Quien se muere lo hace de manera definitiva. Ésta es una de las principales molestias que ocasiona la muerte. No hay noticias de que alguien alguna vez en algún lugar se haya muerto un poco, a ratos o ligeramente. Cuando uno la espicha, la diña, la casca, lo hace de una vez y para siempre. Morirse es un contratiempo enojoso.
Todas estas consideraciones estaban muy presentes en la mente de los parroquianos del Bar El Lonchas, en Tomelloso, Ciudad Real, el día en que Arsenio, el de la ferretería, se presentó de improviso en el local poco después de haber recibido cristiana sepultura. La relación de estos hechos no ha sido sometida hasta la fecha a verificación por organismo independiente alguno, por lo que pudiera resultar que ni el finado estuviese efectivamente muerto ni los acontecimientos se sucedieran en la populosa y coqueta localidad manchega. Sea como fuere, y concediendo a la historia el crédito que no merecería tener, los relatores de estos asombrosos hechos sostienen que los habituales del Bar El Lonchas respondieron con un aterrorizado silencio al saludo de buenas tardes que les dedicó el Arsenio antes de pedir en la barra un sol y sombra.
Los testimonios de los presentes coinciden en que el vecino redivivo escrutaba a la concurrencia con unos ojos biliosos y desencajados, que su piel ofrecía una tonalidad lívida frontera con el azul turquesa, que el cabello, antaño recio y bien arraigado, parecía ahora mustio, ralo y quebradizo. Aquella peritonitis fatal había desmejorado bastante al ferretero, según consenso general del respetable.
Arsenio, el aparecido de Tomelloso, es un ejemplo manifiesto de los numerosos inconvenientes que trae aparejada la resurrección. Una persona difunta que abandona su sepultura para retomar sus actividades cotidianas será víctima de los prejuicios que contra los muertos vivientes mantiene la sociedad de nuestro tiempo. La gente común no tolera sin escándalo que un muerto sea beneficiado por el Estado con una vivienda de protección oficial, pues, y en esto sustenta su reproche, a un cadáver habría de bastarle con un nicho cuya intimidad vela una lápida esculpida con un RIP y una imagen del Sagrado Corazón. La opinión pública, del mismo modo, considera un dispendio proporcionar asistencia sanitaria gratuita a quien, por su condición de muerto, no ha de temer atropellos, accidentes cardiovasculares o virus letales. El finado que despierta a la vida contra natura es una criatura condenada a la exclusión y el ostracismo.
Junto a la marginación que procuran estas actitudes, hay que considerar la frustración de aquéllos que, habiendo fallecido, acaban adquiriendo la convicción de que, desde el momento de su retorno de entre las brumas del Hades, sólo les queda emprender actividades a título póstumo. Y, como todo el mundo sabe, los galardones y títulos que se conceden después del fallecimiento del agasajado son hijos de la mala conciencia y el compromiso.
Morirse puede estar contraindicado por las autoridades sanitarias, pero quien languidece hasta su último suspiro alcanza, tras los postreros estertores, una tranquilidad y un sosiego que ni siquiera Marina D’Or es capaz de prometer. Un ciudadano bien sepultado nada ha de temer de los nuevos tipos de contratación ideados al calor de la reforma laboral ni de la aguerrida disposición competitiva de la selección nacional de Honduras. Por todo lo cual, y si ello se encuentra entre sus planes personales a medio plazo, me atreveré a sugerir que no existe mejor época para morirse que este hermoso mes de junio.
martes, 15 de junio de 2010
viernes, 11 de junio de 2010
Bastaría con una breve pulsación, una delicada presión, un golpe apenas perceptible del índice sobre el interruptor para que la sucursal del establecimiento bancario desapareciera sin dejar rastro. Un botón redondo y colorado que no es sino una ilusión, un anhelo, una ficción imaginada por quien desearía ser orgulloso propietario de un artilugio a través del cual satisfacer sus aspiraciones y apetitos.
Sería suficiente con acercar la yema del dedo al dispositivo y adiós al director de la oficina, al interventor, al oficial primera, a la señora valetudinaria que aguarda temblorosa ante la ventanilla para cerciorarse de que la pensión le ha sido puntualmente abonada, al guardia de seguridad que vigila a la anciana por si entre las enaguas pudiera esconder una recortada, que casos similares se han visto en otras localidades donde los índices de criminalidad no son muy distintos a los que aquí se registran. Adiós a todos ellos, sí, pero por encima de todas las cosas, adiós a la hipoteca y al pago de las cuotas y a la inestabilidad del euríbor y a la amenaza que constituye el celo mostrado por el departamento de embargos, siempre al acecho, aguardando el error, si no incitándolo, fiel a su condición de custodio de los intereses de la entidad financiera, a la que debe no sólo su misma existencia sino también su razón de ser. Y todo, todo, desaparecería con tocar ese botón.
Un pequeño toquecito al botón redondo y colorado y se desvanecería el pit-bull malencarado que cada mañana, camino del trabajo, nos escruta al paso con intención criminal y del cual su propietario asegura que es un ángel de Dios, una animalito dócil y encantador que, desde luego, no muerde. “No se asuste, el perro huele el miedo”, nos recomienda el amo de la bestia, que ajena a las indicaciones de su dueño exhibe unos amenazadores colmillos mientras babea. Sin duda, recurriríamos a este ingenio de nuestra fantasía para conseguir la evaporación de su asiento en el negociado i mayúscula de la funcionaria que con gesto despectivo y autoritario nos afea la intolerable ausencia de pulcritud en la cumplimentación de la solicitud, nuestra negligente ignorancia acerca de las reglas más elementales de la tramitación administrativa. “Lo que debe compulsar es la copia del formulario 379, ¿o es que no siente usted ningún respeto por las leyes que regulan el procedimiento y las exigencias que impone la tramitación de los expedientes?”, reprocha indignada la funcionaria desde su oráculo tras la mesita de oficina mientras usted, sin apenas ser notado, presiona el botón al tiempo que su rostro se ilumina con una media sonrisa.
Los moralistas opondrían a la patente de este ingenioso mecanismo desintegrador no pocas objeciones de índole ética. Sostendrían que resulta inaceptable el sacrificio de criaturas inocentes, y enumerarían severos la relación de víctimas cuya inmolación ha sido necesaria para contentar nuestro capricho: el director, el interventor, el oficial primera, el guardia de seguridad, la anciana que esconde una escopeta de cañones recortados en el refajo, el perro y la funcionaria feroces...
Tales críticas no deben disuadirnos de nuestro propósito. Resulta, y es imprescindible subrayarlo, que nuestro botón garantiza la impunidad en la acción, pues, tratándose como se trata de un artefacto mágico, nadie podrá relacionarle con las misteriosas desapariciones. Ajeno a la culpa e inaccesible a las pesquisas policiales, ¿no es excitante?
El líder se desvanece sobre la tarima durante la celebración del mitin pre-electoral y, con él, la cúpula directiva del partido, y la masa enfervorizada que corea consignas aprendidas, y el asesor de campaña. El consejo de administración de la entidad financiera comienza a volatilizarse junto a la mesa de caoba en torno a la cual se reúnen para reclamar del Estado una ayuda multimillonaria que ayude a sostener el sistema. El plató donde media docena de sesudos periodistas graban la tertulia más celebrada de la programación se deshilacha como una madeja de algodón de azúcar en el instante preciso en el que más se grita y gesticula. Y sólo pulsando un botón. ¿O es que no probaría?
lunes, 7 de junio de 2010
Los tiempos cambian, las costumbres mudan. Nada proporcionaba a nuestros ancestros mayor ocasión para su esparcimiento que una buena turba furibunda, arrebatada por la promesa de la sangre y armada hasta los dientes. Una apacible tarde de domingo, una buena compañía y una hoz bien afilada bastaban para garantizar el entretenimiento. El populacho siempre ha precisado de alternativas de ocio.
La persecución y caza de un rabino, un sodomita, un hereje, un extranjero o una bruja han sido motivo, desde antiguo, de entusiasmos multitudinarios, manifestados en público, con regocijo y entre alaridos y proclamas biliosas favorables al descuartizamiento ejemplarizante de la víctima. Desde que el mundo es mundo, el ser humano ha necesitado del prójimo para pasar el rato.
La soledad constriñe el ánimo y aturde el entendimiento. Una persona adulta ha de entablar relaciones con sus semejantes, establecer proyectos comunes con sus conciudadanos, sentirse partícipe de las ansias y ambiciones de su tiempo. Así lo entendieron los afanados berlineses que, concluida su jornada laboral, acudían por miles a la llamada del partido para extasiarse con las soflamas patrióticas de su Führer. Esto también lo supieron ver los entumecidos parisinos que, por estirar las piernas, se lanzaron a las calles para degollar aristócratas y deleitarse con el meritorio espectáculo del terrateniente guillotinado en la plaza. La gente siempre ha estado dispuesta a ocupar la vía pública para dedicar vítores a la comitiva del general sanguinario, honrar con respetuosos requiebros al tirano durante el paso de su cortejo fúnebre o solazarse con los apuros del verdugo durante la decapitación del villano.
La expansión de las ciencias y las artes, el perfeccionamiento de los sistemas económicos y los avances en el ámbito de la instrucción han contribuido a civilizar estas efusiones de las masas. Al menos entre las rentas altas y los segmentos de población más educados, el hedor de la sangre ya no excita, como antaño, estos éxtasis colectivos. Los honrados ciudadanos ya no abandonan sus casas para rebanar el pescuezo de algún desgraciado, comportamiento que, por lo general, se retribuye en nuestros días con reprobación y censura. En la actualidad, e influenciado por la ascendencia de las redes sociales y las comunidades cibernéticas, el común de las criaturas sólo abandona su postración domiciliaria si se le convoca para un “flashmob” a través de la red. Conocerán ustedes estas nuevas modas. Un “flashmob” es una acción multitudinaria en la que participa un grupo numeroso de personas que, llamadas para tal fin por Internet, se dan cita en un lugar preciso para ejecutar, de manera simultánea y concertada, una actividad concreta: un montón de gente se despoja de la ropa en un vagón de metro; decenas de viandantes se detienen en una plaza pública y, de improviso, ejecutan coordinadamente la coreografía de una canción de éxito; un número improbable de parejas se besan desaforadamente y al mismo tiempo en una estación de tren.
Hemos avanzado una enormidad, de eso no hay duda. Mientras en otras épocas las muchedumbres se reunían con el único propósito de abrir en canal a los miembros de la tribu vecina, nosotros, hijos de del progreso y la razón, poblamos los espacios públicos con un gentío cuyo fin primordial no es otro que quedarse en calzoncillos dentro de un vagón de metro.
Ya no somos bárbaros, no señor. Aunque uno nunca sabe qué es peor.


