, el fin último del juego del golf y la razón de ser de la inestabilidad política en Ingushetia. No sé mucho más sobre la naturaleza y organización de los tráficos marítimo-portuarios, nunca leí a Kierkegaard ni escuché sin padecimiento un aria de ópera completa. Mi “mastuercidad”, perdóneseme el neologismo, se antoja irreprochable.
Mi cerebro es un páramo yermo donde apenas brotan, ralos y quebradizos, algunos saberes menores cuya posesión me garantiza, al menos, el control sobre los esfínteres y la perspicacia mínima exigible para leer el Marca sin ser atacado por la jaqueca.
Sin embargo, nada hay comparable a la orfandad intelectual en la que me sume la lectura de los suplementos económicos. El pensamiento de Kierkegaard, en comparación, me resulta tan familiar como el de Belén Esteban. Como verá, no niego la gravedad de mi estado.
Tomo las hojas salmón del diario y leo que la zozobra de la economía española sólo encontrará consuelo cuando se acometa una reforma del mercado de trabajo como Dios manda. Y, a lo que parece, lo que la divinidad aconseja en estos casos es una buena flexibilización del despido y su correspondiente moderación salarial. Más despidos y menos sueldo. El presidente del Banco de España, el muy honorable Fernández Ordóñez, ha aludido, textualmente, a la escasa sensibilidad que tienen los costes laborales con respecto a los costes de la empresa. Mis neuronas, las quince, trabajan en singular sinergia para desentrañar el sentido último del discurso, pero las conexiones eléctricas de mi cerebro apenas si logran activarse débilmente, lo justo para retener la baba que comienza a destilarse desde la comisura de mis labios hacia el papel impreso. Cierro la boca.
Leo que cuanto mayor sea la facilidad que se ofrezca a los empresarios para despedir a sus trabajadores, mayor será la capacidad de la economía para crear empleo. Para asimilar en su vasta complejidad los discursos sobre economía aplicada, el dedo índice resulta un valioso asesor. Así que, en atención a esta conseja, aplico el mío a la frase y lo conduzco por la línea de texto a velocidad moderada, deteniéndolo en cada una de las palabras, tomando aire en los interlineados y perfilando con el canto de la uña cada una de las mayúsculas. Pero ni así. Mi indolencia intelectual me impide comprender cómo dejando a más gente sin trabajo se consigue reducir el número de desempleados.
Al mismo tiempo, y para mayor escarnio mío propio personal y de mi linaje, mi inteligencia breve y menuda se resiste a entender que, además, y como medida complementaria, las autoridades nacionales hayan de obligarse a allegar más fondos a las arcas de las entidades bancarias para conseguir, de este modo, un nuevo impulso con el que sostener el bienestar común y la urdimbre productiva.
No hay modo. Carezco de un entendimiento notable, bien lo sé, pero mi conciencia está tranquila. Nunca engañé nadie. De haber querido fingir, me habría convertido en médico, arquitecto o ingeniero de caminos. Pero me hice periodista, oficio que, junto al de secretario local de partido, es, como resulta de dominio público, el que mejor se compadece con un carácter carente de brillos.
No alcanzo a destripar el intríngulis de las teorías económicas. Y no lo siento por mí. Si mi padre levantara la cabeza, se avergonzaría de haber lanzado al mundo a un tipo incapaz de entender un concepto que, de seguro, es cosa simple y razonable. Mis disculpas, papá.
LAS APARICIONE
S DE SAN FRANCISCO
No soy un hombre piadoso, pero cada viernes, antes del comienzo del telediario, se me aparece San Francisco de Sales en el salón de casa, levitando en majestad y entre volutas de humo perfumadas de azahar y eneldo. San Francisco de Sales es el patrón de los periodistas. Paupérrima condición.
San Francisco consagró su existencia terrenal a la práctica del bien, animado por el saludable propósito de opositar, tras una muerte ejemplar y cristiana, a la dignidad de santo varón de la Iglesia Católica Apostólica Romana.
San Francisco de Sales sabe que un santo ha de comulgar con ruedas de molino, pues cualquier queja, cualquier gesto de desaprobación, cualquier muestra de desafecto puede ser tomado por pecado de vanidad. Esto lo sé porque él mismo me lo cuenta. El santo patrón es consciente de que existen negociados mucho más lucidos. Pero jamás le he oído quejarse de su patronazgo sobre los periodistas. A esto él lo llama santa resignación.
Durante nuestra última charla, San Francisco se confesaba inquieto a causa del proyecto urdido por la Agencia EFE para convertir en autónomos a buena parte de los periodistas de su plantilla. Álex Grijelmo, presidente de la agencia y periodista de prestigio, no parece tener demasiada consideración hacia sus compañeros de profesión, cuya precariedad laboral estimula con políticas como ésta. Desgraciadamente no es el único. Lo que en realidad anhelan en lo más íntimo los empresarios de los medios de comunicación es devolvernos a todos a la condición de siervos de la gleba. Pero eso está prohibido por la ley. Y como lo saben, se conforman con lo de convertirnos en autónomos.
Mientras se sacude el ectoplasma y acalla los acordes de la lira que le acompañan en todas sus comparecencias, San Francisco de Sales me confía que, a su parecer de santo patrón, y con la autoridad que concede llevar casi cuatrocientos años fiambre, nadie puede negar las patentes afinidades que se dan entre periodistas y clérigos. La principal de todas ellas, la naturaleza vocacional del oficio. A nadie ha de extrañar que una criatura de dieciocho años recién amanecida al mundo, inocente y cordial, sienta en su pecho aún generoso la llamada de algo mayor que ella misma y, atendida ésta, se deje arrastrar por sus seductoras promesas. Es lo que convenimos en denominar vocación periodística. No es tan raro. También hay gente que nace con la vocación de mártir y anhela el día, que habrá de llegar, en el que le introduzcan astillas debajo de las uñas.
Somos trabajadores vocacionales, o eso dicen, y nuestros empleadores lo saben. Nuestras condiciones laborales son precarias, nuestros sueldos insuficientes, pero allí donde no llegue el Estatuto de los Trabajadores lo hará la vocación. Somos así de desinteresados. De hecho, estoy convencido de que si un día la empresa anunciara que el director de recursos humanos ha contratado a un orangután de dos metros y 130 kilos de peso con el único propósito de sodomizar a todos los redactores los últimos jueves de cada mes, los periodistas concernidos lo acabarían aceptando como una contrariedad inevitable. Sí, vulnera nuestros derechos, pero, al fin y al cabo, lo nuestro es vocacional, dirán.
San Francisco, bañado en un haz de luz cegadora, me ha recomendado la exposición dedicada al periodista polaco Ryszard Kapuscinski, organizada por el diario Europa Sur para celebrar su vigésimo aniversario. Curioso. Si se considera el trato displicente y desdeñoso que tradicionalmente ha dispensado el Grupo Joly a sus periodistas, por desgracia no muy diferente al imperante en el resto de medios, uno puede llegar a imaginar que, de haber trabajado para esta empresa, Kapuscinski habría acabado sus días regentando una ferretería en Facinas. Los Joly son empresarios estrábicos, incapaces de ver que su más preciado capital está formado, precisamente, por sus trabajadores.
A modo de conmemoración de los veinte años del diario en la comarca, quiero mostrar mi incondicional apoyo a los trabajadores de Europa Sur amenazados de despido por el Grupo Joly. Y lo hago porque sé que nadie va a escribir sobre esto.
viernes 12 de junio de 2009

Las estatuas erigidas a la memoria de los próceres y los ciudadanos ejemplares ocupan las plazas públicas, los vestíbulos de los museos, los parterres, las rotondas, los claustros de los conventos, los salones de las academias, los parques municipales, los patios de los colegios y las puertas que dan acceso a los parlamentos. La excepcionalidad, la brillantez y el genio se celebran siempre en piedra y a la vista de todos. La inepcia, la negligencia y la estulticia están condenadas a la clandestinidad. Ninguna sociedad honra a sus hijos más inútiles. Tofik Bakhramov era juez de línea. Para franquear sus puertas, la posteridad exige un título en neurocirugía, una lúcida carrera política o un insólito acto heroico. Pero Bakhramov sólo era juez de línea. Y natural de Azerbaiján.
En 1966, viajó a Inglaterra para prestar asistencia como linier a los árbitros a quienes la Fifa encomendó la tarea de pitar los partidos del campeonato mundial. El día de la final en Wembley, Bakhramov vio volar el balón camino de la portería alemana, advirtió cómo éste golpeaba con rudeza el travesaño y, con las mismas, salía repelido contra el césped ante la mirada atónita de los contendientes. La pelota se acható en su contacto con el suelo y salió disparada, de nuevo, hacia el interior del terreno de juego. Bakhramov levantó la bandera. Los ingleses se abrazaron jubilosos. Los alemanes hubiesen querido abrazar del mismo modo el pescuezo del azerbaijano. El juez de línea, desbordante de confianza en sí mismo, permanecía hierático señalando el centro del campo con su banderín blanco, sostenido por un brazo inconmovible ante las críticas. Desde luego, no fue gol. Pero eso ya poco importa.
Tofik Bakhramov preside en efigie la entrada al estadio nacional de Bakú, al que, además, presta su nombre. Cualquier antropólogo mínimamente riguroso le reconocerá que el español es un pueblo mucho peor intencionado que el azerbaijano. Si Bakhramov hubiese nacido en Soria, Roquetas de Mar o Nalvamoral de la Mata nadie le habría puesto un estadio como quien pone un piso a una barragana. A lo sumo, su hazaña le habría procurado un hueco en el vastísimo repertorio de chistes patrios (“A bordo de un avión en el que sólo hay dos paracaídas disponibles viajan un inglés, un francés y el linier que concedió el gol de Wembley…”) o un lugar de privilegio en el acervo inagotable de nuestra fraseología popular (“Es más tonto que el que dio el gol en Wembley”). Cuestión de idiosincrasias.
Un país que construye un monumento a sus hijos más ineptos demuestra una superioridad moral merecedora de mayor reverencia. Azerbaiján es una nación digna de ser imitada.
Un pueblo que rinde tributo a sus ciudadanos más inútiles ofrece al conjunto de su población un sinfín de indicios de valor inestimable para eludir los errores que con mayor frecuencia cometemos los humanos en nuestro tránsito por la existencia. Los hombres de mérito son escasos en número. Los mastuerzos, por el contrario, constituyen legión. Un millón de ejemplos de lo que no ha de hacerse ilustran mejor y resultan más edificantes que un único caso de rectitud. Los azerbaijanos están persuadidos de esta verdad desde tiempos inmemoriales. España sólo emergerá de su marasmo moral cuando sus calles, bulevares y avenidas sean invadidos por estatuas dedicadas a sus más notables tontos de baba. Zoquetes a caballo, memos recostados en sus escaños, mendrugos marciales con el sable en ristre.
Azerbaiján ha de ser nuestro espejo.
martes 9 de junio de 2009
Tarzán me mostró los peligros de la jungla, las amenazas que acechan al hombre blanco tras cada recodo del camino, entre los árboles frondosos, bajo la tupida vegetación, en los angostos desfiladeros desde los que, película tras película, siempre acababa precipitándose al vacío uno de los porteadores negros que acompañaban a los expedicionarios británicos empeñados en dar con el paradero del rey de la selva: El hombre mono me enseñó que todo individuo está marcado por su destino (según la Metro Goldwyn Mayer, el del 95 por ciento de la población nativa africana era morir despeñado con un fardo a cuestas mientras un alarido desesperanzado daba cuenta de la súbita caída).
Tarzán me reveló que los elefantes ancianos que se sienten morir, desgastados los imponentes colmillos y agostado el corazón, se encaminan sin premura al lugar donde habrán de descansar por toda la eternidad. Allí, en lo más recóndito de la tierra, miles de huesos mondos y lirondos de paquidermos difuntos proporcionan al elefante que agoniza una idea aproximada de lo que le aguarda: El hombre mono me enseñó que, más tarde o más temprano, todo termina.
Tarzán me explicó que los indígenas huelen los signos funestos, que cuando atisban la proximidad del mal arrojan los fardos, dan media vuelta y corren despavoridos al grito de “yuyu, yuyu”. Los hombres blancos, admirados por la credulidad de los nativos, se hacen cruces para jurar que no volverán jamás a pisar aquel país primitivo y supersticioso, recogen ellos mismos los víveres abandonados por los porteadores, los cargan, continúan camino y acaban atados a un palo, y más tarde devorados, por los miembros de una ferocísima tribu caníbal. “No, si al final va a resultar que tenían razón”, se lamenta Sir Nathaniel mientras un antropófago se le merienda el contramuslo: El hombre mono me enseñó que nadie escarmienta en pellejo ajeno.
Expuestas de este modo las cosas, las enseñanzas de Tarzán me prepararon para arrostrar los más graves peligros con las manos desnudas, me persuadieron de que el futuro de cada hombre es un sendero trazado de antemano, me advirtieron de que nada es eterno y me convencieron de que la experiencia, aunque ajena, es siempre un grado. No está mal para un gañán iletrado educado por un hatajo de monos piojosos y malolientes.
Nuestra sociedad ha dado la espalda a estos ejemplos de rectitud. Esta actitud displicente e irresponsable resulta manifiesta a poco que se preste atención a los detalles. Ninguno de los manuales de enseñanza para la ciudadanía alberga referencia alguna a Tarzán. Ni siquiera Jane, mucho más mona y refinada que el hombre-simio, aparece por ninguna parte.
Tarzán ha sido olvidado sin remedio. Hemos perdido todos los referentes, todos los modelos éticos.
Ya nadie se arroja a un río infestado de pirañas y serpientes eléctricas para luchar a brazo partido con un cocodrilo de seis metros. El hombre pragmático de hoy, puesto en esa tesitura, agota plazos, formula pactos, sugiere arreglos para, finalmente, acabar ofertando al cocodrilo un cargo en la dirección del partido, de la empresa, del sindicato o de la iglesia. En la mayor parte de los casos, el reptil termina por aceptar.
sábado 30 de mayo de 2009
E HONOREl profesor Sean O’Shaughnessy, de la Universidad de Dublín, es autor de una prolífica obra antropológica cuyo principal objeto de interés ha sido, desde sus comienzos como asesor cualificado de la Diputación Provincial de Cádiz, el análisis de los mecanismos utilizados por cada cultura para construir su acervo ético. O’Shaughnessy se pregunta por qué las distintas sociedades humanas mantienen comportamientos morales diversos. En Moral y colectividades humanas: La vida es una tómbola, el antropólogo irlandés ha escrito:
“La grandeza moral de los grupos humanos se mide en atención al comportamiento de sus estafadores. Así se conduzcan los ladrones, así habrá que valorar la sociedad a la que pertenecen. Algunas tradiciones, documentadas por estudiosos de los pueblos asiáticos, exigen a quienes vulneran las pautas de convivencia instituidas por la comunidad un tributo oneroso: el de la propia vida. (En una obra mía anterior he descrito los rituales cuyos códigos regulan la expiación pública de la culpa en determinadas culturas; véase El hara-kiri como factor de riesgo en la úlcera de duodeno, Oxford University Press, 1997). El ladrón que se sabe atrapado reconoce en público su culpa, que acaba siendo también la de su linaje, y, en un acto de suprema contrición, se suicida. Este modelo represivo de las conductas asociales que rige en algunos pueblos asiáticos no tiene, ni con mucho, carácter universal. De hecho, éste que podríamos llamar patrón asiático manifiesta una antitética oposición con el que denominaremos patrón mediterráneo meridional o español.
Tal es así que, según evidencia la amplísima producción literaria compuesta sobre la materia, el español que es cogido en un renuncio (léase desfalco, cohecho, soborno, tráfico de influencias, alzamiento de bienes, evasión de capitales, etc.) jamás considerará como posibilidad rebanarse el vientre con una catana, ni levantarse la tapa de los sesos con un revólver de pequeño calibre, ni abandonarse en el tendido férreo al paso del Intercity Sevilla-Alicante, ni arrojarse al vértigo del Tajo de Ronda. No. Un español cabal que se precie de tal negará la mayor, defenderá su inocencia con hidalga indignación, denunciará la insidia de una pérfida conspiración dirigida a socavar su reputación. Y si, pese a todo, acaba con sus huesos en el presidio, no cejará en su queja en la convicción de que, si demostró pericia en el robo, siempre habrá un consejo de administración que le acoja una vez cumplida la condena.
El sinvergüenza español no se tiene a sí mismo como un ser de talla moral inferior a la del japonés que no duda en atizarse un espadazo en la barriga para obtener el perdón de sus conciudadanos. De hecho, asegura, si no recurre a medios tan expeditivos como los usados por sus homólogos orientales es debido a una prevención, la que aprendieron de sus madres y abuelas, que recomienda no acuchillarse los intestinos si lo que se persigue es mantener una vida saludable”.
La organización ha encomendado a O’ Shaughnessy la dirección del seminario Ética y financiación de partidos políticos, o cómo comerse las manos hasta el muñón sin morderse las uñas.
sábado 23 de mayo de 2009
LOS BROTES VERDESEl director general del Fondo Monetario Internacional ha anunciado que, tras un periodo de esterilidad y desolación económicas, han comenzado a germinar los primeros brotes verdes. Una prueba más de que, en contra de lo sostenido por la común opinión, la lírica no es ajena al capitalismo. Los confortables sillones de los consejos de administración y de las instituciones reguladoras del mercado hospedan las posaderas de insignes poetas. ¿A qué trabajador asalariado podría habérsele ocurrido presentar los primeros indicios de recuperación económica con una imagen tan inspirada como la de los brotes verdes? “Brotes verdes cuya fragilidad embosca un futuro preñado de frutos carnosos y apetecibles, premonición de un árbol de firmes raíces y ramas nudosas cuya sombra procurará el refrescante deleite al paseante extenuado”, podría haber completado el preboste de las finanzas internacionales.
Las clases populares no están dotadas para alcanzar tales cimas líricas. Si un desempleado fuese capaz de advertir la presencia de uno de estos brotes verdes, lo agarraría para tirar de él en la convicción de que debajo se esconde un nabo con el que bien podría cocinarse una nutritiva sopa caliente. El proletariado siempre ha resultado de una vulgaridad insultante.
Es la envidia, animada por la campaña del lobby obrero internacional, el origen del estereotipo que presenta al poderoso como un individuo obeso, tocado con chistera, carente de escrúpulos y con el corazón helado, incapaz de un acto de bondad o belleza. Huelga decir que nada de esto es cierto. Basta un análisis somero de la cuestión para descubrir tras cada magnate, tras cada presidente de banco, un espíritu sensible que intima con las musas. Son los nuevos juglares, cuya presencia pasa desapercibida a la opinión del público enfundada en costosos trajes de Emidio Tucci; son los rapsodas de los tiempos modernos, a los que puede encontrarse en las más selectas recepciones. La suya es la poesía del recogimiento, la que se urde en la intimidad con la única compañía de uno mismo. Jamás se habrá visto a un Botín o a un Rockefeller ufanarse en público de su vena lírica. Es gente celosa de su don. Es gente de tacto.
Como se ha visto en el caso de la metáfora de los brotes verdes, la horticultura es una de las más prolíficas fuentes de inspiración de estos estimables vates, pero no la única. Así, es común hallar en sus composiciones todo tipo de tropos referidos a la naturaleza de la materia y sus estados. De entre todos ellos, los de la congelación y la flexibilidad les resultan los más queridos. Así, cuando el miembro del consejo de administración alude a la congelación salarial no hace sino advertir “la undosa adherencia de un manto de escarcha que petrifica e inmoviliza el deseo”. Cuando hace referencia a la flexibilidad del mercado laboral, imagina “el junco que rinde su voluntad al viento, el lince que se comba en el aire para dejarse caer sobre su espantada presa, el mismo universo que no tiene ni principio ni fin”. Un trabajador, uno de esos asalariados de empleo precario, sueldo insuficiente y total ausencia de sentido poético sólo verá en la escarcha un recorte de sus ingresos; la flexibilidad del junco y el vendaval serán, para sus cortos alcances, la promesa de que, si no hoy, mañana, la empresa acabará poniéndolo de patitas en la calle. La clase obrera jamás prosperará si no consigue desprenderse de esta burda y prosaica visión del mundo y de sus cosas. Es gente sin sustancia, qué se le va a hacer.
Y esos brotes verdes florecerán, se multiplicarán con el advenimiento de la primavera, acabarán ocupando vastas extensiones de terreno, páramos hermoseados por tanta verdura, praderas anchurosas y fértiles que, una vez registradas y escrituradas, acogerán nuevos complejos turísticos, modernas urbanizaciones, suntuosos campos de golf.
Los poetas también tienen que comer.
sábado 16 de mayo de 2009
Los propietarios de las voces que oigo me son fieles. Perdón, no lo he mencionado. Oigo voces.Gracias a esta singularidad hiperestésica, jamás me he sentido solo en el universo. Ellas caminan siempre conmigo. Unas sirven de fondo a este caos sonoro que puebla mi cabeza. Son como un bisbiseo continuo apenas perceptible. Otras se imponen con la aspereza del trueno y su gravedad. También hay voces discretas que huyen de la altisonancia y la timidez con idéntico afán.
He sido atendido por los más reputados especialistas, ante quienes me he presentado como un caso clínico digno de atención. Los psiquiatras se encogen de hombros, pues no deben advertir nada particularmente interesante en mi chaladura. Sólo mi psicoanalista ha sido capaz de avanzar lo que, según juzgó su parecer profesional, constituía la causa de mi mal. “Oyes voces, dices. ¿Has probado a apagar la televisión?”. Así lo he hecho. Pero sigo oyendo voces.
Esas criaturas cuya materialidad me es ajena me conminan a cometer los más nefandos crímenes y las empresas más piadosas. Una voz meliflua y tartamuda ulula trepidante junto a la pared interior del parietal con la inicua pretensión de persuadirme para que prenda fuego a la ciudad, como un césar chiflado en el balcón de su vivienda de protección oficial. Otra voz, reverberante y dulce, como la de una aparición mariana, me invita a formalizar mi ingreso en el Casino, a postularme como hijo predilecto y a emocionarme con los sones de “La novia del sol”. En ocasiones oigo pasodobles.
Llegué a pensar que mi cuñado tenía razón. “Oyes voces, dices. No debiste comprar jamás un piso con tabiques de pladur”. He sustituido el pladur por gruesos muros de ladrillo. No hay caso. Sigo oyendo voces.
Si fuera posible, agradecería que los dueños de las voces que me acosan me fueran presentados. Personalmente.
A fuer de ser sincero, habré de confesar que no es éste el único desarreglo mental que me mortifica. Oigo voces, pero también hablo solo. Mis soliloquios fantasean con el emperador pirómano al que antes me refería. Susurro a un incendiario desconocido que alimente el fuego purificador, le invito a oficiar el ritual destructor del que emergerá una nueva ciudad. Pero nadie me responde. Y eso a pesar de que, como ya tengo repetido hasta la saciedad, oigo voces.
La ciencia médica se ha revelado incapaz de hallar una explicación a mis padecimientos, por lo que he resuelto buscarla por mí mismo. He elaborado una teoría. En voz alta, mientras presto atención a las voces que me hablan.
Guardo el convencimiento de que, del mismo modo que las voces de otros resuenan en mi cabeza, la mía se deja oír en la de un desconocido. Quizá sólo los locos disponen de este sentido extraordinario que les permite captar los discursos que para sí mismos construyen otros locos, pláticas sin interlocutor que flotan en el aire, como el polen invisible desprendido de las patas de las abejas. Los dementes que oyen voces son los alérgicos a las palabras suspendidas en el ambiente.
Mi voz, la que imposto para mis soliloquios más teatrales, retumbará en el cráneo de un traficante de chatarra o de un asesor del presidente de cualquier diputación provincial. Me gustaría conocer a aquél que me escucha sin que yo lo pretenda.
Quizás, un día, los periódicos publicarán la fotografía del perturbado malencarado que inauguró la devastación, que arrojó el líquido inflamable junto a la estación de servicio para, con un propósito inequívocamente criminal, avivar el fuego que, tras tres días y tres noches de voracidad destructora, dejó la ciudad reducida a cenizas.
Confío en que no haya sido mi voz la responsable de tamaña vileza.
viernes 8 de mayo de 2009
Un hombre ha contagiado la fiebre porcina a un cerdo en el lejano Canadá, lo que da fe de que nuestra especie no resulta de fiar. Ojo por ojo, diente por diente. Somos gente rencorosa.Habrá quien advierta de que, al fin y al cabo, fueron los cerdos los que empezaron. Esta objeción resulta incontestable, pero no sería justo exigir a un puerco, cuya vida se reduce a ventosear de vez en cuando, gruñir a toda hora y hozar entre excrementos, lo mismo que esperamos de un perito mercantil, pongamos por caso. Los seres humanos somos una especie elegida, consciente de su propia existencia y del mundo que le rodea, creadora de obras de genio. Miles de años de afortunada evolución se traducen en admirables descubrimientos cuya autoría se debe a este simio bípedo y lampiño: la rueda, el fuego, la escritura, la cartografía, la arquitectura, la domesticación de animales, la agricultura, la religión, la física newtoniana, el urbanismo, el enciclopedismo, el derecho, la aeronáutica, las telecomunicaciones, la clonación genética, El Corte Inglés…Los cerdos han sido menos prolíficos. Un examen detenido de las aportaciones del guarro a la tarea civilizadora en el planeta arroja un resultado deprimente: el jamón de Guijuelo, el bocadillo de panceta, las salchichas Óscar Mayer y poco más.
Pero además, y desde un punto de vista exclusivamente moral, habrá de hacerse notar que el cochino es ajeno al concepto de culpa, una creación indiscutiblemente humana. La cerda que alumbra a sus lechones lanza al mundo a una sarta de criaturas inocentes, amenazadas por un mundo hostil y por la cadena de producción de patés “La Piara”. La noción teológica del libre albedrío no es aplicable al gorrino. No sucede lo mismo con el ser humano.
Ya el Antiguo Testamento presenta a nuestros primeros padres como criaturas manchadas, estigmatizadas por el pecado original que todos heredamos. Sólo una conducta moral puede redimirnos de esa culpa primigenia. El ser humano mordió la manzana (en realidad fueron ellas, pero ésa es otra historia), y aquel acto de maldad inaugural ha traído consigo funestas consecuencias. Nada dice la Biblia, sin embargo, acerca de un cerdo desobediente al designio divino que muerde la bellota prohibida y es expulsado del Paraíso. Por eso, no puede reprocharse a la cabaña porcina la expansión de la nueva gripe. Los inocentes no son responsables.
Establecida la inocencia de los cochinos, volvamos al ser humano. Los gobiernos de los países más poderosos del planeta han movilizado todos sus recursos e invertido millones de euros en la adopción de medidas preventivas ante la expansión de la llamada gripe A. Las mentes más febriles imaginan una mutación maléfica del virus muñida para erradicar a nuestra especie de la faz de la Tierra, incluidos los peritos mercantiles. Quizás esto realmente acabe sucediendo, pero lo cierto es que, excepción hecha del medio centenar de muertes registradas en América, los principales afectados hasta el momento son turistas que acudieron a tostarse a las playas de Cancún y que han vuelto a casa con un catarro fenomenal que les obligará a permanecer en casa para ser tratados con infusiones de miel y limón, friegas de Vicks Vaporub y Tamiflú.
No intentamos ningunear esta nueva pandemia. Quizás sea, finalmente, este bicho el que acabe bajando los humos a esta especie arrogante y engreída que es la nuestra. Pero si de lo que se trata es de postular qué pandemia matará a más gente en el planeta durante los próximos años, se nos ocurren candidatas más capacitadas. Veamos. El sida, la malaria, el dengue, la fiebre amarilla, los brotes periódicos de meningitis, que desde comienzos de año ha matado a 1.900 personas en el occidente africano…Y, por supuesto, el hambre.
Los habitantes de los países ricos estamos alarmados por la amenaza de un virus que, en la mayoría de los casos, se contenta con hacernos moquear. Mientras, obviamos las tragedias cotidianas de los más pobres. Los cochinos, en sus porquerizas, son mucho más compasivos con los suyos.
lunes 4 de mayo de 2009
AZNAR, PICHURRI Y LA CRISISHe sabido que Aznar ha escrito un libro en el que explica lo que ha de hacerse para salir de la crisis, y de inmediato me ha venido a la memoria la insólita peripecia vital de Pichurri, medio volante del Atlético Aviación, rutilante teórico del balompié y reserva sempiterno.
No fue tenido nunca Pichurri por fino estilista. Si alguna vez hubiesen reparado en él, los círculos entendidos no habrían sido capaces de encontrar para su juego más calificativo que el de calamitoso. Pichurri era, y doloroso resulta reconocerlo, un auténtico manta.
Todos y cada uno de sus preparadores admiraron en Pichurri su abnegación en los entrenamientos, su anhelo de mejora, su carácter inasequible al desaliento. Pero una cosa era festejar los atractivos morales de Pichurri y otra alinear a aquel dechado de ineptitudes. El fútbol era cruel con aquella desdichada criatura.
Pero Pichurri no se dejó amilanar por la contumacia de su infortunio y se juró que, pese a su desprecio, el fútbol tendría que retribuirle por todo aquello que le había negado. Y, fruto de largas noches de vigilia y detenidas reflexiones, nació el que, aun hoy, es considerado como texto de referencia para todos los cultivadores de los estudios balompédicos: “Aplicación de criterios de eficiencia y eficacia al lanzamiento de penaltis” (Espasa-Calpe, 1945).
El destino, indigno alcahuete, acaba un día u otro por enfrentarnos a nuestras propias miserias. Así sucedió a Pichurri, el futbolista inoperante, quien, quizá en premio a sus denodados empeños, fue finalmente convocado por su entrenador para el encuentro de la octava jornada del campeonato nacional que había de enfrentar al Atlético Aviación con la Cultural Leonesa.
Aquella soleada tarde de abril, Pichurri tomó asiento en el banquillo en la certeza de que su presencia sobre el césped no habría de ser requerida. Se arrellanó sobre la almohadilla y se dejó arrobar por una dulce y acogedora somnolencia. Y así gozaba, en este estado de inconsciencia, cuando, de improviso, notó cómo una mano vigorosa y velluda le zarandeaba mientras una voz, en la que reconoció la de su entrenador, le anunciaba: “Pichurri, al campo”.
Abrazado a Morfeo, Pichurri no había podido evaluar la gravedad de la situación: minuto 45 de la segunda parte; Avelino, Korzianowski y Julianín, expulsados; Pérez Fanjul, Lisardo, Pitu, Contreras y Pepelu, presas de dolorosos calambres; Joao Santos, atendido en la banda; Lazzarini, alcanzado en la cabeza por una botella de Licor 43 lanzada con alevosía desde la grada; Amorrortucoechea, el guardameta, víctima de un acceso de ansiedad. “Pichurri, el penalti lo tiras tú”, le ordenó su preparador.
Allí fue Pichurri, el balón entre las manos, el corazón desbocado, el público vociferante. Y fue al hollar con la bota el punto de cal para acomodar el cuero cuando advirtió que, si en su destino estaba alcanzarla, aquélla era la antesala de la gloria. Su existencia pasó ante sus ojos como una película en tintes sepias. Repasó las precisas instrucciones contenidas en su libro, imaginó el momento del impacto, el vuelo de la pelota, la inútil palomita del portero. Tomó carrerilla y, decidido como nunca lo estuvo en toda su existencia, concentró todas sus energías en su pie izquierdo y chutó como sólo puede hacerlo un hombre desesperado. Para su desazón, el patadón obvió el balón y fue a concentrarse en el césped, sobre el cual abrió una oquedad de unos diez centímetros. La pelota, apenas impulsada, trotó inocente hacia las manos del portero como un corderito recién alumbrado.
Pero como acaece que la vida está preñada de acontecimientos inesperados, quiso la fortuna que el guardameta, que ya había asegurado el balón entre sus guantes, tropezara de espaldas cuando buscaba el impulso necesario para enviar la pelota a su extremo izquierdo, de suerte que hombre y cuero fueron a rodar, juntos y hermanados, al interior de la portería. “Gol”, gritó la grada. “Gol”, concedió el colegiado.
Y, Pichurri, aupado a hombros por sus compañeros, no pudo por menos que hacerse una consideración final. “No hay nada mejor que disponer de un método para cada cosa”, se dijo, en un aforismo cuya enseñanza habría sido sin duda compartida por el mismo señor Aznar.

Entretanto hallaba su verdadera vocación, Joe Álvarez se perdió en probaturas, tentó la suerte en múltiples ocupaciones, se enredó en oficios estrafalarios que no le reportaron satisfacción alguna. Hasta que un día tuvo una revelación: entregaría su vida a la práctica del boxeo profesional. Joe Álvarez era un pionero, y como tal se conjuró consigo mismo para dejar profunda huella en la historia del pugilismo mundial. No, él no sería un boxeador más. Él inauguraría una nueva era fundada en una técnica de combate hasta entonces inconcebible. Sería el nuevo marqués de Queensberry, el inventor y único apologista de una nueva manera de concebir la lucha, una modalidad inspirada en la meditación y la introspección, una innovadora concepción del pugilato que vino en bautizar “pugilismo estático”. Nacía un arte reservado a atletas excepcionales, espíritus superiores capaces de perseguir un fin moral aun con desprecio de sus propias vidas.
En su primer combate, Joe Sánchez cumplió con exquisita observancia todos los rituales del viril deporte de las doce cuerdas. Subió al ring, botó sobre la lona con pequeños y reiterados saltitos, saludó al respetable con las manos enguantadas sobre la cabeza, se despojó del batín, cruzó manos con el oponente en un gesto de nobleza. Cuando el gong anunció el comienzo del primer asalto, y para sorpresa general, Joe permaneció inmóvil, todos y cada uno de sus músculos sin actividad alguna, los párpados abiertos como los de un búho, la respiración contenida. La cabeza de un venado disecado sobre la barra de una venta de carretera habría resultado irritantemente dinámica en comparación con la obstinada quietud de Joe. “En esto consiste el pugilismo estático”, explicaba mientras tanto en el rincón su entrenador, Práxedes Dum Dum Cifuentes.
Bastó una, la primera, sonora y dolorosa, para que el boxeador inmóvil se derrumbara cuan largo era. El árbitro decretó knock out y se limpió las salpicaduras de sangre que motearon el cuello de su camisa impoluta. El público, entre estupefacto y divertido, fue retirándose hacia las salidas. Aquello constituyó el final del “pugilismo estático” y la renuncia a una prometedora carrera deportiva.
El equipo de neurocirujanos no ocultó su preocupación a la familia. “Los daños cerebrales han sido masivos”, informó. Coágulos, aneurismas, lesiones irreversibles en el cerebelo. Desahuciado para el boxeo, y tras una rehabilitación que se prolongó a lo largo de varios meses, Joe Sánchez resolvió reorientar su vocación hacia otras actividades cuyo ejercicio resultara compatible con sus ahora mermadas facultades. Y fue así como se metió a periodista. Especializado en análisis político y estrategias de partido.
Casos como el de Joe Sánchez, púgil frustrado y periodista conspicuo, son los utilizados por las enciclopedias, los catecismos y los manuales esotéricos para sostener que todo ser humano está marcado desde su nacimiento por su destino. Todo estaba escrito para Joe: la fecha de su alumbramiento, su éxito como analista de los acontecimientos de su época, la hostia que lo aleló en el cuadrilátero.
¿Podemos forjar nuestro futuro o nacemos predestinados? Einstein vino al mundo para formular la teoría de la relatividad. Ése era su destino, aseveran graves los fatalistas. Esto resulta ventajista. Yo creería en el destino si un 14 de marzo de 1879 alguien se hubiese dirigido a la señora Einstein, el rostro todavía congestionado por el esfuerzo y las contracciones, la placenta fresca y viscosa, y le hubiese espetado: “Querida amiga, esta criatura que acaba de parir está destinada a formular la teoría de la relatividad”. Eso sí que concedería una reputación sólida a la creencia en el destino.
Yo, sin ir más lejos, nací predestinado a escribir esto. Y ahora, que acabo de terminarlo, puedo decirlo sin género de duda.
viernes 17 de abril de 2009

La gente también se ahoga en las piscinas públicas, pero no es lo mismo.
Un grupo de familias sin recursos -lo que en tiempos menos exquisitos nuestros abuelos llamaban pobres- tomaron al asalto esta misma semana en Mijas una urbanización de viviendas de lujo deshabitadas. La crisis arruinó al constructor, quien acabó en manos de los bancos, propietarios ahora del conjunto residencial. Apartamentos espaciosos, áreas comunes ajardinadas y, sobre todo, enormes piscinas sobre cuyas aguas, cristalinas y cloradas, merecerían mecerse los cadáveres infartados del presidente de una multinacional o de un antiguo primer ministro de Liechtenstein.
La imagen de los desheredados tomando posesión de la suntuosa urbanización y de sus piscinas da idea de la desproporción que, según mi humilde parecer, sirve de principio rector de las cosas del mundo.
Desconozco si los presidentes de los Estados Unidos tienen piscina a su disposición en la Casa Blanca. Sabemos que cuatro de ellos perecieron baleados, pero no hay noticia de que alguno fuera hallado fiambre mientras nadaba, lo cual nos hace concluir que, efectivamente, no hay piscina en la residencia oficial del primer mandatario de los USA. Lincoln muerto en traje de baño sobre una colchoneta hinchable resulta mucho más conforme con el ideario capitalista que Lincoln con la cabeza reventada de un balazo en un teatrucho. Al fin y al cabo, cualquiera puede reunir el dinero necesario para adquirir una localidad en el gallinero, pero son muy pocos los que pueden permitirse una piscina privada.
Si una agencia de las Naciones Unidas decidiera elaborar un censo de las piscinas abiertas en el planeta, podríamos darnos cuenta de que hay piscinas para todos. La dificultad estriba en persuadir a los propietarios de compartir césped, cloro y ducha con aquéllos a quienes jamás se da la oportunidad de ser sorprendidos por una apoplejía mortal mientras perfeccionan el estilo mariposa. Por eso, el comportamiento de los okupas de Mijas revela una voluntad subversiva que ha pasado desapercibida para la opinión pública, más interesada por la díscola conducta de Bo, la nueva mascota de los Obama.
Auguro que la redención de los menesterosos vendrá de la mano de la rebelión de una masa ingente de desharrapados, ataviados con meybas y gafas de buceo, que avanzará amenazante hacia las urbanizaciones de lujo y los spas, dispuesta a reivindicar el derecho que asiste a todo individuo a remojarse en las piscinas del mundo. La determinación que empujará a estas hordas revolucionarias podrá advertirse en los ojos de cada uno de los individuos integrados en la multitud, ojos cuya protección encomendarán a Vispring o a cualquier otro de los colirios que se dispensan en el mercado, prevención adoptada para combatir las arteras emboscadas que, sin duda, tenderán al pueblo los defensores de statu quo piscinil, parapetados tras sus arsenales de cloro.
Si en algo es digno de admirar el modelo capitalista, es en su capacidad para regenerarse y sobreponerse a cualquier tipo de contratiempo. Nadie sabe si la chispa revolucionaria prendida en Mijas contagiará a los indigentes de la Tierra, pero, si lo hace, los mercados ya tienen preparado un plan de emergencia. Si los pobres se acaban apoderando de las piscinas privadas propiedad de las familias adineradas y de los clubes de golf, el capitalismo se hará fuerte en los jacuzzis.
lunes 6 de abril de 2009
No ha habido memoria para Don Inocencio Expósito, fallecido el 25 de los corrientes en su domicilio de calle General Belgrano de la ciudad de Mendoza, Argentina. Ni un solo recuerdo para quien hubo de huir al exilio perseguido por la incomprensión de su tiempo. Poeta y filósofo, periodista y polígrafo, encontró la muerte a millares de kilómetros de su tierra natal, donde, como ya se ha dicho, no se guarda recuerdo alguno ni de su persona ni de su obra: “La angostura del Estrecho”, “Encrucijada de estrechos”, “Estrecho de hombros” y toda una producción poética inspirada por la remembranza de las rubicundas arenas que guardan la Bahía, del severo viento del este que azota los espíritus. Fue a morirse de una alferecía el poeta nonagenario, olvidado de su patria chica a la que tanto amó, de la que se vio obligado a escapar por su militancia anarcosindicalista, él, que si se mira de modo escrupuloso, se inició en la acracia por un incidente casual, un acontecimiento azaroso, más bien por un despiste. Imaginen la escena: Don Inocencio, a sus 21 años el más joven oficial del ejército franquista, desorientado tras el ataque de la artillería roja que le separó de sus compañeros, que levantó en torno a su atildada figura de teniente de Regulares una polvareda que no le permitía ver más allá de sus narices, situación que se mantuvo hasta que, entre el polvo en suspensión, advirtió, abandonada, una bandera rojinegra, un emblema que no dudó en tomar entre sus manos con determinación joseantoniana para, jaleado por la responsabilidad de defender la España eterna, la España una, la España libre, dirigirse furibundo, a pecho descubierto, contra las que creyó filas enemigas, ofensiva que no detuvo hasta que comenzó a disiparse la bruma a su alrededor, momento en que pudo notar que lo que portaba entre las manos era una bandera de la CNT, que quienes le seguían en su arrebatado ataque eran dos centenares de aguerridos anarquistas y que la trinchera contra la que arremetía era la suya propia. Y claro está, llegados hasta aquí a ver quién dice, mi General, todo ha sido un error, excúseme ante Queipo de Llano, o intenta convencer al enemigo de que uno no es anarquista, sino teniente de Regulares, y que lo de la bandera y el ataque no han sido sino un malentendido. Así que, debido a un cúmulo de circunstancias casuales, Don Inocencio acabó convertido en referente del anarquismo español, condición que, ya en el exilio, cultivó con la redacción de obras fundamentales para la acracia ibérica como “La influencia de la visibilidad en la toma de conciencia del anarquista”.El humilde apartamento de la calle General Belgrano ha visto consumirse la vida de este paisano ilustre, autor de poemarios excelsos, evocadores de su terruño (“Náufrago de fuel-oil”, “Aires polutos”, “Trabajos temporales”), protagonista involuntario de una muerte lejana, inadvertida. Una vida, la de Don Inocencio, a la que se ha hurtado el merecido reconocimiento, el de sus propios coterráneos, no el de su patria de acogida, que le festejó con decenas de galardones, entre los cuales cabe citar el Lautaro Murúa de la Academia Argentina de las Letras, un premio que no sirvió, sin embargo, para acrecentar ni un ápice su prestigio en su tierra, pues no hubo ni una referencia en la prensa local, ni una alusión institucional, ni una mención de sus colegas de oficio.
Ha muerto Don Inocencio por el peso de setenta años de exilio, décadas sin vislumbrar el cielo límpidamente azul cernido sobre el polígono industrial, las aguas esmeraldas que rompen contra los rellenos de cemento de la Bahía, las líneas gráciles y voluptuosas del Monumento a la Madre…Su memoria reclama una reparación, una compensación, un desagravio, un Especial de Pura Cepa.
Ha muerto Don Inocencio. Sólo una nota adherida a la puerta de su apartamento testimonia el desenlace fatal, la terrible pérdida: “Ha muerto el poeta. Se alquila”.
sábado 28 de marzo de 2009
LA EXTINCIÓN DE LAS JIRAFASTarzán gritaba, y a su reclamo centenares de jirafas en estampida huían a través de la sabana levantando tolvaneras a su paso. La comunidad científica ha advertido de que las jirafas se encuentran en peligro de extinción, lo cual no es de extrañar si se considera que todo, tal como empieza, se acaba.
Percibimos que el tiempo pasa porque el paisaje se modifica. Las cosas y los seres se extinguen, como sucede con las jirafas. Lo que estaba ahí ya no está.
Todos somos testigos de este implacable proceso de exterminación de animales y objetos. El pájaro Dodo y el tigre de Tasmania han desaparecido. Nadie viaja ya en motocarro. Los envases de yogur hace tiempo que dejaron de ser retornables. No hay molinillos de café en las cocinas, ni talegas de tela a cuadros para el pan, ni alacenas con sus baldas forradas de hule estampado. Ningún televisor precisa de voltímetro, ese aparatito del que nuestras abuelas aprendieron el nombre en una hazaña que las familias celebraron como quien festeja el milagro de la licuefacción de la sangre coagulada de San Genaro. Los cobradores de los autobuses, parapetados tras su altarcito en la plataforma posterior del vehículo, fueron desalojados de su templo. Los platos verdes de Duralex son una reliquia, y ya no regalan pelotas de goma con la compra de unas zapatillas Gorila. Las papillas Maizena han perdido todo su prestigio, decadencia gemela a la padecida por la estufa catalítica Super Ser. ¿Qué habrá sido de Locomotoro? ¿En qué coordenadas cósmicas andará la base lunar Alpha, ésa que, como resulta público y notorio, se hallaba al mando de Martin Landau cuando una explosión nuclear sacó al satélite de su órbita para hacerlo vagar por los confines siderales? ¿Alguien ha visto mis Lois?
Todo se extravía, se diluye, se muere.
Existen, sin embargo, realidades que gozan de la apariencia de lo permanente. Dios está ahí desde siempre, inalterable, inmarcesible, sin edad ni tiempo. Aunque decir esto no es decir mucho. Lo mismo podría predicarse de Marujita Díaz.
Lo que realmente ha cimentado la respetabilidad del Dios cristiano no es su omnipotencia, ni su omnisciencia, ni su omnipresencia. La fama de este Dios proviene del incansable trabajo desplegado por sus delegados en la tierra desde que se instituyera la franquicia, hace ya la friolera de dos milenios. Sus representantes terrenales han fundado su prestigio en un ejercicio de coherencia que resulta tanto más admirable si se tiene en cuenta que a lo largo de todas estas centurias apenas si han sido sorprendidos en un renuncio. Salvo algunas obligadas rectificaciones relacionadas con la redondez del planeta y su órbita en torno al Sol, la Iglesia viene manteniendo desde sus primeros tiempos una congruencia impecable. No queremos decir con esto que la institución se haya resistido a la necesaria adaptación a los tiempos modernos. En absoluto. De hecho, ha sido en este ámbito donde la Iglesia ha alcanzado sus mayores y más celebrados logros. Ahí está el “papa-móvil”.
La Iglesia católica quizá no sea eterna, pero lo parece, y ello gracias a esta voluntad de permanecer fiel a sí misma a la que venimos aludiendo. Un pecado de lujuria es un pecado de lujuria ahora y en tiempos de Mesalina. La sodomía, el onanismo y el adulterio son pecados de la carne que no prescriben ni caducan. Un individuo que, por mucho que transcurran los años, no se contradice, adquiere reputación de hombre probo y, por encima de todo, da la sensación de haber estado ahí desde siempre. Esto es lo que le sucede a la jerarquía vaticana. Esto es lo que se llama tener principios.
Un clérigo de los tiempos de Chindasvinto resulta indistinguible de un Cañizares o un Rouco Varela. Ésa es la razón por la que, a pesar del devenir del tiempo, los rostros y las sentencias de los miembros de la Conferencia Episcopal Española se nos antojan tan familiares, como presencias que nos acompañan desde la niñez.
Y las jirafas a punto de extinguirse.
sábado 7 de marzo de 2009
EL MAL ESTÁ AHÍEl mal está ahí.
Esta guerra secular crea santos, héroes y mártires, pechos generosos que a expensas de su propia existencia se alzan en armas contra la perversidad que se enseñorea del mundo. Hay quien mina su salud en la obstinada resistencia a las tentaciones de la carne que, como de todos es sabido, constituyen uno de los expedientes más utilizados por Mefistófeles para captar prosélitos. Otros sojuzgan la perfidia del mundo a sangre y fuego, una empresa que reclama una gran porción de las energías que agitan el cuerpo y el alma. Finalmente, los hay que expían las culpas de sus semejantes abandonándose a la muerte en una pira, en el ágora, minutos después de ingerir un copazo de cicuta, o a los postres durante la cena de navidad organizada en casa de su cuñado.
Resulta paradójico, pero no puede dejar de notarse cómo el mal, con su sola inminencia, anima la expansión del bien. Los malos verán siempre perturbados sus planes infames por la irrupción de los buenos. Vea si no el Séptimo de Caballería. Los buenos que, ocioso resulta precisarlo, solemos ser nosotros.
Esta sempiterna guerra entre la perversión y la virtud no ofrece en toda ocasión frutos tan seductores. Por cada criatura achicharrada en la hoguera, por cada santa injuriada por el cilicio, por cada guerrero inmolado hay que contar a decenas de idiotas y a un grupo no menos desdeñable de mastuerzos, a los que podríamos añadir una cáfila de cretinos, un par de cofradías integradas por cenutrios y un batallón de majaderos.
El mal, como el propio Dios que lo define por oposición, está en todos lados. Quien lo descubre emboscado en el póster central del semanario “Globos turgentes” se convierte en asceta. Quien lo halla en el cuerpo minúsculo de una púber que escupe alcayatas y vómito verde al tiempo que hace girar vertiginosamente la cabeza se emplea como exorcista. Quien advierte su presencia, arteramente embozado, en el enemigo del jefe se deja contratar como tertuliano de radio o televisión. La abyección es polimórfica y mutable.
Antaño, la lucha contra el maligno era una empresa noble y elevada. Uno podía estar equivocado, severamente errado, y procurar más daño que cura con sus acciones. Pero el propósito era honesto, de modo que si en pleno paroxismo aniquilador uno desmembraba de un mandoblazo a una criatura inocente, siempre podía excusársele. “Sí, le ha reventado la cabeza y le ha sacado las tripas, pero la intención era buena”, se le justificaba. Aquéllos eran tiempos en los que los principios morales de un hombre conformaban su mayor patrimonio, sí señor.
Las cosas han cambiado, y cómo. La vieja guerra contra la satánica influencia ha perdido toda la pátina de honestidad y munificencia que otrora la hiciera relucir. Hoy, contaminada de seguro por esta sociedad incivil y materialista, la cruzada contra la vileza y la ruindad ha adquirido un carácter utilitario. Lo malo es lo que nos disgusta y, más fundamentalmente, lo que se opone al interés del líder de la manada.
Los tertulianos televisivos a los que más arriba aludía son un cumplido ejemplo de esto que vengo explicando. Si hubiéramos de forjarnos una idea de nuestro país con arreglo a los debates que las distintas televisiones españolas emiten llegaríamos a dos conclusiones incontestables. La primera, que existe una decena de sabios, a lo sumo una veintena, a quienes se ha reservado el privilegio de verter sus opiniones en público a través de la pequeña pantalla. La segunda, que esa decena de sabios, a lo sumo veintena, está integrada por un hatajo de botarates.
A voz en cuello, braman contra pretendidas conspiraciones, denuncian sin pruebas comportamientos corruptos entre el bando contrario, se mofan del parecer ajeno, presentan el actual estado de cosas, según convenga, como un régimen abyecto y opresor o como el paraíso que durante tanto tiempo se nos había hurtado.
Añoro los tiempos en los que el mal era tan sencillamente identificable. Si tenía cuernos y rabo, o era el Príncipe de las Tinieblas o la vaca que ríe. No había más.
domingo 1 de marzo de 2009

Resultaría edificante que los dirigentes de los partidos políticos españoles dedicaran algo de su tiempo a la lectura de las obras de Sir Lachlan Mungo McPhee, con particular atención a la descripción etnográfica que de las tribus antropófagas establecidas en la Uganda meridional en la segunda mitad del siglo XIX dibuja el antropólogo escocés en su memorable monografía “Vida entre caníbales: Espero sepa disculparme si le perturbo, pero ese pie que mordisquea es mío”.
McPhee narra en su obra las peripecias vividas por el reverendo Nathaniel Sinclair entre los zwengele, un europeo enfrentado a un mundo hostil y bestial encarnado en esta tribu antropófaga, adoradora del rayo y de las rectas que confluyen: la trayectoria de la lanza que detiene la del ave en cuyo pecho penetra; la línea de la sombra que fagocita el haz de luz solar en el crepúsculo; las miradas convergentes evacuadas desde cada uno de los ojos de Ntú Ollé, venerado hechicero y estrábico de nacimiento.
Los zwengele convivían escindidos en dos clanes irreconciliables desde tiempos inmemoriales. Tras meses de provechosa labor evangelizadora, cuenta McPhee, el reverendo Sinclair advirtió, para pasmo propio y admiración de los futuros lectores de sus aventuras, que los zwengele, fuera cual fuera el bando de su adscripción, reprochaban sistemáticamente a la secta enemiga la condición caníbal de sus miembros. Tanto era así que cada facción encomendaba a uno de sus prosélitos la contabilidad minuciosa del número de hombres blancos que el enemigo se había merendado: exploradores extraviados, misioneros confiados, empleados del ferrocarril transafricano, naturalistas despistados, funcionarios coloniales abandonados repentinamente por su escolta…
Intrigado por tan extravagante comportamiento social, Sinclair resolvió intervenir en una de las agrias disputas que a diario enfrentaban a los secuaces de cada fratría. El hombre blanco alzó la voz y, agradeciendo el sepulcral silencio con el que fue recibido su gesto, amonestó a la asamblea. “Si todos vosotros sois caníbales, ¿a qué demonios viene criticarle al vecino su inclinación a la antropofagia?”, reconvino Sinclair en un correcto zwengele ablé, el dialecto local.
Algo debió de conmoverse en aquellas mentes primitivas. Los interpelados percibieron la sabiduría que preñaba las palabras del hombre blanco, humillaron la cabeza en inequívoco signo de contrición, sonrieron a Sinclair, quien, a su vez y haciendo gala de enorme tacto, les sonrió, se miraron entre sí, volvieron la vista al extranjero y, todos a una, se abalanzaron sobre el desdichado reverendo y se lo papearon.
Insisto en que las direcciones de los partidos políticos españoles deberían someter a escrutinio el comportamiento de las sectas caníbales que documentó el difunto McPhee.
El cese del ex ministro Bermejo no fue considerado jamás por el partido mientras lo que estuvo en entredicho fue la honorabilidad de la institución del Gobierno de la Nación, probablemente un asunto menor para quien estima que la prioridad es la propia organización. Sólo cuando se hizo evidente que las correrías cinegéticas del titular de Justicia supondrían un lastre para las aspiraciones electorales del partido, el cazador fue sacrificado.
Del otro lado, los populares también velan con celo de cenobita por los sacrosantos intereses de la formación. Un tupido velo oculta los comportamientos corruptos, y si para protegerse han de ponerse en cuestión las instituciones del Estado, pues se hace y santas pascuas.
Como queda visto nada resulta indigesto. El partido come de todo.
De una a otra trinchera se cruzan reproches de irresponsabilidad, partidismo y desprecio a los principios democráticos. Quizá los de un bando crean sinceramente que lo que observan en el adversario no es el pecado propio. Aunque también, quizá, los caníbales de Sinclair creyeran, mientras disfrutaban del paladar salado de un buen muslo de pastor anglicano, que ellos habrían preferido de largo un buen plato colmado de acelgas.
jueves 26 de febrero de 2009
Si ése es su deseo, puede usted adoptar cuantas prevenciones estime oportunas. Una dieta alimenticia que favorezca la prevalencia de los humores benéficos del organismo sobre las secreciones ponzoñosas. Una vida sobria y retirada que abjure de las urgencias y las servidumbres mundanas. La compañía vigilante de un equipo médico de solvencia dispuesto a intervenir ante la más mínima variación de sus constantes vitales. La práctica de los ejercicios gimnásticos recomendados para garantizar la elasticidad muscular, la consistencia ósea y el vigor coronario idóneos. La asunción de estrictos hábitos profilácticos frente a eventuales invasiones microbianas. La ingesta diaria, y por este orden, de un botecito de Actimel, dos cucharaditas de jalea real, un dedal de jugo de áloe vera, una dosis generosa de bífidus activos y la porción mínima indispensable de ácidos grasos Omega 3.Usted, como digo, podrá velar por su longevidad poniendo en práctica éstas u otras medidas precautorias. Pero lo cierto es que, sean cuales sean sus planes, si mañana, camino del trabajo, un gorila de dos treinta le asalta, mancilla y estrangula, nada de lo que pueda haber hecho hasta entonces evitará su tránsito al barrio vecino, aquél desde el que nadie regresa.
Habrá quien plantee objeciones a esto que aquí se escribe. No faltará quien juzgue que si la providencia ha establecido la fecha de mañana como la última de nuestro calendario, lo razonable y sensato será imaginar un fin más al uso, una muerte precipitada por un accidente cardiovascular, una caída fatal o un atragantamiento funesto. ¿Pero qué disparate es ése del gorila pendenciero que asalta a transeúntes pacíficos en plena calle?
La hipótesis aterra. Un gran simio sodomita campando a sus anchas por la ciudad, una bestia salvaje y homicida contemplando los escaparates de El Corte Inglés. Pero no es sucumbir bajo las zarpas de un mono de más de dos metros en las inmediaciones de un centro comercial lo que de verdad nos da miedo. Lo que nos horroriza es la absoluta improbabilidad de que esto suceda. Más allá de la lógica inquietud que genera la proximidad de un gorila en celo dispuesto a retorcernos el pescuezo, lo que nos infunde pavor verdadero es que acabe ocurriéndonos precisamente a nosotros lo que la ley de probabilidades establece que jamás le ocurrirá a nadie.
Un cocodrilo que devora a una gacela configura una escena desasosegante. Una gacela que despedaza a dentelladas a un cocodrilo es la imagen misma del espanto. Lo que no es probable que suceda resulta de largo más aterrador cuando realmente sucede.
Otro ejemplo. Un intelectual que ingresa en un partido constituye una noticia apreciable. Un hombre de partido convertido en intelectual resulta tan admirable como lo de la gacela carnívora. Nuestra comunidad, como usted mismo, también ha tomado sus precauciones. Hemos instituido un robusto, aunque en ocasiones travieso, sistema financiero, y sobre él sustentamos el edificio de nuestra prosperidad. Inventamos credos diversos que nos aquietan con el anuncio de que, en caso de sucedernos lo del gorila, tenemos a nuestra disposición una vida eterna que es a ésta nuestra de ahora lo que la del residente en Marina D’Or a la del empleado de una contrata de Acerinox. Tenemos una civilización bastante apañada, una infinidad de canales televisivos de pago, las revistas musicales de Juanito Navarro, el Disneyland París y el Isla Mágica, la autobiografía del novio de la Duquesa de Alba, el Santiago Bernabéu, el Museo Guggenheim, y, en nuestro caso particular, el Monumento a la Madre. Desde la Antigua Roma no se había visto nada comparable, nada tan sólido, nada tan imperecedero…
A principios de mes, dos submarinos armados con misiles y cabezas atómicas chocaron en el Atlántico. Considerando que el océano, además de húmedo, es enorme, la probabilidad de que las dos naves coincidieran en sus rutas resultaba inapreciable. Pues bien, coincidieron, y en un tris estuvo todo de haberse ido a freír espárragos, Guggenheim y Monumento a la Madre incluidos.
Y ahora dígame si no ve más cercana la posibilidad de perecer a manos de un gorila en pleno Paseo de la Cornisa.
jueves 12 de febrero de 2009

Un cerebro adulto se maneja a lo largo de toda su existencia con un par de teorías peregrinas, tres o cuatro ideas pedestres y un vasto muestrario de lugares comunes, todo lo cual basta a su propietario para conducirse por la vida sin golpearse contra las farolas.
Esos lugares comunes que nuestros cerebros alumbran no son sino un ardid que nos permite prescindir de las complicadas operaciones bioquímicas en las que consiste el pensamiento.
Nuestro cerebro nos proporciona un aluvión de estos sucedáneos del razonamiento. Gracias a ellos sabemos que no somos nadie, que la vida es breve, que polvo somos y al polvo regresaremos (aunque, desde luego, esto no tiene por qué pasar mañana). También son ellos los que nos persuaden de que el hijo propio natural nos nació dotado de una inteligencia superlativa, aunque uno no lo diga porque sea su padre, sino porque es verdad, que no hay nada más que ver a la criatura cómo se extasía cuando sale en la televisión el Sánchez Dragó.
Del mismo modo, los tópicos nos han legado la evidencia de que caro, lo que se dice caro, el Hipercor es carísimo, pero, eso sí, busques lo que busques, allí encuentras de todo, aunque, claro, si lo que se pretende es llenar el carro sale mucho más a cuenta el Mercadona.
Mi niño, que, como ya queda dicho, es un lince, es de mi misma opinión.
Volviendo al cerebro, y aun a riesgo de generalizar, me atrevería a asegurar que los periodistas, en nuestra condición de miembros de la especie humana, también tenemos uno.
Los cerebros de los periodistas son incubadoras de tópicos excelentes. Uno de ellos merece, especialmente y a mi modesto juicio, una cumplida refutación, tarea que en mis cortos alcances me dispondré a acometer en los próximos párrafos.
El lugar común al que aludo es el siguiente: “El periodista lo es por vocación”. Un aforismo pernicioso, dañino y disolvente que ha ocasionado un perjuicio infinito a la profesión.
Una vez aceptado el tópico, las consecuencias resultan funestas e irreparables.
Un empresario podrá cargar de grilletes a un periodista y reemplazar su sueldo por un canasto con cacahuetes, anacardos y chirimoyas, pero no habremos de encontrar a nadie que se admire por ello. Al fin y al cabo lo nuestro es vocacional.
Esto del periodismo, como aquello que decíamos de los cerebros, es una actividad cuyos méritos se han sobreestimado.
Un periodista se asemeja al adolescente que fantasea con tórridas noches de amor en brazos de una estrella de Hollywood. Soñamos con susurrar palabras apasionadas a Scarlett Johansson o a George Clooney, y acabamos despertándonos en los brazos de Florinda Chico y Torrebruno.
Empleados al servicio de empresarios que editan periódicos y explotan emisoras de radio o televisión con el mismo criterio que utilizarían para dirigir una conservera de espárragos o una firma dedicada a productos de higiene íntima femenina, la mayor parte de los periodistas de este país malvive en condiciones laborales penosas y son retribuidos con sueldos insultantes. Si a los redactores del The Washington Post que destaparon el Watergate les obligaran a trabajar en los medios de comunicación en los que la mayoría de los periodistas españoles trabajan, acabarían montando una pollería. Lo estoy viendo: “Woodward & Bernstein, polleros. Especialidad en huevos de corral”.
Los propietarios de los periódicos y las asociaciones de la prensa llevan décadas intentando hacernos creer que si Mariano José de Larra se descerrajó un tiro en la mollera fue por una decepción amorosa. Honestamente, creo que si pudiéramos echar un vistazo a sus nóminas arrojaríamos mucha luz sobre el asunto.
viernes 6 de febrero de 2009
LA TALLA DEL BANQUERO El capitalismo es un sistema concebido a la medida de cada hombre. Un rufián de baja estofa tendrá a su alcance la dirección de una licorería clandestina, de una oficina de peristas o de un canódromo donde se organicen carreras ilegales. Un caballero, nacido en el seno de una familia de abolengo, amamantado por corpulentas nodrizas extremeñas y educado por enjutos preceptores ingleses, estará condenado a patronear con mano firme los destinos del primer banco nacional. Pero si, como en ocasiones sucede, el de la licorería se sobrepone a su humilde extracción social y (ya sea por un hado afortunado, por sus propios méritos personales o por un inusual talento para el latrocinio) hace fortuna, lo que se dice una auténtica fortuna, las medidas del hombre en cuestión pueden modificarse. Si tal cosa sucede, el licorero podrá, a su vez, fundar una familia a la que el dinero proporcionará una buena porción de abolengo y un ejército de amas de cría lo suficientemente numeroso como para dejar ahítos a generaciones de lactantes famélicos. De hecho, y aunque carezcamos de datos que lo corroboren, se nos infunde que los tatarabuelos de nuestros más afamados banqueros bien pudieron forjar sus emporios destilando orujo y rellenando garrafas con litros de anís del mono falsificado. Al fin y al cabo, el negocio tampoco es tan diferente.
De entre todas las tallas de ciudadano que ofrece el mercado, la del banquero es la mayor que se dispensa, si es que hemos de creer, como debemos, en la ética capitalista y en sus incontestables valores morales. Un banquero es un modelo, un espejo sobre cuya bruñida superficie refulge la estampa de aquél que todos quisiéramos ser. No hemos de olvidar que todos y cada uno de nosotros somos, en distinta proporción, proyectos frustrados de banquero.
Esto no resulta difícil de explicar. Un español como Dios manda ocupa sus ensoñaciones con la fantasía de convertirse un día en un preboste de las finanzas, en un gerifalte de la gran banca. En este anhelo sacrifica sus noches y sus días. La envergadura de la empresa, sin embargo, conduce a la inmensa mayoría al más estrepitoso de los fracasos. Pero, aun en la derrota, siempre permanece algo del banquero que en un tiempo quisimos ser y no pudimos, una pálida sombra, un reflejo súbito e inadvertido. Y es entonces cuando nos convertimos en el tendero que estafa en el peso de las cebollas, en el tabernero que da foie de gato por foie de liebre, en la celebérrima estrella del cine porno que debe sus admiradas protuberancias a un par de gruesos calcetines de montaña hábilmente plegados…
El banquero, en su condición de referente inexcusable del hombre común, encara los tiempos prósperos con el ánimo sereno de quien sabe que en la bonanza el beneficio será mayúsculo. Su gallardía no será menor en los tiempos de crisis y zozobra. También entonces mantendrá la frente altiva en la certeza de que, cómo no, en esta coyuntura la ganancias no dejarán de acrecentarse.
El capitalismo, en estas tallas grandes mucho más que en las pequeñas, da de sí una barbaridad.
viernes 30 de enero de 2009

Habrá quien denueste la abyección de la industria a la que El Pozolero sacrificó sus mejores años. Quien esto haga estará emitiendo un juicio apresurado. No podemos olvidar que la naturaleza humana es poliédrica. La de El Pozolero, en particular, también lo era. Cierto que jamás preguntó por el origen de los cuerpos que le eran entregados para su disolución en los caldos corrosivos que él mismo sazonaba. Pero si reconocemos esto, como lo hacemos, habremos también de aceptar, en defensa de su reputación y buen nombre, que nunca jamás de los jamases consintió El Pozolero en someter al ácido devastador las delicadas carnes de una señorita o las tiernas mantecas de un niño. Un escrúpulo éste que siempre observó, en el respeto a la que consideraba una de las reglas sagradas de la urbanidad, la etiqueta y el buen gusto: “Excepción hecha del bárbaro hábito de eructar en la mesa, no puedo imaginar nada más inapropiado y desagradable que fundir el cadáver de una dama o el de un infante en líquidos corrosivos”, solía sentenciar.
La perversidad esconde estas galanterías, que no son otra cosa que concesiones a la bondad.
Como quiera que nadie es perfecto, puede aseverarse, sin temor de incurrir en error, que ningún ser humano es capaz de una maldad impecable. Como los santos, cuyas virtudes resultan tanto más apreciables en contraste con sus vicios, también los malnacidos son gente incoherente. Podemos fácilmente imaginar cómo el oficial responsable de la dispensación a los judíos del Zyklon B, tras una agotadora jornada en el campo de concentración, llegaba a casa, saludaba afable a los miembros del servicio, reemplazaba las rígidas botas militares por mullidas pantuflas, leía a sus amados pequeños un cuento antes de enviarlos a la cama y daba a su esposa un beso de buenas noches.
Un pensamiento muy extendido, y, a mi parecer, erróneo, es el que sostiene que los malvados son gente congruente. Si uno hace un cesto, hace ciento, dice el refrán. Pero si aceptamos esto, si convenimos que los villanos mantienen de manera permanente una conducta coherente con su perfidia, entonces estaremos hurtando a la vileza lo que tiene de humano. Si las cosas fueran así, el director de recursos humanos de una empresa que despide de manera injusta a un padre de familia debería, en atención a esa coherencia, escupir en la calle camino de casa, patear al perro del vecino, abofetear a la esposa, denigrar al portero y, en contra de todo aquello en lo que El Pozolero creía antes de ser arrestado por la policía de Tijuana, eructar en la mesa. De ordinario, esto no sucede.
Sólo los canallas célebres, autores de reconocidos genocidios o latrocinios universalmente famosos, son tenidos como tales por la común opinión. En la mayoría de los casos, los miserables pasan desapercibidos, y sólo desvelan su condición de perfectos hijos de puta ante sus víctimas. Usted conocerá a alguno.
jueves 8 de enero de 2009
LOS NIÑOS MUERTOSIsrael ha adoptado la irrenunciable resolución de erradicar de la faz de la Tierra cualquier vestigio de la existencia de Hamás. El estado judío ha tomado una decisión cuya ejecución no podrá ser detenida, contenida o postergada. El gobierno de Olmert ha emprendido una campaña de exterminio, un plan de aniquilación, una purga delineada con un trazo tan grueso que no distingue entre terroristas y civiles, combatientes e inermes, hombres-bomba y niños.
Los portavoces del gobierno israelí han anunciado la activación de una meditada operación inspirada en el noble fin de acabar de una vez por todas con el terror, justificada en el derecho a la defensa que asiste a sus nacionales. El despliegue militar ya se ha iniciado, y todo ser humano que deambule por la Franja de Gaza es objetivo potencial. La patria soñada por Herzl se erige en adalid de la guerra contra el fanatismo, una guerra emprendida, cosa notable, por los soldados del pueblo que como mérito más relevante se arroga el de haber sido elegido por Dios. Cada cual sitúa la línea del fanatismo donde se le antoja.
No demos más rodeos. La campaña militar ordenada por Israel en suelo de Gaza constituye un acto criminal. Lo es por su falta de misericordia, pero, principalmente, por su meticulosa planificación.
Un centenar de niños muertos. Una cifra que debería bastar para calificar la atrocidad en la que se halla empeñado el ejército hebreo, una tarea acometida con la pulcritud del carnicero. Y todo ello con el silencio cómplice y vergonzante de la comunidad internacional, una voz meliflua y trémula que reconviene a los matarifes con la dulzura con la que se amonesta a un niño travieso. Un centenar de niños muertos.
El ejecutor de las matanzas atribuye estos crímenes a la depravación de un enemigo que no duda en utilizar a sus propios hijos como escudos humanos. La ONU ya ha negado que en las escuelas en las que se produjeron los asesinatos de estos días existiera actividad militar alguna de Hamás. Tanto da. La justificación israelí es de una lógica tan impecable como repugnante. Si los adultos nos disparan acompañados de sus hijos, nosotros repeleremos el ataque aun a sabiendas de que también los niños perecerán bajo nuestro fuego. Un fanático criminal que hace estallar una bomba adherida a su cuerpo mientras viaja en un autobús repleto de niños es un terrorista; un oficial del ejército que bombardea una escuela en cuyo interior buscan refugio familias completas es un profesional competente que participa en una operación anti-terrorista.
Detrás de todo esto se embosca una vieja idea de los fundadores más recalcitrantes del estado de Israel: la de que los palestinos no son sino unos usurpadores de la Tierra Prometida, una mala simiente que resulta necesario arrancar, una molestia. Los sucesivos gobiernos israelíes jamás consideraron los derechos de los palestinos porque ni tan siquiera llegaron a considerar la existencia de los palestinos. Y es este odio al otro, esta voluntad de exterminio del otro, esta percepción del otro como un animal sin alma, donde los dos fanatismos se encuentran: el hebreo, que quiere un Gran Israel puro e incontaminado, y el palestino, que busca arrojar a los judíos al mar.
Concluida la operación con la eficiencia que caracteriza al ejército hebreo, los israelíes pondrán fin a las hostilidades. Hasta entonces, los gobiernos occidentales continuarán censurando a media voz el comportamiento de Israel, afeando la conducta de sus dirigentes en algunos foros y llamando a un entendimiento entre las partes. “Entre las partes”, como si el exterminio programado de un pueblo fuera cosa de dos, aunque quizá lo sea, un pas de deux donde mientras uno de los partenaires dispara el otro corre sin posibilidad de huir a ninguna parte. Israel ha cerrado la Franja de Gaza como quien clausura una ratonera. Centenares de muertos, ningún refugiado.
Al final, vuelta a empezar. Más odio, más dolor, más criminales rabiosos dispuestos a inmolarse en los autobuses urbanos de cualquier ciudad de Israel. Y también más ataúdes blancos. A día de hoy, un centenar de ataúdes blancos.
jueves 1 de enero de 2009
RATO DE MI HERMANAEn ocasiones, mi madre me ataviaba como de domingo, perfilaba con precisión de agrimensor la raya del peinado y me conducía de la mano al estudio de fotografía. Aquel ritual, repetido con periodicidad anual, tenía por único propósito rendir tributo a la maternidad, pero no al concepto abstracto y perdurable, aquél que se identifica con la historia de la especie misma, la que va desde nuestra primera antepasada peluda y preñada hasta los úteros feraces de las infantas de España. El homenaje de mamá tenía carácter privado. Ella celebraba una maternidad particular, la suya propia, y, por extensión, sus resultados, esto es, esa bendición de hijo al que todas las vecinas envidiaban su planta de estrella infantil de la televisión.
Aquella ceremonia ritual encontraba en mi hermana pequeña a otra de sus víctimas propiciatorias. Uno de los mayores berrinches que le recuerdo a mamá fue instigado por el calamitoso fracaso de una de estas expediciones fotográficas. La niña había sido vestida conforme a lo que en aquellos tiempos era tenido como canon del buen gusto. Mi hermana menor lucía pantalón de peto a cuadros y “jerselito” de cuello vuelto, indumentaria hermoseada por un broche con la efigie del Divino Redentor labrada en oro y zarcillos de lo mismo. La pequeña había de limitarse a exprimir su gracejo pueril ante el fotógrafo con el fin de obtener un retrato digno de ser empleado en la elaboración de postales con las que mi madre tenía pensado felicitar las navidades a su nutrida parentela. Sin embargo, ya fuera por la impericia del retratista, ya por la escasa predisposición al modelaje de mi hermana, lo cierto es que la imagen que se imprimió en el negativo acabó recibiendo los vituperios y condenas más gruesos que jamás hayan salido de los labios de mi progenitora.
Lo que ocurrió fue que la niña, inspirada seguramente por un súbito arrebato de párvula rebelión, frunció el ceño, abrió la boca para exhibir sus mellas y extravió los ojos en un bizqueo impropio de una criatura de nuestra especie, acciones todas ellas ejecutadas en extraordinaria sincronía con el fotógrafo, quien aprovechó ese preciso instante, y no otro, para pulsar el botón y, con este gesto en apariencia banal, dejar para la posterior una prueba irrefutable de que el rostro de aquel angelito sólo pudo ser consentido por la existencia de un Dios inmisericorde.
Huelga decir que las postales jamás fueron distribuidas.
Ahora, con el transcurso de los años, creo haber descubierto las motivaciones que justificaban esa monomanía de mi madre por retratar a toda su descendencia. Mamá andaba persuadida de que dentro de miles de años, en algún lugar inhóspito y enterradas en el fondo de una covacha inaccesible y húmeda, criaturas de una civilización más avanzada que la nuestra descubrirían, semiocultas entre otros vestigios de la España del siglo XX, las fotografías de sus hijos en impecable estado de conservación. Mi madre imaginaba que, como un Carter ante la momia de Tutankamón, aquel arqueólogo del futuro tomaría entre sus manos mi retrato, lo expondría a un haz de luz polvoriento y, presa de la emoción y el aturdimiento profesionales, exclamaría sin vacilación: “¡Es el Anselmito!”.
La experiencia de haber sido testigo de esta obsesión materna por los retratos me ha legado no pocas enseñanzas. La más edificante de todas ellas es la que a continuación se consigna. Los seres humanos albergamos la vana pretensión de dejar tras de nosotros un rastro indeleble gracias al cual no pasaremos desapercibidos para la posteridad. Es por esto por lo que escribimos libros, erigimos catedrales, plantamos árboles, conducimos pueblos hacia la gloria, grabamos epitafios sobre las tumbas, garabateamos las paredes de las cuevas, investigamos para dar con el paradero de virus diminutos, interpretamos a Shakespeare sobre el escenario con gran éxito de crítica y público, presentamos un reality-show bendecido por la audiencia, tomamos posesión de la Dirección General de Seguros y Fondos de Pensiones, contraemos matrimonio con Carla Bruni o la Duquesa de Alba, recibimos emocionados el Especial de Pura Cepa en su edición de 2011, componemos un réquiem tristísimo, posamos desnudos para la portada de “Interviú” y, sobre todo, y en primerísimo lugar, atildamos a nuestros hijos con jabón y agua de colonia para que en el estudio les hagan un retrato.
jueves 18 de diciembre de 2008
NADIE ESTÁ A SALVO Los diarios del pasado martes informan de que el mayor del ejército estadounidense Félix Batista, experto en la prevención de secuestros, ha sido secuestrado. La vida gasta estas bromas, ya saben: el cazador cazado, el herrero en cuyo ajuar sólo se guardan cuchillos de palo, la soga oscilante en casa del ahorcado…
La experiencia abunda en casos similares, será suficiente con echar un vistazo a los periódicos.
Los clientes de Mr. Bernard L. Madoff son sujetos adinerados, familiarizados con los arcanos de las finanzas, instruidos en el cálculo del beneficio y la ponderación de los valores más rentables. Tan perspicaces y avisados que no advirtieron que el bueno de Mr. Madoff, en quien tanta confianza y capital depositaron, les estaba timando.
No hay más que saltar de la sección de economía a la de internacional para darse de bruces con otros ejemplos ilustradores de la vulnerabilidad del ser humano.
El hombre más poderoso de la Tierra, el más protegido, el avezado general de ejércitos, el conquistador de tierras hostiles, el gran logista, el eminente estratega, el guerrero habituado a batallar contra el mal habría pasado a mejor vida si su antagonista hubiese sido un periodista más ducho en la disciplina del lanzamiento de calzado (un 42, todo lo más, según cálculo elaborado a ojo de buen cubero a partir de las imágenes ofrecidas por televisión), si hubiese encontrado enfrente a un gacetillero adiestrado en el milenario arte marcial del zapatazo letal en sus muy diversas modalidades, a saber, el escarpín asesino, la chiruca ponzoñosa, la sandalia magnicida.
Como ocurre con los calzoncillos bóxer, la única muerte que nos sienta bien es la que se ajusta a nuestra talla. Vea si no. Hizo falta una conspiración para asesinar a Kennedy; para liquidar a Bush, habría bastado con unos náuticos.
Un reconocido especialista en secuestros, secuestrado; lo más selecto del mundo de los negocios, estafado; el hombre capaz de poner en marcha la maquinaria de destrucción más aterradora del planeta, a merced de un plantillazo. El sendero de la existencia esconde tras cada recodo ironías como éstas.
Podríamos añadir a los ya relatados otros casos inventados: el virtuoso concertista despachurrado por el piano de cola que se precipita desde un quinto piso a causa de la ineptitud de los operarios de una mudanza; el prestigioso cocinero, formado en los fogones de “El Bulli”, deconstructor de tortillas y paladar refinado, devorado por una tribu antropófaga durante unas infaustas vacaciones en Kenia; el cargo público, tipo próspero cuya fama y fortuna se forjaron al socaire de un carácter maleable y servil, ahogado por su propia lengua, vuelta del revés por accidente, la misma que tantos halagos prodigó y tantas posaderas lamió para fraguarse una carrera fulgurante y provechosa.
Nadie está a salvo.
miércoles 10 de diciembre de 2008
A Existe la muy extendida idea de que la felicidad está emparentada con la estabilidad, la permanencia, la duración. La moral común prefiere de largo un matrimonio longevo a una fugaz cita sexual en unos urinarios públicos; un adosado en San Enrique de Guadiaro a una roulotte con inodoro; unas adidas a unas esparteñas.
Lo que permanece goza de gran prestigio y predicamento.
La Capilla Sixtina es celebrada por la belleza que acoge pero, sobre todo, debe su consideración de obra estimable a la certeza de que, a pesar de sus quinientos años, no va a desmoronarse mañana sobre las cabezas de cardenales y turistas. Una gran fortuna es tanto más admirada cuanto más rancio sea su abolengo: no hay nadie más vilipendiado que quien malbarata un gran patrimonio en los treinta minutos que dura una partida de póker.
Los humanos nos asombramos ante quien, sepultado bajo un edredón de arrugas, alcanza la provecta edad de 120 años. Todos aplaudimos enardecidos tamaño derroche de resistencia, esa insobornable obstinación en durar, esa oposición reacia a dejarse consumir. Vivir más de un siglo constituye una hazaña digna de elogio. Contrasta este prejuicio con la consideración que se dispensa al logro opuesto, esto es, el empeño por morirse antes de tiempo. Quien a la edad de veinte años fallece atragantado por un hueso de pollo despliega una precocidad que, si hemos de apelar a la ley de la correspondencia, debería reconocerse tan meritoria como la inmunidad del viejo decrépito a las leyes de la biología. Una existencia larga es tenida por la mayoría como una bendición; una vida breve no puede sino lamentarse como una contrariedad. No cabe duda de que quien más dura, más admiración concita. Pero continuemos, porque hay más.
Una erección priápica, inagotable, exuberante es un exceso mucho mejor valorado entre el público concernido que un modesto alarde viril de apenas medio minuto, por muy satisfactorio que éste pueda llegar a ser. La justificación a esta preferencia es bien sencilla: la prolongada permanencia en el tiempo de este estado de pujanza se reputa, inmediatamente, como síntoma de salud y deja a las claras que nos hallamos ante un suceso biológico de entidad encomiable.
Durar, persistir, elongar, permanecer, eternizarse, perseverar, prolongar, perpetuarse…
El reclamo de toda religión que se precie encuentra su atractivo precisamente en esto. Dios proporciona una vida eterna que, para mayor regocijo, se presume, en tanto que infinita, el colmo de la felicidad. Pero imagine a un dios mezquino que, igualmente, prometiera un paraíso cobijo de goces y plenitudes, pero que, a diferencia de las deidades conocidas, limitara su disfrute a un par de semanas. Algo así como unas vacaciones en Marina D’Or pero post-mortem. Catorce días de dicha espiritual absoluta al lado del Creador, y después nada. Un dios así, incapaz de garantizar una vida eterna, tan sólo convocaría a su iglesia a un puñado de perturbados. Lo que nos interesa de Dios no son los deleites del Cielo, sino que éstos son eternos. El prestigio de la religión es el mismo que fundamenta la fama de las pilas alcalinas o los pantalones de pana.
Si ha seguido hasta aquí todos estos razonamientos, habrá de concluir conmigo que algo tan provisional como un empleo interino, por tiempo limitado, probablemente en condiciones laborales inaceptables, con un salario desabrido e insuficiente, debería ser repudiado por desaconsejable y perjudicial. Sin embargo, millares de jóvenes en nuestro país se resisten a abandonar tal estado. ¿Qué les retiene? La esperanza vana de un contrato fijo, de que ese empleo miserable se convierta un día en un puesto de trabajo estable.
Si no fuera por esta obsesión nuestra por la permanencia, por lo duradero, aun cuando esto se presente sólo como un logro improbable, haría tiempo que los jóvenes habrían dado un portazo y habrían irrumpido en la calle para reclamar lo que les corresponde.
Lo hagan o no, sucederá que una mañana un elefante asiático escapado de un circo nos sorprenderá en la calle y, aterrado por la huida tumultuosa de los viandantes y la estridencia de las bocinas del transporte público, se erguirá sobre sus patas traseras para, con el vigor redoblado que procura el espanto, aplastarnos el cráneo de un certero golpe de trompa. O esto, o una oclusión intestinal, o el estallido de una arteria, o un adelantamiento indebido en la autopista Bilbao-Behovia. Y es que no hay nada más interino que la existencia.
miércoles 3 de diciembre de 2008
HOMOSEXUALIDAD E IGLESIAEl individuo floral contempla el mundo como un prodigio, un espectáculo opulento y desbordante regido por un mecanismo delicado y sutil cuyos resortes sólo pueden ser activados por el suspiro de un ángel.
El individuo hortícola, por el contrario, no se anda con tantos melindres y piensa que la mecánica del universo es, en lo esencial, idéntica a la de las lavativas.
Una mentalidad floral interpretaría la desaconsejable inclinación de la señora Esperanza Aguirre a dejarse ver en accidentes aéreos y tiroteos terroristas como un indicio de la existencia de Dios. De este modo, Aguirre vendría a ser algo así como una elegida, la protegida por una voluntad omnipotente y caprichosa que deposita su gracia en un ser de entre tantos, uno entre millones, invistiendo a éste, y sólo a éste, con la dignidad que le distingue como favorito de los dioses.
Un espíritu hortícola se contentaría con una explicación más prosaica y pedestre: “La Aguirre es gafe”, concluiría.
Imagine, ahora, a un hombre de planta excelente, con las guías de los bigotes engominadas y el cabello escindido en dos crenchas por una raya precisa y rectilínea, cual lecho del Mar Rojo que se descubre para permitir el paso del pueblo de Israel. Hermoseados torso y extremidades por la elegancia nunca pasada de moda del traje de tergal, el petimetre enamorado se rinde de hinojos a los pies de la preferida de su alma y, con mirada bovina, encomia sus labios carnosos cual pétalos de amapola, sus ojos de lapislázuli, su corazón de oro.
“He aquí un poeta”, dirá el del espíritu floral.
“He aquí un traficante de órganos”, replicará el del carácter hortícola.
El tipo de humano floral ve en las viñas, todavía en flor, el sol que quedará cautivo en la piel de la uva jugosa; advierte en la sonrisa postrera del moribundo el anuncio de una vida de dicha eterna junto al creador; vislumbra en el alboroto del niño de voz argentina un futuro preñado de promesas…
En oposición, el tipo hortícola apenas si aprecia en los viñedos el paso devastador de la filoxera; en la sonrisa del agonizante, la presencia de una caries, dos puentes y un principio de piorrea; en el jolgorio del infante, la justificación de un deseo ferviente que exige el retorno, por este orden, de Herodes, Torrebruno y los Chiripitifláuticos.
La experiencia de la vida cotidiana ofrece rara vez ejemplos puros e incontaminados de uno u otro de los tipos de humor que venimos reseñando. En cada uno de nosotros, sea cual sea la proporción, conviven jazmines, jacintos y violetas con calabacines, repollos y cebollinos. Pese a esta evidencia, de tiempo en tiempo en algunos de nuestros congéneres se manifiesta una actitud inequívocamente floral o genuinamente hortícola. Ya se trate de una u otra conducta, estas insólitas ocasiones permiten observar, según el caso, la grandeza o miseria humanas.
La iglesia católica ha expresado su más enérgico rechazo a una propuesta de la Unión Europea por la cual se reclamará a la Organización de las Naciones Unidas que impulse una campaña cuyo objetivo sea la despenalización de la homosexualidad en el mundo. Aun hoy, decenas de países persiguen, encarcelan y ejecutan a los homosexuales por el mero hecho de serlo. Oponerse a una lucha que pretende poner fin a los padecimientos de estas pobres gentes resulta poco compasivo e, incluso, escasamente cristiano.
San Isidro Labrador, patrón de los agricultores, debería hacer patente la ira de Dios con una lluvia torrencial de nabos y coliflores sobre el Vaticano.
martes 25 de noviembre de 2008

Un grupo de científicos estadounidenses ha conseguido devolver el habla a un mudo mediante la implantación de un microchip en su cerebro. El hallazgo abre un vastísimo y prometedor campo de aplicaciones, la más obvia de las cuales permitirá recuperar el don de la palabra a quienes por caprichos de la biología se han visto hurtados de ella. Pero los beneficios que procurará este hallazgo científico no pararán aquí, siempre y cuando los neurocirujanos artífices de tan encomiable descubrimiento mantengan una actitud generosa y desprejuiciada. Les bastará con recurrir a la lógica inversa para darse cuenta, de inmediato, del mucho bien que esta innovadora técnica quirúrgica puede deparar al mundo. Pues, y aquí reside el quid de la cuestión, si como queda dicho un microchip empastado en la blandura de la masa cerebral devuelve el habla, ese mismo microchip, recurriendo al proceso de pensamiento inverso más arriba aludido, bien puede utilizarse para privar del lenguaje articulado. ¡Qué oportunidades no revelará al género humano para su perfeccionamiento un instrumento capaz de callar la boca a los más mastuerzos de la especie! ¡Cómo no habrá de prosperar el intelecto humano si, mediante tan feliz expediente, cribamos de impurezas el caudal espiritual del hombre para que mane tan sólo, silente y cristalino, el torrente de las aguas más mansas y transparentes!¡Sumir a los idiotas en el silencio para que, atronadoras y subyugantes, resuenen en solitario las voces de los sabios! Bendita sea la ciencia.
Todo lo que anda p’alante adelante, anda p’atrás, dejó escrito mi abuela en algún lugar. Si el microchip otorga la capacidad de hablar, también podrá arrebatarla. Es ésta, precisamente, una de las grandes aportaciones de los seres humanos al orden de la naturaleza: la reversibilidad.
El homo sapiens ha introducido en el universo la idea de lo reversible, una noción ajena a la esencia misma de la Creación. Un ejemplo palmario de ello lo constituyen las obras de su entendimiento, de entre las cuales ésta del microchip que hace hablar a los mudos no es la menos relevante. El mundo natural no es, de suyo, reversible. Un capullo se deslía mientras, pujante, de entre las hebras doradas emerge una mariposa de turbadores colores y alas quebradizas. Un ser hermoso y diminuto sobrevuela el cubil que ocupara aquél que semanas atrás no era sino una larva gris, arrugada y fea. Sin embargo, y esto avala nuestras tesis, la naturaleza, por mucha sabiduría que le atribuya la tradición, se muestra por entero incapaz de revertir el proceso de manera que el grácil lepidóptero retorne a su condición de capullo.
Resultaría un recurso fácil, e impropio de la altura intelectual de este diario, oponer al caso expuesto el del prohombre que, hermoseado cual mariposa con traje de chaqueta y cargo público recibido del partido, regresa al hogar tras una ardua jornada de trabajo para, despojándose del hábito mundano, recuperar en la intimidad de su domicilio la condición de capullo que creyó abandonar en el instante mismo en que estampó su firma en la ficha de afiliación. No, sería una simpleza recurrir a la comparación, grosera por obvia, del capullo animal que se ovilla y el capullo social que observa el universo tras los cristales tintados del coche oficial.
Será mucho mejor para nuestra reputación de periodistas ilustrados y para tranquilidad del lector afiliado recurrir a argumentos que denoten una educación refinada. Si lo que se propone es debatir la reversibilidad como creación del ser humano, lo apropiado, elegante y cultivado es citar, verbigracia, el brebaje que transformaba al honesto Jeckyll en el pervertido Hyde, y viceversa; las prácticas médicas que permiten reimplantar miembros allí de donde fueron amputados; la moviola que patentó el colegiado Ortiz de Mendíbil, gracias a la cual Benito, emérito central del Real Madrid, pateaba la tibia del delantero centro rival una y otra vez, una y otra vez…No, la naturaleza no es reversible. No existe agente natural alguno capaz de devolver a la vida a un ser que acaba de fallecer; el pollo que inerme se asoma a la existencia no podrá ser reintegrado al huevo. Del mismo modo, los tontos no pueden escapar a su condición de tales. Aunque siempre puede practicárseles la técnica del microchip para callarlos.
Lo dicho, bendita sea la ciencia.
miércoles 19 de noviembre de 2008
Pero más allá del desacierto en el empleo de las figuras retóricas, todos coinciden en lo fundamental. La prensa internacional ha podido comprobarlo con el cotejo de las declaraciones recogidas entre los portavoces más cualificados del FMI, la OCDE, el Banco Mundial, el G-8 y la Reserva Federal de los Estados Unidos. Los periódicos económicos de prestigio han invertido un caudal generoso de tinta para describirnos el entusiasmo unánime que anida entre los muñidores del nuevo orden económico mundial, aunque, entre tanto estrépito, ha dejado de oírse una opinión que, si de lo que se trata es de refundar el capitalismo, no debería obviarse de ninguna manera. Nadie ha reparado en esta ausencia. ¿Nadie? No, nadie, no. Un avezado reportero del modesto rotativo “The pedestrian pages” ha dado con el paradero de este personaje en un inmundo suburbio de una insalubre megalópolis africana. Para los menos informados habremos de aclarar que aquél de quien hablamos responde al nombre de Moroso Nmenguo, propietario de la mayor miseria del planeta, según se recoge en el último número de la revista “Forbes”.
“El futuro se antoja esplendoroso pues, si como todos deseamos, los planes propuestos se llevan a la práctica según lo acordado, todavía mañana podremos seguir enorgulleciéndonos de que la de los Nmenguo continúa siendo la mayor de las pobrezas de la Tierra”. El patriarca de los Nmenguo sabe de lo que habla. La familia ha vivido durante los últimos meses momentos de enorme zozobra e, incluso, según confirma el entrevistado al redactor del “The pedestrian”, el consejo de administración de esta pobreza de solemnidad sopesó muy seriamente la posibilidad de una fusión con alguna otra insolvencia del gueto para, mediante esta operación financiera de urgencia, hacer frente del mejor modo a tan funestos tiempos. “Ya no será necesario pues el G-20 ha garantizado el protagonismo del mercado frente a las veleidades proteccionistas, una política que, sin duda, preservará la solidez de mi enorme indigencia”, confía al periodista sabedor de que un suceso tan nimio como el hallazgo de medio dólar entre el fango puede dar al traste en un instante con la más consistente de las insolvencias.
“Sólo puedo decir que el día de hoy es histórico”, concluye Nmenguo mientras reabsorbe con estrépito una densa y olivácea vela de mocos que había conseguido elongarse hasta la altura del cuello de su camisa.
EL JUICIO DE DIOSArrastrado por este siglo XXI vertiginoso y atroz, uno no alcanza a darse cuenta de la cantidad de prejuicios que acumula. Entre ellos, y los citamos sólo a modo de ejemplo, figuran la certeza de que ceder el asiento en el autobús a una señora de edad es un hábito edificante o la convención que considera inaceptable celebrar con un eructo la llegada de los postres en una cena de etiqueta. Sin embargo, el ser humano no siempre ha sido una criatura tan refinada.
Hubo un tiempo en el que los rapsodas vestían calzas ceñidas y las damiselas se tocaban con un capirote desde cuyo vértice se precipitaba una suave gasa traslúcida. Para los menos avisados, me estoy refiriendo a la Edad Media.
Aquellas gentes compartían con nosotros pasiones, quebrantos y miedos, pero, pese a tales fraternales semejanzas, jamás habrían tomado por un gesto fuera de tono el trueno de un buen regüeldo alimentado por los gases fétidos macerados en unos saludables jugos gástricos. Quizás no estuvieran faltos de razón. Un eructo correctamente expulsado sanea los conductos digestivos y ejerce efectos reconstituyentes sobre el tubo faríngeo. Pero no divaguemos.
Hablábamos del Medievo, unos años duros, tenebrosos, en los que no había lugar para remilgos. Una muestra clara de esa actitud franca y desinhibida del hombre medieval la proporciona su particular sistema de administración de justicia. Ajenos a las finezas del Derecho Procesal, idearon un método que, además de eficiente, venía recomendado por el mejor de los patrocinios de los que pueda disfrutarse: el de Dios en persona. El hallazgo fue bautizado, precisamente, como “el juicio de Dios”.
El procedimiento encontraba en su misma sencillez la cifra de su eficacia. El reo, encadenado y barbado, cual era moda entre los presidiarios de la época, debía superar las pruebas que un malintencionado jurado le imponía para demostrar su inocencia. Una de las modalidades de este ingenioso recurso concebido para la impartición de justicia era aquélla que obligaba al acusado a sostener un hierro incandescente entre las manos. La inocencia de la víctima de tales abusos sólo quedaba acreditada si, tras la ominosa prueba pericial, el metal al rojo no dejaba huella alguna sobre su piel. Tal prodigio, si es que sucedía en alguna ocasión, era la manifestación de Dios, quien abandonaba sus quehaceres cotidianos para exonerar de toda culpa al preso. Ni el Rodríguez Menéndez de los mejores tiempos habría sido capaz de obtener un veredicto de inocencia con semejante sistema procesal.
Dios debe saber, en su omnisciencia, que cuando creó a los humanos del barro no estaba creando a idiotas. Y es que la gente de nuestra especie, desde el grosero hombre medieval al hombre tecnológico del tercer milenio, siempre ha utilizado a Dios como excusa para justificar sus más abyectos desmanes. Argüir que Dios está de nuestro lado confiere empaque y prestigio, amén de ser una estratagema que siempre ha reportado excelentes resultados.
De tales cosas andábamos convencidos hasta que el pasado lunes los periódicos publicaron una noticia que ha de invitarnos a la reflexión. La cosa es que, en nombre de Dios, sendos grupos de religiosos cristianos armenios y griegos ortodoxos se liaron a mamporros en la iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén. La zapatiesta deja algún que otro ojo amoratado y, lo que es más importante, una duda teológica irresoluble: en una trifulca entre hombres de Dios, ¿de qué lado está Dios?
El asunto no es baladí pues, si tras este revelador suceso, lo natural es que comencemos a dudar de todos aquéllos que dicen hablar en nombre de Dios, también habremos de hacerlo de aquéllos otros que atribuyen sus obras a la defensa de otras verdades supremas.
¿Por qué confiar en aquél que, en nombre de la estabilidad económica, entrega dinero público a los bancos? ¿Por qué creer a quienes, en nombre de la moda y el gusto, decretan que los calcetines blancos no combinan con un par de zapatos de exclusivo diseño italiano? ¿Cómo no recelar de los que, en nombre de la gobernabilidad de las instituciones públicas y la democracia, se conducen como rufianes?
Los hombres medievales, sencillos y campechanos como eran, no habrían dudado en imprimir su personalísimo toque a las modernas ceremonias con las que se celebran las tomas de posesión de los nuevos alcaldes. Ellos habrían adoptado la precaución de recalentar al rojo el bastón de mando antes de entregarlo al cargo electo.
Por si Dios tuviera algo que decir.
jueves 30 de octubre de 2008
EL ORDENANZA, INVENTO ANÓNIMOContra lo que pudiera creerse, el ordenanza no fue ideado para aprovisionar de cafés y tejeringos a los jefes de negociado, ni para apilar expedientes bajo el vano de la escalera, ni para cargar con la compra de la señora del ministro desde la sede de la representación del gobierno hasta el domicilio familiar del excelentísimo señor. Esto no era más que apariencia. En realidad, el ordenanza fue creado para expiar las culpas de quienes por formación, fortuna o parentesco fueron acomodados por encima de él dentro del ecosistema ministerial.
Si el señor ministro reconvenía al secretario general, éste endosaba la responsabilidad al señor subsecretario quien, en un alarde de prestidigitador, la desviaba hacia el director de departamento, que, sin dilación, llamaba a capítulo al jefe de sección, paso previo e inexcusable a la severa reprimenda que minutos más tarde recibiría el oficial de primera, a quien, con las orejas gachas tras el rapapolvo, no cabía duda de la conveniencia de sancionar al auxiliar, cuya tendencia instintiva, encargada de cerrar el círculo, era la de largarle el muerto al desgraciado del uniforme que, impertérrito, ejercía su labor de centinela ante las puertas del ministerio. El ordenanza no era una categoría profesional, era una metáfora del mundo.
Un ordenanza imita a la naturaleza. Cualquiera que se detenga a observar con mínima curiosidad el comportamiento de las bestias advertirá cómo las criaturas a las que Dios privó de razón se erigen, al mismo tiempo, en amenaza para la supervivencia de unos y en apetitosa dieta para la glotonería de otros. En el orden natural, todos comen y son comidos. Lo que nos interesa saber es que al término de esta colosal merienda cena que es la existencia siempre hallamos a un tipo enclenque, diminuto e inofensivo que se lamenta porque es el único que nunca se come a nadie. Es lo que ocurre con los percebes en las rías gallegas y con los ordenanzas en las sedes ministeriales.
El ser humano imita a la naturaleza con el propósito de preservar la estabilidad y el óptimo funcionamiento del edificio social. Este afán de emulación se encuentra en el origen de la aparición del ordenanza y su parentela, seres concebidos para cargar con las culpas ajenas. Hablamos, entre otros, del árbitro de fútbol, la cuñada sorda y el trabajador asalariado.
Persuadido de la eficacia de tales mecanismos de reajuste social, el señor presidente del Consejo Superior de Cámaras de Comercio, Javier Gómez Navarro, ha declarado a un diario que el comportamiento irresponsable de los asalariados explica en buena parte la atonía que lastra la economía española. Gómez Navarro ha instado a los sindicatos a dejar de defender a “vagos”, consideración que, sin mayores precisiones, atribuye al trabajador asalariado en situación de baja laboral.
Que el señor Gómez Navarro diga estas cosas no debe llamar a escándalo. Al fin y al cabo, es por decir cosas como ésta por lo que le pagan. El señor presidente de las Cámaras de Comercio es un empleado aplicado. Cuando ejercía de secretario de Estado y ministro bajo gobiernos socialistas le pagaban por decir otras cosas, y las decía.
El interés de las palabras de Gómez Navarro reside en lo que tienen de confirmación de la vigencia y eficacia de ese mecanismo social para la atribución eficiente de la culpa que más arriba describíamos. Es la voz que nos alerta de que un Botín de riñón forrado con dinero público merece mayor crédito que un ordenanza de baja aquejado de paperas.
jueves 23 de octubre de 2008
La refundación del capitalismo, si es que finalmente se acomete, quedará consignada en los tratados como un acontecimiento histórico. Pero sea lo que fuere eso de refundar el capitalismo, nadie va a pedirle consejo a usted acerca de cómo hacerlo. El individuo de a pie nunca es considerado cuando se trata de asuntos de cierta trascendencia. ¡Qué le vamos a hacer! ¡Nos refundan el capitalismo y ni siquiera tienen la decencia de preguntarnos si tenemos alguna sugerencia que aportar!
No hay por qué acongojarse. Las cosas siempre han sido así. El ser humano común nunca participa de los negocios que proporcionan lustre a las reputaciones y reseñas en la Enciclopedia Británica. ¡Refundar el capitalismo! ¡Eso son palabras mayores! Usted, a lo sumo, dependiendo de si es persona de orden o un crápula, podrá aspirar a refundar una familia con una viuda de Alcobendas o un club de alterne cerrado por impago del impuesto de bienes inmuebles. Pero refundar un capitalismo como Dios manda, con sus cambios de paradigma, su reorganización del sistema financiero y su reordenación de los procesos productivos, eso, querido amigo, es harina de otro costal. Acéptelo. Es algo que, más tarde o más temprano, hay que acabar asumiendo.
El empeño individual de los tipos corrientes y molientes jamás ha escrito una sola línea de historia. No sé si, como se promete, alguien acabará por refundar el capitalismo, pero de lo que estoy absolutamente persuadido es de que no seremos ni usted ni yo. Una buena refundación del capitalismo requiere de un genio superior, de un talento sólo al alcance de unos pocos elegidos.
Nosotros, el pelotón de la especie, hemos de contentarnos con irrumpir en el templo de la Historia haciendo el bestia, movidos por un instinto feroz y sanguinario. Medítelo. Las plazas públicas de París donde la guillotina cercenaba los pescuezos de la muy ilustre aristocracia estaban repletas de gente como usted y como yo, entusiasmada con el solaz que proporcionaba tan ameno recreo. Un poco más allá en el calendario, los alemanes que aplaudían enfebrecidos las llamadas del Führer al exterminio del pueblo judío eran tipos sencillos, obligados a madrugar, a subvenir a las necesidades alimenticias de su prole y a morirse de una alferecía, una peritonitis o atragantados con un hueso de pollo. Si los seres humanos comunes participamos alguna vez en la construcción de la historia es a costa de cascar algunos cráneos ajenos.
Acepto que la historia nos ha legado una abundante relación de nombres cuyo genio y esfuerzo personales vencieron al olvido, hombres y mujeres dotados con esa rara cualidad que se premia con una lápida propia en el panteón de hijos ilustres. Pero yo no hablo de gente de genio ni de héroes. De quienes hablo es de aquéllos cuya carne alimenta a la masa, hablo del pueblo, de los consumidores, de los contribuyentes, de los electores, de los ciudadanos, de los televidentes y los clientes, de todos aquéllos que carecen de rostro, de usted y de mí.
Van a refundar el capitalismo y nosotros no vamos a tener en ello ni arte ni parte. A lo peor, si las cosas no salen como estaban programadas, puede que se nos requiera para rebanar gaznates en Wall Street o en la bolsa de Londres. O quizás se contenten con que consumamos lo que el nuevo orden capitalista, convenientemente refundado y remozado, exija que consumamos. Esto es, precisamente, lo bueno que tiene la gente corriente: su versatilidad. Lo mismo sirve para militar en las hordas sedientas de sangre de una revolución que para engrosar las millonarias audiencias de Gran Hermano.
domingo 19 de octubre de 2008
REFLEXIONES CAMPOGIBRALTAREÑASLA BELLA BAHÍA
La historia de la humanidad está cuajada de seres humanos excelsos cuya virtud fue menospreciada, cuando no vilipendiada, por las gentes de su tiempo. Estas criaturas providenciales, atrapadas en una época que no les correspondía ni por sensibilidad ni por inteligencia, propusieron a las sociedades en las que les tocó vivir empresas colosales, retos admirables que, de haberse acometido, habrían procurado no poco beneficio al mundo y a sus moradores. La amplitud de miras, la clarividencia, la superioridad de espíritu rara vez han menoscabado los prejuicios y melindres de la común opinión. La masa toma por insolencia lo que no es sino el eco de la verdad.
Hace 300 años un irlandés sugirió a sus compatriotas una solución para combatir las pesadumbres que afligían a la infancia en el país, entre las cuales el hambre no era la menor. Comámonos a los niños y, mediante tan sencillo expediente, habremos acabado con el sufrimiento de los púberes y aportado un apetitoso suplemento alimenticio a los adultos, vino a plantear aquella mente privilegiada. Víctima de supersticiones ancestrales y absurdas ideas preconcebidas, la pacata sociedad de su tiempo abominó de la propuesta y de su promotor. ¡Cuánto prestigio y poder no atesoraría hoy el solar de Irlanda si la mentalidad aldeana de aquellos días no se hubiese opuesto a un proyecto cuya grandeza moral no supo ni tan siquiera atisbar!
Apenas un siglo más tarde, otro hombre, un inglés en este caso, dio a luz una obra de prodigiosa penetración intelectual que, también en esta ocasión, fue execrada por sus coetáneos. Argumentaba este buen hijo de Inglaterra, y no sin razón, que el crimen más abominable podría ser aprovechado por las sensibilidades más delicadas para engrosar el acervo artístico de la patria y rendir, de este modo, el mejor homenaje a la raza que con el devenir de los años levantaría el mayor imperio que ojos humanos hayan contemplado. Este benemérito inglés mantenía que si nada hemos podido hacer por evitar un asesinato, si el criminal ha sido detenido y puesto a buen recaudo por los agentes del orden, si los deudos de la víctima han sido cumplidamente reconfortados y si, en general, la moral pública no tiene nada que reprocharse ante tan vil homicidio, no existe obstáculo, entonces, para apreciar este acto brutal y pervertido desde una perspectiva artística. El autor proponía, tras tales reflexiones, la consideración del asesinato como una de las bellas artes. El exterminio del semejante, como cualquiera de las otras disciplinas del espíritu, bien podría ser valorado por su escenografía, el arma escogida por el victimario, la limpieza de la ejecución o la emulación de los patrones clásicos encarnados en la austeridad de estilo de un Caín o en el preciso descabello de un Bruto.
Todo el oprobio y el desprecio de su época cayeron como un manto de iniquidad sobre los hombros de este visionario.
Lo que sigue pretende ser un homenaje a esta tradición de hombres cuyo altruismo, sustentado en el más elevado criterio, obtuvo por toda retribución el mayor de los desprecios. Sin arredrarme ante la posibilidad de ser reprendido del mismo modo, hoy, con toda la solemnidad que han de revestir los gestos munificentes, regalo a la sociedad campogibraltareña de mi tiempo la solución definitiva que permitirá acabar con las amenazas contaminantes que se ciernen sobre nuestra bella Bahía. Campogibraltareños: BE-BÁ-MO-NOS-LA.
El plan resulta impecable en su concepción y doblemente beneficioso en su ejecución, ya que tan ciclópea empresa podría encomendarse a los desempleados de la comarca, quienes serían reintegrados al mercado laboral con la encomienda de sorber toda el agua de la Bahía a cambio de un salario acorde con las dificultades del empeño y pertrechados con sus correspondientes pajitas. Si conseguimos allanar la oposición de los sectores más reaccionarios, que, de seguro, intentarán desacreditar el proyecto, habremos logrado terminar, de una vez por todas, con dos de los males atávicos que asuelan esta tierra tocada por Dios: el paro y la polución marina.
Consejeros, munícipes y delegados varios podrán así dedicar a sus familias y haciendas el tiempo que actualmente invierten en intentar persuadirnos de que, esta vez tampoco, el vertido ha sido para tanto.
Si se pretende ser honesto con el lector, no podremos obviar que el currículo del cual mi primo presumía se sustentaba sobre débiles fundamentos. Decirlo de este modo ya constituye todo un gesto de generosidad hacia el primogénito de mi tía, cuya biografía no aguantaría el más negligente de los escrutinios que pudiera promoverse para hallar alguna justificación al rimbombante título con el que se hacía anunciar en los círculos mundanos. Un flirteo fugaz con una ciudadana hondureña domiciliada en Cáceres, del que escapó escaldado, y el consumo en su juventud de un porro de costo rojo libanés, que en un tris estuvo de ocasionarle más secuelas neurológicas de las que ya arrastraba desde su nacimiento, se antojan escaso bagaje para arrogarse la condición de experto en bandas criminales dedicadas a la explotación de inmigrantes y el tráfico de drogas. Pero nada de esto arredraba a mi primo.
Tal fue su insistencia, tanta la perseverancia empleada, tanta la tenacidad invertida en el empeño que, con los años, y a fuerza de repetirlo ante todo bicho viviente, la sociedad de su tiempo acabó por convencerse de que, sin género alguno de duda, Don Feliciano Pérez era, entre sus iguales, el más avezado conocedor de los hábitos criminales del lumpen y el malevaje, el martillo del delito, el hombre escogido que, con desprecio de su propia vida, señaló sin pudor el comportamiento abyecto y venal de las mafias y sus corruptos protectores. Mi primo, cuando se lo proponía, conseguía ser muy persuasivo.
Los tópicos son hijos de la reiteración. Mi primo no se cansó durante toda su vida de asegurarle a todo quisque que era lo que en realidad no fue nunca. Pero la persistencia resultó premiada, y cuajó un tópico: el de Feliciano, perito en mafias.
Una mentira repetida hasta la saciedad alumbra un tópico: ni todos los andaluces son unos indolentes, ni todos los jueces tienen cara de acelga, ni todas las suegras cobijan bajo el pellejo un lagarto extraterrestre que aguarda el momento propicio para abandonar su escondrijo y merendarse a un yerno. Nada de esto es cierto. Son tópicos falaces. Pero que las mentiras reiteradas engendren tópicos no significa que todos los tópicos estén fundados en una mentira.
La prensa recoge estos días la preocupación expresada por un selecto grupo de ciudadanos campogibraltareños, quienes se confiesan inquietos por la mala imagen que la comarca proyecta hacia el exterior. Tan filantrópica desazón, alimentada por el temor a que el Campo de Gibraltar sea conocido única y exclusivamente por los tópicos que lo identifican, debería conmover a los hijos de la tierra de Paco de Lucía, el wind surf, el piñonate de Jimena, el perro de San Roque y el retiro veraniego de Ana Rosa.
La empresa resulta loable. Consentir que la comarca sea conocida, allende las fronteras, como el lugar donde se asienta una de las concentraciones industriales más contaminantes del país y uno de los territorios con mayor porcentaje de parados de la región es permitir que se propague un tópico injusto. La propuesta pasa por promover una regeneración de la reputación del Campo de Gibraltar, para lo cual nada resulta más eficaz que recurrir a otros tópicos, ya saben: la comarca da cobijo al primer polo industrial de Andalucía y al primer puerto español, argumentos ambos que, si bien se mira, son, precisamente, los que explican la ponzoñosa polución con la que convivimos desde hace décadas y la precaria estructura económica de una comarca que, pese a tales joyas, no es capaz de reducir sus índices de desempleo. No sé a qué tópico quedarme.
Este afán por recuperar el buen nombre del terruño no es nuevo. De hecho, y a poco que se haga memoria, la restitución del prestigio perdido se ha propuesto, promovido y olvidado tantas veces que ya es, en sí mismo, todo un tópico. Hablar de las potencialidades de la comarca, que es lo que suele hacerse en tales casos, viene a ser como aludir a los reptiles que se emboscan bajo la apariencia de nuestras madres políticas: estamos persuadidos de que están ahí, pero jamás dan la cara.
Mi primo sabría qué hacer ante esta situación y, según me escribe, estaría encantado de colaborar. Eso sí, en calidad de asesor remunerado del presidente de la Diputación Provincial.
viernes 3 de octubre de 2008
EL FIN DE LOS TIEMPOS Uno puede estar ocupado en el retrete, ajeno a todo, mientras a su alrededor se suceden todos esos hechos de los que, con los años, se nutrirán los manuales escolares de historia. Consterna el corazón la imagen del patricio que se monda las uñas de los pies en su dormitorio sin advertir que los bárbaros acaban de asaltar su jardín para arrasarlo a sangre y fuego. La Historia nos es invisible, por mucho que se deslice a nuestra vera.
Esta ignorancia acerca de la repercusión que lo que acaece en nuestra época tendrá sobre tiempos venideros no puede merecer censura. Al fin y al cabo, la historia es aquello que escribe gente que aún no ha nacido sobre gente cuya quijada fue afianzada por la mortaja un buen puñado de años atrás. Aquéllos que instruirán a las próximas generaciones acerca de cómo éramos, cuáles eran nuestros hábitos y gustos, cuáles los dioses a los que rezábamos, no disfrutarán del placer de habernos conocido. A cambio, gozarán de eso que los cronistas denominan perspectiva histórica. Si cualquiera de nosotros hubiese amanecido el 12 de octubre de 1492 en una isla caribeña o el 14 de julio de 1789 a las puertas de La Bastilla, podría haber jurado que aquel día había de ser una jornada histórica. Pero si mañana, o pasado mañana, comienzan a revelarse los primeros signos del ocaso de nuestra civilización, es más que probable que no seamos capaces de advertirlo.
Nuestras muy avanzadas sociedades nos han proporcionado instrumentos para prevenir la amenaza. La naturaleza humana es pusilánime y necesita de una autoridad que la proteja y guíe en los tiempos de incertidumbre. Los viejos griegos se encomendaban al Oráculo de Delfos para acopiar un puñado de certezas con las que seguir viviendo. Nosotros disponemos de reguladores del mercado, instituciones financieras, catedráticos doctorados en Harvard y Yale, gobiernos avisados, medios de comunicación especializados y, por abreviar, de sabios de toda laya y condición que nos instruyen acerca de cuándo resulta procedente llamar crisis generalizada a nuestras miserias particulares. Un indigente podrá ser idénticamente indigente en pleno marasmo del sistema financiero o en la más boyante de las coyunturas económicas, pero lo razonable, en términos capitalistas, y lo misericordioso, en el caso de que se cultive algún credo, es ofrecerle la información que le permita discernir cuándo su miseria ha de ser atribuida a la crisis de los mercados y cuándo a los inescrutables designios de la providencia. Pero no es esto de lo que queríamos tratar aquí.
Si la debacle de Wall Street es el signo que había de anunciar el cataclismo final de nuestro sistema de vida, si la ruina de las entidades financieras estadounidenses constituye el “pifanazo” de salida del apocalipsis, si el capitalismo ya no da más de sí y, a no mucho tardar, nos veremos obligados a renunciar a nuestra suscripción a Canal Plus y al adosado en Manilva, entonces éste que nos ha tocado vivir es un momento histórico y nosotros, en consecuencia, los inquilinos de un mundo decadente.
Nadie puede estar seguro de que esto sea así, sin embargo. Suele suceder, y en esto la experiencia nos proporciona una nutrida porción de ejemplos, que quienes reclaman para su época una notoriedad histórica yerran con frecuencia sus diagnósticos. No han sido pocos los que, a lo largo de los siglos, han anunciado a las masas la inminente llegada del fin del mundo, un contratiempo que, obviamente, desbarata cualquier plan que pueda hacerse con motivo del puente de La Inmaculada. Ni que decir tiene que todos estos agoreros han sido desmentidos por la Historia. Al menos, hasta el momento presente.
¿Es éste el fin de nuestro tiempo? ¿Conocerán nuestros hijos el bienestar en el que nos criaron nuestros padres, la opulencia de las sociedades en las que crecimos? Nadie puede saberlo. Y quizás sea mejor así.
jueves 25 de septiembre de 2008
La buena fama es un asunto de pequeños detalles. Si la Fortuna no lo tiene así dispuesto, ni el mérito, ni los dones de la naturaleza, ni la laboriosidad resultan equipaje suficiente para adquirir un buen nombre. La posteridad sólo recuerda a quienes tuvieron la suerte de cara.Tomemos como ejemplo de esto el caso del sabio Salomón. Este buen hombre, cuya discreción de juicio y perspicacia celebramos aun hoy, ha legado a las generaciones que le sucedieron un modelo de virtud y justo proceder. Salomón, el juez, el insobornable, el incorruptible, aquél a quien no resulta posible burlar. Hemos de conceder que todo el mundo habla bien de este tipo.
Pero lo cierto es que la fama con la que Salomón ha conseguido atravesar la jungla de los siglos es hija del azar. Como señalábamos más arriba, una cuestión de pequeños detalles. Cuenta el Antiguo Testamento que el juez sapientísimo ordenó la vivisección de un niño para contentar a las dos mujeres que reclamaban su maternidad. La sugerencia, inapropiada y carente de tacto en mi modestísima opinión, horrorizó a una de las querellantes quien, persuadida de que aquel sujeto de las barbas era muy capaz de endiñarle un tajo a la tierna criatura, desistió de su reclamación y concedió, a fin de evitar su rebanado, que el infante fuese entregado a su antagonista. Y en esta renuncia supo el sabio Salomón a quién cabía otorgar el título de verdadera madre.
¿Sabiduría? ¿Acendrado sentido de la justicia? ¿Inusual perspicacia? Nada de eso. Si el incidente granjeó a Salomón la fama de hombre prudente fue, de manera única y exclusiva, debido a la suerte o, si usted lo prefiere, a una potra descomunal. Pues, y razone usted conmigo, ¿qué habría sucedido si la buena señora, en lugar de escandalizarse por la solución con la que el juez pretendía poner fin al litigio, hubiera aceptado su parte, esto es, la mitad del bebé en conflicto? “No es mal reparto: me pido las mollejas”, bien pudiera haberse conformado la presunta madre. Si los acontecimientos se hubiesen sucedido de este modo, y como quiera que el hombre es esclavo de sus palabras, Salomón tendría que haber despiezado al chiquillo. Otra cosa le habría condenado a pasar a ojos de sus súbditos por un sujeto pusilánime y le habría hecho acreedor al reproche de todo el reino de Israel.
Véalo desde mi perspectiva. Un pequeño detalle, en este caso, unas cuantas palabras pronunciadas por una mujer anónima, es lo que separa al Salomón ecuánime y ponderado del Salomón infanticida.
Todo lo hasta aquí expuesto concierne, de manera muy particular, a los herederos de Salomón: por su orden, los jueces de Operación Triunfo, los jueces de línea y los miembros del Consejo General del Poder Judicial. Como nos revela la enseñanza hasta aquí expuesta, la honorabilidad de todos ellos es un asunto de detalle.
Montesquieu, como Salomón, también fue un gran hombre, pese a que jamás se vio en la tesitura de tener que proponer el loncheado de un menor de edad. Su teoría política de la división de poderes ha sido una de las grandes aportaciones del Estado francés a la humanidad, además del francés propiamente dicho. Que la señora madre de Montesquieu hubiese alumbrado o no al pequeño Monty (perdonéseme la irrespetuosidad), y con él, a la teoría de la separación de poderes, es una mera cuestión de detalle.
Esto es algo que tienen muy presente los integrantes del órgano de gobierno de los jueces, a quienes, a lo que parece, se les da una higa si Montesquieu vivió o no lo suficiente como para recomendar la conveniencia de que ejecutivo, legislativo y judicial caminen cada uno por su lado. Tal es el follón en el que se hallan inmersos, tal el alboroto vivido en las sedes del PSOE y el PP, que los jueces no están para tales nimiedades. Tampoco las direcciones de los partidos políticos, atareadas en usurpar las competencias del Parlamento. Una empresa que han conseguido culminar con notable éxito.
El método ideado por el viejo Salomón para la resolución de conflictos, esto es, el corte en juliana, parece tener muy cortos alcances como instrumento para impartir justicia: apenas si sirve para dirimir disputas de maternidad. Aunque, puestos a defendernos, los ciudadanos bien podríamos proponerlo como procedimiento en las deliberaciones del Consejo. Ya que no podemos disfrutar de una justicia decente, al menos facilitemos, vía despedazamiento, la renovación de los órganos que la dirigen.



