La S certificaba que tras los velos de la pudibundez existía un universo de lujuria y procacidad cuyos páramos nunca antes habían sido visitados. Éramos jóvenes y virginales, discípulos de Príapo, súbditos de Susana Estrada y admiradores discretos de las bailarinas del ballet Zoom, enfundadas en sus prietos y escuetos mini-shorts. Un público predispuesto a solazarse con los espectáculos sicalípticos que ofrecían las salas de cine donde se proyectaban, en exclusiva y para un público adulto y concienciado, las películas clasificadas S. Quizás sea la memoria de la edad juvenil, verdadera patria del hombre adulto, quizás la desolación de haber sido apresado por el declinante padecimiento de la disfunción eréctil. Lo cierto es que el recuerdo de aquellas proyecciones me sume en una honda nostalgia. Títulos transidos de lirismo y erudición que anunciaban con su sola lectura el advenimiento de un paraíso cuyas puertas se abrían de par en par con la adquisición de una localidad: “La ingenua, la lesbiana y el travestí”, “Libertad sexual en Dinamarca”, “Yo soy frígida, ¿por qué?”, “El hotel de los ligues”, “Desenfrenos carnales”, “El periscopio”...
La inocencia de la edad adolescente convertía en desasosiego la visión impúdica y desinhibida de un pecho huidizo que se deslizaba libérrimo a través de un deshabillé negligentemente anudado. La propietaria del seno, señora de buen año, exhalaba insinuante el humo de un cigarrillo, cuyas oscilantes volutas se elevaban hasta alcanzar el pelo cardado de la actriz para aterrizar, como una niebla evanescente, sobre el bigotazo del protagonista. El milagro del sexo en nuestras manos, dicho sea esto también figuradamente.
Nuestra generación creyó hollar el edén del erotismo, desvelar la cifra de los cuerpos sudorosos enredados y jadeantes, obtener el mapa del cuerpo ansiado, con sus cimas y sus escarpas, sus valles y sus colinas, sus simas y cordilleras. Estábamos seguros de que nuestra visita semanal al cine, nuestra colección secreta de la revista Lib y la impresión indeleble que dejó en nosotros el anuncio de Fa y sus limones del Caribe nos habían acabado por convertir, como poco, en oráculos del placer erótico y sus perversiones colindantes. Y en esta creencia anduvimos hasta que, a causa de los desengaños que procura la edad adulta y las revelaciones que trajo consigo la programación codificada de cine X de Canal Plus, descubrimos que nos habían estafado.
Suele suceder. Uno hace acopio de certezas, piensa que ha aquilatado un conocimiento erudito sobre las cosas de la vida, arguye ante el prójimo su magisterio acerca de las más diversas materias y, de improviso y para frustración propia, el transcurso del tiempo acaba por dejarle en evidencia. Santa Lucía nos cegó por haber mirado tanto y tan concupiscentemente.
Esto mismo nos ocurrió con otra porción de cosas. Clamamos por la emancipación del proletariado, y lo que el devenir del tiempo trajo consigo fue a Belén Esteban, la princesa del pueblo. Defendimos con ardor las bondades de la democracia parlamentaria, y acabamos dándonos de bruces con Leire Pajín y Vicente Martínez Pujalte. Pugnamos por una justa redistribución de la riqueza, y nos salieron al paso las agencias de calificación y los mercados...
Desde la quiebra de la revista “Play Lady”, allá por finales de los 70, ya no hay nada que me ponga.
viernes, 28 de mayo de 2010
miércoles, 19 de mayo de 2010
Cuando me detengo a considerar la devastación moral que ocasionarán mis revelaciones, siento el pecho anudado por el espanto. Mi época me recordará como el albacea del secreto que, traicionando la palabra empeñada, confesó a sus contemporáneos la estafa de la cual habían sido víctimas. Soy un hombre acosado por el remordimiento y envilecido por el fraude.
Sólo unos pocos conocíamos el alcance de la farsa. Fuimos escogidos para este propósito en atención a nuestra capacidad de fabulación y a un espíritu inclinado a la discreción y el fingimiento. El destino o una sensibilidad proclive a dejarse lacerar por la culpa hicieron recaer sobre mí la pesada carga de liberar a mis coetáneos de la venda con la que la ignominia de un poder oculto y ominoso había cegado sus ojos.
Las palabras que habré de emplear para sacudir las almas de las gentes de su cándido sopor me resultan detestables, pues dan cuenta de una mentira odiosa, de una conspiración abominable. Cuatro palabras apenas que, sin embargo, serán para mí la encarnación de la redención, de la expiación de una culpa que durante años ha mortificado mi alma. Sólo cuatro palabras: la comarca no existe.
Corre el 21 de octubre de 1940. El escenario, una España desolada y ensangrentada por tres años de feroces combates fratricidas. Los vencedores, presididos por su Generalísimo, se reúnen en torno a una mesa. El ministro de Asuntos Exteriores, Ramón Serrano Suñer, toma la palabra para ponderar el estado calamitoso de un país debilitado por el esfuerzo bélico. Serrano Suñer reclama, como único camino posible, la conveniencia de fomentar relaciones amistosas con las potencias del Eje, alianza que, como contrapartida, obligaría a tomar distancia respecto de los Estados Unidos y el Reino Unido de la Gran Bretaña. El falangista hace ver a sus compañeros de gabinete lo que Gibraltar significa como puerta de infiltración de la influencia británica en el solar patrio. Con la intención de neutralizar esta amenaza, propone un plan audaz: la creación de una ficción administrativa que haga las veces de baluarte en tierra hispana frente a las acechanzas de la Pérfida Albión. “Hágase”, autoriza la voz meliflua y argentina del Generalísimo. Acaba de nacer el Campo de Gibraltar. (El mismo consejo de ministros aprueba secretamente, y por otras muy distintas razones, la creación de otra entelequia: la provincia de Cuenca). El régimen se ocupó durante décadas de conferir visos de realidad al nuevo ficticio territorio. Las estrategias empleadas fueron tan diversas como imaginativas. Músicos militares urdieron elegantes composiciones alusivas a la bizarría de los pretendidamente existentes municipios campogibraltareños, y así nacieron piezas inolvidables como “La novia del sol”, “Española y gaditana” y “¡Qué bonito es Castellar!”. Burócratas del Opus Dei difundieron la especie de que en esta Ínsula Barataria bautizada como Campo de Gibraltar se había levantado un portentoso complejo petroquímico concebido para procurar la prosperidad de una comarca que no era sino una fábula. El Ministerio de Educación y Ciencia falseó la filiación del celebérrimo guitarrista ampurdanés Paco de Lucía, a quien se hizo pasar por hijo nativo de Algeciras, la fantasiosa capital de un territorio imaginario...
La llegada de la democracia no cambió las cosas. La necesidad de salvaguardar los equilibrios políticos en una época convulsa obligó a mantener la ficción. Posteriormente, los dirigentes del PSOE en Alcalá de los Gazules juzgaron deseable sostener la conspiración para ocultar su preponderancia en la provincia.
Sépanlo. El Campo de Gibraltar no existe. Los índices de paro, la polución atmosférica y marina, la talla de los dirigentes políticos...¿o es que creían de verdad que algo así era posible?
Sólo unos pocos conocíamos el alcance de la farsa. Fuimos escogidos para este propósito en atención a nuestra capacidad de fabulación y a un espíritu inclinado a la discreción y el fingimiento. El destino o una sensibilidad proclive a dejarse lacerar por la culpa hicieron recaer sobre mí la pesada carga de liberar a mis coetáneos de la venda con la que la ignominia de un poder oculto y ominoso había cegado sus ojos.
Las palabras que habré de emplear para sacudir las almas de las gentes de su cándido sopor me resultan detestables, pues dan cuenta de una mentira odiosa, de una conspiración abominable. Cuatro palabras apenas que, sin embargo, serán para mí la encarnación de la redención, de la expiación de una culpa que durante años ha mortificado mi alma. Sólo cuatro palabras: la comarca no existe.
Corre el 21 de octubre de 1940. El escenario, una España desolada y ensangrentada por tres años de feroces combates fratricidas. Los vencedores, presididos por su Generalísimo, se reúnen en torno a una mesa. El ministro de Asuntos Exteriores, Ramón Serrano Suñer, toma la palabra para ponderar el estado calamitoso de un país debilitado por el esfuerzo bélico. Serrano Suñer reclama, como único camino posible, la conveniencia de fomentar relaciones amistosas con las potencias del Eje, alianza que, como contrapartida, obligaría a tomar distancia respecto de los Estados Unidos y el Reino Unido de la Gran Bretaña. El falangista hace ver a sus compañeros de gabinete lo que Gibraltar significa como puerta de infiltración de la influencia británica en el solar patrio. Con la intención de neutralizar esta amenaza, propone un plan audaz: la creación de una ficción administrativa que haga las veces de baluarte en tierra hispana frente a las acechanzas de la Pérfida Albión. “Hágase”, autoriza la voz meliflua y argentina del Generalísimo. Acaba de nacer el Campo de Gibraltar. (El mismo consejo de ministros aprueba secretamente, y por otras muy distintas razones, la creación de otra entelequia: la provincia de Cuenca). El régimen se ocupó durante décadas de conferir visos de realidad al nuevo ficticio territorio. Las estrategias empleadas fueron tan diversas como imaginativas. Músicos militares urdieron elegantes composiciones alusivas a la bizarría de los pretendidamente existentes municipios campogibraltareños, y así nacieron piezas inolvidables como “La novia del sol”, “Española y gaditana” y “¡Qué bonito es Castellar!”. Burócratas del Opus Dei difundieron la especie de que en esta Ínsula Barataria bautizada como Campo de Gibraltar se había levantado un portentoso complejo petroquímico concebido para procurar la prosperidad de una comarca que no era sino una fábula. El Ministerio de Educación y Ciencia falseó la filiación del celebérrimo guitarrista ampurdanés Paco de Lucía, a quien se hizo pasar por hijo nativo de Algeciras, la fantasiosa capital de un territorio imaginario...
La llegada de la democracia no cambió las cosas. La necesidad de salvaguardar los equilibrios políticos en una época convulsa obligó a mantener la ficción. Posteriormente, los dirigentes del PSOE en Alcalá de los Gazules juzgaron deseable sostener la conspiración para ocultar su preponderancia en la provincia.
Sépanlo. El Campo de Gibraltar no existe. Los índices de paro, la polución atmosférica y marina, la talla de los dirigentes políticos...¿o es que creían de verdad que algo así era posible?
jueves, 6 de mayo de 2010
Según sea la mirada, así es el mundo. La perspectiva que se adopte, el punto de vista, la distancia que media entre quien mira y lo observado determinan la apariencia de las cosas. Basta entornar los ojos para que la realidad empequeñezca, una lente de aumento es suficiente para transformar lo ridículo en heroico.
Sólo un ejemplo. Un caballero pasea orgulloso mientras aferra en su mano derecha la correa cuyo extremo opuesto ciñe el pescuezo de un gran danés de envidiable estampa, porte distinguido y pedigrí aristocrático. La descripción de la escena continúa con una referencia a la inquietud que de improviso asalta al animal, urgido por las inaplazables exigencias de un desorden gastrointestinal. El perro se detiene, y con él, su dueño, extiende lateralmente las patas traseras, tensa el abdomen, yergue las puntiagudas orejas y, con la distinción que sólo cabe esperar de los de su raza, defeca sin pudores en plena vía pública. El satisfecho propietario de tan extraordinario ejemplar sonríe ante la desinhibición de la bestia, extrae del bolsillo de la chaqueta unos guantes de látex y, emulando la pericia de un buscador de trufa blanca, toma con delicadeza la deposición, la envuelve en la satinada superficie de una bolsa de plástico y la abandona en la papelera más próxima.
Hemos sido testigos de un comportamiento cívico en extremo, de la conducta que distingue a este verdadero amante de los animales, a este afortunado amo de un hermoso gran danés. Pero si modifican la mirada, si aguzan la pupila, quizás lleguen a ver otra cosa. Una observación desprejuiciada de la escena hasta aquí relatada debería invitarnos a dudar de la preeminencia que, en el presente caso, concedemos al hombre sobre la bestia. Vemos al sereno caballero que camina despreocupado y al perro, disciplinado por la correa, y damos por sentada la superioridad del homínido sobre el cánido. Presumimos que el animal está sometido a la voluntad e inteligencia de la criatura que pertenece a la especie cuya evolución ha resultado más exitosa, supeditado por su condición de mascota a quien le proporciona techo, manutención y tónicos desparasitantes. Pero mire bien. Si esto fuera así, tal y como lo venimos contando, si el humano fuera realmente la criatura dominante en esta relación entre hombre y perro, entonces lo que cabría esperar es que fuese el animal el que recogiera las heces de su dueño, y no al revés.
Como cualquier espíritu medianamente perspicaz habrá podido advertir en esta edificante enseñanza que propone una nueva mirada sobre la vida en común de hombres y perros, todo depende del punto de vista que se adopte.
Del mismo modo que nos creemos dueños de nuestras mascotas, aceptamos a pies juntillas otra porción de verdades que pueden ser refutadas con tan sólo una mínima corrección de la mirada. Un modelo de sociedad ideado para garantizar el bienestar de la comunidad puede resultar, apenas bizqueando un poco, un sistema empeñado en la protección de los privilegiados, las grandes finanzas, las desmesuradas fortunas. Un parpadeo reiterado y frenético nos hará ver, quizás, que los parlamentos no están ocupados por quienes defienden nuestros intereses y encarnan nuestra voluntad. Unos potentes prismáticos sostenidos a la altura de los ojos puede que nos permitan verificar la exacta talla de nuestra civilización, la dimensión precisa del progreso, tanto mayor cuanto más inmensa es la desigualdad, cuanto más extendida está la pobreza, cuanto más sangrientas son las guerras que nunca estallan aquí.
Qué se puede esperar de unos sujetos que recolectan las heces de sus perros.
Sólo un ejemplo. Un caballero pasea orgulloso mientras aferra en su mano derecha la correa cuyo extremo opuesto ciñe el pescuezo de un gran danés de envidiable estampa, porte distinguido y pedigrí aristocrático. La descripción de la escena continúa con una referencia a la inquietud que de improviso asalta al animal, urgido por las inaplazables exigencias de un desorden gastrointestinal. El perro se detiene, y con él, su dueño, extiende lateralmente las patas traseras, tensa el abdomen, yergue las puntiagudas orejas y, con la distinción que sólo cabe esperar de los de su raza, defeca sin pudores en plena vía pública. El satisfecho propietario de tan extraordinario ejemplar sonríe ante la desinhibición de la bestia, extrae del bolsillo de la chaqueta unos guantes de látex y, emulando la pericia de un buscador de trufa blanca, toma con delicadeza la deposición, la envuelve en la satinada superficie de una bolsa de plástico y la abandona en la papelera más próxima.
Hemos sido testigos de un comportamiento cívico en extremo, de la conducta que distingue a este verdadero amante de los animales, a este afortunado amo de un hermoso gran danés. Pero si modifican la mirada, si aguzan la pupila, quizás lleguen a ver otra cosa. Una observación desprejuiciada de la escena hasta aquí relatada debería invitarnos a dudar de la preeminencia que, en el presente caso, concedemos al hombre sobre la bestia. Vemos al sereno caballero que camina despreocupado y al perro, disciplinado por la correa, y damos por sentada la superioridad del homínido sobre el cánido. Presumimos que el animal está sometido a la voluntad e inteligencia de la criatura que pertenece a la especie cuya evolución ha resultado más exitosa, supeditado por su condición de mascota a quien le proporciona techo, manutención y tónicos desparasitantes. Pero mire bien. Si esto fuera así, tal y como lo venimos contando, si el humano fuera realmente la criatura dominante en esta relación entre hombre y perro, entonces lo que cabría esperar es que fuese el animal el que recogiera las heces de su dueño, y no al revés.
Como cualquier espíritu medianamente perspicaz habrá podido advertir en esta edificante enseñanza que propone una nueva mirada sobre la vida en común de hombres y perros, todo depende del punto de vista que se adopte.
Del mismo modo que nos creemos dueños de nuestras mascotas, aceptamos a pies juntillas otra porción de verdades que pueden ser refutadas con tan sólo una mínima corrección de la mirada. Un modelo de sociedad ideado para garantizar el bienestar de la comunidad puede resultar, apenas bizqueando un poco, un sistema empeñado en la protección de los privilegiados, las grandes finanzas, las desmesuradas fortunas. Un parpadeo reiterado y frenético nos hará ver, quizás, que los parlamentos no están ocupados por quienes defienden nuestros intereses y encarnan nuestra voluntad. Unos potentes prismáticos sostenidos a la altura de los ojos puede que nos permitan verificar la exacta talla de nuestra civilización, la dimensión precisa del progreso, tanto mayor cuanto más inmensa es la desigualdad, cuanto más extendida está la pobreza, cuanto más sangrientas son las guerras que nunca estallan aquí.
Qué se puede esperar de unos sujetos que recolectan las heces de sus perros.


