miércoles, 21 de mayo de 2008

El mito de los Pniá-Ngué

No existe prueba documental ni testimonio etnográfico alguno que atestigüe la existencia de los Pniá-Ngué. Los antropólogos no han dudado en denunciar el fraude que, según advierten, se esconde tras el mito de la tribu que devora a sus jefes con rigurosa periodicidad, siempre en la época en la que la resina del baobab destila un hedor que los nativos asimilan al del elixir primigenio, el jugo seminal de los dioses del que procede toda vida. Hay quien, pese al escepticismo de la comunidad científica, mantiene que los Pniá-Ngué han preservado su rudimentaria sociedad durante siglos gracias a su empeño por eludir la depredadora curiosidad del hombre occidental. Todo ello ha sido posible, continúa quien mantiene esta tesis, por el amparo que la impenetrabilidad de una selva inextricable e inhóspita proporciona a este pueblo guerrero y airado, cuya longevidad ha sido fraguada por la eficacia y solidez de un conjunto de instituciones de entre las cuales la de la ingesta del jefe se erige como pilar fundamental de su estructura política.
Según manifiestan las fuentes más crédulas, los Pniá-Ngué conciben la vida como un festín fabuloso en el que toda la naturaleza participa, donde todo ser vivo devora y es devorado. Quien no se ha deleitado alguna vez con el regusto salobre del hígado encebollado de algún vecino hace gala de una reprobable descortesía y de un inaceptable desprecio a las más mínimas normas de etiqueta, piensan los auténticos Pniá-Ngué.
Bien pudiera aventurarse que la costumbre de merendarse al jefe cultivada por los Pniá-Ngué está preñada de un simbolismo ritual conforme al cual la ingesta del cabecilla, del primero entre los mejores, embosca la aspiración de fortalecer la unidad social y perpetuar la existencia de la tribu. “Si nos comemos a los jefes con cierta periodicidad, absorberemos su espíritu, su ardor guerrero y la gracia con la que los dioses les han investido”, pensarían, según esta tesis, los Pniá-Ngué. Nada más equivocado. En realidad, los Pniá-Ngué se comen a sus jefes para no tener que oír sus discursos cuando llega el tiempo de la elección del líder. Antes de que esto suceda, se lo comen y en paz.
Nuestra moderna sociedad occidental, al igual que acaece entre los Pniá-Ngué, considera que la masticación y posterior deglución de un candidato a alcalde no confiere al comensal provecho alguno. Pero imaginemos que, contra toda evidencia razonable, un individuo pudiera fagocitar la personalidad de otro, hacerse con sus virtudes y flaquezas, con tan sólo comer su carne y chupar sus huesos. Si tal cosa sucediera, no me cabe duda de que jamarse a un candidato a alcalde tendría efectos devastadores. Vea si no.
La carne correosa del candidato, desgarrada por los incisivos y triturada por los molares, ya ha sido reducida por la voracidad de los jugos gástricos, de modo que sus componentes químicos han comenzado a distribuirse por todo el organismo alcanzando, sin que nada pueda impedir el decurso natural de las cosas, los tejidos cerebrales. Cuando esto ha sucedido, ya no hay remedio. El desgraciado comedor de políticos en campaña será invadido por un irrefrenable impulso que le empujará a apabullar a cualquiera que quiera escucharle con una sarta de tópicos, lugares comunes y frases manidas que llenarán sus discursos de expresiones tales como “la puesta en valor de tal o cual cosa” (en otra época, las autoridades se limitaban a arreglar lo que hoy parece ser más útil poner en valor) o “las elecciones son la fiesta de la democracia” (desgraciadamente, hace tiempo que apenas si pueden ser calificadas como un guateque). O esa irritante conclusión con la que todos los políticos cierran cualquiera de sus argumentos y que reza: “Como no podía ser de otra manera” Gracias a Dios, siempre puede ser de otra manera. La digestión de un candidato, al menos a juzgar por lo que dicen (que suele ser siempre algo pensado por otro), debe ser liviana, como la de una punta de merengue o un buñuelo tan sólo relleno de aire.
Pese a todo, y si no fuera por lo quisquilloso que se muestra con estas cosas el Código Penal, no estaría demás sopesar la conveniencia de emular en sus costumbres a los Pniá-Ngué. Gente perspicaz, si es que realmente existen.

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