miércoles, 21 de mayo de 2008

¿El sentido de la vida?

No sabría decirle. Nacemos, nos reproducimos con mayor o menor fortuna y nos acabamos muriendo sin remedio. Ése es el plan. ¿Cuál es el sentido de la vida? No sé, puede ser que cada existencia tenga el suyo. Los alardes culinarios de mi tía Isabel, q. e. p. d., alumbraron, entre otros hallazgos, un mejunje grumoso, fácil de identificar gracias a un característico color verde lavavajillas y a un sabor avinagrado y punzante. Con no poco atrevimiento y desvergüenza, mi tía confiaba a las vecinas que aquel brebaje infecto había sido elaborado conforme a la milenaria receta del tradicional gazpacho andaluz. Durante toda mi infancia me mantuve persuadido de que la preparación de aquel bebedizo infame, que mi tía tenía por genuino gazpacho, era lo que confería sentido a su existencia. Eso y una pulsión antinatural que la empujaba a exterminar a sus sobrinos, a quienes, como la sierpe del Edén, pretendía tentar con las supuestas propiedades nutritivas de un vaso colmado y fresquito del ponzoñoso combinado verde. “¡Tomad una exquisita muestra de la cocina meridional!”, publicitaba aviesamente, ajena a los rostros convulsionados por el terror de los hijos de sus hermanas. ¿Era éste el sentido de su vida? Quién es capaz de decirlo.
Julio César pensó que su existencia estaba plenamente justificada cuando sobre sus hombros recayó la responsabilidad de sostener un imperio, creencia que seguramente mantuvo hasta el mismo día en el que Bruto le aplicó el descabello. Torquemada estaba seguro de que las molestias que el Altísimo se tomó para arrojarlo a este valle de lágrimas encontraron justa retribución en esa monomanía suya de desollar y hervir herejes. ¿Qué sentido tiene vivir? Las experiencias de Julio César, Torquemada y mi tía Isabel sugieren diferentes respuestas.
Un tránsito grosero que conduce a una vida más elevada y plena; un fugaz rayo de luz entre dos tinieblas; una prisión de carne, premonición de una dicha eterna en compañía del creador; una tómbola… Teósofos y poetas han descrito la vida y su objeto de muy variadas maneras.
¿Quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos? Pues la verdad, ni la menor idea. No quisiera corregirle la plana al Sumo Hacedor, pero si se me hubiese encomendado a mí la tarea de construir el universo y sus criaturas, yo no habría sembrado entre los seres humanos esta incertidumbre que tanta pesadumbre ocasiona. Ya que usted me insiste, y puestos a especular, yo, de haber sido Dios, habría revelado con cristalina nitidez mis intenciones. ¿Para qué he venido al mundo?, me preguntaría mi criatura; para tener la oportunidad de asistir a tu propio velatorio, le respondería yo en mi suprema majestad. Y es que poder ver la cara que se les queda a los demás cuando te mueres debe bastar para justificar toda una existencia.
Imagínese. Usted, ya difunto pero como un paisano más, presidiendo el grupo de los deudos mientras plañideras y condolientes guardan cola para presentarle sus respetos y ofrecerle sus sentidos pésames, oyendo con sus propios oídos de finado los elogios a su persona, asintiendo cuando aquél que tanto le envidió en vida y procuró jugársela cada vez que pudo se lamenta porque siempre se van los mejores…
Y abrazar al jefe de personal de su empresa, con los brazos gélidos de la muerte, mientras éste balbuce, hipócritamente: “He sentido mucho lo tuyo”. Con su mano huesuda y descarnada estrecha la zarpa sudorosa de quien, hace apenas una semana, días antes del fatal suceso, propuso su despido por falta de productividad y hoy tiembla aterrado ante la posibilidad de que este tipo que acaba de cascarla no le suelte hasta después de que den a su cuerpo cristiana sepultura.
Todo el mundo debería gozar de la satisfacción de participar en sus honras fúnebres, el único modo fiable que se me ocurre de medir con rigor la huella que ha impreso nuestro paso por este mundo ingrato y despiadado.
¿Cuál es el sentido de la vida? Vaya usted a saber.

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