Llega un día en que todo hombre acaba pareciéndose a su perro. Las orejas se recortan y afilan, las pupilas medran en los ojos hasta convertirlos en dos botones de azabache refulgente, la nariz se pliega sobre sí para quedar reducida a una cereza cárdena, húmeda y fría. Esta metamorfosis resulta atribuible al poder del que el perro está investido. Si, como generalmente se considera, el amo fuese el dueño del perro, sería éste el que acabaría pareciéndose a aquél. Pero sucede todo lo contrario. El animal posee al amo, y ese poder explica que sea el hombre quien adopte el aspecto del perro y no al revés.
El propietario del perro, cercana la medianoche, abandona su hogar, cálido y muelle, para acompañar a su mascota a satisfacer las más groseras necesidades. El propietario del perro se inclina sobre las heces recién expelidas por el animal, proyecta hacia ellas su mano enguantada en plástico y las retira como quien picotea entre los frutos apetitosos de una vid. El propietario del perro, aunque urgido por el frío intenso que le cala los huesos, se detiene paciente para dar tiempo al perro a olisquear el ano de una hembra de su especie. Cuando, finalmente, llega a casa, el propietario del perro todavía cree que es el propietario del perro.
El poder alimenta la vanidad de los hombres. Quien lo ostenta o lo detenta gusta de ver su imagen reproducida por doquier. El poder del perro sobre su amo hace que éste se le parezca. Ésta es una de las características del poder: su capacidad para hacer omnipresente su rostro. La señora de Aznar se parece a Aznar del mismo modo en el que la señora de Rodríguez Zapatero se asemeja a Rodríguez Zapatero. Tales coincidencias no pueden ser fruto de la casualidad.
Todas estas certezas me han sido reveladas tan sólo recientemente. Quisiera que mis conclusiones acerca del poder y su tendencia a reproducir su aspecto fuesen el resultado de una especulación, de una consideración exclusivamente teórica y abstracta, pero, para mi desdicha, no es así. No tienen ustedes por qué saberlo, por eso les contaré que habito una vivienda modesta situada en el quinto piso de un bloque de apartamentos cuya fachada conoció tiempos de mayor lucimiento. Frente a la ventana de mi dormitorio se extiende un vasto solar donde pronto, presumo, alguna inmobiliaria levantará alguna modalidad de espantoso complejo residencial. Pero mientras esto ocurre, el descampado ha sido tomado por no menos de una decena de vallas publicitarias sobre las que, coincidiendo con fechas tan señaladas cuales son éstas que vivimos, se han impreso los rostros de todos los candidatos a la alcaldía. Son caras enormes, de dos metros o más, con las que despierto cada mañana. Entre ellas encuentro rostros de mentón puntiagudo y frente despejada, rostros abotargados y bovinos, rostros sorprendidos en gestos que no destilan precisamente inteligencia, rostros severos, rostros francos, rostros que amonestan y rostros que inspiran confianza. Todo tipo de rostros, ya les digo. Y me temo que estoy empezando a parecerme a todos ellos.
Resulta trágico, lo sé, pero a estas alturas ya estoy convencido de que he adoptado, aunque sea fragmentariamente, la fisonomía de todos y cada uno de los aspirantes a ocupar el sillón de la alcaldía. Aterrado, imploro el auxilio de mi perro, que me ladra iracundo y desorientado.
No quisiera faltar, pero si me ponen en el brete de elegir yugo, me quedo con mi perro y mi cara de fox-terrier. Dónde va a parar.
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