miércoles, 11 de junio de 2008

Manual de literatura laudatoria

Existen estudios que avalan la tesis de la extraordinaria antigüedad de la literatura laudatoria. Su aparición vino a sosegar a los millones de pelotas y lameculos que no supieron cómo congraciarse con el poder hasta que la civilización sumeria tuvo la feliz ocurrencia de idear la escritura cuneiforme. El profesor Sven Lundgren, de la Universidad de Estocolmo, sostiene la hipótesis de que el primer exponente de literatura elogiosa se remonta al año 2.300 a. C., fecha en la que ha sido datada la conocida por los expertos como “la tablilla Lundgren”, donde figura una trabajada inscripción en la que se da minuciosa cuenta del gracejo, la apolínea figura, el descollante intelecto, la amena conversación y la insólita fogosidad sexual de un rey acadio anónimo. El nombre del trepa que lo escribió permanece oculto tras el velo de la historia.
La literatura halagüeña ha servido al ser humano para canalizar esa inclinación tan suya a dedicar lisonjas a quienes, más tarde o más temprano, y en justa retribución, le nombrarán primer ministro, almirante de la flota o gerente de una empresa municipal.
La intención de este opúsculo va más allá de una apología del género encomiástico. El propósito que aquí nos anima es el de instruir en los secretos de tan exigente modalidad literaria al avezado lector, quien, por qué no, quizás pueda llegar a erigirse en un afamado cultivador del elogio y el exceso admirativo con tan sólo atender a nuestras recomendaciones. Lea atentamente, aprehenda el sentido esencial de cada uno de los consejos a continuación expuestos y le garantizamos que, con poco esfuerzo, acabará convertido en el ejemplo más hermosamente acabado de lo que viene considerándose por los especialistas como el prototipo del perfecto pelota.
En este empeño didáctico nos serviremos de las sabias indicaciones recogidas por el escritor campogibraltareño y poeta menor Lisardo Genuflexo, autor del celebrado manual “Breve guía de la literatura de alabanza o cómo gané el pan de mis niños”. Escribe Genuflexo lo que sigue:
“El escritor de panegíricos ha de considerar en primerísimo lugar qué personaje se constituirá en objeto de sus alabanzas y requiebros. El sentido común recomienda que el glorificado por nuestros escritos sea un sujeto en disposición de recompensar tales halagos con una sinecura, que bien pudiera ser un carguito en la administración o cualquier otro beneficio que premie la dedicación que hemos empeñado en la exaltación de sus cualidades. No soy contrario a la literatura laudatoria fúnebre, siempre y cuando los herederos del difunto dispongan de los fondos e influencia suficientes para compensar los desvelos del escritor zalamero entregado a la tarea de inventar virtudes al fiambre”.
“En segundo lugar, se hace del todo recomendable que las piezas de este género sean difundidas a través de la prensa escrita, expediente que garantiza la máxima publicidad y, con ella, el agradecimiento superlativo del homenajeado. No olvide que cuanto mayor sea el diámetro del ego del patrón, mayor será el estipendio que recibiremos”.
“Finalmente, y en esto habrá de poner todos sus sentidos, embosque tras cuantos eufemismos resulte necesario los defectos, taras e incapacidades del protagonista de su elogio. Si es un ignorante, puede presentarlo como un ser humano de entendimiento ligero, y no estará mintiendo pues nada hay más ligero que el vacío; si el ensalzado es un zafio que tiene por hábito la grosera práctica de hurgarse la nariz a la búsqueda de la piltrafa macerada en las mucosas, usted puede corregir con su pluma tan reprobable vicio diciendo de su protegido que es un hombre de mucho tacto…Y así con todo”.
Hasta aquí los consejos de Genuflexo, poeta menor y cumbre de la literatura laudatoria. Confiamos en que tan sabias advertencias les hayan sido de provecho. Por mi parte, no quisiera concluir sin expresar mi agradecimiento a quienes con su ejemplo han hecho posible la redacción de este opúsculo: al señor alcalde, cuya eficiente gestión de los intereses municipales ha constituido para mí inspiración permanente; al señor delegado provincial de Cultura, cuya vasta formación humanística me ha servido de faro en la labor literaria; al señor subdelegado, cuyo vigor intelectual ha brindado a mis composiciones la sabia sombra protectora que precisaban. Y cómo olvidar al distinguido director de este excelente diario, a quien la común opinión reconoce, y no sin razones, como uno de los periodistas más atractivos de su generación.
Muchas gracias a todos.

miércoles, 4 de junio de 2008

El capitán Stubing y las "guest stars" (The love boat)

Que la vida era un sarcasmo lo supo una tarde de verano de principios de los 80 en la que vio en televisión cómo Julie McCoy, con una sonrisa luminosa y hospitalaria, recibía a Ava Gardner sobre la cubierta del “Princesa del Pacífico”. La relaciones públicas del barco gobernado por el capitán Merrill Stubing dedicaba unas palabras de bienvenida a su huésped, como siempre hacía al comienzo de cada capítulo. El guionista de este episodio había reservado para la Gardner el vistoso papel de una madura prima donna venida a menos, alcohólica y vencida, a quien la fortuna y el romántico influjo de aquel barco bendecido por Eros llevaría a reencontrarse en el camarote vecino con un amor de juventud que, abnegado y generoso, la redimiría de su desdicha pasada a través de un amor franco y desinteresado fraguado al relente de la costa de Acapulco. El personaje del viejo amante recuperado solía reservarse a Ricardo Montalbán o a Fernando Lamas.
Que la vida era un sarcasmo se lo malició cuando oyó el bufido de la sirena, anuncio del inicio de la singladura que conduciría al “Princesa del Pacífico”, y con él a su carga de corazones solitarios, hacia las sensuales promesas que ofrecía la calidez de Puerto Vallarta. Los pasajeros se arremolinaron a lo largo de las cubiertas del buque, poseídos, cual ménades en pleno arrebato dionisíaco, por una alegría incontenible que les empujaba a reír convulsivamente y a arrojar sin continencia papelillos y serpentinas sobre aquellos desgraciados que, abajo en el muelle, dedicaban indisimuladas miradas de envidia a los afortunados erosnautas.
Que la vida era un sarcasmo se le hizo evidente en el rostro ajado de la Gardner, en el que a duras penas, y siempre de una manera imprecisa e ineficaz, se podía reconocer algún vestigio de quien fue la mujer más bella del mundo, la perdición de los hombres, la encarnación del deseo, ahora confinada a la prisión de un corpachón de cien kilos, fingidamente feliz a bordo del crucero favorito de Venus.
Que la vida era un sarcasmo le quedó claro cuando los títulos de crédito anunciaron que la Gardner, el Montalbán, la Zsa Zsa Gabor, el Gene Kelly y la Lana Turner eran las estrellas invitadas o “guest stars” de la semana. En aquellos tiempos, el “guest star” formaba parte de una suerte de aristocracia televisiva que se elevaba sobre el resto de integrantes de lo que por entonces se llamaba “elenco protagónico”. Pero el “guest star” era un ser efímero, condenado a una existencia fugaz, apenas un episodio. La suya era una vida fulminante, como el rastro evanescente de una centella precipitada desde el cielo o la breve coyunda de la mosca del vinagre. Todas las “guest stars” fueron antes refulgentes estrellas del firmamento hollywoodiense, celebridades de la industria cinematográfica, jóvenes de cuerpos apetitosos y salaces, de labios perfilados y narices griegas, de torsos musculados y bustos ebúrneos, de copiosas melenas ensortijadas y frondosos tupés engominados. A las “guest stars” se les exigía que acreditasen un pasado glorioso con el fin de que, transcurridos tantos años, exhibieran su declive y consunción junto a la piscina donde Isaac, el camarero negro, servía combinados a las chicas en bikini.
La vida es un sarcasmo, se dijo cuando ya no albergaba dudas de que algún día no muy lejano él mismo acabaría convertido en una “guest star”, enfrentado al espejo que, de modo inapelable, le mostraría cómo el esplendor de la juventud, el fulgor de los ojos inexpertos, la reciedumbre de los tejidos flexibles y vigorosos dejan paso a la sombría acechanza de la vejez, el glaucoma y las cataratas, la artritis, la artrosis, la osteoporosis y los padecimientos reumáticos.
No serán los méritos acumulados de la “guest star” en la que un día se convertirá los que conciten la admiración de sus congéneres de especie más jóvenes, sino su colección de años, su resistencia, parangonable a la proverbial durabilidad atribuida al modesto traje de pana, la cualidad de momia que no acaba de espicharla. Los humanos somos así: no privamos del aplauso al cuarentón que descubre la vacuna capaz de erradicar un ciento de enfermedades mortales, pero celebramos con mucho mayor entusiasmo a la mojama que, contra toda ley natural, ha llegado a alcanzar una improbable edad centenaria.
Que la vida era un sarcasmo fue lo último que se le oyó musitar antes del último tránsito, la voz apagada, la mandíbula descoyuntada a la espera de la mortaja. Al fondo de la alcoba, Ava Gardner, dichosa cual sólo puede serlo un huésped del capitán Stubing, lanzaba confeti de colores sobre el lecho de la estrella invitada.