sábado, 28 de marzo de 2009

LA EXTINCIÓN DE LAS JIRAFAS

Tarzán gritaba, y a su reclamo centenares de jirafas en estampida huían a través de la sabana levantando tolvaneras a su paso. La comunidad científica ha advertido de que las jirafas se encuentran en peligro de extinción, lo cual no es de extrañar si se considera que todo, tal como empieza, se acaba.
Percibimos que el tiempo pasa porque el paisaje se modifica. Las cosas y los seres se extinguen, como sucede con las jirafas. Lo que estaba ahí ya no está.
Todos somos testigos de este implacable proceso de exterminación de animales y objetos. El pájaro Dodo y el tigre de Tasmania han desaparecido. Nadie viaja ya en motocarro. Los envases de yogur hace tiempo que dejaron de ser retornables. No hay molinillos de café en las cocinas, ni talegas de tela a cuadros para el pan, ni alacenas con sus baldas forradas de hule estampado. Ningún televisor precisa de voltímetro, ese aparatito del que nuestras abuelas aprendieron el nombre en una hazaña que las familias celebraron como quien festeja el milagro de la licuefacción de la sangre coagulada de San Genaro. Los cobradores de los autobuses, parapetados tras su altarcito en la plataforma posterior del vehículo, fueron desalojados de su templo. Los platos verdes de Duralex son una reliquia, y ya no regalan pelotas de goma con la compra de unas zapatillas Gorila. Las papillas Maizena han perdido todo su prestigio, decadencia gemela a la padecida por la estufa catalítica Super Ser. ¿Qué habrá sido de Locomotoro? ¿En qué coordenadas cósmicas andará la base lunar Alpha, ésa que, como resulta público y notorio, se hallaba al mando de Martin Landau cuando una explosión nuclear sacó al satélite de su órbita para hacerlo vagar por los confines siderales? ¿Alguien ha visto mis Lois?
Todo se extravía, se diluye, se muere.
Existen, sin embargo, realidades que gozan de la apariencia de lo permanente. Dios está ahí desde siempre, inalterable, inmarcesible, sin edad ni tiempo. Aunque decir esto no es decir mucho. Lo mismo podría predicarse de Marujita Díaz.
Lo que realmente ha cimentado la respetabilidad del Dios cristiano no es su omnipotencia, ni su omnisciencia, ni su omnipresencia. La fama de este Dios proviene del incansable trabajo desplegado por sus delegados en la tierra desde que se instituyera la franquicia, hace ya la friolera de dos milenios. Sus representantes terrenales han fundado su prestigio en un ejercicio de coherencia que resulta tanto más admirable si se tiene en cuenta que a lo largo de todas estas centurias apenas si han sido sorprendidos en un renuncio. Salvo algunas obligadas rectificaciones relacionadas con la redondez del planeta y su órbita en torno al Sol, la Iglesia viene manteniendo desde sus primeros tiempos una congruencia impecable. No queremos decir con esto que la institución se haya resistido a la necesaria adaptación a los tiempos modernos. En absoluto. De hecho, ha sido en este ámbito donde la Iglesia ha alcanzado sus mayores y más celebrados logros. Ahí está el “papa-móvil”.
La Iglesia católica quizá no sea eterna, pero lo parece, y ello gracias a esta voluntad de permanecer fiel a sí misma a la que venimos aludiendo. Un pecado de lujuria es un pecado de lujuria ahora y en tiempos de Mesalina. La sodomía, el onanismo y el adulterio son pecados de la carne que no prescriben ni caducan. Un individuo que, por mucho que transcurran los años, no se contradice, adquiere reputación de hombre probo y, por encima de todo, da la sensación de haber estado ahí desde siempre. Esto es lo que le sucede a la jerarquía vaticana. Esto es lo que se llama tener principios.
Un clérigo de los tiempos de Chindasvinto resulta indistinguible de un Cañizares o un Rouco Varela. Ésa es la razón por la que, a pesar del devenir del tiempo, los rostros y las sentencias de los miembros de la Conferencia Episcopal Española se nos antojan tan familiares, como presencias que nos acompañan desde la niñez.
Y las jirafas a punto de extinguirse.

sábado, 7 de marzo de 2009

EL MAL ESTÁ AHÍ

La desigual batalla entre el bien y el mal comenzó a librarse en los albores de los tiempos. Desde entonces, no ha faltado quien, armado de lanza, hisopo o guillotina, se dedicara a combatir a los ejércitos del Averno. San Jorge contra el dragón, el inquisidor Torquemada mano a mano con Belcebú, las huestes infantiles de los años 70 en liza con Torrebruno…
El mal está ahí.
Esta guerra secular crea santos, héroes y mártires, pechos generosos que a expensas de su propia existencia se alzan en armas contra la perversidad que se enseñorea del mundo. Hay quien mina su salud en la obstinada resistencia a las tentaciones de la carne que, como de todos es sabido, constituyen uno de los expedientes más utilizados por Mefistófeles para captar prosélitos. Otros sojuzgan la perfidia del mundo a sangre y fuego, una empresa que reclama una gran porción de las energías que agitan el cuerpo y el alma. Finalmente, los hay que expían las culpas de sus semejantes abandonándose a la muerte en una pira, en el ágora, minutos después de ingerir un copazo de cicuta, o a los postres durante la cena de navidad organizada en casa de su cuñado.
Resulta paradójico, pero no puede dejar de notarse cómo el mal, con su sola inminencia, anima la expansión del bien. Los malos verán siempre perturbados sus planes infames por la irrupción de los buenos. Vea si no el Séptimo de Caballería. Los buenos que, ocioso resulta precisarlo, solemos ser nosotros.
Esta sempiterna guerra entre la perversión y la virtud no ofrece en toda ocasión frutos tan seductores. Por cada criatura achicharrada en la hoguera, por cada santa injuriada por el cilicio, por cada guerrero inmolado hay que contar a decenas de idiotas y a un grupo no menos desdeñable de mastuerzos, a los que podríamos añadir una cáfila de cretinos, un par de cofradías integradas por cenutrios y un batallón de majaderos.
El mal, como el propio Dios que lo define por oposición, está en todos lados. Quien lo descubre emboscado en el póster central del semanario “Globos turgentes” se convierte en asceta. Quien lo halla en el cuerpo minúsculo de una púber que escupe alcayatas y vómito verde al tiempo que hace girar vertiginosamente la cabeza se emplea como exorcista. Quien advierte su presencia, arteramente embozado, en el enemigo del jefe se deja contratar como tertuliano de radio o televisión. La abyección es polimórfica y mutable.
Antaño, la lucha contra el maligno era una empresa noble y elevada. Uno podía estar equivocado, severamente errado, y procurar más daño que cura con sus acciones. Pero el propósito era honesto, de modo que si en pleno paroxismo aniquilador uno desmembraba de un mandoblazo a una criatura inocente, siempre podía excusársele. “Sí, le ha reventado la cabeza y le ha sacado las tripas, pero la intención era buena”, se le justificaba. Aquéllos eran tiempos en los que los principios morales de un hombre conformaban su mayor patrimonio, sí señor.
Las cosas han cambiado, y cómo. La vieja guerra contra la satánica influencia ha perdido toda la pátina de honestidad y munificencia que otrora la hiciera relucir. Hoy, contaminada de seguro por esta sociedad incivil y materialista, la cruzada contra la vileza y la ruindad ha adquirido un carácter utilitario. Lo malo es lo que nos disgusta y, más fundamentalmente, lo que se opone al interés del líder de la manada.
Los tertulianos televisivos a los que más arriba aludía son un cumplido ejemplo de esto que vengo explicando. Si hubiéramos de forjarnos una idea de nuestro país con arreglo a los debates que las distintas televisiones españolas emiten llegaríamos a dos conclusiones incontestables. La primera, que existe una decena de sabios, a lo sumo una veintena, a quienes se ha reservado el privilegio de verter sus opiniones en público a través de la pequeña pantalla. La segunda, que esa decena de sabios, a lo sumo veintena, está integrada por un hatajo de botarates.
A voz en cuello, braman contra pretendidas conspiraciones, denuncian sin pruebas comportamientos corruptos entre el bando contrario, se mofan del parecer ajeno, presentan el actual estado de cosas, según convenga, como un régimen abyecto y opresor o como el paraíso que durante tanto tiempo se nos había hurtado.
Añoro los tiempos en los que el mal era tan sencillamente identificable. Si tenía cuernos y rabo, o era el Príncipe de las Tinieblas o la vaca que ríe. No había más.

domingo, 1 de marzo de 2009

EL APETITO DE LOS ZWENGELE

Resultaría edificante que los dirigentes de los partidos políticos españoles dedicaran algo de su tiempo a la lectura de las obras de Sir Lachlan Mungo McPhee, con particular atención a la descripción etnográfica que de las tribus antropófagas establecidas en la Uganda meridional en la segunda mitad del siglo XIX dibuja el antropólogo escocés en su memorable monografía “Vida entre caníbales: Espero sepa disculparme si le perturbo, pero ese pie que mordisquea es mío”.
McPhee narra en su obra las peripecias vividas por el reverendo Nathaniel Sinclair entre los zwengele, un europeo enfrentado a un mundo hostil y bestial encarnado en esta tribu antropófaga, adoradora del rayo y de las rectas que confluyen: la trayectoria de la lanza que detiene la del ave en cuyo pecho penetra; la línea de la sombra que fagocita el haz de luz solar en el crepúsculo; las miradas convergentes evacuadas desde cada uno de los ojos de Ntú Ollé, venerado hechicero y estrábico de nacimiento.
Los zwengele convivían escindidos en dos clanes irreconciliables desde tiempos inmemoriales. Tras meses de provechosa labor evangelizadora, cuenta McPhee, el reverendo Sinclair advirtió, para pasmo propio y admiración de los futuros lectores de sus aventuras, que los zwengele, fuera cual fuera el bando de su adscripción, reprochaban sistemáticamente a la secta enemiga la condición caníbal de sus miembros. Tanto era así que cada facción encomendaba a uno de sus prosélitos la contabilidad minuciosa del número de hombres blancos que el enemigo se había merendado: exploradores extraviados, misioneros confiados, empleados del ferrocarril transafricano, naturalistas despistados, funcionarios coloniales abandonados repentinamente por su escolta…
Intrigado por tan extravagante comportamiento social, Sinclair resolvió intervenir en una de las agrias disputas que a diario enfrentaban a los secuaces de cada fratría. El hombre blanco alzó la voz y, agradeciendo el sepulcral silencio con el que fue recibido su gesto, amonestó a la asamblea. “Si todos vosotros sois caníbales, ¿a qué demonios viene criticarle al vecino su inclinación a la antropofagia?”, reconvino Sinclair en un correcto zwengele ablé, el dialecto local.
Algo debió de conmoverse en aquellas mentes primitivas. Los interpelados percibieron la sabiduría que preñaba las palabras del hombre blanco, humillaron la cabeza en inequívoco signo de contrición, sonrieron a Sinclair, quien, a su vez y haciendo gala de enorme tacto, les sonrió, se miraron entre sí, volvieron la vista al extranjero y, todos a una, se abalanzaron sobre el desdichado reverendo y se lo papearon.
Insisto en que las direcciones de los partidos políticos españoles deberían someter a escrutinio el comportamiento de las sectas caníbales que documentó el difunto McPhee.
El cese del ex ministro Bermejo no fue considerado jamás por el partido mientras lo que estuvo en entredicho fue la honorabilidad de la institución del Gobierno de la Nación, probablemente un asunto menor para quien estima que la prioridad es la propia organización. Sólo cuando se hizo evidente que las correrías cinegéticas del titular de Justicia supondrían un lastre para las aspiraciones electorales del partido, el cazador fue sacrificado.
Del otro lado, los populares también velan con celo de cenobita por los sacrosantos intereses de la formación. Un tupido velo oculta los comportamientos corruptos, y si para protegerse han de ponerse en cuestión las instituciones del Estado, pues se hace y santas pascuas.
Como queda visto nada resulta indigesto. El partido come de todo.
De una a otra trinchera se cruzan reproches de irresponsabilidad, partidismo y desprecio a los principios democráticos. Quizá los de un bando crean sinceramente que lo que observan en el adversario no es el pecado propio. Aunque también, quizá, los caníbales de Sinclair creyeran, mientras disfrutaban del paladar salado de un buen muslo de pastor anglicano, que ellos habrían preferido de largo un buen plato colmado de acelgas.