miércoles, 21 de mayo de 2008

Después de Navidad

La vida del ser humano es sacudida de tiempo en tiempo por avatares que lo desordenan todo, convierten la existencia en un desbarajuste y nos sumen en la mayor de las perplejidades. El fallecimiento de un allegado, la ruina económica, el amor que no nos corresponde, la noticia de que papá ha viajado a Tailandia para someterse a una operación de cambio de sexo…cualquier psiquiatra le detallaría cómo sucesos tales causan una profunda conmoción de la cotidianeidad y cuestionan nuestras creencias y valores más arraigados. La Navidad, esas fechas tan señaladas, comparte con estos acontecimientos a los que nos venimos refiriendo esa naturaleza subversiva, esa vocación que la anima a ponerlo todo patas arriba, esa propiedad caótica que desperdiga por los rincones de la casa todas nuestras certezas, todas nuestras fes.
Los bajos de los sofás ocultan peladillas descascarilladas. El frigorífico acumula en sus estantes, sin orden ni concierto, media perdiz en salsa, un cuarto de ensaladilla rusa, el lomo de un besugo al horno, un plato con doce gambas cocidas hermanadas por los bigotes, una rodaja de piña en almíbar, un cuenco de sopa de marisco, una porción de carne mechada y una loncha parduzca de salmón ahumado aferrada a un trozo de queso de Burgos que amarillea. El ángel del Señor que anunció a María se refugia bajo la mesita del televisor junto a otra porción de figuritas del belén, un trocito de turrón en el que ha quedado apresada la prótesis dental de tu cuñada y el corcho de la botella de El Gaitero, que mira dónde estaba.
Después de Navidad, todo anda manga por hombro. La vida resulta presa de un estado permanente de confusión, la casa se revuelve y amenaza con engullirte. Todo se torna esquivo, inseguro, incierto. Me detengo a observar mi hogar y me resulta extraño. Esa señora que borda frente al televisor viste como mi suegra; ocupa el lugar que, a esta hora del programa de Ana Rosa, usurpa diariamente mi suegra; entretiene su tiempo, como mi suegra, en la disciplina del punto de cadeneta; porta orgullosa en la confluencia de los parietales el mismo rodete que corona el cráneo de mi suegra. Pero no es mi suegra, o al menos eso me parece. Comparto mis inquietudes con mi esposa quien, después de una somera inspección ocular, concluye que, ante la falta de seguridades acerca de la identidad de la anciana, lo mejor será no importunarla, no vaya a ser que se trate de la original y ya sabes que mi madre es muy susceptible para según qué cosas.
La época posnavideña ha comenzado a perturbarnos, pero no en la medida suficiente como para que no advierta que el señor grueso que abandona el cuarto de baño con trazas de espuma sobre el rostro recién rasurado no pertenece, ni ha pertenecido nunca, a mi unidad familiar. El individuo, a quien no sé por qué ciencia infusa identifico como director de recursos humanos, me mira de hito en hito, como evaluando el coste de mi despido y la cuantía de la indemnización correspondiente. Corro alarmado al comedor, donde, para mayor estupefacción, encuentro a un candidato a la alcaldía repantigado en mi sillón favorito mientras canta las excelencias de su programa electoral a la que debe ser mi suegra, que le escucha cautivada.
“¿De verdad que es tu madre?”, pregunto a mi esposa, todavía intrigado.
“Será”, me replica ella displicente, harta de tanto interrogatorio.
Lo que ya le dije lo mantengo. La Navidad lo revuelve todo valiéndose de las cualidades seductoras de sus reclamos, del corazón desinteresado que se empecina en socorrer al prójimo, de los reencuentros familiares al calor de la leña que arde roja en el hogar, de las bombillitas que decoran la fachada de El Corte Inglés…No creo en estas celebraciones que me embaucan, me estafan, me suplantan a la suegra. No creo en la Navidad aunque, como ahora, siempre queda una llama de esperanza para los descreídos, para los faltos de fe. Y es que, mientras esto escribo, advierto en medio del pasillo de mi casa la informe y descomunal masa viscosa de un cagajón de camello. Y eso no puede significar sino que ya vienen los Reyes Magos caminito de Belén. Olé, olé, Holanda.

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