viernes, 29 de enero de 2010

POR EL SENDERO DE KEOPS
La opinión común nos obliga a sostener un concepto elevado de nosotros mismos. Cualquier objeción que opongamos a nuestros actos, por banal que ésta resulte, nos debilita a los ojos de nuestros convecinos. Quien se censura a sí mismo, por muy justificada que sea su crítica, alienta la voracidad y el instinto depredador de aquéllos que le rodean.

Un criminal sediento de sangre, desprovisto de clemencia y carente de escrúpulos será tanto más vituperado cuanto más arrepentimiento exprese. Sin embargo, si se conduce con serenidad ante la audiencia, extrema los cuidados para lucir telegénico y detalla sus abominables hazañas ante el micrófono con todo lujo de detalles, jactándose, incluso, de la pericia de su arte, el mundo le tendrá por un ser terrible pero, desde luego, mucho menos peligroso que quien, tras pitar un fuera de juego inexistente, reconoce que se equivocó.
El error goza de una pésima reputación en estos tiempos que corren. Todo el mundo está dispuesto a aceptar que hasta el más pulcro echa un borrón, por supuesto. Pero una cosa es meter la pata y otra muy distinta hacerse responsable de las consecuencias, así, de viva voz, ante todo quisque y sin ningún tipo de pudicia.
Los japoneses idearon la institución del “seppuku” para este tipo de situaciones. Quien se equivoca no tiene más que asestarse un catanazo en plena tripa, y aquí paz y después gloria. Los hijos del Imperio del Sol Naciente ven en esta ceremonia un acto de expiación de la culpa, la reparación de una falta que cubre de vergüenza a quien incurrió en ella. Los españoles nos sentiríamos sin duda seducidos ante la idea de importar tan expeditivo método para la corrección de errores, sobre todo si el del espadazo en la panza es el otro. Pero nosotros disponemos de un procedimiento menos cruento y que, sin ocasionar ni tan siquiera una mala gastritis, deja intactos el porte pinturero y la gallardía del que recurre a él. Nosotros, en lugar de aviarnos un sablazo, preferimos replicar, sosegados y firmes: “¿Yo? Yo no he sido”.
La frente altiva, el gesto adusto y en la mirada una determinación fría e inconmovible. No hay nada como mantener en andas la autoestima. Podrá ser usted un idiota, pero dé por sentado que sus contemporáneos le tendrán por un ser humano que sabe respetarse a sí mismo. El mundo está repleto de imbéciles que se manejan por la vida convencidos de que sus madres alumbraron a un dechado de virtudes. Para su fortuna, las madres, de quienes siempre se ha dicho que son las personas que mejor nos conocen, suelen guardar un discreto silencio acerca de estas cuestiones.
Esta confianza que nos profesamos a nosotros mismos es el origen de una porción no pequeña de calamidades y catástrofes. No son pocas las empresas que se han ido al garete conducidas por la templanza de un hombre seguro de sus capacidades; los ministerios que han hundido la economía de un país por la obstinación de su titular en hacer valer su criterio; las excursiones de turistas españoles en Egipto atrapadas en las garras de un grupo terrorista de inspiración salafista gracias a un auxiliar de banca natural de Torrelodones que insistía, persuadido de su superioridad moral y en contra de la opinión mayoritaria del resto de excursionistas, que a la pirámide de Keops se llegaba por aquel sendero. “Sí, sí, es por aquí, seguro”.
No pretendo encontrarme en posesión de la verdad, y estaría encantado de oír cuantos argumentos y precisiones quieran ustedes plantear para contradecir mis tesis, en la seguridad de que, tratándose de gente de tan elevado entendimiento, el contraste de pareceres resultará necesariamente beneficioso para ambas partes. Y si del debate resulta que yo estaba equivocado tanto va a dar, porque yo no pienso reconocerlo.

jueves, 21 de enero de 2010

VIAJE POR EL ATLAS
Ocurre a menudo que en el acto de sostener el atlas entre las manos uno de nuestros dedos pulgares oculta a la vista un archipiélago integrado por una miríada de islas, o una península de mediano tamaño, o un estuario donde desemboca un río caudalosísimo. Si, lejos de poseer unas manos delicadas y ebúrneas, somos propietarios de unos dedos de natural “porrúos”, no ha de descartarse que bajo la yema del dedo gordo puedan llegar a quedar sepultados vastos desiertos, federaciones de repúblicas completas e, incluso, algún que otro casquete polar.

Quizás, sin premeditación y ni tan siquiera advertirlo, esta mañana usted haya desterrado del mapa la República Democrática de Santo Tomé y Príncipe.
Las tazas de café son también causa de tremendas catástrofes cartográficas, tal y como ya hemos indicado que ocurre con los dedos pulgares, ya sean éstos “porrúos” o estilizados cual husos. El cerco húmedo impreso por la taza sobre la satinada superficie del papel puede causar la desaparición de la capital de un estado, embozada bajo el trazo marrón del capuchino. Estaba allí y ya no está. Las consecuencias de tamaña imprudencia quedarán pronto evidenciadas en la intranquilidad de la población, desposeída de la referencia fundamental de una ciudad en la que situar la sede de su gobierno, en la caída de los principales valores bursátiles del país en el extranjero, en el descrédito y la ruina de un estado cuyas expectativas de desarrollo económico eran extraordinarias antes de que aquella mil veces maldita taza de café dejara su huella sobre la más importante concentración urbana de la nación.
Muchísimo más aterrador, en lo que a magnitud del desastre y confusión generada se refiere, resulta la incontinencia del lector de atlas incapaz de abortar un estornudo en el preciso momento en que se procede a la consulta de los mapas correspondientes a la Europa septentrional. Centenares, quizás miles, de diminutos mares interiores, lagos, canales y humedales se distribuyen dispersos sobre la representación del Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte, pintada con vivos colores violetas. La estupefacción de la comunidad internacional es recogida en los editoriales de los principales diarios europeos, cuyos directores manifiestan en declaraciones públicas la inquietud que asalta a Van Rompuy y al grueso de los gobernantes de la Unión Europea, incapaces de evaluar el impacto que sobre el viejo continente, y en particular sobre su equilibrio medioambiental, tendrá ese brutal incremento de reservas hídricas que, de norte a sur y de la noche a la mañana, albergan los predios de Su Majestad Isabel II. Londres como Venecia, y habría bastado un sobre de Frenadol para evitarlo.
Una mancha de tinta hurta millones de hectómetros cúbicos al caudal del Amazonas. La impericia en el trasiego de las hojas rasga el papel y, con ello, se abre una sima infranqueable que escinde de manera inevitable y fatal un territorio hasta entonces próspero y cohesionado por una misma idea nacional. La quemadura de un cigarrillo abre un cráter humeante que se lleva consigo Papúa Nueva Guinea e Indonesia. La inestabilidad de un vaso de rioja alavesa de crianza convierte en una pasta informe el Cono Sur americano.
Tomamos el atlas entre las dos manos y dedicamos un momento a contemplar nuestros dedos pulgares, situados a izquierda y derecha, descansados sobre el volumen, articulados en sus dos falanges, con sus uñas más o menos saneadas y sus cutículas… Miramos los dedos y recordamos que, quizá, debajo de alguno de ellos se encuentre una porción de tierra a la que, por incuria o indiferencia, hemos condenado al olvido. Levantamos el dedo y comprobamos que, según nos maliciábamos, efectivamente, allí estaba Haití.

sábado, 16 de enero de 2010

EL DESCABELLO DE JULIO CÉSAR
La universalización de la instrucción primaria y la venta en formatos populares de manuales de urbanidad y buenos modales en la mesa han traído consigo la domesticación de las costumbres. El empleo de métodos expeditivos para la resolución de los conflictos ha caracterizado, desde la noche de los tiempos, las relaciones entre los humanos. El cavernícola que disputaba con el compañero de tribu las atenciones sexuales de la hembra resolvía la controversia con un certero golpe de cachiporra en el occipucio del adversario. Este mecanismo de regulación de la vida comunitaria se antojará bestial para los refinados ciudadanos de la Unión Europea pero, al menos en términos de economía de tiempo y esfuerzos, resultaba extraordinariamente eficiente. Un mamporro decidía en un pis-pas cuál de los contendientes accedía al derecho a la coyunda. No era necesario invertir horas y dinero en la contratación de los servicios de un terapeuta de familia, un orientador sexual, un psiquiatra especializado en la reconducción de la agresividad, un florista avezado en la confección de coloristas ramos con los que agasajar a la dama, un abogado experto en derecho matrimonial, un detective privado de prestigio capaz de documentar infidelidades y un barman paciente que siga escuchando nuestras imprecaciones contra la adúltera, aun después de haber trasegado el decimocuarto whisky. Hubo un tiempo en que la vida era más sencilla.

La pérdida de pelo, la adquisición del lenguaje articulado y la expansión del sistema de producción agrícola no modificaron las cosas sustancialmente en años posteriores. Pese al desarrollo de las ciencias, la literatura, las obras de ingeniería y la escultura, los patricios romanos continuaron resolviendo sus diferencias a través de sangrientas conspiraciones. Los anales históricos han dejado testimonio de cómo muchos próceres de la vieja Roma fallecieron de un preciso descabello aplicado con pericia belmontina en la región cervical.
Pueden espigarse otros muchos ejemplos de esta actitud desinhibida con la que nuestros antepasados afrontaban su vida social. Catalina de Médici resolvía cualquier contratiempo con la receta de suculentos cocktails aderezados con el femenino toque que a sus preparados conferían unas gotitas de los más ponzoñosos tóxicos. Más allá, los logros alcanzados por la Ilustración no fueron óbice para que las masas enardecidas por las promesas de la Revolución Francesa rebanaran el pescuezo de los aristócratas, advertidas como estaban de que, con el paso de los años y de no adoptar medidas drásticas de inmediato, los descendientes de María Antonieta acabarían alimentando los contenidos de los programas del corazón en la sobremesa.
No creo que puedan esgrimirse argumentos más incontestables. Aquellos buenos brutos que fueron nuestros antepasados defendían sus ambiciones con llaneza y sin doblez. No se pretende aquí urdir una apología de métodos como el acuchillamiento, el envenenamiento o el degüello ni se tiene intención de argüir que tales recursos constituyen un modo aceptable de ordenar la vida social de los seres humanos. Las acciones encaminadas a procurar la efusión de la sangre del prójimo han de repudiarse como una conducta abyecta que no merece sino vituperio y execración. Pero lo que no ha de negarse es que la brutalidad e iniquidad de aquellos tiempos eran expresión de una franqueza y determinación que entraron en decadencia con la difusión de las normas de etiqueta y educación.
Ricardo III, consumado asesino cuyos numerosos crímenes le ayudaron a desbrozar el camino hacia el trono, no habría cuchicheado al oído del jefe o del subdelegado del gobierno que aquél otro, que también aspira a la jefatura del departamento o al número cinco en la lista electoral, le ha estado poniendo verde a sus espaldas. Y es que cada tiempo tiene su moral.

viernes, 8 de enero de 2010

EL PENSAMIENTO VISCOLÁSTICO
El mundo inanimado proporciona numerosas enseñanzas al observador paciente. La muerte de los objetos, urdida por la implacable devastación de las termitas, las úlceras de la humedad o una caída súbita y fatal desde el anaquel de una estantería, nos priva irremisiblemente de unos maestros admirables. Nadie repara en la sabiduría de las cosas sin vida.

Atienda al estoicismo del perchero, dispuesto en todo momento a soportar lo que le echen; o a la castidad y abstinencia virginal con que adorna su comportamiento moral el tabique medianero, siempre impenetrable; o a la sabia introspección de la lavativa, permanentemente volcada al interior. Pero si he de elegir, si se me sitúa en la disyuntiva de escoger un ejemplo, un modelo, una guía ética de entre todas las cosas y objetos que pueblan el universo conocido, mis inclinaciones me conducirán inevitablemente junto a mi colchón viscolástico.
Darwin desveló la cifra de la evolución del hombre, confió a sus escépticos contemporáneos el secreto de nuestro lejano parentesco con los primates, advirtió del criterio discriminador que impone a nuestra especie el principio de la selección natural. El mundo de la colchonería aguarda todavía a su Darwin, al genio compilador que detalle cómo desde el rudimentario lecho de hojas el colchón ha llegado a alcanzar ese estadio evolutivo superior que representa la introducción del viscolátex en la industria del descanso. El colchón viscolástico viene siendo a la funda estampada repleta de plumas de oca lo que el Homo sapiens sapiens es al Homo neanderthalensis.
El viejo colchón de lana lo desconocía todo de la anatomía que soportaba. Incapaz de acomodarse a las exigencias del durmiente, se dejaba mullir en exceso por la cabeza, que irremisiblemente acababa empotrada en las rejillas del somier, mientras las piernas se elevaban en una contorsión contra natura, todo lo cual redundaba en el consiguiente baldamiento del cuerpo y en el fomento de una sociedad de ciudadanos chepudos, insomnes y malhumorados. El colchón viscolástico conoce al ser humano y a él se adapta en un ejercicio de civilización más propio de una criatura dotada de discernimiento que de un producto de la casa Pikolín. El viscolástico no es el resultado de un acto consciente del Creador, sino el último estadio de un proceso evolutivo exitoso.
Abandónese al regazo del colchón viscolástico y advertirá cómo su carnosa textura adopta el contorno de sus brazos y piernas, cómo su mullida superficie cede levemente al peso de su cráneo, cómo, al cabo, todo su cuerpo se dibuja fielmente en el material maleable hasta quedar preñado en él como en el claustro materno.
Las incuestionables ventajas que confiere la naturaleza viscolástica no han de escapar al escrutinio público. Considérenlo con detenimiento. Lo que resulta bueno para un colchón, ¿cómo no ha de serlo para una criatura ennoblecida por el don de la razón y el regalo del libre albedrío? Si un colchón puede ser viscolástico, ¿qué ha de impedir que un ser humano también lo sea?
Adhiérase al pensamiento viscolástico, una novedosa modalidad de práctica racional que usted podrá ejercitar con tan sólo adaptar sus principios y pareceres propios, si es que tuviere alguno, a la silueta, peso y presión de las ideas que deparan mayores beneficios materiales. Deje que esa idea ajena que tanto conviene a su cuenta corriente, a su ascenso en la empresa o a su carrera política huelle sus meninges. Adopte una visión viscolástica de la existencia, sosiegue su conciencia con un pensamiento moldeable, de ésos que se ajustan al usuario, perfilado, sin grumos ni aristas. Viva una vida de colchón, regalada y muelle.
Tenemos mucho que aprender de los objetos inanimados.