jueves, 18 de diciembre de 2008

NADIE ESTÁ A SALVO

Tenía que ser así, ahora, después de tantos años de abnegados trabajos, un sinfín de noches en vela dedicadas a acopiar conocimientos sobre la materia, la juventud dilapidada en el empeño, y, lustros más tarde, una familia a la que no se presta la atención debida, el cuidado exigible, los hijos traumatizados por la ausencia del padre, obnubilado por el éxito profesional, abstraído en el ejercicio de su peritaje, la especialización que le ha proporcionado la merecida reputación de la que goza, asesor de celebridades, emporios empresariales y personalidades eximias, todos ellos amenazados por el crimen, temerosos de un acto de violencia premeditado, previo a la extorsión, a la demanda de un rescate cuyo pago no comporta garantía alguna pues, sin el entendido asesoramiento de un experto, todo queda en manos del delincuente, que nadie puede esperar un comportamiento cabal de canallas de esta especie, tipos sin escrúpulos capaces de trincar la pasta y abandonar el cadáver en cualquier rincón, sin respeto a la palabra dada, ya no hay formalidad.
Los diarios del pasado martes informan de que el mayor del ejército estadounidense Félix Batista, experto en la prevención de secuestros, ha sido secuestrado. La vida gasta estas bromas, ya saben: el cazador cazado, el herrero en cuyo ajuar sólo se guardan cuchillos de palo, la soga oscilante en casa del ahorcado…
La experiencia abunda en casos similares, será suficiente con echar un vistazo a los periódicos.
Los clientes de Mr. Bernard L. Madoff son sujetos adinerados, familiarizados con los arcanos de las finanzas, instruidos en el cálculo del beneficio y la ponderación de los valores más rentables. Tan perspicaces y avisados que no advirtieron que el bueno de Mr. Madoff, en quien tanta confianza y capital depositaron, les estaba timando.
No hay más que saltar de la sección de economía a la de internacional para darse de bruces con otros ejemplos ilustradores de la vulnerabilidad del ser humano.
El hombre más poderoso de la Tierra, el más protegido, el avezado general de ejércitos, el conquistador de tierras hostiles, el gran logista, el eminente estratega, el guerrero habituado a batallar contra el mal habría pasado a mejor vida si su antagonista hubiese sido un periodista más ducho en la disciplina del lanzamiento de calzado (un 42, todo lo más, según cálculo elaborado a ojo de buen cubero a partir de las imágenes ofrecidas por televisión), si hubiese encontrado enfrente a un gacetillero adiestrado en el milenario arte marcial del zapatazo letal en sus muy diversas modalidades, a saber, el escarpín asesino, la chiruca ponzoñosa, la sandalia magnicida.
Como ocurre con los calzoncillos bóxer, la única muerte que nos sienta bien es la que se ajusta a nuestra talla. Vea si no. Hizo falta una conspiración para asesinar a Kennedy; para liquidar a Bush, habría bastado con unos náuticos.
Un reconocido especialista en secuestros, secuestrado; lo más selecto del mundo de los negocios, estafado; el hombre capaz de poner en marcha la maquinaria de destrucción más aterradora del planeta, a merced de un plantillazo. El sendero de la existencia esconde tras cada recodo ironías como éstas.
Podríamos añadir a los ya relatados otros casos inventados: el virtuoso concertista despachurrado por el piano de cola que se precipita desde un quinto piso a causa de la ineptitud de los operarios de una mudanza; el prestigioso cocinero, formado en los fogones de “El Bulli”, deconstructor de tortillas y paladar refinado, devorado por una tribu antropófaga durante unas infaustas vacaciones en Kenia; el cargo público, tipo próspero cuya fama y fortuna se forjaron al socaire de un carácter maleable y servil, ahogado por su propia lengua, vuelta del revés por accidente, la misma que tantos halagos prodigó y tantas posaderas lamió para fraguarse una carrera fulgurante y provechosa.
Nadie está a salvo.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

VIDA INTERINA
"Me jacto de ser una de las personas más estables que conozco”, sentenció antes de trastabillarse en plena calle, aferrarse sin éxito a una farola y aterrizar, finalmente, con la dentadura recién restaurada por su odontólogo sobre el frío mármol de un velador de terraza.
Existe la muy extendida idea de que la felicidad está emparentada con la estabilidad, la permanencia, la duración. La moral común prefiere de largo un matrimonio longevo a una fugaz cita sexual en unos urinarios públicos; un adosado en San Enrique de Guadiaro a una roulotte con inodoro; unas adidas a unas esparteñas.

Lo que permanece goza de gran prestigio y predicamento.
La Capilla Sixtina es celebrada por la belleza que acoge pero, sobre todo, debe su consideración de obra estimable a la certeza de que, a pesar de sus quinientos años, no va a desmoronarse mañana sobre las cabezas de cardenales y turistas. Una gran fortuna es tanto más admirada cuanto más rancio sea su abolengo: no hay nadie más vilipendiado que quien malbarata un gran patrimonio en los treinta minutos que dura una partida de póker.
Los humanos nos asombramos ante quien, sepultado bajo un edredón de arrugas, alcanza la provecta edad de 120 años. Todos aplaudimos enardecidos tamaño derroche de resistencia, esa insobornable obstinación en durar, esa oposición reacia a dejarse consumir. Vivir más de un siglo constituye una hazaña digna de elogio. Contrasta este prejuicio con la consideración que se dispensa al logro opuesto, esto es, el empeño por morirse antes de tiempo. Quien a la edad de veinte años fallece atragantado por un hueso de pollo despliega una precocidad que, si hemos de apelar a la ley de la correspondencia, debería reconocerse tan meritoria como la inmunidad del viejo decrépito a las leyes de la biología. Una existencia larga es tenida por la mayoría como una bendición; una vida breve no puede sino lamentarse como una contrariedad. No cabe duda de que quien más dura, más admiración concita. Pero continuemos, porque hay más.
Una erección priápica, inagotable, exuberante es un exceso mucho mejor valorado entre el público concernido que un modesto alarde viril de apenas medio minuto, por muy satisfactorio que éste pueda llegar a ser. La justificación a esta preferencia es bien sencilla: la prolongada permanencia en el tiempo de este estado de pujanza se reputa, inmediatamente, como síntoma de salud y deja a las claras que nos hallamos ante un suceso biológico de entidad encomiable.
Durar, persistir, elongar, permanecer, eternizarse, perseverar, prolongar, perpetuarse…
El reclamo de toda religión que se precie encuentra su atractivo precisamente en esto. Dios proporciona una vida eterna que, para mayor regocijo, se presume, en tanto que infinita, el colmo de la felicidad. Pero imagine a un dios mezquino que, igualmente, prometiera un paraíso cobijo de goces y plenitudes, pero que, a diferencia de las deidades conocidas, limitara su disfrute a un par de semanas. Algo así como unas vacaciones en Marina D’Or pero post-mortem. Catorce días de dicha espiritual absoluta al lado del Creador, y después nada. Un dios así, incapaz de garantizar una vida eterna, tan sólo convocaría a su iglesia a un puñado de perturbados. Lo que nos interesa de Dios no son los deleites del Cielo, sino que éstos son eternos. El prestigio de la religión es el mismo que fundamenta la fama de las pilas alcalinas o los pantalones de pana.
Si ha seguido hasta aquí todos estos razonamientos, habrá de concluir conmigo que algo tan provisional como un empleo interino, por tiempo limitado, probablemente en condiciones laborales inaceptables, con un salario desabrido e insuficiente, debería ser repudiado por desaconsejable y perjudicial. Sin embargo, millares de jóvenes en nuestro país se resisten a abandonar tal estado. ¿Qué les retiene? La esperanza vana de un contrato fijo, de que ese empleo miserable se convierta un día en un puesto de trabajo estable.
Si no fuera por esta obsesión nuestra por la permanencia, por lo duradero, aun cuando esto se presente sólo como un logro improbable, haría tiempo que los jóvenes habrían dado un portazo y habrían irrumpido en la calle para reclamar lo que les corresponde.
Lo hagan o no, sucederá que una mañana un elefante asiático escapado de un circo nos sorprenderá en la calle y, aterrado por la huida tumultuosa de los viandantes y la estridencia de las bocinas del transporte público, se erguirá sobre sus patas traseras para, con el vigor redoblado que procura el espanto, aplastarnos el cráneo de un certero golpe de trompa. O esto, o una oclusión intestinal, o el estallido de una arteria, o un adelantamiento indebido en la autopista Bilbao-Behovia. Y es que no hay nada más interino que la existencia.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

HOMOSEXUALIDAD E IGLESIA
Hay quien riega y, bajo sus pies, ve crecer petunias y gladiolos; hay quien riega y lo más que logra es una cosecha de rábanos. Conforme a esta verdad, los caracteres humanos pueden clasificarse, según los tipos, en florales y hortícolas.
El individuo floral contempla el mundo como un prodigio, un espectáculo opulento y desbordante regido por un mecanismo delicado y sutil cuyos resortes sólo pueden ser activados por el suspiro de un ángel.

El individuo hortícola, por el contrario, no se anda con tantos melindres y piensa que la mecánica del universo es, en lo esencial, idéntica a la de las lavativas.
Una mentalidad floral interpretaría la desaconsejable inclinación de la señora Esperanza Aguirre a dejarse ver en accidentes aéreos y tiroteos terroristas como un indicio de la existencia de Dios. De este modo, Aguirre vendría a ser algo así como una elegida, la protegida por una voluntad omnipotente y caprichosa que deposita su gracia en un ser de entre tantos, uno entre millones, invistiendo a éste, y sólo a éste, con la dignidad que le distingue como favorito de los dioses.
Un espíritu hortícola se contentaría con una explicación más prosaica y pedestre: “La Aguirre es gafe”, concluiría.
Imagine, ahora, a un hombre de planta excelente, con las guías de los bigotes engominadas y el cabello escindido en dos crenchas por una raya precisa y rectilínea, cual lecho del Mar Rojo que se descubre para permitir el paso del pueblo de Israel. Hermoseados torso y extremidades por la elegancia nunca pasada de moda del traje de tergal, el petimetre enamorado se rinde de hinojos a los pies de la preferida de su alma y, con mirada bovina, encomia sus labios carnosos cual pétalos de amapola, sus ojos de lapislázuli, su corazón de oro.
“He aquí un poeta”, dirá el del espíritu floral.
“He aquí un traficante de órganos”, replicará el del carácter hortícola.
El tipo de humano floral ve en las viñas, todavía en flor, el sol que quedará cautivo en la piel de la uva jugosa; advierte en la sonrisa postrera del moribundo el anuncio de una vida de dicha eterna junto al creador; vislumbra en el alboroto del niño de voz argentina un futuro preñado de promesas…
En oposición, el tipo hortícola apenas si aprecia en los viñedos el paso devastador de la filoxera; en la sonrisa del agonizante, la presencia de una caries, dos puentes y un principio de piorrea; en el jolgorio del infante, la justificación de un deseo ferviente que exige el retorno, por este orden, de Herodes, Torrebruno y los Chiripitifláuticos.
La experiencia de la vida cotidiana ofrece rara vez ejemplos puros e incontaminados de uno u otro de los tipos de humor que venimos reseñando. En cada uno de nosotros, sea cual sea la proporción, conviven jazmines, jacintos y violetas con calabacines, repollos y cebollinos. Pese a esta evidencia, de tiempo en tiempo en algunos de nuestros congéneres se manifiesta una actitud inequívocamente floral o genuinamente hortícola. Ya se trate de una u otra conducta, estas insólitas ocasiones permiten observar, según el caso, la grandeza o miseria humanas.
La iglesia católica ha expresado su más enérgico rechazo a una propuesta de la Unión Europea por la cual se reclamará a la Organización de las Naciones Unidas que impulse una campaña cuyo objetivo sea la despenalización de la homosexualidad en el mundo. Aun hoy, decenas de países persiguen, encarcelan y ejecutan a los homosexuales por el mero hecho de serlo. Oponerse a una lucha que pretende poner fin a los padecimientos de estas pobres gentes resulta poco compasivo e, incluso, escasamente cristiano.
San Isidro Labrador, patrón de los agricultores, debería hacer patente la ira de Dios con una lluvia torrencial de nabos y coliflores sobre el Vaticano.