miércoles, 13 de agosto de 2008

¿A Marte a por hielo?

[“Los científicos de la Nasa han tenido que fletar una sonda espacial para acabar encontrando hielo en Marte. No me extraña. Yo mismo tuve que trasponer el sábado pasado hasta la gasolinera de Pelayo para comprar una bolsa de ‘Don Fresquito’. Sí, lo sé, no es lo mismo. La principal diferencia entre ambas expediciones estriba en que mientras la agencia aeroespacial norteamericana tuvo que ir hasta allá para tener la certeza de que la superficie marciana albergaba agua, yo, antes de coger el coche, ya sabía que en Pelayo vendían cubitos en paquetes de dos kilos.
Hay sucesos que dan que pensar. Aunque no lo crean, esto del hielo y el planeta rojo me ha hecho reflexionar acerca de cómo la posesión de una ilustración, de una formación sólida, de unos conocimientos pluridisciplinares puede llegar a volver tonto a un ser humano. Una de éstas que se dicen personas doctas habrá entendido a la primera las razones por las cuales los americanos invierten millones de dólares en un viaje interplanetario para buscar agua en Marte. ¿Agua? Agua tenemos aquí a espuertas, del grifo, a granel, etiquetada y, si uno está dispuesto a pagar un poco más, hasta de Vichy. Me lo podrán explicar, pero a mí me sigue pareciendo que Pelayo está más cerca.
Yo creo que la sabiduría envanece. Una vasta erudición convierte a quien la posee en un sujeto feble y pusilánime, amén de alentar detestables conductas como la práctica de la homosexualidad o la del golf. Un hombre que se vista por los pies jamás se dejará seducir por el deleite sodomita ni osará hollar la funesta hierba del campo de Valderrama. Ni, desde luego, deambulará por el Sistema Solar en busca de un pedazo de hielo.
Aquél que identifique sin duda la autoría de ‘La Cartuja de Parma’, conozca el peso atómico del polonio y sepa ubicar el píloro en el organismo humano con un error de más menos tres palmos, ese tipo, señor mío, ha de ser necesariamente un alfeñique engreído. ¡Qué distinto de esa persona admirable que se conduce gallarda y franca por la vida, inasequible a cualquier conocimiento que pueda perturbar el sosiego de su actividad cerebral, uno de esos sujetos que, firmes en sus convicciones, supieron oponer durante su adolescencia numantina resistencia al 1º de BUP y a los documentales del UHF! Uno tiene estudios, y es que se vuelve tonto.
Que la sabiduría se encuentra en el origen de las cosas más absurdas es algo conocido. Tome, por ejemplo, el título de uno de esos libros que en los programas del Sánchez Dragó se presentan como ‘obras maestras de la literatura y el pensamiento universales’. Estos libracos suelen estar escritos por gente que luce intrincados bigotes y espesas patillas. Además, y esto es así de manera indefectible, el autor suele llevar muerto un porrón de años. Elijamos, y es un poner, ‘El mundo como voluntad y representación’, un título lo suficientemente raro (abstruso, que diría un aprobado en Selectividad) como para disuadir a cualquiera de su lectura. Compárese la rareza (o abstrusidad o abstrusidez o abstrusismo, que esto no lo sé a ciencia cierta) de dicho título con la sencillez y llaneza de estos otros: ‘Las recetas de la señá Laurencia’ o ‘El tiro de pichón, bello deporte’. Son éstos últimos títulos desprovistos de pretensiones, populares como el contenido mismo de las obras que identifican, literatura para gente normal, heterosexual y aficionada al fútbol. ¿Ha apreciado la diferencia? ¿A que sí? Pues bien, aun así, hay quien sigue prefiriendo a Chopenjáuer*. Hay gente para todo…”]
Y, una vez dicho esto, el delegado provincial de Cultura bostezó y requirió al ujier para que le acercase el sombrero.


(*Nota del conferenciante: Chopenjáuer, Arzur, autor del folletín “El mundo como voluntad y representación”, obra monumental de las letras alemanas en la que, al final, muere la muchacha)

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