La medalla muestra un grabado de la Victoria de Samotracia, la mujer alada sin cabeza. Está enmohecida. La inscripción cincelada en el reverso puede leerse con cierta dificultad. La gané a los diez años en un concurso escolar de poesía. La composición que me proporcionó un lugar en el Parnaso versaba acerca de la fugacidad de la existencia y la circularidad del universo y sus seres.
Treinta años han bastado para barrer de mi memoria el título y los versos del poema que, sin premeditación, me laureó como el vate más prometedor de 3ºA. Aunque, para ser totalmente honesto, aún recuerdo un verso, un único y evocador verso que martillea mi cerebro como una letanía reiterada y desquiciante, un verso que me ha perseguido como un testigo de mi infamia durante todos estos años. Un verso que rezaba así: “Llega el verano, con un refresco en la mano”.
Hoy confiaré una culpa que, dado el tiempo transcurrido, ya no podrá comprometerme. No puedo soportarlo más: ese feliz pareado (verano/mano), ese hallazgo de la lírica contemporánea, ese inspirado canto al ciclo estacional no es obra de mi pluma. La posteridad ha de saber que el mérito de este sublime logro literario debe atribuirse en exclusiva a mi madre. Sí, fue mamá la que alumbró la rima por la cual fui galardonado y reconocido como poeta en ciernes. Lo confieso: soy un fraude.
Aquel primer engaño sólo fue el comienzo de una carrera animada por la mentira. La pervertida naturaleza de mis inclinaciones simpatizó pronto con este modo sencillo y práctico de obtener el éxito mundano. Cuanto más mentía, mayores eran mis ingresos y más sólida mi reputación.
Habré de decir en mi favor que mi fulgurante ascensión pública se vio estorbada por algún que otro escrúpulo. Como ve, a pesar de mis cincuenta años cumplidos, aún pesa sobre mi conciencia ese abyecto episodio de mi vida pasada. Cuando devuelvo a mi memoria cómo, incumpliendo las más sacrosantas obligaciones filiales, hurté un verso a mi propia madre, siento sobre mi alma el lastre de la culpa.
Pero, y a pesar de esta predisposición mía a la mistificación y el disimulo, no quisiera engañarle. Lo cierto es que, desde el robo del verso a mamá, mi vida se ha conducido por la senda de la falsificación y la impostura. Gracias a ello he conseguido amasar una considerable fortuna.
He leído con interés la noticia de que el Vaticano ha instruido al orbe católico en que la acumulación excesiva de riquezas es pecado. Me veo obligado a hacer un par de objeciones a este respecto. Primero, nunca la riqueza es excesiva. Segundo, la posesión de cuantiosos bienes no resulta en sí misma moralmente reprensible. Otra cosa son los métodos de los que cada cual se vale para forjar su patrimonio.
Yo, personalmente, no conozco ningún emporio que se haya levantado sin transgredir alguna ley. Está en la naturaleza del sistema. Detrás de cada potentado hay, al menos, una docena de cadáveres que se descomponen en las cunetas de algún sendero inhóspito y recóndito.
Y es que es lo que yo digo: si quieres ser reconocido por la sociedad de tu tiempo y disfrutar de una posición acomodada, finge. La mentira es una institución impecablemente democrática. Todo el mundo está en disposición de acceder a ella. ¿Quién no se ha beneficiado de unas vacaciones no programadas gracias a una baja laboral que acredita una enfermedad que no se padece? Claro que son los de mi clase quienes más provecho extraen del embuste. Los grandes falsarios somos presidentes de importantes corporaciones financieras y socios de exclusivos clubes con campo de golf y asesoría de bolsa.
Embaucar al prójimo es el mecanismo de promoción social por antonomasia. Por eso, en nuestros días, mentir ya no lleva aparejado reproche alguno. Es más, si después de toda una vida de engaños, usted confiesa, como yo, alguno de los fraudes cometidos, la sociedad en su conjunto sentirá una disposición favorable hacia su persona, y, en lugar de reprenderle, valorará la franqueza de su carácter.
Yo, a mi vez, para demostrar mi sincera contrición, pienso conducir mi Ferrari Testarossa hasta el confesionario más cercano para acusarme ante Dios de haberle birlado el verso a mamá. Aunque antes me pasaré por el club para tomar el vermú.
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