sábado, 30 de mayo de 2009

CUESTIÓN DE HONOR
El profesor Sean O’Shaughnessy, de la Universidad de Dublín, es autor de una prolífica obra antropológica cuyo principal objeto de interés ha sido, desde sus comienzos como asesor cualificado de la Diputación Provincial de Cádiz, el análisis de los mecanismos utilizados por cada cultura para construir su acervo ético. O’Shaughnessy se pregunta por qué las distintas sociedades humanas mantienen comportamientos morales diversos. En Moral y colectividades humanas: La vida es una tómbola, el antropólogo irlandés ha escrito:

“La grandeza moral de los grupos humanos se mide en atención al comportamiento de sus estafadores. Así se conduzcan los ladrones, así habrá que valorar la sociedad a la que pertenecen. Algunas tradiciones, documentadas por estudiosos de los pueblos asiáticos, exigen a quienes vulneran las pautas de convivencia instituidas por la comunidad un tributo oneroso: el de la propia vida. (En una obra mía anterior he descrito los rituales cuyos códigos regulan la expiación pública de la culpa en determinadas culturas; véase El hara-kiri como factor de riesgo en la úlcera de duodeno, Oxford University Press, 1997). El ladrón que se sabe atrapado reconoce en público su culpa, que acaba siendo también la de su linaje, y, en un acto de suprema contrición, se suicida. Este modelo represivo de las conductas asociales que rige en algunos pueblos asiáticos no tiene, ni con mucho, carácter universal. De hecho, éste que podríamos llamar patrón asiático manifiesta una antitética oposición con el que denominaremos patrón mediterráneo meridional o español.
Tal es así que, según evidencia la amplísima producción literaria compuesta sobre la materia, el español que es cogido en un renuncio (léase desfalco, cohecho, soborno, tráfico de influencias, alzamiento de bienes, evasión de capitales, etc.) jamás considerará como posibilidad rebanarse el vientre con una catana, ni levantarse la tapa de los sesos con un revólver de pequeño calibre, ni abandonarse en el tendido férreo al paso del Intercity Sevilla-Alicante, ni arrojarse al vértigo del Tajo de Ronda. No. Un español cabal que se precie de tal negará la mayor, defenderá su inocencia con hidalga indignación, denunciará la insidia de una pérfida conspiración dirigida a socavar su reputación. Y si, pese a todo, acaba con sus huesos en el presidio, no cejará en su queja en la convicción de que, si demostró pericia en el robo, siempre habrá un consejo de administración que le acoja una vez cumplida la condena.
El sinvergüenza español no se tiene a sí mismo como un ser de talla moral inferior a la del japonés que no duda en atizarse un espadazo en la barriga para obtener el perdón de sus conciudadanos. De hecho, asegura, si no recurre a medios tan expeditivos como los usados por sus homólogos orientales es debido a una prevención, la que aprendieron de sus madres y abuelas, que recomienda no acuchillarse los intestinos si lo que se persigue es mantener una vida saludable”.

Sirva este extracto de una de las obras emblemáticas de O’ Shaughnessy para ilustrar la noticia que este mismo viernes hará pública el portavoz del departamento de Cultura de la Diputación Provincial, una de las instituciones más apasionadas en la exaltación y apología de la figura del profesor dublinés. Pues, - y ésta es la revelación que mediante estas líneas compartimos con los muchos admiradores de la obra del genial autor de La vida es una tómbola- el antropólogo O’ Shaughnessy será uno de los invitados de relumbrón en la próxima edición de los Cursos de Otoño que con periodicidad anual celebra la Universidad de Cádiz en Algeciras. La ciudad cuyos tules humedece la Bella Bahía volverá así a convertirse, una vez más, en referencia mundial de los círculos académicos y faro para los investigadores en el ámbito de las ciencias sociales.
La organización ha encomendado a O’ Shaughnessy la dirección del seminario Ética y financiación de partidos políticos, o cómo comerse las manos hasta el muñón sin morderse las uñas.

sábado, 23 de mayo de 2009

LOS BROTES VERDES

El director general del Fondo Monetario Internacional ha anunciado que, tras un periodo de esterilidad y desolación económicas, han comenzado a germinar los primeros brotes verdes. Una prueba más de que, en contra de lo sostenido por la común opinión, la lírica no es ajena al capitalismo. Los confortables sillones de los consejos de administración y de las instituciones reguladoras del mercado hospedan las posaderas de insignes poetas. ¿A qué trabajador asalariado podría habérsele ocurrido presentar los primeros indicios de recuperación económica con una imagen tan inspirada como la de los brotes verdes? “Brotes verdes cuya fragilidad embosca un futuro preñado de frutos carnosos y apetecibles, premonición de un árbol de firmes raíces y ramas nudosas cuya sombra procurará el refrescante deleite al paseante extenuado”, podría haber completado el preboste de las finanzas internacionales.
Las clases populares no están dotadas para alcanzar tales cimas líricas. Si un desempleado fuese capaz de advertir la presencia de uno de estos brotes verdes, lo agarraría para tirar de él en la convicción de que debajo se esconde un nabo con el que bien podría cocinarse una nutritiva sopa caliente. El proletariado siempre ha resultado de una vulgaridad insultante.
Es la envidia, animada por la campaña del lobby obrero internacional, el origen del estereotipo que presenta al poderoso como un individuo obeso, tocado con chistera, carente de escrúpulos y con el corazón helado, incapaz de un acto de bondad o belleza. Huelga decir que nada de esto es cierto. Basta un análisis somero de la cuestión para descubrir tras cada magnate, tras cada presidente de banco, un espíritu sensible que intima con las musas. Son los nuevos juglares, cuya presencia pasa desapercibida a la opinión del público enfundada en costosos trajes de Emidio Tucci; son los rapsodas de los tiempos modernos, a los que puede encontrarse en las más selectas recepciones. La suya es la poesía del recogimiento, la que se urde en la intimidad con la única compañía de uno mismo. Jamás se habrá visto a un Botín o a un Rockefeller ufanarse en público de su vena lírica. Es gente celosa de su don. Es gente de tacto.
Como se ha visto en el caso de la metáfora de los brotes verdes, la horticultura es una de las más prolíficas fuentes de inspiración de estos estimables vates, pero no la única. Así, es común hallar en sus composiciones todo tipo de tropos referidos a la naturaleza de la materia y sus estados. De entre todos ellos, los de la congelación y la flexibilidad les resultan los más queridos. Así, cuando el miembro del consejo de administración alude a la congelación salarial no hace sino advertir “la undosa adherencia de un manto de escarcha que petrifica e inmoviliza el deseo”. Cuando hace referencia a la flexibilidad del mercado laboral, imagina “el junco que rinde su voluntad al viento, el lince que se comba en el aire para dejarse caer sobre su espantada presa, el mismo universo que no tiene ni principio ni fin”. Un trabajador, uno de esos asalariados de empleo precario, sueldo insuficiente y total ausencia de sentido poético sólo verá en la escarcha un recorte de sus ingresos; la flexibilidad del junco y el vendaval serán, para sus cortos alcances, la promesa de que, si no hoy, mañana, la empresa acabará poniéndolo de patitas en la calle. La clase obrera jamás prosperará si no consigue desprenderse de esta burda y prosaica visión del mundo y de sus cosas. Es gente sin sustancia, qué se le va a hacer.
Y esos brotes verdes florecerán, se multiplicarán con el advenimiento de la primavera, acabarán ocupando vastas extensiones de terreno, páramos hermoseados por tanta verdura, praderas anchurosas y fértiles que, una vez registradas y escrituradas, acogerán nuevos complejos turísticos, modernas urbanizaciones, suntuosos campos de golf.
Los poetas también tienen que comer.

sábado, 16 de mayo de 2009

OIGO VOCES
Los propietarios de las voces que oigo me son fieles. Perdón, no lo he mencionado. Oigo voces.
Gracias a esta singularidad hiperestésica, jamás me he sentido solo en el universo. Ellas caminan siempre conmigo. Unas sirven de fondo a este caos sonoro que puebla mi cabeza. Son como un bisbiseo continuo apenas perceptible. Otras se imponen con la aspereza del trueno y su gravedad. También hay voces discretas que huyen de la altisonancia y la timidez con idéntico afán.
He sido atendido por los más reputados especialistas, ante quienes me he presentado como un caso clínico digno de atención. Los psiquiatras se encogen de hombros, pues no deben advertir nada particularmente interesante en mi chaladura. Sólo mi psicoanalista ha sido capaz de avanzar lo que, según juzgó su parecer profesional, constituía la causa de mi mal. “Oyes voces, dices. ¿Has probado a apagar la televisión?”. Así lo he hecho. Pero sigo oyendo voces.
Esas criaturas cuya materialidad me es ajena me conminan a cometer los más nefandos crímenes y las empresas más piadosas. Una voz meliflua y tartamuda ulula trepidante junto a la pared interior del parietal con la inicua pretensión de persuadirme para que prenda fuego a la ciudad, como un césar chiflado en el balcón de su vivienda de protección oficial. Otra voz, reverberante y dulce, como la de una aparición mariana, me invita a formalizar mi ingreso en el Casino, a postularme como hijo predilecto y a emocionarme con los sones de “La novia del sol”. En ocasiones oigo pasodobles.
Llegué a pensar que mi cuñado tenía razón. “Oyes voces, dices. No debiste comprar jamás un piso con tabiques de pladur”. He sustituido el pladur por gruesos muros de ladrillo. No hay caso. Sigo oyendo voces.
Si fuera posible, agradecería que los dueños de las voces que me acosan me fueran presentados. Personalmente.
A fuer de ser sincero, habré de confesar que no es éste el único desarreglo mental que me mortifica. Oigo voces, pero también hablo solo. Mis soliloquios fantasean con el emperador pirómano al que antes me refería. Susurro a un incendiario desconocido que alimente el fuego purificador, le invito a oficiar el ritual destructor del que emergerá una nueva ciudad. Pero nadie me responde. Y eso a pesar de que, como ya tengo repetido hasta la saciedad, oigo voces.
La ciencia médica se ha revelado incapaz de hallar una explicación a mis padecimientos, por lo que he resuelto buscarla por mí mismo. He elaborado una teoría. En voz alta, mientras presto atención a las voces que me hablan.
Guardo el convencimiento de que, del mismo modo que las voces de otros resuenan en mi cabeza, la mía se deja oír en la de un desconocido. Quizá sólo los locos disponen de este sentido extraordinario que les permite captar los discursos que para sí mismos construyen otros locos, pláticas sin interlocutor que flotan en el aire, como el polen invisible desprendido de las patas de las abejas. Los dementes que oyen voces son los alérgicos a las palabras suspendidas en el ambiente.
Mi voz, la que imposto para mis soliloquios más teatrales, retumbará en el cráneo de un traficante de chatarra o de un asesor del presidente de cualquier diputación provincial. Me gustaría conocer a aquél que me escucha sin que yo lo pretenda.
Quizás, un día, los periódicos publicarán la fotografía del perturbado malencarado que inauguró la devastación, que arrojó el líquido inflamable junto a la estación de servicio para, con un propósito inequívocamente criminal, avivar el fuego que, tras tres días y tres noches de voracidad destructora, dejó la ciudad reducida a cenizas.
Confío en que no haya sido mi voz la responsable de tamaña vileza.

viernes, 8 de mayo de 2009

LOS GUARROS INOCENTES
Un hombre ha contagiado la fiebre porcina a un cerdo en el lejano Canadá, lo que da fe de que nuestra especie no resulta de fiar. Ojo por ojo, diente por diente. Somos gente rencorosa.
Habrá quien advierta de que, al fin y al cabo, fueron los cerdos los que empezaron. Esta objeción resulta incontestable, pero no sería justo exigir a un puerco, cuya vida se reduce a ventosear de vez en cuando, gruñir a toda hora y hozar entre excrementos, lo mismo que esperamos de un perito mercantil, pongamos por caso. Los seres humanos somos una especie elegida, consciente de su propia existencia y del mundo que le rodea, creadora de obras de genio. Miles de años de afortunada evolución se traducen en admirables descubrimientos cuya autoría se debe a este simio bípedo y lampiño: la rueda, el fuego, la escritura, la cartografía, la arquitectura, la domesticación de animales, la agricultura, la religión, la física newtoniana, el urbanismo, el enciclopedismo, el derecho, la aeronáutica, las telecomunicaciones, la clonación genética, El Corte Inglés…Los cerdos han sido menos prolíficos. Un examen detenido de las aportaciones del guarro a la tarea civilizadora en el planeta arroja un resultado deprimente: el jamón de Guijuelo, el bocadillo de panceta, las salchichas Óscar Mayer y poco más.
Pero además, y desde un punto de vista exclusivamente moral, habrá de hacerse notar que el cochino es ajeno al concepto de culpa, una creación indiscutiblemente humana. La cerda que alumbra a sus lechones lanza al mundo a una sarta de criaturas inocentes, amenazadas por un mundo hostil y por la cadena de producción de patés “La Piara”. La noción teológica del libre albedrío no es aplicable al gorrino. No sucede lo mismo con el ser humano.
Ya el Antiguo Testamento presenta a nuestros primeros padres como criaturas manchadas, estigmatizadas por el pecado original que todos heredamos. Sólo una conducta moral puede redimirnos de esa culpa primigenia. El ser humano mordió la manzana (en realidad fueron ellas, pero ésa es otra historia), y aquel acto de maldad inaugural ha traído consigo funestas consecuencias. Nada dice la Biblia, sin embargo, acerca de un cerdo desobediente al designio divino que muerde la bellota prohibida y es expulsado del Paraíso. Por eso, no puede reprocharse a la cabaña porcina la expansión de la nueva gripe. Los inocentes no son responsables.
Establecida la inocencia de los cochinos, volvamos al ser humano. Los gobiernos de los países más poderosos del planeta han movilizado todos sus recursos e invertido millones de euros en la adopción de medidas preventivas ante la expansión de la llamada gripe A. Las mentes más febriles imaginan una mutación maléfica del virus muñida para erradicar a nuestra especie de la faz de la Tierra, incluidos los peritos mercantiles. Quizás esto realmente acabe sucediendo, pero lo cierto es que, excepción hecha del medio centenar de muertes registradas en América, los principales afectados hasta el momento son turistas que acudieron a tostarse a las playas de Cancún y que han vuelto a casa con un catarro fenomenal que les obligará a permanecer en casa para ser tratados con infusiones de miel y limón, friegas de Vicks Vaporub y Tamiflú.
No intentamos ningunear esta nueva pandemia. Quizás sea, finalmente, este bicho el que acabe bajando los humos a esta especie arrogante y engreída que es la nuestra. Pero si de lo que se trata es de postular qué pandemia matará a más gente en el planeta durante los próximos años, se nos ocurren candidatas más capacitadas. Veamos. El sida, la malaria, el dengue, la fiebre amarilla, los brotes periódicos de meningitis, que desde comienzos de año ha matado a 1.900 personas en el occidente africano…Y, por supuesto, el hambre.
Los habitantes de los países ricos estamos alarmados por la amenaza de un virus que, en la mayoría de los casos, se contenta con hacernos moquear. Mientras, obviamos las tragedias cotidianas de los más pobres. Los cochinos, en sus porquerizas, son mucho más compasivos con los suyos.

lunes, 4 de mayo de 2009

AZNAR, PICHURRI Y LA CRISIS

He sabido que Aznar ha escrito un libro en el que explica lo que ha de hacerse para salir de la crisis, y de inmediato me ha venido a la memoria la insólita peripecia vital de Pichurri, medio volante del Atlético Aviación, rutilante teórico del balompié y reserva sempiterno.
No fue tenido nunca Pichurri por fino estilista. Si alguna vez hubiesen reparado en él, los círculos entendidos no habrían sido capaces de encontrar para su juego más calificativo que el de calamitoso. Pichurri era, y doloroso resulta reconocerlo, un auténtico manta.
Todos y cada uno de sus preparadores admiraron en Pichurri su abnegación en los entrenamientos, su anhelo de mejora, su carácter inasequible al desaliento. Pero una cosa era festejar los atractivos morales de Pichurri y otra alinear a aquel dechado de ineptitudes. El fútbol era cruel con aquella desdichada criatura.
Pero Pichurri no se dejó amilanar por la contumacia de su infortunio y se juró que, pese a su desprecio, el fútbol tendría que retribuirle por todo aquello que le había negado. Y, fruto de largas noches de vigilia y detenidas reflexiones, nació el que, aun hoy, es considerado como texto de referencia para todos los cultivadores de los estudios balompédicos: “Aplicación de criterios de eficiencia y eficacia al lanzamiento de penaltis” (Espasa-Calpe, 1945).
El destino, indigno alcahuete, acaba un día u otro por enfrentarnos a nuestras propias miserias. Así sucedió a Pichurri, el futbolista inoperante, quien, quizá en premio a sus denodados empeños, fue finalmente convocado por su entrenador para el encuentro de la octava jornada del campeonato nacional que había de enfrentar al Atlético Aviación con la Cultural Leonesa.
Aquella soleada tarde de abril, Pichurri tomó asiento en el banquillo en la certeza de que su presencia sobre el césped no habría de ser requerida. Se arrellanó sobre la almohadilla y se dejó arrobar por una dulce y acogedora somnolencia. Y así gozaba, en este estado de inconsciencia, cuando, de improviso, notó cómo una mano vigorosa y velluda le zarandeaba mientras una voz, en la que reconoció la de su entrenador, le anunciaba: “Pichurri, al campo”.
Abrazado a Morfeo, Pichurri no había podido evaluar la gravedad de la situación: minuto 45 de la segunda parte; Avelino, Korzianowski y Julianín, expulsados; Pérez Fanjul, Lisardo, Pitu, Contreras y Pepelu, presas de dolorosos calambres; Joao Santos, atendido en la banda; Lazzarini, alcanzado en la cabeza por una botella de Licor 43 lanzada con alevosía desde la grada; Amorrortucoechea, el guardameta, víctima de un acceso de ansiedad. “Pichurri, el penalti lo tiras tú”, le ordenó su preparador.
Allí fue Pichurri, el balón entre las manos, el corazón desbocado, el público vociferante. Y fue al hollar con la bota el punto de cal para acomodar el cuero cuando advirtió que, si en su destino estaba alcanzarla, aquélla era la antesala de la gloria. Su existencia pasó ante sus ojos como una película en tintes sepias. Repasó las precisas instrucciones contenidas en su libro, imaginó el momento del impacto, el vuelo de la pelota, la inútil palomita del portero. Tomó carrerilla y, decidido como nunca lo estuvo en toda su existencia, concentró todas sus energías en su pie izquierdo y chutó como sólo puede hacerlo un hombre desesperado. Para su desazón, el patadón obvió el balón y fue a concentrarse en el césped, sobre el cual abrió una oquedad de unos diez centímetros. La pelota, apenas impulsada, trotó inocente hacia las manos del portero como un corderito recién alumbrado.
Pero como acaece que la vida está preñada de acontecimientos inesperados, quiso la fortuna que el guardameta, que ya había asegurado el balón entre sus guantes, tropezara de espaldas cuando buscaba el impulso necesario para enviar la pelota a su extremo izquierdo, de suerte que hombre y cuero fueron a rodar, juntos y hermanados, al interior de la portería. “Gol”, gritó la grada. “Gol”, concedió el colegiado.
Y, Pichurri, aupado a hombros por sus compañeros, no pudo por menos que hacerse una consideración final. “No hay nada mejor que disponer de un método para cada cosa”, se dijo, en un aforismo cuya enseñanza habría sido sin duda compartida por el mismo señor Aznar.
EL DESTINO DE JOE ÁLVAREZ

Entretanto hallaba su verdadera vocación, Joe Álvarez se perdió en probaturas, tentó la suerte en múltiples ocupaciones, se enredó en oficios estrafalarios que no le reportaron satisfacción alguna. Hasta que un día tuvo una revelación: entregaría su vida a la práctica del boxeo profesional. Joe Álvarez era un pionero, y como tal se conjuró consigo mismo para dejar profunda huella en la historia del pugilismo mundial. No, él no sería un boxeador más. Él inauguraría una nueva era fundada en una técnica de combate hasta entonces inconcebible. Sería el nuevo marqués de Queensberry, el inventor y único apologista de una nueva manera de concebir la lucha, una modalidad inspirada en la meditación y la introspección, una innovadora concepción del pugilato que vino en bautizar “pugilismo estático”. Nacía un arte reservado a atletas excepcionales, espíritus superiores capaces de perseguir un fin moral aun con desprecio de sus propias vidas.
En su primer combate, Joe Sánchez cumplió con exquisita observancia todos los rituales del viril deporte de las doce cuerdas. Subió al ring, botó sobre la lona con pequeños y reiterados saltitos, saludó al respetable con las manos enguantadas sobre la cabeza, se despojó del batín, cruzó manos con el oponente en un gesto de nobleza. Cuando el gong anunció el comienzo del primer asalto, y para sorpresa general, Joe permaneció inmóvil, todos y cada uno de sus músculos sin actividad alguna, los párpados abiertos como los de un búho, la respiración contenida. La cabeza de un venado disecado sobre la barra de una venta de carretera habría resultado irritantemente dinámica en comparación con la obstinada quietud de Joe. “En esto consiste el pugilismo estático”, explicaba mientras tanto en el rincón su entrenador, Práxedes Dum Dum Cifuentes.
Bastó una, la primera, sonora y dolorosa, para que el boxeador inmóvil se derrumbara cuan largo era. El árbitro decretó knock out y se limpió las salpicaduras de sangre que motearon el cuello de su camisa impoluta. El público, entre estupefacto y divertido, fue retirándose hacia las salidas. Aquello constituyó el final del “pugilismo estático” y la renuncia a una prometedora carrera deportiva.
El equipo de neurocirujanos no ocultó su preocupación a la familia. “Los daños cerebrales han sido masivos”, informó. Coágulos, aneurismas, lesiones irreversibles en el cerebelo. Desahuciado para el boxeo, y tras una rehabilitación que se prolongó a lo largo de varios meses, Joe Sánchez resolvió reorientar su vocación hacia otras actividades cuyo ejercicio resultara compatible con sus ahora mermadas facultades. Y fue así como se metió a periodista. Especializado en análisis político y estrategias de partido.
Casos como el de Joe Sánchez, púgil frustrado y periodista conspicuo, son los utilizados por las enciclopedias, los catecismos y los manuales esotéricos para sostener que todo ser humano está marcado desde su nacimiento por su destino. Todo estaba escrito para Joe: la fecha de su alumbramiento, su éxito como analista de los acontecimientos de su época, la hostia que lo aleló en el cuadrilátero.
¿Podemos forjar nuestro futuro o nacemos predestinados? Einstein vino al mundo para formular la teoría de la relatividad. Ése era su destino, aseveran graves los fatalistas. Esto resulta ventajista. Yo creería en el destino si un 14 de marzo de 1879 alguien se hubiese dirigido a la señora Einstein, el rostro todavía congestionado por el esfuerzo y las contracciones, la placenta fresca y viscosa, y le hubiese espetado: “Querida amiga, esta criatura que acaba de parir está destinada a formular la teoría de la relatividad”. Eso sí que concedería una reputación sólida a la creencia en el destino.
Yo, sin ir más lejos, nací predestinado a escribir esto. Y ahora, que acabo de terminarlo, puedo decirlo sin género de duda.