Ese hombre gordo, de dimensiones paquidérmicas, dormita sobre la arena, recostado, más bien varado, junto a la orilla. La observación minuciosa de los detalles más nimios constituye el origen de las ideas excepcionales. Por eso escruto la abundosa figura de ese bañista que ronca a pierna suelta mientras su barriga ciclópea asciende y desciende al compás de una respiración trabajosa. Observo fugazmente a mi cuñada embadurnada de Ambre Solaire para, seguidamente, devolver mi atención al tipo obeso, y me pregunto: “¿El alma dilata?”. Si fuera así, quedaría explicada esa desmedida protuberancia abdominal.Aquí, tendido sobre mi toalla, en la cual luce impreso el logotipo de Lucky Strike, el mundo se me revela distinto y prodigioso. Pese a mi estado de arrobamiento, no soy ajeno al hecho de que un individuo religioso dudaría de la naturaleza expansiva del alma, entidad tan distinta al cuerpo, del cual es su contrario. El alma contiene la esencia del yo, aquello que realmente somos, sostendría un hombre de fe. El cuerpo es sólo una carcasa, un cobijo. No hay seres humanos desalmados porque una criatura desprovista de alma no es sino un cadáver, un amasijo de carne y huesos condenado a corromperse. Y, de ser así, si el único propósito del cuerpo es consumirse para liberar al alma de su confinamiento, esta vida mundana sólo es la más grosera etapa de una existencia excelente y etérea, probablemente eterna si hemos de creer en los libros que recogen las revelaciones de los dioses. Una vida eterna…Eso ofrece unas perspectivas inmejorables.
Este calor abrasador, del cual no cabe quejarse pues temperaturas tan elevadas se compadecen con las fechas en las que nos encontramos, finales de julio, principios de agosto; y ese niño que defeca junto a la caseta del socorrista, tutelado por una madre abnegada; y el olor a pimientos y tortilla de patata de la familia refugiada bajo la sombrilla de la Cruzcampo; y ese viento de levante…
Y, sobre la cima tripuda del bañista al que al comienzo aludíamos, advierto la presencia de una embarcación de recreo orgullosa de su porte, buque lujosísimo con su estribor y su babor, su manga y su eslora, su driza y su botavara. Sobre la cubierta, un grupo de adinerados veraneantes de mediana edad departe animado por la compañía y la suave brisa mediterránea. Tal visión me obliga a preguntarme: “¿La opulencia dilata?” Así ha de creerse si se considera el aprecio con el que el común de las gentes celebra la posesión de bienes materiales en cantidades desproporcionadas. La fusión de dos grandes fortunas, ya sea a través de un ventajoso acuerdo mercantil, ya mediante un afortunado enlace matrimonial, altera los mercados, conmociona los índices económicos, ocupa durante semanas a los editores de las revistas del corazón. Dos colosales fortunas que se hermanan generan un patrimonio doblemente colosal. Nada de esto ocurre con la pobreza.
Tome usted las dos miserias más reputadas de España, concierte un acuerdo para la fusión de ambas y el resultado será una miseria idéntica al par de miserias fundacionales. Luego, la miseria no dilata.
Reflexiono acerca de estas cosas pero no por ello dejo de considerar el malestar que ocasiona la acumulación de arenilla húmeda en los pliegues inguinales y en los espacios interdigitales de los pies, padecimiento al que resultan particularmente sensibles las personas educadas en la observancia de los más elementales hábitos higiénicos.
El espíritu y la carne, el alma y la materia, la ascesis y el mundo, el éxtasis y la sensualidad…Hace calor, mucho calor, pero la inercia del esfuerzo intelectual puede más, y me veo asediado por nuevas dudas: “¿El incremento de la temperatura de los hemisferios cerebrales aboca a la gestación de pensamientos más perspicaces, de ideas más densas, de reflexiones más especiadas?”.
Odio la playa.
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