sábado, 26 de septiembre de 2009

UN HOMBRE ESCÉPTICO

La credulidad ha sido un incentivo para los criminales de todas las épocas. La Historia enseña que, en todo tiempo, pánfilos, confiados y cándidos han servido de aliento a los más refinados estafadores, a los más brutales salteadores, a los más abyectos asesinos. Detrás de cada envenenador, de cada traficante de órganos, de cada tratante de esclavos, hay un pardillo que no atisbó el peligro. Los anales de la infamia están colmados de inocentones que abrieron las puertas de sus casas a sus verdugos.
El escepticismo es la actitud que conviene a quien no quiere verse sorprendido. Las enciclopedias que versan sobre estas cosas confirman que, de toda la vida de Dios, siempre ha sido más fácil degollar a un creyente que a un escéptico. Esto es vox populi en el mundillo del hampa.
El escepticismo es una inclinación de las almas experimentadas, una barricada tras la que se parapeta quien creyó y, desengañado por los años, abrazó la incredulidad como una medida profiláctica.
Pese a la evidente superioridad del escepticismo sobre la credulidad, la duda no goza de buena reputación social. A ojos del sentido común que es de uso entre las gentes de buen tono, quien ha asumido que el mundo es un asco, que nos quedan cuatro días y que la leche desnatada no es sino suero aguado constituye un caso clínico que requiere ser tratado con trankimazines, antidepresivos y sedantes. Por el contrario, si algún idiota perora desde un balcón que la felicidad está a la vuelta de la esquina, que llegará el día en que acabarán las guerras y que los bífidus activos de los yogures resultan realmente eficaces, no faltará quien celebre la jovialidad de la criatura, sus ganas de vivir, su carácter desenfadado y efervescente. Un pesimista con fundados motivos para serlo es tenido en nuestro tiempo como un objeto de estudio médico. Frente a él, un cretino con entusiasmo es encumbrado a la categoría de ciudadano ilustre, de modelo para la juventud.
Si les hubiese sido dada la oportunidad de recuperar sus vísceras y volver a la vida, las prostitutas londinenses que intimaron con Jack el Destripador no se habrían dejado engatusar una segunda vez por el misterioso caballero del sombrero de copa que emergía de entre la niebla. Si Jehová, tal y como las cerró, hubiese querido abrir de nuevo las aguas y devolverlos sanos y salvos a la orilla, los soldados egipcios se habrían cuidado muy mucho de adentrarse otra vez en el Mar Rojo para seguirle los pasos a Moisés y sus muchachos. De haber conocido los resultados de antemano, la modelo habría replicado al insistente escultor que para el Monumento a la Madre iba a posar su señora abuela.
Todo esto, que contado así puede antojarse una cosa abstrusa, ininteligible, tiene, sin embargo, su aplicación práctica a los asuntos de la vida cotidiana. La experiencia avala que la estancia veraniega de los cuñados y su prole en nuestro apartamento de la costa no se limitará a un par de días, tal y como anunciaron antes de su llegada. Quien ha vivido lo suficiente sabe que el bicho peludo que nos olisquea la pantorrilla en plena calle muerde, pese a que su amo insista vehementemente en desmentirlo. Los escépticos hemos acabado por aceptar que si el telefonillo de casa suena, no será para alertarnos de que, al fin, ha llegado el alma gemela que andábamos buscando, el amor puro que anhelábamos, la graciosa criatura que habrá de procurarnos la felicidad que ansiábamos. A estas alturas ya estamos seguros de que, si no se trata de un repartidor de publicidad, quien nos reclama ante el portero automático es un empleado de la recaudación municipal o un predicador de la Iglesia de los Santos de los Últimos Días.
Todo lo cual nos conduce, de manera natural e irremediable, al Plan Estratégico Algeciras 2015. Y debe de ser la edad, pero es que no consigo creerme nada.

sábado, 19 de septiembre de 2009

FÁBRICAS DE IDEAS Y BRAGUEROS
En los tiempos en los que la cirugía no había acudido aún en auxilio del hombre atormentado por las hernias inguinales, mi bisabuelo hizo fortuna con la fundación en Pozuelo de Calatrava, Ciudad Real, de una fábrica de bragueros y otros artículos de ortopedia. Mi antepasado legó una fortuna no mediana a su descendencia gracias a la explotación de una industria filantrópica, empeñada no tanto en la búsqueda del beneficio económico como en la sanación de las ingles de sus contemporáneos.
Los socialistas andaluces han anunciado su intención de crear una fábrica de ideas que, quizá, acabe proporcionando un bienestar público similar al que procuró la factoría de bragueros regentada por mi bisabuelo, q. e. p. d.
La naturaleza misma de la iniciativa emprendida por el PSOE en nada difiere de la que acometió mi antepasado hace ya un siglo. Aquel empresario benéfico y ejemplar vislumbró desde muy temprano el brillante porvenir de una actividad basada en la aplicación del sistema de producción industrial a la confección de bragueros. Hasta entonces, la del braguero había sido una manufactura cultivada, en exclusiva, por gremios de artesanos incapaces de adivinar el potencial de un producto que tan bien se avenía al proceso de montaje en cadena. Del mismo modo, y en una de esas premoniciones que distingue a los pioneros, el PSOE ha impulsado la producción a escala industrial de un artículo cuya fabricación había tenido, hasta la fecha, un carácter puramente doméstico y artesanal. ¿Por qué confinar el rico mundo de la gestación de ideas a la iniciativa individual pudiendo erigir una fábrica capaz de generarlas al por mayor en todos los modelos y colores, adaptadas a las exigencias de la temporada y al gusto de nuestra distinguida clientela?
Antes, uno podía verse asaltado por una idea en la cola de un cine, durante un atasco en la 340 o mientras disfrutaba de la quietud y la intimidad que proporciona el excusado. Fueron tiempos que ya no volverán.
La fabricación de ideas con miras a proporcionar a la militancia un pensamiento pulcro y acabado y una consistente imagen publicitaria al partido constituye un hallazgo excepcional y un esfuerzo encomiable. Pero, ¿qué mente privilegiada maduró y alumbró la idea fundacional de este proyecto singularísimo? ¿A quién se le ocurrió la idea de la fábrica de ideas?
Caben dos respuestas a la que algunos tendrán por insidiosa pregunta. Tal idea podría haberse fraguado al modo tradicional, es decir, pensando, para lo cual habrá de considerarse la posibilidad de que en un partido político puedan encontrarse dos o tres entendimientos capaces de tamaña hazaña intelectual. También pudiera ser que se tratase de una idea importada, facturada por una multinacional dedicada a la fabricación de ideas cuya sede podríamos ubicar en Montgomery, Alabama, que es el lugar donde deberían radicarse siempre este tipo de establecimientos. Como todos convendrán, esta segunda posibilidad se antoja la más razonable.
La fabricación en cadena de ideas no está exenta, sin embargo, de riesgos y complicaciones. Los imponderables, a los que no resulta ajena la cadena de producción, pueden hacer que se lance al mercado una idea defectuosa, lastrada por taras que impidan su comercialización. Se han dado casos en los que los fabricantes diseñaron una campaña militar para la democratización de un país y la erradicación del terrorismo fundamentalista y acabó saliendo una invasión de corte colonial jalonada por un sinnúmero de crímenes de guerra. Ni la FAES es inmune al error.
Para prevenir tales males, y aun reconociendo que, propagandísticamente, el impacto de un braguero es menor al de una buena campaña publicitaria, sugiero a los socialistas que, mejor, se decanten por la ortopedia. Es sólo una idea.

viernes, 11 de septiembre de 2009

UN LIBRO ASÍ DE TOCHO

Un automatismo del pensamiento nos induce a creer que la abundancia resulta preferible a la escasez. De ahí, el prestigio del que gozan las multitudes, la riqueza y los pechos siliconados. Un teatro abarrotado de público es testimonio del éxito de la representación, por muy gañanes que sean los que sienten sus posaderas en las butacas. Un magnate de la industria del automóvil concita una admiración proporcional al tamaño de su fortuna. Pamela Anderson, alborotando junto a la playa embutida en su bañador rojo, pasaría desapercibida sin el reclamo de la hipertrofia mamaria que la hizo célebre. Mucho, mucho y si puede ser más, mejor.
Deténgase a reflexionar sobre ello y concluirá que lo opulento, lo cuantioso, lo copioso añade a las cosas del mundo un timbre de calidad, de excelencia del que, al menos entre la masa, no goza lo breve, lo austero. Si el pregonero de la feria de su pueblo invierte una hora y cuarto en exaltar las inigualables bellezas del terruño y la hospitalidad de sus gentes, los asistentes aplaudirán con entusiasmo la intervención por juzgarla de acuerdo a la extensión que se espera de un pregón de las fiestas patronales. Habrán podido dormirse durante la disertación, habrán podido maldecir a la parentela toda del orador y a sus descendientes venideros, habrán podido ocupar la mayor parte de esa hora y cuarto en la exigente tarea de extraer el pellejo a medio kilo de altramuces. Pero, concluida la monserga, todos aplaudirán encendidos la incontestable valía literaria de la pieza que acaban de escuchar. El pueblo encuentra en la cantidad virtudes que no reconoce a la calidad.
León Tolstói tuvo presente todas estas cosas cuando decidió acometer la escritura de su “Guerra y paz”. El autor ruso adoptó una prevención que cualquier literato en ciernes que aspire a convertirse en una celebridad debería imitar. Obstinado en que la suya fuera tenida como una de las novelas más elogiadas de la literatura universal en todos los tiempos, Tolstói decidió escribir y escribir y, puestos a ello, hacerlo sin mesura, sin freno, compulsivamente. Tan denodada empresa alumbró un libro de apretada prosa y de dimensiones y peso suficientes como para cascar kilo y medio de nueces de California. Tolstói sabía que un tocho tal disuadiría de su lectura a la práctica totalidad de sus contemporáneos quienes, enfrentados a tamaño ladrillo, atenderían sólo al grosor del libro y concluirían, según la lógica aquí expuesta, que una novela de doce centímetros de grosor había de ser necesariamente una obra maestra de la literatura universal. La mayor parte de los españoles adultos en algún momento de nuestras vidas hemos huido despavoridos ante la sola idea de tener que leer, de principio a fin, el tochaco que Tolstoi tuvo a bien escribir. Esto, sin embargo, no es obstáculo para que, en el caso de ser preguntados por ello, todos coincidamos en que “Guerra y paz” es una de las cimas de la novelística rusa. Sin duda alguna.
Éste es el signo de los tiempos y en ello se encuentra la cifra del éxito. Todo consiste en acumular. Si es usted idiota y acaba de alumbrar una idea idiota, no sea modesto. Indague para dar con el paradero de otros idiotas emparentados con usted por idéntica idiotez que, preferiblemente, hayan parido ocurrencias tan idiotas como la suya, y funde una asociación, un partido político, una religión o un sindicato. Esta suma de esfuerzos e inteligencias quedará plasmada en una obra fundamental que reunirá las cuantiosas idioteces paridas por los entendimientos de los padres fundadores, y esa obra, esencial y necesaria, será el germen de un manifiesto político, de un programa electoral o de una nueva Biblia. No me cabe duda alguna de que la editorial Planeta abonará una generosa cantidad por los derechos de una obra como ésta. Bastará con que supere las 600 páginas.

viernes, 4 de septiembre de 2009

SÓLO QUEDA ENGORDAR
Pasados los 40, todo lo que queda es engordar. Los líquidos acumulados durante décadas comienzan a violentar las líneas del cuerpo; el rostro se abotarga; sobre el vientre, expedita llanura en otro tiempo, comienza a erguirse una abrupta colina de grasa; el diámetro de los tobillos se ensancha; flácidas cortinas de piel oscilante se mecen bajo los brazos; los glúteos se disputan con saña fratricida el espacio en el que, hasta entonces, habían convivido en plácida vecindad. La vida engorda.
El espejo me devuelve el reflejo de uno de estos individuos orondos y me malicio que ese tipo, tan parecido a mí, se ha comido a quien yo era.
Resulta una excentricidad, no lo niego, pero esta sensibilidad recién adquirida para apreciar el incremento de volumen del cuerpo adopta, en mi caso, una dimensión moral. Me explicaré. No sólo me veo gordo a mí mismo, sino que advierto con horror cómo la gente a la que dispenso mi afecto también ha sido atacada por este proceso lento pero irreversible al final del cual aguardan unos pantalones de la talla 64. Todos aquéllos a quienes profeso mis simpatías (que, son, por lo tanto, todos los que, según mi particular percepción, albergan virtudes y cualidades que me resultan gratas) están gordos. A mis ojos, una persona virtuosa en nada se distingue de un luchador de sumo.
Por supuesto, esta alucinación, porque no puede tratarse de otra cosa, posee un carácter simétrico. Sucede que cuando mi atención se concentra en las personas hacia las que siento una indisimulada antipatía el fenómeno se invierte. Si la casualidad me obliga a cruzarme en la calle con uno de estos sujetos despreciables, no veo al villano, al usurero o al hipócrita sino a un individuo estilizado, de armónicas facciones, ajeno a los lastres que impone la obesidad, grácil y ligero como la Paulova, todo un figurín. Y es entonces cuando me persuado de que el mal y su práctica proporcionan un tipín que no puede prometer ningún producto dietético del mercado.
No aspiro a ser el único trastornado aquejado de esta disfunción sensorial. Puede ser, y no crea que no medito sobre ello, que aquéllos a quienes tengo por gente abyecta se enfrenten, apostados ante el espejo, al reflejo de un ser humano de dimensiones paquidérmicas. Quizás, los malvados que me parecen sílfides se lamenten de lo mucho que han engordado en los últimos años. Y, del mismo modo, pudiera ser que ellos, de reparar en mi apariencia, hallaran en mí a un individuo enjuto y fibroso. La existencia es gorda o enclenque según los ojos de quien la juzgue.
Esta subjetividad, que impide la clasificación moral de los moradores del planeta en gordinflones y flacuchos, constituye un serio obstáculo para el progreso de la humanidad y el perfeccionamiento de nuestras sociedades. Imaginemos una civilización en la que, de manera objetiva, mensurable y con posibilidad de verificación, pudiera aseverarse que las buenas personas tienen, sin excepción, papada, barriga cervecera y arrastran diez arrobas por las vías públicas. Consecuentemente, en esta sociedad utópica, los flacos serían, necesariamente, gente de poco fiar, pervertidos, simuladores, rufianes, traicioneros, amigos de lo ajeno, perjuros, taimados, serviles, mendaces… Esto es, la esencia de la malignidad.
Una humanidad así organizada, depararía no pocos beneficios al bien público. Podríamos saber si el tendero nos sisa en el peso de los calabacines con tan sólo echarle un vistazo. Advertiríamos sin dificultades si el candidato del cartel electoral es un mentiroso o un sujeto íntegro. Acudiríamos al altar en la seguridad de que nuestra pareja observará su obligación de fidelidad hasta sus últimos días. Los tenderos, los candidatos y los cónyuges, cuanto más gordos, más fiables.
Una vida así de gorda nos protegería de la desdicha.
LA TENTACIÓN VIVE ABAJO

Quien crea que sólo del nicho hacia fuera residen el éxito profesional, el amor loco, la satisfacción de la carne, el orgullo del linaje, la felicidad desmedida, la tristeza inconsolable, la honradez insobornable, la castidad que purifica, la salacidad que condena, el triunfo de nuestros colores, las suegras, las visitas de cumplido a casa del cuñado, Halle Berry, la peste bubónica y los apartamentos en Oropesa se equivoca de medio a medio. Sostener que esta sarta de dichas e infortunios se detiene ante la frontera de la muerte es cosa de ateos y descreídos. Un japonés anónimo ha tenido la clarividencia de advertir esta verdad y, para reafirmar su convicción de que hay algo más allá, ha decidido comprarse la tumba vecina a la de Marilyn Monroe. En el caso que nos ocupa, puede decirse que la tentación vive abajo.
Lo que a ojos de gente iletrada puede reputarse de extravagancia es, para quien ha reunido los suficientes conocimientos acerca de la escatología y las religiones, un acto congruente con la naturaleza del hombre. El comportamiento de nuestro amigo nipón en nada difiere del de Tutankamón, quien, en un alarde de inteligencia, dejó a sus súbditos precisas instrucciones acerca de las vituallas y enseres que habían de depositarse en su tumba. El faraón preveía un viaje largo, por lo que no olvidó proveerse de un lujoso mobiliario, carros ligeros, suntuosas estatuas, vasijas de alabastro y, por si la gusa acuciase, de generosas raciones de carne de buey, cebada, almendras, dátiles y jarras de vino. El egipcio creía en una vida más allá de la presente y pensó que no era bueno enfrentarse a ella con una mano delante y otra detrás.
El japonés, como el faraón, también anda persuadido de que la muerte no es sino una suerte de excursión que resulta necesario amenizar con algún divertimento. Y, en eso habrá de concedérsele la razón, pasar toda una eternidad tumbado encima de la Monroe es, de entre todos los esparcimientos posibles, uno de los mejores.
Si, como convienen la mayoría de los credos religiosos, la muerte no es sino el inicio de un largo y placentero viaje al final del cual nos aguarda la felicidad suprema, habrá que considerar si no sería conveniente emular a este previsor hijo del País del Sol Naciente. Como nadie discute, uno de estos días una enfermedad cruel e incurable, o un competidor envidioso y ducho en el uso de venenos de fulminantes efectos, o un piano desprendido de un andamio, o la atragantá de un portero de discoteca nos facturarán para el otro barrio. Y si esto es así, y me temo que será así, ¿cómo no preguntarse por la condición social, estatus profesional, ingresos anuales, hipotecas en vigor, número de descendientes, filiación política, hobbies, educación y perímetro torácico de aquéllos a quienes la fortuna convertirá en nuestros compañeros de periplo? ¿Seremos capaces de esperar el momento funesto sin sentirnos soliviantados ante la posibilidad de que los nichos fronteros al nuestro sean ocupados por, pongamos algunos casos, un asesino de incautas ancianas, un descuartizador de rubicundas adolescentes, un estrangulador de lánguidas prostitutas o un pregonero de las fiestas locales? ¿De veras que no nos perturba la idea de caminar hacia la eternidad entre tan indeseable vecindad?
Hagamos como el japonés y, previsores, reservemos un nicho en la crujía donde descanse lo más granado del camposanto: arquitectos galardonados, financieros afamados, modelos de pecho abundoso, patricios distinguidos con el Especial de Pura Cepa… La reputación póstuma ha recibido el desdén de este mundo materialista abandonado al hedonismo. Ya nada importa la identidad, ni el currículo, ni la catadura moral de aquéllos que serán enterrados junto a nosotros. Lo mismo da una madre Teresa de Calculta que un Bernard Madoff. Dan ganas de no morirse.