jueves, 26 de febrero de 2009

EL GORILA ACECHANTE
Si ése es su deseo, puede usted adoptar cuantas prevenciones estime oportunas. Una dieta alimenticia que favorezca la prevalencia de los humores benéficos del organismo sobre las secreciones ponzoñosas. Una vida sobria y retirada que abjure de las urgencias y las servidumbres mundanas. La compañía vigilante de un equipo médico de solvencia dispuesto a intervenir ante la más mínima variación de sus constantes vitales. La práctica de los ejercicios gimnásticos recomendados para garantizar la elasticidad muscular, la consistencia ósea y el vigor coronario idóneos. La asunción de estrictos hábitos profilácticos frente a eventuales invasiones microbianas. La ingesta diaria, y por este orden, de un botecito de Actimel, dos cucharaditas de jalea real, un dedal de jugo de áloe vera, una dosis generosa de bífidus activos y la porción mínima indispensable de ácidos grasos Omega 3.
Usted, como digo, podrá velar por su longevidad poniendo en práctica éstas u otras medidas precautorias. Pero lo cierto es que, sean cuales sean sus planes, si mañana, camino del trabajo, un gorila de dos treinta le asalta, mancilla y estrangula, nada de lo que pueda haber hecho hasta entonces evitará su tránsito al barrio vecino, aquél desde el que nadie regresa.
Habrá quien plantee objeciones a esto que aquí se escribe. No faltará quien juzgue que si la providencia ha establecido la fecha de mañana como la última de nuestro calendario, lo razonable y sensato será imaginar un fin más al uso, una muerte precipitada por un accidente cardiovascular, una caída fatal o un atragantamiento funesto. ¿Pero qué disparate es ése del gorila pendenciero que asalta a transeúntes pacíficos en plena calle?
La hipótesis aterra. Un gran simio sodomita campando a sus anchas por la ciudad, una bestia salvaje y homicida contemplando los escaparates de El Corte Inglés. Pero no es sucumbir bajo las zarpas de un mono de más de dos metros en las inmediaciones de un centro comercial lo que de verdad nos da miedo. Lo que nos horroriza es la absoluta improbabilidad de que esto suceda. Más allá de la lógica inquietud que genera la proximidad de un gorila en celo dispuesto a retorcernos el pescuezo, lo que nos infunde pavor verdadero es que acabe ocurriéndonos precisamente a nosotros lo que la ley de probabilidades establece que jamás le ocurrirá a nadie.
Un cocodrilo que devora a una gacela configura una escena desasosegante. Una gacela que despedaza a dentelladas a un cocodrilo es la imagen misma del espanto. Lo que no es probable que suceda resulta de largo más aterrador cuando realmente sucede.
Otro ejemplo. Un intelectual que ingresa en un partido constituye una noticia apreciable. Un hombre de partido convertido en intelectual resulta tan admirable como lo de la gacela carnívora. Nuestra comunidad, como usted mismo, también ha tomado sus precauciones. Hemos instituido un robusto, aunque en ocasiones travieso, sistema financiero, y sobre él sustentamos el edificio de nuestra prosperidad. Inventamos credos diversos que nos aquietan con el anuncio de que, en caso de sucedernos lo del gorila, tenemos a nuestra disposición una vida eterna que es a ésta nuestra de ahora lo que la del residente en Marina D’Or a la del empleado de una contrata de Acerinox. Tenemos una civilización bastante apañada, una infinidad de canales televisivos de pago, las revistas musicales de Juanito Navarro, el Disneyland París y el Isla Mágica, la autobiografía del novio de la Duquesa de Alba, el Santiago Bernabéu, el Museo Guggenheim, y, en nuestro caso particular, el Monumento a la Madre. Desde la Antigua Roma no se había visto nada comparable, nada tan sólido, nada tan imperecedero…
A principios de mes, dos submarinos armados con misiles y cabezas atómicas chocaron en el Atlántico. Considerando que el océano, además de húmedo, es enorme, la probabilidad de que las dos naves coincidieran en sus rutas resultaba inapreciable. Pues bien, coincidieron, y en un tris estuvo todo de haberse ido a freír espárragos, Guggenheim y Monumento a la Madre incluidos.
Y ahora dígame si no ve más cercana la posibilidad de perecer a manos de un gorila en pleno Paseo de la Cornisa.

jueves, 12 de febrero de 2009

LA POLLERÍA DE BERNSTEIN

En contra de todo lo que nos han querido hacer creer hasta la fecha, un cerebro humano no vale más que un bazo, un píloro o una vesícula biliar. No hay nada más sobrevalorado que un cerebro, créame. Un pegote viscoso y arrugado que apenas si necesita una ración de sustancias químicas y un puñado de tópicos para desenvolverse con soltura por el mundo.
Un cerebro adulto se maneja a lo largo de toda su existencia con un par de teorías peregrinas, tres o cuatro ideas pedestres y un vasto muestrario de lugares comunes, todo lo cual basta a su propietario para conducirse por la vida sin golpearse contra las farolas.
Esos lugares comunes que nuestros cerebros alumbran no son sino un ardid que nos permite prescindir de las complicadas operaciones bioquímicas en las que consiste el pensamiento.
Nuestro cerebro nos proporciona un aluvión de estos sucedáneos del razonamiento. Gracias a ellos sabemos que no somos nadie, que la vida es breve, que polvo somos y al polvo regresaremos (aunque, desde luego, esto no tiene por qué pasar mañana). También son ellos los que nos persuaden de que el hijo propio natural nos nació dotado de una inteligencia superlativa, aunque uno no lo diga porque sea su padre, sino porque es verdad, que no hay nada más que ver a la criatura cómo se extasía cuando sale en la televisión el Sánchez Dragó.
Del mismo modo, los tópicos nos han legado la evidencia de que caro, lo que se dice caro, el Hipercor es carísimo, pero, eso sí, busques lo que busques, allí encuentras de todo, aunque, claro, si lo que se pretende es llenar el carro sale mucho más a cuenta el Mercadona.
Mi niño, que, como ya queda dicho, es un lince, es de mi misma opinión.
Volviendo al cerebro, y aun a riesgo de generalizar, me atrevería a asegurar que los periodistas, en nuestra condición de miembros de la especie humana, también tenemos uno.
Los cerebros de los periodistas son incubadoras de tópicos excelentes. Uno de ellos merece, especialmente y a mi modesto juicio, una cumplida refutación, tarea que en mis cortos alcances me dispondré a acometer en los próximos párrafos.
El lugar común al que aludo es el siguiente: “El periodista lo es por vocación”. Un aforismo pernicioso, dañino y disolvente que ha ocasionado un perjuicio infinito a la profesión.
Una vez aceptado el tópico, las consecuencias resultan funestas e irreparables.
Un empresario podrá cargar de grilletes a un periodista y reemplazar su sueldo por un canasto con cacahuetes, anacardos y chirimoyas, pero no habremos de encontrar a nadie que se admire por ello. Al fin y al cabo lo nuestro es vocacional.
Esto del periodismo, como aquello que decíamos de los cerebros, es una actividad cuyos méritos se han sobreestimado.
Un periodista se asemeja al adolescente que fantasea con tórridas noches de amor en brazos de una estrella de Hollywood. Soñamos con susurrar palabras apasionadas a Scarlett Johansson o a George Clooney, y acabamos despertándonos en los brazos de Florinda Chico y Torrebruno.
Empleados al servicio de empresarios que editan periódicos y explotan emisoras de radio o televisión con el mismo criterio que utilizarían para dirigir una conservera de espárragos o una firma dedicada a productos de higiene íntima femenina, la mayor parte de los periodistas de este país malvive en condiciones laborales penosas y son retribuidos con sueldos insultantes. Si a los redactores del The Washington Post que destaparon el Watergate les obligaran a trabajar en los medios de comunicación en los que la mayoría de los periodistas españoles trabajan, acabarían montando una pollería. Lo estoy viendo: “Woodward & Bernstein, polleros. Especialidad en huevos de corral”.
Los propietarios de los periódicos y las asociaciones de la prensa llevan décadas intentando hacernos creer que si Mariano José de Larra se descerrajó un tiro en la mollera fue por una decepción amorosa. Honestamente, creo que si pudiéramos echar un vistazo a sus nóminas arrojaríamos mucha luz sobre el asunto.

viernes, 6 de febrero de 2009

LA TALLA DEL BANQUERO
Un individuo decidido, uno de esos espíritus arrojados a los que nada arredra, tiene, gracias al sistema capitalista, la posibilidad de invertir sus esfuerzos y propiedades en la fundación de cualquier empresa, sea cual sea su campo de actividad. El libre mercado ofrece tales oportunidades. Nada está vedado a quien sueña con un futuro próspero y empeña sus energías y patrimonio en el deseo de conquistarlo: una zapatería, una peluquería canina, un restaurante tailandés, una conservera dedicada en exclusiva al berberecho, una ortopedia especializada en suspensorios, el gabinete de un callista, una academia de punto de cruz, un consultorio sentimental, una sombrerería militar, una fábrica de tapetitos manufacturados para el televisor, una clínica veterinaria…Cualquier cosa, amigo emprendedor, cualquier cosa. Bueno, cualquier cosa menos un banco.
El capitalismo es un sistema concebido a la medida de cada hombre. Un rufián de baja estofa tendrá a su alcance la dirección de una licorería clandestina, de una oficina de peristas o de un canódromo donde se organicen carreras ilegales. Un caballero, nacido en el seno de una familia de abolengo, amamantado por corpulentas nodrizas extremeñas y educado por enjutos preceptores ingleses, estará condenado a patronear con mano firme los destinos del primer banco nacional. Pero si, como en ocasiones sucede, el de la licorería se sobrepone a su humilde extracción social y (ya sea por un hado afortunado, por sus propios méritos personales o por un inusual talento para el latrocinio) hace fortuna, lo que se dice una auténtica fortuna, las medidas del hombre en cuestión pueden modificarse. Si tal cosa sucede, el licorero podrá, a su vez, fundar una familia a la que el dinero proporcionará una buena porción de abolengo y un ejército de amas de cría lo suficientemente numeroso como para dejar ahítos a generaciones de lactantes famélicos. De hecho, y aunque carezcamos de datos que lo corroboren, se nos infunde que los tatarabuelos de nuestros más afamados banqueros bien pudieron forjar sus emporios destilando orujo y rellenando garrafas con litros de anís del mono falsificado. Al fin y al cabo, el negocio tampoco es tan diferente.
De entre todas las tallas de ciudadano que ofrece el mercado, la del banquero es la mayor que se dispensa, si es que hemos de creer, como debemos, en la ética capitalista y en sus incontestables valores morales. Un banquero es un modelo, un espejo sobre cuya bruñida superficie refulge la estampa de aquél que todos quisiéramos ser. No hemos de olvidar que todos y cada uno de nosotros somos, en distinta proporción, proyectos frustrados de banquero.
Esto no resulta difícil de explicar. Un español como Dios manda ocupa sus ensoñaciones con la fantasía de convertirse un día en un preboste de las finanzas, en un gerifalte de la gran banca. En este anhelo sacrifica sus noches y sus días. La envergadura de la empresa, sin embargo, conduce a la inmensa mayoría al más estrepitoso de los fracasos. Pero, aun en la derrota, siempre permanece algo del banquero que en un tiempo quisimos ser y no pudimos, una pálida sombra, un reflejo súbito e inadvertido. Y es entonces cuando nos convertimos en el tendero que estafa en el peso de las cebollas, en el tabernero que da foie de gato por foie de liebre, en la celebérrima estrella del cine porno que debe sus admiradas protuberancias a un par de gruesos calcetines de montaña hábilmente plegados…
El banquero, en su condición de referente inexcusable del hombre común, encara los tiempos prósperos con el ánimo sereno de quien sabe que en la bonanza el beneficio será mayúsculo. Su gallardía no será menor en los tiempos de crisis y zozobra. También entonces mantendrá la frente altiva en la certeza de que, cómo no, en esta coyuntura la ganancias no dejarán de acrecentarse.
El capitalismo, en estas tallas grandes mucho más que en las pequeñas, da de sí una barbaridad.