jueves, 30 de octubre de 2008

EL ORDENANZA, INVENTO ANÓNIMO

Hasta donde nos es dado saber, y en ausencia de una opinión más docta, la invención del ordenanza no cabe ser atribuida a nadie en particular. El señor impecablemente uniformado que se apostaba marcial a la puerta del ministerio era un instrumento de autoría anónima concebido para la higiene social. Expliquemos esto.
Contra lo que pudiera creerse, el ordenanza no fue ideado para aprovisionar de cafés y tejeringos a los jefes de negociado, ni para apilar expedientes bajo el vano de la escalera, ni para cargar con la compra de la señora del ministro desde la sede de la representación del gobierno hasta el domicilio familiar del excelentísimo señor. Esto no era más que apariencia. En realidad, el ordenanza fue creado para expiar las culpas de quienes por formación, fortuna o parentesco fueron acomodados por encima de él dentro del ecosistema ministerial.
Si el señor ministro reconvenía al secretario general, éste endosaba la responsabilidad al señor subsecretario quien, en un alarde de prestidigitador, la desviaba hacia el director de departamento, que, sin dilación, llamaba a capítulo al jefe de sección, paso previo e inexcusable a la severa reprimenda que minutos más tarde recibiría el oficial de primera, a quien, con las orejas gachas tras el rapapolvo, no cabía duda de la conveniencia de sancionar al auxiliar, cuya tendencia instintiva, encargada de cerrar el círculo, era la de largarle el muerto al desgraciado del uniforme que, impertérrito, ejercía su labor de centinela ante las puertas del ministerio. El ordenanza no era una categoría profesional, era una metáfora del mundo.
Un ordenanza imita a la naturaleza. Cualquiera que se detenga a observar con mínima curiosidad el comportamiento de las bestias advertirá cómo las criaturas a las que Dios privó de razón se erigen, al mismo tiempo, en amenaza para la supervivencia de unos y en apetitosa dieta para la glotonería de otros. En el orden natural, todos comen y son comidos. Lo que nos interesa saber es que al término de esta colosal merienda cena que es la existencia siempre hallamos a un tipo enclenque, diminuto e inofensivo que se lamenta porque es el único que nunca se come a nadie. Es lo que ocurre con los percebes en las rías gallegas y con los ordenanzas en las sedes ministeriales.
El ser humano imita a la naturaleza con el propósito de preservar la estabilidad y el óptimo funcionamiento del edificio social. Este afán de emulación se encuentra en el origen de la aparición del ordenanza y su parentela, seres concebidos para cargar con las culpas ajenas. Hablamos, entre otros, del árbitro de fútbol, la cuñada sorda y el trabajador asalariado.
Persuadido de la eficacia de tales mecanismos de reajuste social, el señor presidente del Consejo Superior de Cámaras de Comercio, Javier Gómez Navarro, ha declarado a un diario que el comportamiento irresponsable de los asalariados explica en buena parte la atonía que lastra la economía española. Gómez Navarro ha instado a los sindicatos a dejar de defender a “vagos”, consideración que, sin mayores precisiones, atribuye al trabajador asalariado en situación de baja laboral.
Que el señor Gómez Navarro diga estas cosas no debe llamar a escándalo. Al fin y al cabo, es por decir cosas como ésta por lo que le pagan. El señor presidente de las Cámaras de Comercio es un empleado aplicado. Cuando ejercía de secretario de Estado y ministro bajo gobiernos socialistas le pagaban por decir otras cosas, y las decía.
El interés de las palabras de Gómez Navarro reside en lo que tienen de confirmación de la vigencia y eficacia de ese mecanismo social para la atribución eficiente de la culpa que más arriba describíamos. Es la voz que nos alerta de que un Botín de riñón forrado con dinero público merece mayor crédito que un ordenanza de baja aquejado de paperas.

jueves, 23 de octubre de 2008

LA GENTE CORRIENTE
Si prestamos oídos a quienes saben de estas cosas, el capitalismo, tal y como lo hemos conocido, languidece sin remedio. Urge la ingente empresa de refundarlo. La historia tiene estas cosas: lo que Marx no pudo, lo podrán las hipotecas subprime.
La refundación del capitalismo, si es que finalmente se acomete, quedará consignada en los tratados como un acontecimiento histórico. Pero sea lo que fuere eso de refundar el capitalismo, nadie va a pedirle consejo a usted acerca de cómo hacerlo. El individuo de a pie nunca es considerado cuando se trata de asuntos de cierta trascendencia. ¡Qué le vamos a hacer! ¡Nos refundan el capitalismo y ni siquiera tienen la decencia de preguntarnos si tenemos alguna sugerencia que aportar!
No hay por qué acongojarse. Las cosas siempre han sido así. El ser humano común nunca participa de los negocios que proporcionan lustre a las reputaciones y reseñas en la Enciclopedia Británica. ¡Refundar el capitalismo! ¡Eso son palabras mayores! Usted, a lo sumo, dependiendo de si es persona de orden o un crápula, podrá aspirar a refundar una familia con una viuda de Alcobendas o un club de alterne cerrado por impago del impuesto de bienes inmuebles. Pero refundar un capitalismo como Dios manda, con sus cambios de paradigma, su reorganización del sistema financiero y su reordenación de los procesos productivos, eso, querido amigo, es harina de otro costal. Acéptelo. Es algo que, más tarde o más temprano, hay que acabar asumiendo.
El empeño individual de los tipos corrientes y molientes jamás ha escrito una sola línea de historia. No sé si, como se promete, alguien acabará por refundar el capitalismo, pero de lo que estoy absolutamente persuadido es de que no seremos ni usted ni yo. Una buena refundación del capitalismo requiere de un genio superior, de un talento sólo al alcance de unos pocos elegidos.
Nosotros, el pelotón de la especie, hemos de contentarnos con irrumpir en el templo de la Historia haciendo el bestia, movidos por un instinto feroz y sanguinario. Medítelo. Las plazas públicas de París donde la guillotina cercenaba los pescuezos de la muy ilustre aristocracia estaban repletas de gente como usted y como yo, entusiasmada con el solaz que proporcionaba tan ameno recreo. Un poco más allá en el calendario, los alemanes que aplaudían enfebrecidos las llamadas del Führer al exterminio del pueblo judío eran tipos sencillos, obligados a madrugar, a subvenir a las necesidades alimenticias de su prole y a morirse de una alferecía, una peritonitis o atragantados con un hueso de pollo. Si los seres humanos comunes participamos alguna vez en la construcción de la historia es a costa de cascar algunos cráneos ajenos.
Acepto que la historia nos ha legado una abundante relación de nombres cuyo genio y esfuerzo personales vencieron al olvido, hombres y mujeres dotados con esa rara cualidad que se premia con una lápida propia en el panteón de hijos ilustres. Pero yo no hablo de gente de genio ni de héroes. De quienes hablo es de aquéllos cuya carne alimenta a la masa, hablo del pueblo, de los consumidores, de los contribuyentes, de los electores, de los ciudadanos, de los televidentes y los clientes, de todos aquéllos que carecen de rostro, de usted y de mí.
Van a refundar el capitalismo y nosotros no vamos a tener en ello ni arte ni parte. A lo peor, si las cosas no salen como estaban programadas, puede que se nos requiera para rebanar gaznates en Wall Street o en la bolsa de Londres. O quizás se contenten con que consumamos lo que el nuevo orden capitalista, convenientemente refundado y remozado, exija que consumamos. Esto es, precisamente, lo bueno que tiene la gente corriente: su versatilidad. Lo mismo sirve para militar en las hordas sedientas de sangre de una revolución que para engrosar las millonarias audiencias de Gran Hermano.

domingo, 19 de octubre de 2008

REFLEXIONES CAMPOGIBRALTAREÑAS

LA BELLA BAHÍA


La historia de la humanidad está cuajada de seres humanos excelsos cuya virtud fue menospreciada, cuando no vilipendiada, por las gentes de su tiempo. Estas criaturas providenciales, atrapadas en una época que no les correspondía ni por sensibilidad ni por inteligencia, propusieron a las sociedades en las que les tocó vivir empresas colosales, retos admirables que, de haberse acometido, habrían procurado no poco beneficio al mundo y a sus moradores. La amplitud de miras, la clarividencia, la superioridad de espíritu rara vez han menoscabado los prejuicios y melindres de la común opinión. La masa toma por insolencia lo que no es sino el eco de la verdad.
Hace 300 años un irlandés sugirió a sus compatriotas una solución para combatir las pesadumbres que afligían a la infancia en el país, entre las cuales el hambre no era la menor. Comámonos a los niños y, mediante tan sencillo expediente, habremos acabado con el sufrimiento de los púberes y aportado un apetitoso suplemento alimenticio a los adultos, vino a plantear aquella mente privilegiada. Víctima de supersticiones ancestrales y absurdas ideas preconcebidas, la pacata sociedad de su tiempo abominó de la propuesta y de su promotor. ¡Cuánto prestigio y poder no atesoraría hoy el solar de Irlanda si la mentalidad aldeana de aquellos días no se hubiese opuesto a un proyecto cuya grandeza moral no supo ni tan siquiera atisbar!
Apenas un siglo más tarde, otro hombre, un inglés en este caso, dio a luz una obra de prodigiosa penetración intelectual que, también en esta ocasión, fue execrada por sus coetáneos. Argumentaba este buen hijo de Inglaterra, y no sin razón, que el crimen más abominable podría ser aprovechado por las sensibilidades más delicadas para engrosar el acervo artístico de la patria y rendir, de este modo, el mejor homenaje a la raza que con el devenir de los años levantaría el mayor imperio que ojos humanos hayan contemplado. Este benemérito inglés mantenía que si nada hemos podido hacer por evitar un asesinato, si el criminal ha sido detenido y puesto a buen recaudo por los agentes del orden, si los deudos de la víctima han sido cumplidamente reconfortados y si, en general, la moral pública no tiene nada que reprocharse ante tan vil homicidio, no existe obstáculo, entonces, para apreciar este acto brutal y pervertido desde una perspectiva artística. El autor proponía, tras tales reflexiones, la consideración del asesinato como una de las bellas artes. El exterminio del semejante, como cualquiera de las otras disciplinas del espíritu, bien podría ser valorado por su escenografía, el arma escogida por el victimario, la limpieza de la ejecución o la emulación de los patrones clásicos encarnados en la austeridad de estilo de un Caín o en el preciso descabello de un Bruto.
Todo el oprobio y el desprecio de su época cayeron como un manto de iniquidad sobre los hombros de este visionario.
Lo que sigue pretende ser un homenaje a esta tradición de hombres cuyo altruismo, sustentado en el más elevado criterio, obtuvo por toda retribución el mayor de los desprecios. Sin arredrarme ante la posibilidad de ser reprendido del mismo modo, hoy, con toda la solemnidad que han de revestir los gestos munificentes, regalo a la sociedad campogibraltareña de mi tiempo la solución definitiva que permitirá acabar con las amenazas contaminantes que se ciernen sobre nuestra bella Bahía. Campogibraltareños: BE-BÁ-MO-NOS-LA.
El plan resulta impecable en su concepción y doblemente beneficioso en su ejecución, ya que tan ciclópea empresa podría encomendarse a los desempleados de la comarca, quienes serían reintegrados al mercado laboral con la encomienda de sorber toda el agua de la Bahía a cambio de un salario acorde con las dificultades del empeño y pertrechados con sus correspondientes pajitas. Si conseguimos allanar la oposición de los sectores más reaccionarios, que, de seguro, intentarán desacreditar el proyecto, habremos logrado terminar, de una vez por todas, con dos de los males atávicos que asuelan esta tierra tocada por Dios: el paro y la polución marina.
Consejeros, munícipes y delegados varios podrán así dedicar a sus familias y haciendas el tiempo que actualmente invierten en intentar persuadirnos de que, esta vez tampoco, el vertido ha sido para tanto.


CONTRA LOS TÓPICOS (Una encendida defensa de las potencialidades del Campo de Gibraltar, su hinterland y el piñonate de Jimena)

Uno de mis primos adquirió la muy insólita costumbre de presentarse allá donde fuera con una coletilla que de manera inevitable añadía siempre a su nombre: “Feliciano Pérez, periodista experto en redes de inmigración y narcotráfico”. Cuando esto decía, apostillaba a continuación un discreto “encantado de conocerle” mientras, con un sigiloso vistazo, evaluaba el efecto que sus credenciales habían causado en el desconocido interlocutor.
Si se pretende ser honesto con el lector, no podremos obviar que el currículo del cual mi primo presumía se sustentaba sobre débiles fundamentos. Decirlo de este modo ya constituye todo un gesto de generosidad hacia el primogénito de mi tía, cuya biografía no aguantaría el más negligente de los escrutinios que pudiera promoverse para hallar alguna justificación al rimbombante título con el que se hacía anunciar en los círculos mundanos. Un flirteo fugaz con una ciudadana hondureña domiciliada en Cáceres, del que escapó escaldado, y el consumo en su juventud de un porro de costo rojo libanés, que en un tris estuvo de ocasionarle más secuelas neurológicas de las que ya arrastraba desde su nacimiento, se antojan escaso bagaje para arrogarse la condición de experto en bandas criminales dedicadas a la explotación de inmigrantes y el tráfico de drogas. Pero nada de esto arredraba a mi primo.
Tal fue su insistencia, tanta la perseverancia empleada, tanta la tenacidad invertida en el empeño que, con los años, y a fuerza de repetirlo ante todo bicho viviente, la sociedad de su tiempo acabó por convencerse de que, sin género alguno de duda, Don Feliciano Pérez era, entre sus iguales, el más avezado conocedor de los hábitos criminales del lumpen y el malevaje, el martillo del delito, el hombre escogido que, con desprecio de su propia vida, señaló sin pudor el comportamiento abyecto y venal de las mafias y sus corruptos protectores. Mi primo, cuando se lo proponía, conseguía ser muy persuasivo.
Los tópicos son hijos de la reiteración. Mi primo no se cansó durante toda su vida de asegurarle a todo quisque que era lo que en realidad no fue nunca. Pero la persistencia resultó premiada, y cuajó un tópico: el de Feliciano, perito en mafias.
Una mentira repetida hasta la saciedad alumbra un tópico: ni todos los andaluces son unos indolentes, ni todos los jueces tienen cara de acelga, ni todas las suegras cobijan bajo el pellejo un lagarto extraterrestre que aguarda el momento propicio para abandonar su escondrijo y merendarse a un yerno. Nada de esto es cierto. Son tópicos falaces. Pero que las mentiras reiteradas engendren tópicos no significa que todos los tópicos estén fundados en una mentira.
La prensa recoge estos días la preocupación expresada por un selecto grupo de ciudadanos campogibraltareños, quienes se confiesan inquietos por la mala imagen que la comarca proyecta hacia el exterior. Tan filantrópica desazón, alimentada por el temor a que el Campo de Gibraltar sea conocido única y exclusivamente por los tópicos que lo identifican, debería conmover a los hijos de la tierra de Paco de Lucía, el wind surf, el piñonate de Jimena, el perro de San Roque y el retiro veraniego de Ana Rosa.
La empresa resulta loable. Consentir que la comarca sea conocida, allende las fronteras, como el lugar donde se asienta una de las concentraciones industriales más contaminantes del país y uno de los territorios con mayor porcentaje de parados de la región es permitir que se propague un tópico injusto. La propuesta pasa por promover una regeneración de la reputación del Campo de Gibraltar, para lo cual nada resulta más eficaz que recurrir a otros tópicos, ya saben: la comarca da cobijo al primer polo industrial de Andalucía y al primer puerto español, argumentos ambos que, si bien se mira, son, precisamente, los que explican la ponzoñosa polución con la que convivimos desde hace décadas y la precaria estructura económica de una comarca que, pese a tales joyas, no es capaz de reducir sus índices de desempleo. No sé a qué tópico quedarme.
Este afán por recuperar el buen nombre del terruño no es nuevo. De hecho, y a poco que se haga memoria, la restitución del prestigio perdido se ha propuesto, promovido y olvidado tantas veces que ya es, en sí mismo, todo un tópico. Hablar de las potencialidades de la comarca, que es lo que suele hacerse en tales casos, viene a ser como aludir a los reptiles que se emboscan bajo la apariencia de nuestras madres políticas: estamos persuadidos de que están ahí, pero jamás dan la cara.
Mi primo sabría qué hacer ante esta situación y, según me escribe, estaría encantado de colaborar. Eso sí, en calidad de asesor remunerado del presidente de la Diputación Provincial.

viernes, 3 de octubre de 2008

EL FIN DE LOS TIEMPOS
De ordinario, los contemporáneos de los sucesos que la posteridad acaba consagrando como acontecimientos históricos no tienen conciencia de su condición de testigos de la historia. Los soldados romanos que aguardaban a vadear el Rubicón no repararon en la trascendencia del momento afanados como estaban en desprenderse de las garrapatas aferradas a sus canillas. “Alea jacta est”, declamaba el divino César para los anales entre la indiferencia de sus hombres, más preocupados por la pertinacia del parásito y la insoportable humedad de la ribera que por la solemnidad de la escena.
Uno puede estar ocupado en el retrete, ajeno a todo, mientras a su alrededor se suceden todos esos hechos de los que, con los años, se nutrirán los manuales escolares de historia. Consterna el corazón la imagen del patricio que se monda las uñas de los pies en su dormitorio sin advertir que los bárbaros acaban de asaltar su jardín para arrasarlo a sangre y fuego. La Historia nos es invisible, por mucho que se deslice a nuestra vera.
Esta ignorancia acerca de la repercusión que lo que acaece en nuestra época tendrá sobre tiempos venideros no puede merecer censura. Al fin y al cabo, la historia es aquello que escribe gente que aún no ha nacido sobre gente cuya quijada fue afianzada por la mortaja un buen puñado de años atrás. Aquéllos que instruirán a las próximas generaciones acerca de cómo éramos, cuáles eran nuestros hábitos y gustos, cuáles los dioses a los que rezábamos, no disfrutarán del placer de habernos conocido. A cambio, gozarán de eso que los cronistas denominan perspectiva histórica. Si cualquiera de nosotros hubiese amanecido el 12 de octubre de 1492 en una isla caribeña o el 14 de julio de 1789 a las puertas de La Bastilla, podría haber jurado que aquel día había de ser una jornada histórica. Pero si mañana, o pasado mañana, comienzan a revelarse los primeros signos del ocaso de nuestra civilización, es más que probable que no seamos capaces de advertirlo.
Nuestras muy avanzadas sociedades nos han proporcionado instrumentos para prevenir la amenaza. La naturaleza humana es pusilánime y necesita de una autoridad que la proteja y guíe en los tiempos de incertidumbre. Los viejos griegos se encomendaban al Oráculo de Delfos para acopiar un puñado de certezas con las que seguir viviendo. Nosotros disponemos de reguladores del mercado, instituciones financieras, catedráticos doctorados en Harvard y Yale, gobiernos avisados, medios de comunicación especializados y, por abreviar, de sabios de toda laya y condición que nos instruyen acerca de cuándo resulta procedente llamar crisis generalizada a nuestras miserias particulares. Un indigente podrá ser idénticamente indigente en pleno marasmo del sistema financiero o en la más boyante de las coyunturas económicas, pero lo razonable, en términos capitalistas, y lo misericordioso, en el caso de que se cultive algún credo, es ofrecerle la información que le permita discernir cuándo su miseria ha de ser atribuida a la crisis de los mercados y cuándo a los inescrutables designios de la providencia. Pero no es esto de lo que queríamos tratar aquí.
Si la debacle de Wall Street es el signo que había de anunciar el cataclismo final de nuestro sistema de vida, si la ruina de las entidades financieras estadounidenses constituye el “pifanazo” de salida del apocalipsis, si el capitalismo ya no da más de sí y, a no mucho tardar, nos veremos obligados a renunciar a nuestra suscripción a Canal Plus y al adosado en Manilva, entonces éste que nos ha tocado vivir es un momento histórico y nosotros, en consecuencia, los inquilinos de un mundo decadente.
Nadie puede estar seguro de que esto sea así, sin embargo. Suele suceder, y en esto la experiencia nos proporciona una nutrida porción de ejemplos, que quienes reclaman para su época una notoriedad histórica yerran con frecuencia sus diagnósticos. No han sido pocos los que, a lo largo de los siglos, han anunciado a las masas la inminente llegada del fin del mundo, un contratiempo que, obviamente, desbarata cualquier plan que pueda hacerse con motivo del puente de La Inmaculada. Ni que decir tiene que todos estos agoreros han sido desmentidos por la Historia. Al menos, hasta el momento presente.
¿Es éste el fin de nuestro tiempo? ¿Conocerán nuestros hijos el bienestar en el que nos criaron nuestros padres, la opulencia de las sociedades en las que crecimos? Nadie puede saberlo. Y quizás sea mejor así.