viernes, 17 de abril de 2009

REBELIÓN EN MIJAS

Centenares de acaudalados capitalistas fallecen cada año en el interior de sus piscinas climatizadas. Otros tantos médicos forenses practican la autopsia a los cadáveres de estos genios de las finanzas y dejan constancia en sus informes de la obturación de las arterias, debida a una dieta rica en grasas, de la consunción del hígado, martirizado por la ingesta desmedida de whiskies de 24 años, de la irritación del colon, molesto ante tanto exceso. Las piscinas de las grandes mansiones son construcciones funerarias inspiradas por la misma incertidumbre que sirvió de acicate a los faraones para levantar las colosales pirámides que habrían de servirles de morada eterna.
La gente también se ahoga en las piscinas públicas, pero no es lo mismo.
Un grupo de familias sin recursos -lo que en tiempos menos exquisitos nuestros abuelos llamaban pobres- tomaron al asalto esta misma semana en Mijas una urbanización de viviendas de lujo deshabitadas. La crisis arruinó al constructor, quien acabó en manos de los bancos, propietarios ahora del conjunto residencial. Apartamentos espaciosos, áreas comunes ajardinadas y, sobre todo, enormes piscinas sobre cuyas aguas, cristalinas y cloradas, merecerían mecerse los cadáveres infartados del presidente de una multinacional o de un antiguo primer ministro de Liechtenstein.
La imagen de los desheredados tomando posesión de la suntuosa urbanización y de sus piscinas da idea de la desproporción que, según mi humilde parecer, sirve de principio rector de las cosas del mundo.
Desconozco si los presidentes de los Estados Unidos tienen piscina a su disposición en la Casa Blanca. Sabemos que cuatro de ellos perecieron baleados, pero no hay noticia de que alguno fuera hallado fiambre mientras nadaba, lo cual nos hace concluir que, efectivamente, no hay piscina en la residencia oficial del primer mandatario de los USA. Lincoln muerto en traje de baño sobre una colchoneta hinchable resulta mucho más conforme con el ideario capitalista que Lincoln con la cabeza reventada de un balazo en un teatrucho. Al fin y al cabo, cualquiera puede reunir el dinero necesario para adquirir una localidad en el gallinero, pero son muy pocos los que pueden permitirse una piscina privada.
Si una agencia de las Naciones Unidas decidiera elaborar un censo de las piscinas abiertas en el planeta, podríamos darnos cuenta de que hay piscinas para todos. La dificultad estriba en persuadir a los propietarios de compartir césped, cloro y ducha con aquéllos a quienes jamás se da la oportunidad de ser sorprendidos por una apoplejía mortal mientras perfeccionan el estilo mariposa. Por eso, el comportamiento de los okupas de Mijas revela una voluntad subversiva que ha pasado desapercibida para la opinión pública, más interesada por la díscola conducta de Bo, la nueva mascota de los Obama.
Auguro que la redención de los menesterosos vendrá de la mano de la rebelión de una masa ingente de desharrapados, ataviados con meybas y gafas de buceo, que avanzará amenazante hacia las urbanizaciones de lujo y los spas, dispuesta a reivindicar el derecho que asiste a todo individuo a remojarse en las piscinas del mundo. La determinación que empujará a estas hordas revolucionarias podrá advertirse en los ojos de cada uno de los individuos integrados en la multitud, ojos cuya protección encomendarán a Vispring o a cualquier otro de los colirios que se dispensan en el mercado, prevención adoptada para combatir las arteras emboscadas que, sin duda, tenderán al pueblo los defensores de statu quo piscinil, parapetados tras sus arsenales de cloro.
Si en algo es digno de admirar el modelo capitalista, es en su capacidad para regenerarse y sobreponerse a cualquier tipo de contratiempo. Nadie sabe si la chispa revolucionaria prendida en Mijas contagiará a los indigentes de la Tierra, pero, si lo hace, los mercados ya tienen preparado un plan de emergencia. Si los pobres se acaban apoderando de las piscinas privadas propiedad de las familias adineradas y de los clubes de golf, el capitalismo se hará fuerte en los jacuzzis.

lunes, 6 de abril de 2009

UN POETA OLVIDADO
No ha habido memoria para Don Inocencio Expósito, fallecido el 25 de los corrientes en su domicilio de calle General Belgrano de la ciudad de Mendoza, Argentina. Ni un solo recuerdo para quien hubo de huir al exilio perseguido por la incomprensión de su tiempo. Poeta y filósofo, periodista y polígrafo, encontró la muerte a millares de kilómetros de su tierra natal, donde, como ya se ha dicho, no se guarda recuerdo alguno ni de su persona ni de su obra: “La angostura del Estrecho”, “Encrucijada de estrechos”, “Estrecho de hombros” y toda una producción poética inspirada por la remembranza de las rubicundas arenas que guardan la Bahía, del severo viento del este que azota los espíritus. Fue a morirse de una alferecía el poeta nonagenario, olvidado de su patria chica a la que tanto amó, de la que se vio obligado a escapar por su militancia anarcosindicalista, él, que si se mira de modo escrupuloso, se inició en la acracia por un incidente casual, un acontecimiento azaroso, más bien por un despiste. Imaginen la escena: Don Inocencio, a sus 21 años el más joven oficial del ejército franquista, desorientado tras el ataque de la artillería roja que le separó de sus compañeros, que levantó en torno a su atildada figura de teniente de Regulares una polvareda que no le permitía ver más allá de sus narices, situación que se mantuvo hasta que, entre el polvo en suspensión, advirtió, abandonada, una bandera rojinegra, un emblema que no dudó en tomar entre sus manos con determinación joseantoniana para, jaleado por la responsabilidad de defender la España eterna, la España una, la España libre, dirigirse furibundo, a pecho descubierto, contra las que creyó filas enemigas, ofensiva que no detuvo hasta que comenzó a disiparse la bruma a su alrededor, momento en que pudo notar que lo que portaba entre las manos era una bandera de la CNT, que quienes le seguían en su arrebatado ataque eran dos centenares de aguerridos anarquistas y que la trinchera contra la que arremetía era la suya propia. Y claro está, llegados hasta aquí a ver quién dice, mi General, todo ha sido un error, excúseme ante Queipo de Llano, o intenta convencer al enemigo de que uno no es anarquista, sino teniente de Regulares, y que lo de la bandera y el ataque no han sido sino un malentendido. Así que, debido a un cúmulo de circunstancias casuales, Don Inocencio acabó convertido en referente del anarquismo español, condición que, ya en el exilio, cultivó con la redacción de obras fundamentales para la acracia ibérica como “La influencia de la visibilidad en la toma de conciencia del anarquista”.
El humilde apartamento de la calle General Belgrano ha visto consumirse la vida de este paisano ilustre, autor de poemarios excelsos, evocadores de su terruño (“Náufrago de fuel-oil”, “Aires polutos”, “Trabajos temporales”), protagonista involuntario de una muerte lejana, inadvertida. Una vida, la de Don Inocencio, a la que se ha hurtado el merecido reconocimiento, el de sus propios coterráneos, no el de su patria de acogida, que le festejó con decenas de galardones, entre los cuales cabe citar el Lautaro Murúa de la Academia Argentina de las Letras, un premio que no sirvió, sin embargo, para acrecentar ni un ápice su prestigio en su tierra, pues no hubo ni una referencia en la prensa local, ni una alusión institucional, ni una mención de sus colegas de oficio.
Ha muerto Don Inocencio por el peso de setenta años de exilio, décadas sin vislumbrar el cielo límpidamente azul cernido sobre el polígono industrial, las aguas esmeraldas que rompen contra los rellenos de cemento de la Bahía, las líneas gráciles y voluptuosas del Monumento a la Madre…Su memoria reclama una reparación, una compensación, un desagravio, un Especial de Pura Cepa.
Ha muerto Don Inocencio. Sólo una nota adherida a la puerta de su apartamento testimonia el desenlace fatal, la terrible pérdida: “Ha muerto el poeta. Se alquila”.