“Cuando Dios cierra una puerta, abre una ventana”, decía mi abuela con el samaritano propósito de consolar al prójimo y alentar en él la esperanza de una existencia más complaciente. No niego que el refrán naciera con estas lenitivas intenciones, pero, en lo que a mí respecta, nunca he podido dejar de pensar que la verdadera pretensión que animaba a mi abuela era la de incitar a sus semejantes al suicidio. Si no, ¿para qué la ventana?
Odio los refranes con la misma pasión con la que adoro las ventanas.
Un arquitecto sostendrá que una ventana es una solución técnica con la cual, al tiempo que se facilita el acceso de la luz al interior de las construcciones, se aligera la sensación de pesadez de las fachadas. Pero las ventanas son algo más que un vano abierto en un muro. Una ventana es un punto de vista sobre el mundo.
Parapetado tras una, James Stewart fisgó en los muy deplorables hábitos domésticos de Raymond Burr. La de Stewart era una ventana abierta al espanto de la existencia. King Kong, menos predispuesto a tales disquisiciones filosóficas, se limitó a trepar por los edificios. El gorila, a quien los viandantes recriminaban su incivismo y manifiesto desprecio hacia la integridad del mobiliario urbano, descubrió así, también a través de una ventana, cómo la bella Fay Wray se colocaba al alcance de sus garras.
Ofreceríamos una visión sesgada de la relevancia de las ventanas en el devenir de la historia de la humanidad si redujéramos su valor al de artefacto concebido para satisfacer la irrefrenable pulsión que nos empuja a cotillear la vida de los otros. Resultaría injusto obviar cómo las ventanas han servido a muchos de nuestros congéneres de especie para huir de la miseria de la existencia. Los suicidas, de ordinario, han concedido gran prestigio al salto en el vacío, un medio reputado en el gremio como el más resolutivo para finiquitar una vida desdichada. Donde se ponga una buena ventana que se quite el indigesto cianuro o el inestable gas butano. Además, las ventanas, según sea la altura sobre la que se asoman, dicen mucho del carácter del individuo. Quien se suicida arrojándose desde el alféizar de un bajo B revela un temperamento pobre y pusilánime.
Sé que habrá quien vea en todo esto que escribo un ejercicio escandaloso de cinismo ante el cual la gente decente no debe mostrar sino su reprobación y repulsa. Nunca ha sido mi propósito menoscabar la moral y las buenas costumbres ni incentivar un empleo inadecuado de las ventanas españolas. De hecho, quiero subrayar que, además de su uso como salida de emergencia para desesperados, las ventanas son, sobre todo, anfitrionas de la belleza que cuaja el universo: el canto del petirrojo que, llegado el crepúsculo, alcanza hasta la habitación más recóndita; el olor enervante y dulzón de la dama de noche que embriaga al durmiente; la luz perezosa que incendia la alcoba en las mañanas de invierno…En mi caso particular, lo que viene entrando por esa ventana desde el inicio del curso escolar es el aullido horrísono e irritante de una señora de edad que, asomada al exterior en un piso vecino, y de seguro arrobada por las ternezas de la infancia, ensalza, voz en cuello, las bellezas pueriles de su nieta. Como el gallo que cacarea con estrépito nada más sentir sobre su húmedo plumaje la tibieza de los rayos primerizos que el sol regala, de idéntico modo la señora, todos los días y a las nueve en punto, despide a su descendiente camino de la escuela entre gritos de admiración modulados con tal intensidad que no existe tabique, ni muro medianero, ni doble acristalamiento capaz de atenuar los agudos que emite tan prodigiosa laringe.
Sé bien que reflexionar acerca de estas cosas no conduce a ningún lado. No hace falta persuadirme de que un artículo sesudamente construido y perspicazmente argumentado que verse sobre la crisis del PP o el uso de gelificantes, espesantes, emulsionantes, colorantes y antioxidantes en la cocina de Ferrá Adriá confiere al periodista mayor reputación y prestigio profesionales.
Pero qué puede hacerse si yo adoro las ventanas.
Muchos de los grandes males que han asolado a la humanidad desde el principio de los tiempos tienen su origen en esa perniciosa costumbre que insiste en contemplar el mundo conforme a ideas preestablecidas. Los mayores malvados de la historia lo fueron, más allá de la predisposición a la infamia que albergaran, por sus intentos de forzar al mundo a convertirse en lo que ellos creían que debía ser. Los inquisidores españoles veían brujas, nigromantes y heraldos del Maligno allí donde mirasen, y fueron sus empeños en restaurar la primacía de Dios lo que les empujó a perseguir, torturar y abrasar herejes. Quizás se divirtieran con ello, eso no lo sé, pero si hacían estas cosas no era por la inspiración de una naturaleza violenta sino porque estaban convencidos de que las cosas tenían que ser como tenían que ser. Es decir, como ellos habían decidido que fuesen.
Desenvolverse en la vida con un buen arsenal de prejuicios proporciona al individuo seguridad y una moral prêt-à-porter, instrumentos que garantizan una existencia serena, sin sobresaltos. Todo aquello que no cuadra con nuestro esquema del mundo es, por definición, una desviación. Quien no piensa lo que nosotros pensamos es un asocial que se tiene merecido lo que le pase.
Así, a grandes rasgos, los innegociables principios que rigen los destinos de los países civilizados dan por sentada la bondad del individuo y particularmente, lo cual constituye un gran hallazgo, la de aquéllos que gobiernan a sus semejantes y someten el comportamiento de los mercados a su más elevado parecer. El hombre es bueno por naturaleza, y lo es aún más si figura como accionista mayoritario de una multinacional dedicada a la extracción y comercialización del petróleo. Una idea preconcebida que permite afirmar a un mismo tiempo, y sin contradicción, que la misma bomba nuclear sirve a Irán para amenazar la democracia en el mundo y a Israel para garantizar la seguridad en Oriente Medio.
Esto de preconcebir ideas es una práctica que podemos rastrear en el comportamiento cotidiano de las gentes. Citemos un ejemplo. Sólo se me ocurren dos situaciones en las que un español acepte permanecer en una cola sin expresar ni una sola queja: o bien hay un alma dadivosa que reparte algo, lo que sea, de manera gratuita, o bien un amortajado de cuerpo presente aguarda que la multitud le rinda honores. Nada más sabroso para un compatriota que un muerto bien estirado al que poder contemplar con detenimiento sin ser acusado de morboso. La idea preconcebida, en este caso, es que las grandes masas que deambulan por las capillas ardientes de los hombres providenciales constituyen el testimonio de la devoción de un pueblo por el prócer difunto. Nada más lejos. La gente acude en tropel a visitar a los muertos por un atavismo que convierte el cuerpo inanimado de un ser humano en un espectáculo en sí mismo. La intención es la de establecer comparaciones entre la lozanía que luciera el fallecido en vida y la jeta apergaminada que hoy se ofrece a la contemplación pública. Lo que realmente se busca es averiguar si el ataúd está labrado en genuina caoba o en un sucedáneo de bajo precio. Esto es un ejemplo de idea preconcebida.
También pertenece a este género de ideas la ñoña y trasnochada pretensión de que los pueblos que ha sido víctimas de la barbarie y la iniquidad acaban convertidos en pueblos compasivos, generosos y clementes. Leo en la prensa que grupos de sudafricanos enfebrecidos por el odio han comenzado a linchar en Johannesburgo a inmigrantes zimbabuenses. Estas hordas están integradas por los residentes del gueto de Alexandra, levantado en su día por los racistas blancos para garantizar la segregación de la población negra. Aquellos que fueron humillados, torturados y asesinados por el apartheid hoy humillan, torturan y asesinan a otros, más débiles y más pobres, en el mismo barrio que el estado blanco creó para que se pudriesen.
Que el ser humano es bueno no es sino una idea preconcebida.
La anciana intentaba explicarme que si había tomado mi asiento en el autobús era por pura necesidad. La mujer caminaba con torpeza auxiliada por una muleta, y encontró confortable aquella plaza detrás del conductor, más espaciosa que su reserva en el centro del vehículo. No atendí a razones. Aquélla era mi butaca. La señora apelaba con torpeza a los derechos que le otorgaban sus años, su cuerpo menudo y débil, el respeto que se le debía por arrastrar consigo los equipajes de una vida extensa, sufrida a lo largo de una sucesión de días cuyo número no sabría determinar con precisión, muchos más, en todo caso, que los acumulados por ese hombre joven de apariencia saludable que le reclamaba inflexible su asiento en el autobús.
La intrusa se dejó vencer, rezongando contra la malignidad del mundo y abrumada por el esfuerzo de volver a erguirse sobre sus piernas enfermas. Sólo en ese momento advertí cuán despreciable resultaba mi intransigencia, ese empeño estúpido por expulsar a la vieja señora de su refugio en la primera fila del autocar. Me reproché mi infame comportamiento, pedí excusas y me acomodé en la parte trasera del automóvil.
Quiero creer que soy una buena persona, al menos en los términos que determinan los códigos penales: jamás he cometido un acto de latrocinio, no trafico con sustancias prohibidas y nunca le he arrebatado la vida a un semejante. Estos antecedentes deberían avalarme. Pero si me conduje de un modo tan reprobable con la anciana del autobús, no sé de qué otras acciones abyectas sería capaz.
La anécdota de la viajera de la muleta esconde más vastos alcances. Un ser humano bueno, amable con sus semejantes, dispuesto al sacrificio por el bienestar general, generoso, sensible hacia las injusticias, un ser humano inclinado a la filantropía, ¿puede cometer un acto malvado? ¿San Francisco de Asís sucumbió en alguna ocasión a la tentación de rebanarle el pescuezo a una gallina? ¿Pisó Gandhi de manera intencionada, aunque sólo fuera una vez, el pie encallecido de un paria con la única intención de experimentar el pervertido placer que dispensa procurar el mal del prójimo? ¿Qué exegeta del Nuevo Testamento puede asegurar de modo categórico que Juan el Bautista no sometió a ninguno de sus nuevos sectarios a una ahogadilla más prolongada de lo estrictamente requerido por el rito?
¿Puede un ser humano bueno ejecutar una mala acción?
La duda aquí expuesta concierne a la visión que los seres humanos tenemos de nuestra propia especie. Un semejante benigno proporciona confianza, seguridad. Nada malo puede esperarse de quien a lo largo de toda su existencia ha sido ejemplo de virtud e integridad. Pero, si se acredita, como nos tememos que puede hacerse, que el mejor de los individuos de nuestra especie está expuesto, aunque sólo sea una vez en su vida, a dejarse arrastrar por la seducción del mal, entonces, si esto es así, ¿de quién puede uno fiarse?
La cuestión planteada puede proponerse desde la perspectiva opuesta. ¿Quién puede descartar sin atisbo alguno de duda que un ser abominable, perverso, amigo de la malevolencia y la doblez, un ser liberado de cualquier atadura moral pueda promover una conducta noble, un comportamiento benéfico, un gesto de bondad perfecto? ¿Algún general de la junta militar birmana, que hoy se muestra insensible al dolor de su pueblo, cuyo auxilio deniega, habrá acariciado en alguna ocasión el semblante entristecido de un niño compungido por el pinchazo de su pelota? ¿El llamado monstruo de Amstetten se compadeció alguna vez de la suerte de un perro aplastado en la carretera por la imprudencia de un automovilista? Quizás el asesino de la mujer acuchillada en Jerez le sonrió en el pasado en agradecimiento a aquellos ojos a los que él mismo acabaría por arrancar toda luz.
No deberíamos fiarnos de nosotros. Somos gente imprevisible.
Don Arturo falleció a causa de unas fiebres tifoideas. El pesar de sus deudos se vio de este modo multiplicado: al dolor por la muerte del patriarca vino a sumarse la ignominia aparejada a un óbito tan inapropiado, indigno para quien, como Don Arturo, gozaba de una posición que, en nombre de la decencia y el buen gusto, habría exigido un tránsito más heroico. Un notario merece una retirada a la altura de sus rentas y reputación: un disparo suicida en el centro geométrico del parietal derecho nos habla de un hombre que se ha elevado sobre sus contemporáneos, y ensalza a quien, con la elección del momento preciso en el que ha de expirar el último aliento, demuestra su victoria sobre Dios y el tiempo; una herida fatal en el pecho labrada por la punta acerada de un florete evidencia que el muerto es un tipo de honor, un contribuyente íntegro capaz de derramar la sangre propia y la ajena con el propósito de reparar una afrenta.La vulgaridad del procedimiento que Don Arturo escogió para reunirse con el Creador obtuvo el reproche unánime de los de su clase: un notario muerto por unas fiebres constituye una escena de un gusto reprobable. Sea como fuere, lo cierto es que Doña Adela, la viuda del notario, fue presa de la devastación emocional que origina toda pérdida irreparable. La esposa que fue de Don Arturo no se arredró ante la enormidad de la desgracia, aun a pesar de que el buen gusto y la moral cristiana recomiendan afrontar con resignación y acatamiento el advenimiento inapelable de la muerte. Empeñada en recuperar al padre de sus hijos y fuente de sus ingresos, Doña Adela contrató los servicios de la reputada médium Madame Lulú con la intención de establecer contacto con el difunto. La viuda se maliciaba que su cónyuge debía de haberse extraviado en un limbo fronterizo entre las jurisdicciones de los vivos y los muertos.La sesión espiritista reunió a Doña Adela con sus siete vástagos, el presidente del Círculo Mercantil, íntimo de la familia, y el contable de la notaría, todos atentos a las recomendaciones formuladas por la experta Madame Lulú. Apenas invocó la médium al espíritu del notario, de entre la impenetrable oscuridad del saloncito emergió el rostro iluminado de quien con voz cavernosa y fantasmagórica se presentó como el espectro mismo de Don Arturo. Doña Adela prorrumpió entonces en un llanto histérico, y ello a pesar de que aquella jeta que flotaba en la penumbra distaba mucho de asemejarse a la que en vida había lucido su esposo. Quien había conocido al notario recordaba su rostro huesudo, recubierto por una fina capa de piel blanquísima y alicatado por dos gruesas y frondosas patillas. La cara que respondió a los requerimientos de Madame Lulú era, por el contrario, la de un hombre orondo, barbilampiño, de piel olivácea y ojos rasgados. El deseo del reencuentro pesó más que los detalles, y Doña Adela aceptó que aquél que se fingía Don Arturo era, sin margen de error, la manifestación incorpórea y genuina de su esposo.De repente, y en pleno paroxismo paranormal, un estruendo ensordecedor sobresaltó a las participantes en la ceremonia quienes, espantados, fueron testigos de cómo la puerta cedía bajo los pies de un fornido individuo uniformado. "¡Servicio de inmigración!", se identificó la autoridad, que en un visto y no visto, y con la colaboración de otra media docena de agentes, redujo y esposó al fantasma."Disculpen la falta de tacto", se excusó el policía con exquisita educación una vez que la aparición espectral hubo sido conducida al coche patrulla. "Me temo que han sido ustedes víctimas de un engaño. Ése al que tomaron por Don Arturo es, en realidad, Wilson Sánchez, inmigrante ilegal ecuatoriano y fontanero. Desde que perfeccionamos los sistemas de vigilancia y control en nuestras costas, endurecimos los requisitos para la estancia legal en el país y ampliamos los plazos para su reclusión en los centros de internamiento, esta gente ya no sabe qué inventar para colarse".Don Arturo, que era un hombre de orden y un español bien nacido, celebró con una efusión de ectoplasma la prudente política migratoria de la Unión Europea.
Carlos Cristos padece una enfermedad degenerativa que le conduce a la muerte. Este hombre conoce, con absoluta certeza, que su vida se extingue sin remedio. Sólo le resta saber el día y la hora exactos del fatal desenlace. En esto, como se ve, Carlos no se diferencia en nada del común de los seres humanos.
El testimonio de la decadencia de Carlos alimenta el guión de una hermosa película documental titulada “Las alas de la vida”. La cinta nos presenta a un hombre culto, bienhumorado, médico de profesión. Carlos nació en Vigo, es músico, tiene una hija y practicaba el parapente antes de que su cuerpo se viera sacudido por la terrible enfermedad que ahora, en el tiempo de la película, le condena a moverse y a hablar con dificultad. Este mal que le aflige y que no tiene cura no ha mermado ni un ápice su lucidez. Carlos sabe que ha de morirse, aunque su padecimiento le hace sentir que la muerte le acucia con más apremio que a los demás.
Enfrentado a la cámara, este hombre que va a morirse se confiesa incapaz de sostenerse en alguna certeza que le consuele, en una fe que le prometa un dios benevolente y misericordioso del otro lado, en una eternidad que le compense de una vida lastrada por la incertidumbre de no saber. Carlos piensa, pese a todo, que quizás la eternidad pudiera estar contenida en ese último microsegundo de existencia cuyo término traza la línea que separa el ser del no ser, una fracción infinitesimal de tiempo que alimenta en quien se muere una conciencia de permanencia que no concluye jamás, aun cuando haya transcurrido un millón de años desde nuestra muerte y de la muerte de todos aquellos que ni siquiera habían nacido cuando la biología decidió que, en lo que a uno respecta, todo se había acabado.
Carlos habla de la muerte con llaneza, haciendo uso de un sentido común antiguo que considera razonable que, si uno ha de morirse, debería prepararse para ello y preguntarse qué es lo que le espera. Este hombre que habla a la cámara acerca de su propia muerte no es un caso excepcional, ni el héroe de una tragedia humana particular, sino un hombre que piensa su muerte, un hombre que no tiene por qué morirse, necesariamente, antes que cualquiera de nosotros. Carlos, desde luego, se ha visto sacudido por una enfermedad despiadada que convierte su experiencia en algo doloroso, una desdicha estrictamente personal, imposible de compartir. Pero, si nos ceñimos a lo que a él le preocupa, a la razón que le ha movido a convertirse en el protagonista de una película que verán miles de personas, en ese caso, no hay nada que nos distinga de Carlos. Como él, también nosotros padecemos esa terrible enfermedad mortal que es la vida.
Cuando vi “Las alas de la vida” la pasada semana en televisión, y conforme avanzaba el metraje de la película, caí en la cuenta de que era probable que el Carlos que habla en el tiempo de la cinta ya no existiera, que quizá ese hombre que narraba sus temores y esperanzas ya hubiese muerto, que estuviese ante un documento póstumo. Había algo de inmisericorde e injusto en que aquel desconocido, cuyo coraje me conmovía profundamente en ese preciso instante (un instante dentro del devenir de mi tiempo, no del de la película), hubiese fallecido incluso antes de que yo supiera de su padecimiento, de su lucidez, de su decisión de narrar sus últimos días. Según explicaron al término del documental, Carlos vive todavía.
No hay duda de que una existencia feliz, dichosa, plena resulta preferible a una vida plagada de sufrimiento y pesares. Pero yo creo que una buena muerte redime a quien la disfruta de cualquier herida pasada, compensa todos los sueños insatisfechos, los amores no correspondidos, los más dolorosos fracasos, consuela de todas las pérdidas irreparables.
La eternidad concentrada en ese microsegundo postrero, en esa minúscula porción de tiempo inacabable, ha de ser la recompensa que lo justifica todo. Eso espero.
La de Bonifacio Andrade era una existencia vulgar, anodina. No siempre había sido así. Durante sus años de formación, los profesores de la facultad de Filología Inglesa le auguraron un porvenir brillante. Encomiaban su disposición al estudio, la claridad de sus exposiciones, su exquisito acento londinense, su profundo conocimiento de los autores más sesudos y los ensayos de más ardua lectura, su desinhibición y alegría juveniles. No supo estar a la altura, pese a todo.
Su primera gran obra, su empresa más codiciosa, tenía que haber sido una documentada traducción del “Ulises”, acompañada, a modo de extenso prólogo, de un estudio minucioso y perspicaz que evidenciase los mecanismos empleados en su construcción. Aquel proyecto, en un inicio concebido con unas dimensiones colosales, quedó reducido a cinco folios mecanografiados que no pudieron merecer otro título que aquél con el cual, decepcionado de sí mismo e irritado por su propia incapacidad, Bonifacio encabezó el primero de los párrafos: “Ulysses, by James Joyce: My God, what is this?”.
El fracaso no persuadió a Bonifacio de su vocación primera. Era cierto que como traductor resultaba una perfecta nulidad, el colmo de la negligencia. Pero, y a pesar de que él era el primero en reconocer sus limitaciones, no dejaba de juzgar que el arte de verter a la lengua propia los pensamientos urdidos en otro idioma constituía una expresión de amor, la manifestación de una fraternidad universal que enlaza en un mismo abrazo a todos los miembros de la especie. Decir con las palabras propias lo que otro ha pensado con las suyas para facilitar a todos la comprensión del mundo. Aferrar el párrafo, despedazarlo en fragmentos y triturar éstos hasta que todo quede reducido a polvo de palabra que, confundido sabiamente en una nueva argamasa, será modelado con paciencia para conferirle una forma reconocible, un aliento nuevo y familiar, y así, en esta alquimia, conseguir que Hamlet, Raskólnikov y Emma Bovary expresen su dolor, su remordimiento, su decepción en un perfecto y comprensible castellano.
La existencia de Bonifacio transcurría inadvertida para el resto de sus contemporáneos, lo cual le garantizó la discreción que precisaba para la ejecución exitosa de sus nuevos planes. Bonifacio pensó que si la pericia del traductor permitía al lector sumergirse en una obra escrita en un idioma que le era completamente desconocido, había de existir, sin duda alguna, un código que de manera similar revelase el significado de los silencios de las conversaciones, la verdadera intención de las miradas, el sentido oculto de los gestos nerviosos, la falsedad escondida en las felicitaciones, la envidia emboscada en las descalificaciones, la impostura larvada en las promesas que no piensan cumplirse… Bonifacio confiaba en descubrir esa lengua franca, la clave secreta con la que traducir la vida.
El traductor frustrado se condujo con cautela, sin dejarse seducir por entusiasmos que pudieran hacer peligrar el rigor metodológico de la empresa. Haciendo uso de una paciencia digna de elogio, pronto llegó el momento de someter a examen las primeras hipótesis. De ser confirmadas conforme a los criterios que requiere cualquier conocimiento que aspire a merecer el título de científico, habría dado con el código universal que le permitiría descifrar las auténticas intenciones de la humanidad.
El camino no estuvo exento de riesgos. Bonifacio recuerda todavía con rubor el error de apreciación (uno de ésos que resultan tan comunes en este tipo de experimentos científicos) que le movió a tomar el guiño confianzudo de un portero de discoteca por una insinuación de índole sexual, equívoco que acabó con sus huesos quebrantados en la sala de traumatología del hospital Punta Europa.
La reserva con la que se desarrolla el proyecto no nos ha permitido disponer de noticias recientes acerca del estado actual de la investigación. Bonifacio, sin embargo, incentivado por el nuevo sentido que ha tomado su vida, ha cobrado ánimos suficientes para retomar su actividad profesional. Hace apenas un mes, la Fundación de Cultura ha publicado su monografía “Shakespeare, his late mother and the diabolic English language”. Se habla de él como futuro Especial de Pura Cepa.
Un crimen puede resultar un acto atroz o una simpática curiosidad en función del tiempo transcurrido desde que fue cometido. El cuerpo amojamado de un faraón de la XVIII dinastía, ajusticiado por un sicario sin escrúpulos, constituye un valiosísimo hallazgo científico. El cadáver de su vecino del 5º B con el pecho asaeteado por un cuchillo jamonero es el testimonio de un proceder vil que reclama la inmediata intervención de la policía y la judicatura.
El asesinato del egipcio de la piel apergaminada y ocre constituye una apasionante aventura para el historiador, un argumento inspirador para el novelista, una expresión ritual de cuyo estudio el antropólogo extraerá reveladoras conclusiones. El homicidio del tipo del 5º B, muerto a manos de una amante celosa, un acreedor impaciente o un misántropo resentido, será causa de justificada indignación entre la ciudadanía, alimento de una noticia a cinco columnas en los diarios, motivo de conversación para el vecindario espantado.
¿Cuál es la diferencia? Al fin y al cabo la víctima del abyecto crimen es la misma en ambos casos: una criatura anodina que carece de garras con las que defenderse, que no segrega veneno con el que escarmentar al agresor, que no dispone de colmillos que le permitan dar rienda suelta a su ferocidad. El faraón y el inquilino del 5º B son miembros de la misma especie: el homo sapiens. La valoración moral del acto criminal, sin embargo, difiere. La momia muerta es una fuente de información histórica, un testimonio para la ciencia anatómica, una curiosidad. El cadáver entumecido del vecino al que saludábamos en el rellano de la escalera es el cuerpo de un delito nefando que nos espeluzna y nos empuja a clamar justicia.
El transcurso del tiempo entibia las pasiones y condiciona la consideración que éstas nos merecen. Quizás, los contemporáneos del faraón sintieron un profundísimo pesar cuando tuvieron noticia del magnicidio. Pero ya nadie recuerda sus lamentos, su sed de venganza, su escándalo ante una conducta tan aborrecible. Tales sentimientos murieron con ellos.
Lo que ocurre es que todos, sea cual fuere la época en la que nos haya sido dado vivir, atendemos a una suerte de solidaridad inter vivos. Nos preocupa mucho más el dolor de muelas de un contemporáneo que un hachazo en el cogote a un sujeto que vivió hace miles de años. Quienes vagamos por este valle de lágrimas nos tenemos, hasta cierto punto, un respeto que no guardamos a quienes pasaron a mejor vida hace tiempo. Si alguien insulta a un prójimo, se lo afeamos. Si no guarda su turno en la cola, se lo recriminamos. Si escupe las espinas del pescado en el plato del comensal vecino, se lo reprochamos. Y si golpea a un anciano en el cráneo con una llave inglesa, entonces nos enojamos verdaderamente.
La narración de la muerte de alguien que pasó a mejor vida hace centurias es una cosa pintoresca que alimenta los libros de historia y las leyendas de viejas. Pero el asesinato de un vivo resulta intolerable, inaceptable, de mal gusto y, por si todo ello fuera poco, procura una pésima reputación a quien lo perpetra.
Deberíamos detenernos a pensar que ellos, los que un día fueron y ya no son, nos superan en número. Ellos, además, juegan con ventaja, pues tienen buena parte del camino andado: a diferencia de nosotros, ellos ya afrontaron con éxito la ingrata tarea de morirse. Pero, a pesar de todo, no les guardamos ningún respeto. Nuestra moral es una moral concebida por los vivos para los vivos.
Este modo que tenemos de conducirnos es, al menos eso creo yo, producto de una actitud irreflexiva. Si nos paráramos a valorarlo, advertiríamos que un día, quizá no tan lejano como sería de apetecer, usted y yo moriremos y engrosaremos ese nutrido grupo de muertos ya muertos definitivamente. Puede ser que, muchos años después de que esto suceda, alguien se detenga a leer nuestra biografía y, mientras lo hace, sonría indiferente ante el relato de lo que en su día sentimos en nuestras carnes como un sufrimiento lacerante, como una pasión arrebatada, como una felicidad inefable…
No hay nada que merezca menor consideración que un muerto veterano.
La mirada bizqueante de John “Bloody” Butcher era el trasunto de un estrabismo moral que le acuciaba a cometer actos perversos, crímenes horrendos. La inestable alineación de sus globos oculares no representó obstáculo alguno para que, durante más de medio siglo, “Bloody” Butcher cumpliera con un abyecto ritual nocturno que, como único oficiante, le conducía por las callejuelas más sórdidas del viejo Londres tras el rastro de sus inocentes presas. El despiadado John deambulaba reconfortado por la inestimable compañía de su fiel Jessie, una oxidada daga cuya hoja curva había trabado intimidad en más de una ocasión, y sin distinción de linaje, fortuna o credo, con las entrañas de vagabundos desaseados, jóvenes voluptuosas cuya fiebre atemperaba el helor del acero y aristócratas fatalmente extraviados en un callejón brumoso y desconocido.
“El monstruo del cuchillo curvo”, que tal fue el alias con el que los periódicos bautizaron al verdugo Butcher, se granjeó el repudio y el temor de sus conciudadanos, no así la enemistad de la justicia. Ya fuera por la meticulosidad que empleaba en la comisión de sus crímenes, ya por la impericia de los detectives, lo cierto es que los aborrecibles hábitos del asesino permanecieron impunes a falta de pruebas inculpatorias que aducir en un tribunal.
Sólo las probas señoras de la beneficencia londinense osaron hacer frente al voraz misántropo, aunque, claro está, dentro de sus muy limitados alcances. Con el beneplácito de las autoridades, estas abnegadas benefactoras del género humano lograron arrancar del mismo hogar del monstruo al pequeño Benjamin Butcher, el desamparado hijo de la bestia. La custodia del joven Butcher se confió a la anciana Lady Eleanor Brandy, bajo cuya tutela y cuidado el adolescente debió de haberse criado y adquirido la educación y modales que se exige a quien ha sido educado en un ambiente aristocrático. El escándalo, sin embargo, frustró tan esperanzadores planes.
Un rumor atribuyó a Lady Brandy una debilidad de espíritu que, de ser cierta, le impedía ejercer con la ejemplaridad requerida las tareas de preceptora del menor. Al parecer, y según se pudo constatar posteriormente sin atisbo de duda, la venerable dama solía condimentar su té de las cinco con un generoso chorreón de aguardiente. Pero eso no era todo. Según verificó el reverendo O’Reilly en persona, la vieja había adquirido la inaceptable costumbre de aprovechar el oficio dominical para recuperar el sueño que durante la noche sus achaques artríticos le hurtaban. Una persona con tales flaquezas había de ser, sin remedio, una pésima influencia para el niño. De modo que, en un ejercicio de civismo irreprochable y de salvaguarda de la infancia, el pequeño Butcher fue devuelto a su padre.
Benjamin creció bajo la égida de un padre despiadado y feroz. Sin embargo, y pese a sus pervertidas inclinaciones, el viejo Butcher profesaba hacia su hijo un sentimiento emparentado con el cariño. Cuando regresaba de sus correrías nocturnas, procuraba disimular ante Benjamin la mueca cruel de victoria que dibujaba su rostro después de una jornada de caza particularmente provechosa.
Como sucede que el carácter del hombre se forja en gran medida por vía de emulación, pronto Benjamin soñó con convertirse en un afamado asesino. Pese a sus firmes propósitos, las primeras tentativas se saldaron con fracasos estrepitosos. La oscuridad de los callejones le espeluznaba de tal modo que, aun cuando intentaba sobreponerse a ello, las más de las veces acababa reclamando el auxilio de aquél a quien había elegido como víctima. Incapaz de tolerar la visión de la sangre, el joven Butcher pensó en especializarse en el refinado arte de la estrangulación, pero también aquí el éxito le fue esquivo. Los ojos extraviados y las lenguas amoratadas de los asfixiados le espantaban tanto como la ausencia de luz y la efusión de hemoglobina.
El caso de Benjamin Butcher, el asesino frustrado de Kensington, ha merecido la atención de los más conspicuos estudiosos del comportamiento humano en sociedad. Esta pléyade de talentos de las ciencias sociales ha concluido que si Benjamin no alcanzó las cimas del virtuosismo criminal que su tutor legal exhibió en los más siniestros escenarios fue porque no estaba en su naturaleza. Benjamin Butcher no nació ni para rebanar pescuezos ni para quebrar esternones.
A cada cual lo suyo.
Este hombre que veis aquí, tendido sobre el diván, cuya inusual dolencia ocupa toda la atención de la médica psiquiatra, es una gloria comarcal, un talento escogido, uno de esos entendimientos privilegiados que el mundo alumbra con tacañería. Sí, desde luego, éste no es un hombre cualquiera. Novelista y poeta, analista político, diletante, melómano de reconocida sensibilidad, experto sumiller, crítico de arte…
Pese a su vasta experiencia profesional, la psiquiatra se siente cautivada por la peculiaridad del caso clínico, la extravagancia de la sintomatología descrita, la ausencia de antecedentes en la literatura científica que permitan establecer paralelismos, extrapolaciones, conexiones razonables. “¿Qué me pasa, doctora?”, pregunta angustiado el célebre hombre. Temor a ser descubierto se llama el padecimiento de este individuo. Pero la doctora no tiene por qué saberlo.
Inopinadamente, el paciente, asaltado por un arrebato de sinceridad, se confía a la docta opinión de la terapeuta: “La adolescencia, sí, fue durante la adolescencia, de manera más precisa en aquel momento en el que mamá descubrió que su hijo, yo, comenzaba a revelarse como un jovenzuelo sin brillo, dotado apenas con una inteligencia anodina y un genio vulgar. Mamá me empujó a ello, mamá me obligó, fue mamá…”, gime el paciente sumido en un trance hipnótico. “Ella ansiaba el beneplácito del pueblo, anhelaba mi coronación como prócer y ciudadano ilustre, el más notable de los hijos de la comarca. Tales aspiraciones chocaban sin remedio contra una barrera infranqueable: yo era una criatura escasamente perspicaz o, como debería decir si fuese un punto más sincero, yo era un tonto de baba. Pero mamá lo tenía todo planeado. Ya que su vástago carecía de las aptitudes que se exigen a un hombre de mundo, tomaría prestado el talento ajeno. El proyecto de mamá resultaba fascinante y despreciable a partes iguales”.
Aquí, la doctora toma un vaso de agua de la mesita, bebe a sorbitos cortos y piensa que, bien mirado, sí que es cierto que este tipo tiene cara de gilipollas. Mientras, el paciente prosigue inalterable su confesión. “Mamá los seleccionaba por la lucidez y erudición de sus conocimientos en cada una de las parcelas del saber. Nadie puede negarse a la invitación de una amable anciana que te requiere para que la acompañes a su casa a tomar una tacita de té. Mamá los seducía, los engatusaba, y ellos accedían. Resultaba imposible negarse a esa voz melosa, a esos ojos generosos, a esa calidez maternal, a la frialdad del cañón de la Smith & Wesson del calibre 45 apoyado en la nuca”.
En este punto, la doctora siente como el vello del brazo se le eriza.
“Mamá construyó para ellos un zulo disimulado bajo las losetas de la alacena. El poeta, a quien debo mis más sonoros éxitos literarios, fue el primero de los secuestrados. Mis célebres aforismos sobre el arte y el sentido estético son obra de un conservador del Museo del Prado a quien mamá raptó en 1975 durante una visita de la asociación de amas de casa a la pinacoteca. No puedo olvidar en esta relación de mis colaboradores a Otto von Wagenheim, primer violín de la Filarmónica de Viena, y autor de mis tratados de antropología de la música, mi biografía de Mahler y mi concierto para trompeta barroca. Fue quien mayor resistencia opuso, terquedad que le valió una ostentosa cojera, la que le dejó un certero disparo de mamá en el maléolo tibial”.
“Acomodado en la cima de la fama y el reconocimiento público de la comarca, comenzó a correr el rumor. Querían hacerme director general. Mamá actuó con diligencia. Mi secreto no podía ser conocido. El cadáver del poeta fue descubierto en el vertedero comarcal. Nadie reclamó el cuerpo. Otto y el conservador del Prado fueron descuartizados, embalados en un sarcófago de plomo y remitidos por correo urgente y certificado a una dirección de Honolulú. El resto de mis colaboradores corrió similar suerte”.
“Ya no hubo más atinados análisis sobre la situación política contemporánea, no más inspirados versos ni composiciones sinfónicas. No tenía nada que decir. Quienes parían mis ideas, mis opiniones, habían sucumbido a la eficacia de mamá. El mastuerzo que yo era comenzó a hacerse visible. Y fue entonces cuando todo el mundo adquirió la certeza de que me harían director general”.
No sabría decirle. Nacemos, nos reproducimos con mayor o menor fortuna y nos acabamos muriendo sin remedio. Ése es el plan. ¿Cuál es el sentido de la vida? No sé, puede ser que cada existencia tenga el suyo. Los alardes culinarios de mi tía Isabel, q. e. p. d., alumbraron, entre otros hallazgos, un mejunje grumoso, fácil de identificar gracias a un característico color verde lavavajillas y a un sabor avinagrado y punzante. Con no poco atrevimiento y desvergüenza, mi tía confiaba a las vecinas que aquel brebaje infecto había sido elaborado conforme a la milenaria receta del tradicional gazpacho andaluz. Durante toda mi infancia me mantuve persuadido de que la preparación de aquel bebedizo infame, que mi tía tenía por genuino gazpacho, era lo que confería sentido a su existencia. Eso y una pulsión antinatural que la empujaba a exterminar a sus sobrinos, a quienes, como la sierpe del Edén, pretendía tentar con las supuestas propiedades nutritivas de un vaso colmado y fresquito del ponzoñoso combinado verde. “¡Tomad una exquisita muestra de la cocina meridional!”, publicitaba aviesamente, ajena a los rostros convulsionados por el terror de los hijos de sus hermanas. ¿Era éste el sentido de su vida? Quién es capaz de decirlo.
Julio César pensó que su existencia estaba plenamente justificada cuando sobre sus hombros recayó la responsabilidad de sostener un imperio, creencia que seguramente mantuvo hasta el mismo día en el que Bruto le aplicó el descabello. Torquemada estaba seguro de que las molestias que el Altísimo se tomó para arrojarlo a este valle de lágrimas encontraron justa retribución en esa monomanía suya de desollar y hervir herejes. ¿Qué sentido tiene vivir? Las experiencias de Julio César, Torquemada y mi tía Isabel sugieren diferentes respuestas.
Un tránsito grosero que conduce a una vida más elevada y plena; un fugaz rayo de luz entre dos tinieblas; una prisión de carne, premonición de una dicha eterna en compañía del creador; una tómbola… Teósofos y poetas han descrito la vida y su objeto de muy variadas maneras.
¿Quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos? Pues la verdad, ni la menor idea. No quisiera corregirle la plana al Sumo Hacedor, pero si se me hubiese encomendado a mí la tarea de construir el universo y sus criaturas, yo no habría sembrado entre los seres humanos esta incertidumbre que tanta pesadumbre ocasiona. Ya que usted me insiste, y puestos a especular, yo, de haber sido Dios, habría revelado con cristalina nitidez mis intenciones. ¿Para qué he venido al mundo?, me preguntaría mi criatura; para tener la oportunidad de asistir a tu propio velatorio, le respondería yo en mi suprema majestad. Y es que poder ver la cara que se les queda a los demás cuando te mueres debe bastar para justificar toda una existencia.
Imagínese. Usted, ya difunto pero como un paisano más, presidiendo el grupo de los deudos mientras plañideras y condolientes guardan cola para presentarle sus respetos y ofrecerle sus sentidos pésames, oyendo con sus propios oídos de finado los elogios a su persona, asintiendo cuando aquél que tanto le envidió en vida y procuró jugársela cada vez que pudo se lamenta porque siempre se van los mejores…
Y abrazar al jefe de personal de su empresa, con los brazos gélidos de la muerte, mientras éste balbuce, hipócritamente: “He sentido mucho lo tuyo”. Con su mano huesuda y descarnada estrecha la zarpa sudorosa de quien, hace apenas una semana, días antes del fatal suceso, propuso su despido por falta de productividad y hoy tiembla aterrado ante la posibilidad de que este tipo que acaba de cascarla no le suelte hasta después de que den a su cuerpo cristiana sepultura.
Todo el mundo debería gozar de la satisfacción de participar en sus honras fúnebres, el único modo fiable que se me ocurre de medir con rigor la huella que ha impreso nuestro paso por este mundo ingrato y despiadado.
¿Cuál es el sentido de la vida? Vaya usted a saber.
La medalla muestra un grabado de la Victoria de Samotracia, la mujer alada sin cabeza. Está enmohecida. La inscripción cincelada en el reverso puede leerse con cierta dificultad. La gané a los diez años en un concurso escolar de poesía. La composición que me proporcionó un lugar en el Parnaso versaba acerca de la fugacidad de la existencia y la circularidad del universo y sus seres.
Treinta años han bastado para barrer de mi memoria el título y los versos del poema que, sin premeditación, me laureó como el vate más prometedor de 3ºA. Aunque, para ser totalmente honesto, aún recuerdo un verso, un único y evocador verso que martillea mi cerebro como una letanía reiterada y desquiciante, un verso que me ha perseguido como un testigo de mi infamia durante todos estos años. Un verso que rezaba así: “Llega el verano, con un refresco en la mano”.
Hoy confiaré una culpa que, dado el tiempo transcurrido, ya no podrá comprometerme. No puedo soportarlo más: ese feliz pareado (verano/mano), ese hallazgo de la lírica contemporánea, ese inspirado canto al ciclo estacional no es obra de mi pluma. La posteridad ha de saber que el mérito de este sublime logro literario debe atribuirse en exclusiva a mi madre. Sí, fue mamá la que alumbró la rima por la cual fui galardonado y reconocido como poeta en ciernes. Lo confieso: soy un fraude.
Aquel primer engaño sólo fue el comienzo de una carrera animada por la mentira. La pervertida naturaleza de mis inclinaciones simpatizó pronto con este modo sencillo y práctico de obtener el éxito mundano. Cuanto más mentía, mayores eran mis ingresos y más sólida mi reputación.
Habré de decir en mi favor que mi fulgurante ascensión pública se vio estorbada por algún que otro escrúpulo. Como ve, a pesar de mis cincuenta años cumplidos, aún pesa sobre mi conciencia ese abyecto episodio de mi vida pasada. Cuando devuelvo a mi memoria cómo, incumpliendo las más sacrosantas obligaciones filiales, hurté un verso a mi propia madre, siento sobre mi alma el lastre de la culpa.
Pero, y a pesar de esta predisposición mía a la mistificación y el disimulo, no quisiera engañarle. Lo cierto es que, desde el robo del verso a mamá, mi vida se ha conducido por la senda de la falsificación y la impostura. Gracias a ello he conseguido amasar una considerable fortuna.
He leído con interés la noticia de que el Vaticano ha instruido al orbe católico en que la acumulación excesiva de riquezas es pecado. Me veo obligado a hacer un par de objeciones a este respecto. Primero, nunca la riqueza es excesiva. Segundo, la posesión de cuantiosos bienes no resulta en sí misma moralmente reprensible. Otra cosa son los métodos de los que cada cual se vale para forjar su patrimonio.
Yo, personalmente, no conozco ningún emporio que se haya levantado sin transgredir alguna ley. Está en la naturaleza del sistema. Detrás de cada potentado hay, al menos, una docena de cadáveres que se descomponen en las cunetas de algún sendero inhóspito y recóndito.
Y es que es lo que yo digo: si quieres ser reconocido por la sociedad de tu tiempo y disfrutar de una posición acomodada, finge. La mentira es una institución impecablemente democrática. Todo el mundo está en disposición de acceder a ella. ¿Quién no se ha beneficiado de unas vacaciones no programadas gracias a una baja laboral que acredita una enfermedad que no se padece? Claro que son los de mi clase quienes más provecho extraen del embuste. Los grandes falsarios somos presidentes de importantes corporaciones financieras y socios de exclusivos clubes con campo de golf y asesoría de bolsa.
Embaucar al prójimo es el mecanismo de promoción social por antonomasia. Por eso, en nuestros días, mentir ya no lleva aparejado reproche alguno. Es más, si después de toda una vida de engaños, usted confiesa, como yo, alguno de los fraudes cometidos, la sociedad en su conjunto sentirá una disposición favorable hacia su persona, y, en lugar de reprenderle, valorará la franqueza de su carácter.
Yo, a mi vez, para demostrar mi sincera contrición, pienso conducir mi Ferrari Testarossa hasta el confesionario más cercano para acusarme ante Dios de haberle birlado el verso a mamá. Aunque antes me pasaré por el club para tomar el vermú.
La tía Eudivigis era un modelo de espiritualidad ascética. La comunión con las esferas celestes que mantenía la Vigis, apelativo familiar que se empleaba con el único propósito de mortificarla, le concedía ciertas apreciables ventajas sobre el resto de los mortales, más descreídos y siempre excluidos de las amigables tertulias que mi tía entablaba cada jueves con lo más granado del santoral. La tía Vigis levitaba, era poseída por tránsitos inexplicables durante los cuales se expresaba con envidiable soltura en arameo, sánscrito y griego clásico, vomitaba especias aromáticas, jengibre y ajenjo, y sangraba torrencialmente por sus estigmas. La tía Vigis era un caso.
Mi abuelo atribuía tales debilidades a una dieta alimenticia carente de hierro. La abuela, de la misma veta espiritual de su hija, juzgaba que aquellos portentos habían de explicarse por la experiencia mariana que la buena de Eudivigis vivió a una muy tierna edad. Decía la abuela que la mismísima Virgen de las Angustias se le había aparecido a la Vigis mientras pelaba unas habichuelas verdes en el patio trasero de la casa, lo que, sin duda, tenía que condicionar una existencia que, ahora, decía mi abuela, se hallaba más cerca de la beatitud que del pecado. El resto de la familia sostenía, con insólita unanimidad, que la tía Eudivigis estaba para que la encerrasen.
La intimidad de mi tía con los santos causó una profunda impresión en mi primo Placidín, un muchachito tísico e influenciable que imaginaba el mundo como una gran máquina dirigida por los santos y una cohorte de serafines. Creía Placidín que bastaba un comportamiento piadoso, una buena sesión de ciliciazos y la petición del favor al santo del negociado correspondiente para gozar de una vida plena y rebosante de éxito. Hubo quien creyó que el tránsito hacia la edad adulta y el descuelgue escrotal harían olvidar a Placidín esa obsesión suya por la intermediación divina y la hagiografía. Tal cosa no ocurrió. Antes al contrario, llegado su decimoctavo cumpleaños, conspiró consigo mismo para convertirse en instrumento de Dios. Placidín dejaría los designios de su existencia en manos de aquellos simpáticos seres que, con ese graciosísimo halo refulgente sobre la cabeza, le sonreían desde las estampitas y los calendarios.
Desprovisto de cualquier talento, excepción hecha de esa inclinación suya hacia la ascesis, la mística y la transmigración del alma, Placidín decidió hacer carrera profesional de la mano de sus santos. Invocó a San Pancracio, ante cuya efigie hizo arraigar una ramita de perejil. Solicitó también el auxilio de Fray Leopoldo de Alpandeire, al que tenía mucha fe, aunque bien sabía que las plegarias para la demanda de empleo sólo prosperaban si se tramitaban ante el departamento adecuado, en este caso el de San Cayetano, patrono del trabajo.
Solventado el problema del empleo, consideró que, en atención al mandato bíblico que abomina de la soledad del varón, sería bueno encontrar una hembra de caderas robustas con la que compartir desdichas y alegrías. Y para ello reclamó el concurso de San Valentín y, aun a riesgo de condenarse a ser objeto de chanza y mofa, el de la Virgen de Lourdes.
Placidín creía en todas estas cosas a pies juntillas. Si una mañana fría la garganta se le irritaba, Placidín se encomendaba a San Blas, patrón de los laringólogos. Si el gato se meaba en el canasto de la fruta, Placidín dejaba toda represalia que pudiera adoptarse por la incontinencia del felino en manos de San Antonio, patrón de los animales domésticos y, para mayor abundamiento, de los tejedores de cestos. Si la muerte de un ser querido requería el envío de un telegrama para trasladar con urgencia el más sentido de los pésames, Placidín no acudía al servicio postal sino que se sumía en un pío ensimismamiento para reclamar la ayuda del Arcángel Gabriel, patrono de los operarios de correos y telégrafos.
Pero, como suele suceder, la vida escarmentó a Placidín. Decepcionado, se convenció de que San Blas no le curaría aquel padecimiento crónico de laringe, por lo que decidió, contra lo que habían sido sus principios, dejarse incluir en la lista de espera del otorrinolaringólogo del SAS. Atribulado, se persuadió de que San Valentín no le procuraría la moza cuyas carnes y turgencias le habrían ayudado a hacer más liviana la existencia, así que se convirtió en asiduo de una casa de tolerancia conocida por el nombre comercial de “El virtuosismo eréctil”. Pesaroso, asumió que ni San Cayetano ni San Pancracio serían capaces de proporcionarle un puesto de trabajo bien remunerado, de modo que, haciendo gala de un extraordinario sentido de la previsión, se sacó el carné del partido.
Placidín, hoy don Plácido, ya es un hombre feliz.
El equipo español de natación ha obtenido doce medallas en los últimos campeonatos europeos celebrados en Eindhoven. Las cosas no siempre fueron así. Cuando yo era niño, las autoridades deportivas del país consideraban un éxito que nuestros nadadores regresaran a casa indemnes. “La natación española clausura un brillante campeonato: doce participantes, ningún ahogado”, elogiaban los periódicos de los 70.
La escena solía repetirse competición tras competición. Un grupo de musculados muchachos de distintas nacionalidades se apostan al filo de la piscina. Una bocina alerta de que ha llegado el momento de zambullirse en la quietud del estanque olímpico. Los jóvenes impulsan sus apolíneos cuerpos (como un salmón que combate la corriente río arriba, donde habrá de desovar), comban el tronco, elongan el cuello en el aire y penetran con gran estrépito en el agua clorada. Mientras, camino del otro extremo de la piscina, la mayor parte de los competidores alardea de una depurada brazada y de una envidiable técnica respiratoria, el representante español se aferra desesperado a los flotadores que delimitan las calles, agita nerviosamente las manos en un indigno chapoteo y, nadando a perrito, alcanza a duras penas la escalerilla. Allí le aguarda su entrenador, con quien se enlaza en un emocionado abrazo para festejar tan extraordinario logro atlético. ¡Ha sobrevivido!
España ha cambiado mucho. Que el número de nadadores españoles fallecidos por inmersión en las competiciones internacionales se haya reducido drásticamente no es sino un signo más de los muchos que revelan la llegada de los nuevos tiempos. Hoy, por ejemplo, nadie envía telegramas. Hubo una época, sin embargo, en la que la recepción de un telegrama era augurio de noticias funestas. Si recibías un telegrama, ya podías dar por enterrada a alguna de tus tías más provectas. La misma alarma cundía entre la confiada población cuando Televisión Española interrumpía inesperadamente la programación para dar paso a un avance informativo. Los avances informativos eran también heraldos de aterradores anuncios: o se había muerto Rodríguez de la Fuente, o habían legalizado a los comunistas, o un guardia civil de refinados modales había entrado en el Congreso. Uno no ganaba para sustos.
España, como vengo defendiendo, ha experimentado una profunda transformación. Los españoles de hoy día somos tipos vigorosos y sanos cuya estatura supera con creces la de los españoles que fuimos hace apenas 30 años. (A las pruebas me remito: hace tres décadas, yo mismo apenas medía un metro diez). Nuestro país es una potencia económica, somos receptores de flujos migratorios, nuestros bancos figuran en la élite de las entidades financieras internacionales, participamos en coaliciones bélicas con las que invadimos países donde nadie conoce a la Pantoja, deconstruimos huevos en lugar de freírlos como hacían nuestros padres, hacemos pilates en vez de niños…No hay quien nos reconozca.
No seríamos justos, sin embargo, si no advirtiéramos de que todos estos progresos no han menoscabado ese espíritu inaprensible que configura la esencia de lo español, ese sustrato fundamental e invariable que compartimos Don Pelayo, Fernando VII, el duque de Alba, usted y yo. Podremos ser más ricos, más altos, más cultos, pero ese qué sé yo que se adquiere por el mero hecho de haber sido alumbrado en el solar de la España doliente permanece incólume, inalterable, indestructible.
Un español bien nacido será franco en la barra del bar hasta el punto de dudar de la virilidad del convidado si éste se niega a beberse la decimosexta copa de rioja. Un español como Dios manda desdeñará los méritos del vecino y, para cimentar su descrédito social, le inventará una enfermedad mortal y lacerante o una infidelidad vergonzante. Un español de una pieza exhortará a sus compatriotas a un comportamiento moral y ejemplarizante mientras cobra comisiones ilegales a espaldas de su empresa. Un español, al cabo, recelará de todo aquel español que se duche dos veces diarias, escriba sin faltas de ortografía y no se conduzca con el servilismo que convencionalmente se supone al individuo que vive en sociedad.
Eso del genio español debe de ser esto.
En mi infancia, los autobuses exhibían letreros admonitorios con los que se conminaba a los viajeros a no escupir sobre la plataforma. Las autoridades sanitarias pretendían con estas alertas que España no esputara. Pero España esputaba, y de qué manera: sobre el pavimento de las avenidas, en el interior de los parterres con petunias, contra los pedestales de las estatuas que celebraban la memoria de hombres ilustres…La aspersión de saliva en la vía pública constituía una práctica ampliamente extendida que, a la postre, no hacía sino encarnar una manera de ser celtíbera e irreductible, una esencia nacional franca y campechana. Un español se alivia allí donde la necesidad le acucia, y no hay más que hablar.
Otros usos que ayudaban a reconocer a los hijos de la patria española eran, por este orden, el escamondo con palillo de los intersticios dentales, la prospección digital de las fosas nasales, con su correspondiente acarreo de material orgánico, y el juicio inapelable sobre el comportamiento ajeno formulado de pie junto a la barra de un bar. Un español de bien había de escupir, mondar, hurgar y cotillear sin tregua.
Pero como acaece un día u otro con toda tradición, la vistosa costumbre de escupir en calles, avenidas y establecimientos hosteleros fue perdiéndose como seña de identidad patria mientras que, paralelamente, fue ampliándose la instrucción pública, consolidándose las instituciones democráticas y fortaleciéndose el modelo económico. El atraso y aldeanismo propios de la España que esputaba habían sido superados.
Lo que ganamos de un lado, sin embargo, lo perdimos de otro. Los antiguos creían que el color de la bilis revelaba el temperamento y el carácter de su propietario. Los atrabiliarios eran, así, los peores por su condición de portadores de la bilis negra. Con los esputos venía a pasar poco más o menos lo mismo.
Un esputo níveo, sin espuma, deslizándose sin demora sobre el vitral de una tienda de ultramarinos, delataba a un hombre sin afecciones bronquiales, bien alimentado, dueño de una dentadura sin mellas y en impecable estado de salud. Nos hallábamos, pues, ante un individuo que disfrutaba de una acomodada posición, con recursos suficientes para sufragar los costes de las más exquisitas viandas y de una esmerada atención médica. Un señor decente.
Pero, ahora bien, si el lapo en cuestión presentaba un color oliváceo, una consistencia gelatinosa y una diversidad policroma de jugos y grumos, entonces, y en esto no había duda, su autor había de ser un tipo enfermo, pusilánime y, lo que más importaba, un muerto de hambre. Quien expulsaba pollos así tenía ganada la condenación eterna y era un candidato privilegiado para la excomunión.
El esputo español permitía la adscripción inequívoca de cada cual a su correspondiente rebaño social. El progreso nos ha privado de un instrumento político que hoy, ya perdido, se nos antoja de valor inestimable.
Aún hay, pese a todo, lugar para la esperanza. Los defensores del esputo hispano, que en España siempre los hubo, han comenzado a abandonar las catacumbas para exigir la recuperación de lo más característico del ser nacional, aquello que constituye la almendra misma de la españolía. Han emergido a la luz desde las tinieblas para incitarnos a escupir sobre el solar hispano, en cada esquina de la patria, sobre la tierra feraz de Iberia, sin dejar resquicio sin salivajo. Escupamos y escrutemos los esputos de cada cual y, de este modo, estaremos en condiciones de distinguir a los verdaderos patriotas de los falsos españoles.
La verdad acabará haciéndose evidente, nos dicen, aunque para ello debamos cubrir España de gargajos.
Tras un prolongado periodo de reformas, Benedicto XVI ha anunciado la reapertura del Infierno, sometido durante este ínterin a una severa rehabilitación, determinada por las exigencias de este tiempo nuevo que avanza a golpe de campaña publicitaria e insatisfacciones. Un local mucho mejor acondicionado, dónde va a parar, ni rastro de las viejas dependencias que describió el Dante, igualmente bochornosas en invierno y verano, con sus castigos incandescentes, sus perpetuos pesares, sus quejidos lastimeros. Ahora ya todo eso quedó atrás gracias a este novísimo concepto de Infierno, más espacioso y polivalente, capaz de hospedar a pecadores de toda ralea y condición. Junto a los asesinos, los impíos y los pervertidos, los idólatras, que rinden culto a la libre opinión; los blasfemos, que dedican dicterios pestilentes a la santísima libertad de mercado; los miserables, que no reparten dividendos; los inicuos, que perseveran en su insania de vivir conforme a sus apetencias. Todos tienen cabida en esta casa común que, como ya nos ha advertido Su Santidad, no está vacía sino repleta de vidas inconvenientes, o de lo que en su día fueron vidas inconvenientes, pues, como podrá alcanzar a comprender, quien aquí reside ya ha muerto, esto es, no respira, ni jadea, ni ventosea, cosa obvia si bien se piensa, puesto que los inquilinos de este vasto hogar de reposo ya no disponen de un cuerpo físico con el que satisfacer tales misiones fisiológicas. Son muertos, en el sentido más extremo del término, difuntos que hicieron burla de Dios con sus existencias execrables, vidas ponzoñosas, que todo hay que decirlo, empeñadas en desoír las sabias directrices de las jerarquías y despreciar las cuentas de resultados aprobadas por los consejos de administración. Mucha gente, tanta que, como nos refiere Benedicto, se hace imposible que el Infierno permanezca vacío, altísima ocupación que comporta una cierta idea de justicia y equilibrio pues, y esto es sólo especulación, si el Cielo ha de estar abarrotado por las buenas almas, no resulta proporcionado que el Infierno sea un páramo desértico, deshabitado, donde el llanto gemebundo no encuentre más respuesta que su propio eco, con un Mefistófeles que juguetea con su rabo como único divertimento.
Pues no, señores, el Infierno no está vacío, y si esto es una cosa buena, como nos parece que lo es, agradeceríamos, pese a todo, que se nos facilitara la identidad de sus inquilinos –filiación, ocupación y domicilio-, pues sabiendo de quiénes estamos hablando mejor podremos ceñirnos al camino recto y evitar aquellos pecados que el Supremo Hacedor castiga con el fuego que no cesa, la llama eterna, las ardentías perpetuas.
Si se me preguntase, y a pesar de mis muy cortos conocimientos teológicos y metafísicos, diría que durante una visita al Averno –un plan de vacaciones que hoy por hoy no ofrece agencia de viajes alguna- habríamos de destocarnos para saludar a golpe de sombrero a Idi Amín Dadá, Pol Pot, Augusto Pinochet, Adolf Hitler, Rasputín, Josif Stalin, el General Custer, Hernán Cortes, Sir Francis Drake, Vlad el empalador, Francisco Franco, el inquisidor Torquemada, Herodes el grande, Monsieur Guillotin y el jefe de programas de Telecinco. Parece claro que organizar holocaustos, manducarse al prójimo, rebanar pescuezos, promover genocidios, ensartar al vecino en un poste, alentar guerras fratricidas, degollar niños y dar el visto bueno al “Tomate” son demasías que no pasan desapercibidas a los ojos de Dios.
Pero, ¿qué ocurre con los miserables anónimos, con esos cuantiosísimos hijos de puta cotidianos cuya existencia no está documentada por los libros de historia y los noticiarios de la televisión? Yo no iré al Infierno porque soy bueno, decente y no tengo acceso a porno de pago, pero en el hipotético caso de que por algún malentendido burocrático en las esferas celestes el Divino Creador decrete mi condenación eterna, entonces estoy seguro de que, en mis paseos por las avenidas de ese abyecto submundo, me veré obligado a levantar el sombrero para dar los buenos días a buena parte de aquéllos a quienes hoy, con la energía que proporciona estar todavía con vida, saludo cortésmente cuando camino por la calle Ancha.
Puede ser que lo desconozca, pero tenga por seguro que a esta hora y en algún lugar del planeta un tipo en todo idéntico a usted acaba de cometer un crimen ominoso del que, muy probablemente, nunca tengamos noticia.
No pretendo sumirle en el desasosiego que asalta necesariamente a quien se vincula a un delito inmundo. Tan sólo deseo informarle de que usted, al igual que nos sucede a todos, es la viva imagen de otro ser distinto a usted pero esencialmente exacto en lo físico, un gemelo perverso, un replicante maligno, un sujeto capaz de cualquier desmán, un malhechor que viste como usted lo hace, toma el cuchillo del pescado con los mismos dedos que usted emplea y salpica sus conversaciones con las mismas simplezas y menudencias con las que usted adereza las suyas.
Ese sosias, al que no ha sido debidamente presentado, encarna el lado tenebroso de su alma, la faceta libérrima de amoralidad y abyección que oculta su espíritu, su Dorian Gray en ropa de faena.
Pero no se inquiete, pues, según establece una ley no dictada, por muy dilatada que resulte su existencia no hay posibilidad alguna de que su destino se cruce con el de ese doble pérfido que utiliza unas manos iguales a las suyas para cometer sus atrocidades.
Todos tenemos un gemelo malo, pero nadie llega jamás a conocerlo.
Esto es, al menos, lo que hasta ahora ha sucedido.
Los seres humanos somos lo que somos gracias a nuestra capacidad de adaptación, la cual ha permitido a nuestra especie alcanzar las excelentes prestaciones que hoy ofrece y que resultan evidentes para cualquier ojo mínimamente perspicaz. Creo haberlo escrito en alguna otra ocasión: el Homo sapiens es capaz de cualquier cosa con tal de salvar el pellejo. Ya en su día nos dimos cuenta de que, dado el camino que iba tomando el proceso evolutivo de las especies, iba siendo necesario abandonar aquel grosero hábito nuestro de caminar apoyados sobre las cuatro extremidades. Advertimos pronto, y con ello demostramos nuestro vivo ingenio, que si deseábamos sobreponernos al reto de la selección natural y disfrutar de los placeres que proporcionaría el futuro, resultaba absolutamente indispensable erguirse y adoptar un sistema de locomoción más eficiente. Y desde entonces, caminamos sobre los dos pies.
El Homo sapiens es un tipo listo.
Esta digresión permitirá comprender más diáfanamente lo que sigue.
Decíamos antes que resulta harto improbable que usted o yo trabemos relación con nuestro malévolo gemelo. Pero si tal cosa llegase a suceder, si usted un día, mientras degusta un Paladín a la taza en la terraza de una cafetería, descubre para su asombro la presencia en un asiento cercano de un tipo que es su vivo retrato, una réplica impecable de usted mismo, una copia tan precisa que reproduce incluso la geografía de sus lunares, sus verrugas y sus nevus, no tema. El Homo sapiens que es usted acudirá presto en su ayuda.
Avisado como está de la existencia en algún lugar del mundo de ese doble suyo, sabrá, definitivamente, que aquél que un par de mesas más allá se deleita con un carajillo de coñac no es sino el maligno ser del que le habían hablado, el individuo abominable, la réplica inicua a quien el espejo devuelve el mismo reflejo que a usted.
Lo realmente fascinante es que el otro, que también es un Homo sapiens, le observará a usted con idéntico espanto, persuadido de que ése que tanto se le parece y que le observa mientras remueve su Paladín con una cucharilla es el depravado, el misántropo, el criminal. Esto es, que el gemelo perverso es usted.
Resulta extraordinariamente reconfortante saber que el malo siempre es el otro.
El hombre común es una criatura irritable: si el mundo le contradice, monta en cólera y es capaz de cualquier desatino. El murmullo melifluo de una voz que le musita al oído las palabras que desea escuchar constituye la más placentera de las experiencias; andar en posesión de la verdad, el más poderoso afrodisíaco.
Y ya que hemos mentado a Afrodita, y en aprovechamiento de la vasta erudición que ambos compartimos, mi querido e ilustrado lector, traeré a colación el juicio de Paris. Así, a grandes rasgos, la cosa fue que el divino Zeus, aburrido como sólo puede estarlo un ser eterno, no tuvo mejor idea que encomendar al bueno de Paris la ingrata tarea de escoger entre las diosas Afrodita, Atenea y Hera a la que había de ser la merecedora del título a la más bella. Paris, asumida a su pesar la embarazosa condición de presidente del jurado de tan singular concurso de belleza, calibró, cual versión troyana de Luis María Anson, la turgencia de los pechos, la rotundidad de los muslos, la firmeza de los glúteos. Cuando anunció el veredicto que daba por vencedora a Afrodita, las perdedoras, presas de un berrinche divino, juraron venganza. Lo cual confirma que, ya en tiempos remotísimos, llevarle la contraria a un semejante podía acarrear consecuencias deplorables.
Tras haber colocado la cita culta con admirable pericia, procedamos ahora a constatar que este episodio mitológico nos enseña lo que podría explicarnos cualquier tendero: el cliente siempre tiene la razón. Y es que si en el siglo de Paris las cosas hubiesen estado tan bien urdidas como lo están hoy día en España, cada una de las diosas habría vuelto a casa reconfortada por saberse la más bella del Olimpo y ruborizada por el contenido elogioso de un editorial publicado en un diario de tirada nacional. “Afrodita vence a unas operadas Hera y Atenea”, abre portada El País; “Los admiradores de Afrodita se reducen en un 7,7 por ciento tras el concurso”, revela El Mundo; “Atenea supera a Afrodita en hermosura y feminidad, y demuestra su virtuosismo en el manejo de la técnica del bordado con punto de cruz, cadeneta y festón”, concluye La Razón. El reciente debate televisivo entre Zapatero y Rajoy nos servirá para explicar cumplidamente todo esto.
Aquellos años azarosos, en los que el destino de los mortales estaba sujeto a la voluble determinación de los dioses, no conocieron institución parecida a la de los medios de comunicación. Fieles a la ola de hedonismo que nos invade, periódicos y radios han hecho de nuestra felicidad su único fin y propósito. Que nos obstinamos en mantener esa costumbre nuestra tan feísima de enojarnos en cuanto se nos contradice, pues para eso están los editores de prensa y los propietarios de las emisoras de radio, empeñados en su misionera labor de dejarnos leer y escuchar lo que queremos leer y escuchar. Imagine por un momento que es usted un firme partidario del ciudadano Zapatero, de quien celebra su apostura, talante y arcos supraciliares. Para usted siempre habrá un periódico que titule: “Zapatero pone en evidencia la falta de proyecto político del PP”. Si, por el contrario, es usted un admirador ferviente de Rajoy, a quien tiene por juicioso hombre de orden y honrado padre de familia, dé por seguro que no faltará diario en el que pueda leer: “La talla política de Mariano Rajoy se acrecienta tras el debate”.
Desde luego, no hay nada más democrático que garantizarnos a todos y cada uno de los ciudadanos nuestro derecho a creer que el perfil del mundo y su modo de girar son tal cual nos gustaría que fuesen. Esta manera de proceder inaugura una nueva ética para la cual no existe nada particularmente bueno ni esencialmente malo. Todo dependerá del periódico al que uno esté suscrito.
¿Usted me quiere?
Me va a perdonar la confianza, pero es que no dejo de darle vueltas al asunto. Pues, de ser cierto lo que pregona El Corte Inglés, la Navidad ha urdido un prodigio de amor que transporta al delirio de la solidaridad universal. Estas fechas tan señaladas hermanan corazones del mismo modo que se ensartan piltrafas de cordero a la brasa en un pincho. La Navidad nos hace mejores, informa la megafonía en la sección de oportunidades de los grandes almacenes. Y si todo esto es así, cosa de la que no hay por qué dudar, pues, entonces, a usted no le queda más remedio que quererme.
No se apure, puedo entender sus reticencias. Al fin y al cabo, usted y yo ni tan siquiera hemos sido debidamente presentados. Y, además, estoy sin afeitar.
Ya veo que esto no funciona. Advierto mucha tensión en la relación. Así que, y con el beneplácito del espíritu de la Navidad, replantearé la pregunta.
¿Usted quiere a su cuñado?
Antes de que me responda, le invitaré a no darse por interpelado si es que, como sólo rara vez sucede, su cuñado es un tipo afable, solícito y encantador. Yo de quien hablo es del cuñado medio español, de aquél que, durante ese entrañable avatar de la vida familiar que constituye la cena de Navidad, introduce su dedo pulgar en la salsa del besugo para cerciorarse de que el manjar ha sido servido a la temperatura adecuada; aquél que, desde los entremeses al postre, celebra con insistencia la solidez de su cuenta corriente y ensalza la potencia desmesurada que cobija el capó del flamante BMW que acaba de comprarse; aquél que, ahíto de cervezas y espumosos, eructa estruendosamente y, en lugar de disculparse, ríe con campechanía no sin antes aleccionar a los comensales sobre la incontrovertible verdad del dicho que reza: lo que se queda dentro o se pudre o mata.
Ahora le repito la pregunta: ¿quiere usted a su cuñado?
Bueno, quizá sea demasiado pedir, incluso en Navidad. Por eso, creo que resultará aconsejable que reformule, una vez más, la cuestión. Esta vez, aportaré diversas sugerencias.
¿Quiere usted al incompetente que ha gestionado el proyecto de AVE a Barcelona?
La Navidad ha hecho anidar en su seno un afecto sincero y abnegado hacia el departamento de hipotecas del Banco de Santander?
¿Por ventura será el preferido de su corazón el candidato que, una vez aupado al sillón, se olvidó de que había prometido acabar con quienes se hicieron de oro gracias a la especulación urbanística?
¿Acaso no sentirá una pasión desbordada e irrefrenable hacia el empresario que tan generosamente retribuye sus esfuerzos laborales con un pingüe salario que ronda, si es que no alcanza, la friolera de 800 euros mensuales, pagas extras prorrateadas?
Como ve, la Navidad alienta el amor.
Feliz Navidad.
Soy un ferviente defensor de la indisolubilidad del matrimonio de quienes creen que el matrimonio ha de ser indisoluble. Tampoco se me hace raro que exista quien se muestre reacio a contraer nupcias con personas de su mismo sexo en la convicción de que lo cóncavo reclama lo convexo. La práctica de las relaciones sexuales con fines exclusivamente reproductivos se me antoja una disciplina extraordinariamente saludable para quienes, en plena posesión de sus facultades mentales y en la legítima profesión de su fe, orientan toda coyunda a la gestación de una prole ingente y rolliza.
Del mismo modo, en un ejercicio de coherencia, brindo mi más entusiasta apoyo a quien encuentra placer en calzarse uno de esos ceñidos calzoncillos de licra que disciplinan las gónadas, aun a riesgo de que tan desmesurada presión degenere en un episodio de estrangulamiento escrotal. También disfrutarán de mis simpatías y afectos quienes se declaren aficionados insobornables a la proverbial práctica del escardado de cebollinos o, más allá, todos los que juzgan que no existe cosa más fina y de tono que embutir la televisión en una funda de ganchillo.
En resumen, y para no resultar prolijo, soy partidario de que cada uno conduzca su vida tal y como estime más conveniente. En lo que a usted respecta, tanto me da que consagre su existencia al fornicio que multiplica la especie o que se apriete los bajos con unos gayumbos tres tallas inferiores a la suya. La gracia reside en que usted no pretenda que yo también comparta su entusiasmo repoblador o que comprometa mi virilidad con piezas de ropa interior destinadas a comprimir aquello a lo que mayor afecto dispenso. Me parece que el razonamiento no puede ser más cristalino.
La iglesia católica, sin embargo, no parece entender la simpleza del principio que consagra el derecho de todo quisque a desenvolverse en la vida tal y como crea oportuno sin ocasionar daño al prójimo. La existencia es demasiado corta como para dilapidarla en ordenar la de los demás.
La Conferencia Episcopal Española concibe la sociedad como un gran dramón folletinesco por el que pululan malvados embozados que mancillan a inocentes damiselas, jóvenes celosas de su honra que se desmayan tras cada suspiro, mártires cocinados a la brasa por huestes satánicas… El mal en su tinta, Mefistófeles vestido de homosexual que tienta con los deleites de la carne a los santos varones, Belcebú en proceso de divorcio y con un libro de Darwin debajo del brazo.
Si uno ha de dar crédito a los obispos, las autoridades civiles, como en tiempos de Roma, azuzan a los leones del Circo Ruso para que degusten las febles e injuriadas carnes de católico español, precisamente ahora que los animalitos se habían hecho el paladar a las magras y tocinetas de Ángel Cristo, en tantas ocasiones mordisqueadas.
Quienquiera que se detenga a oír los argumentos de roucos y cañizares puede llegar a creer que en España la policía corre a gorrazos a los feligreses de misa de doce o que el matrimonio entre personas del mismo sexo es obligatorio (“El Ministerio del Interior le informa de que, en el sorteo anual de cónyuges homosexuales, le ha correspondido un perito mercantil natural de Murcia. Enhorabuena, pocholín. Firmado, el teniente coronel de la Comandancia de la Guardia Civil”). Todo esto es muy raro.
Los obispos deberían sosegarse, suspender sus entusiasmos inquisitoriales y pensar que, quizá, en ese ideal católico fundamentalista por cuya defensa han entablado cruzada no se vean reflejados ni los propios católicos españoles, quienes, seguramente, demuestran más sentido común que estos senectos padres de la iglesia cuyas casullas apestan a naftalina.
Y si les parece que en mis ojos anida la lascivia y el pecado, no me miren. Yo no pienso obligarles a hacer nada que no deseen hacer.
Él es omnipotente, omnisciente, infinitamente justo y misericordioso, eterno e inmutable, y yo apenas si poseo una licenciatura universitaria, un cursillo de la federación española de salvamento y socorrismo y una cuestionable habilidad en el manejo del Google. Aun así, y en el ejercicio de una crítica que pretende ser constructiva, osaré afirmar, contra el dictamen de teósofos, místicos e iluminados, que esto de la Creación es una cosa bien imperfecta. Manifiestamente mejorable.
No estoy familiarizado con los argumentos teológicos. No soy, tampoco, lo que se dice un exegeta de las Sagradas Escrituras. Me gustaría poder envanecerme de que el Génesis no guarda secretos para mí, pero ni tan siquiera esto es cierto. Con todo, y siendo consciente de esta cortedad de entendimiento mía, mantengo que la Divina Creación deja mucho que desear. No es que yo le quite mérito, Dios me valga. Trabajarse un universo completo con sus criaturas, sus océanos y sus accidentes orográficos en apenas seis días tiene su aquél. Un otorrinolaringólogo del SAS tarda bastante más en atender a sus pacientes. No, no es una cuestión de restar valor a una obra ciclópea como ésta. Lo que digo es que yo lo habría hecho mejor.
Lo que echo en falta en este mundo nuestro es la presencia de un principio de la proporción y la compensación, una ley universal del equilibrio que proporcione castigos a quien ofende y premie al buen samaritano. Esto, y eso es algo en lo que todos convendremos, hoy por hoy no existe.
No puedo explicarme cómo el Divino Arquitecto no supo subsanar un error cuya flagrancia clamaba al cielo. ¡Habría sido tan sencillo apañar la cosa! Si se hubiese hecho esto que digo, el presidente de la Diputación de Castellón no podría jactarse tan alegremente de haber sido agraciado con el primer premio de la Lotería del Niño. Pues, en este concretísimo caso, ¿dónde buscar la proporción y la compensación de la que más arriba hablaba? ¿Cómo argüir que, efectivamente, existe una justicia universal, como a la que antes me refería, que sanciona al malvado y agasaja al bondadoso?
Tal y como yo lo veo, esto se habría arreglado con la instauración de una institución que, a mi juicio, habría cumplido cabalmente con esa admonición bíblica de que los últimos acabarán siendo los primeros. La institución a la que aludo, al tiempo que ejercería efectos disuasorios sobre los potenciales pecadores, haría evidente de manera palmaria la injusticia del mundo. Pues, si tal institución existiese, Carlos Fabra, el susodicho presidente de la Diputación castellonense, exhibiría, junto a la fortuna proporcionada por Loterías del Estado, una chepa de formidables dimensiones que haría cima en su espalda. Porque, y como usted ya habrá advertido con la perspicacia que todos le suponemos, la institución a la que he venido apelando no es otra que la joroba.
Su empleo no requiere, ni tan siquiera, de manual de instrucciones. Un desalmado asalta a una indefensa anciana en plena vía pública para robarle la pensión, y allá va una giba para recordarle su despreciable comportamiento. Un presidente de banco se forra con el dinero ajeno gracias a oscuras operaciones financieras, acá se le coloca una chepa para que su consejo de administración tenga la certeza de que quien ocupa la tribuna es un sinvergüenza. Y si a Fabra le toca la lotería, pues la espalda contrahecha para compensar, y a otra cosa.
El recurso es ingenioso, no me lo negará usted. Aunque temo que la Iglesia, atenta a todos los avances que alientan talentos como el mío, curtido al calor de la nueva sociedad tecnológica, ya se me ha adelantado. La Conferencia Episcopal se ha apropiado de la ocurrencia y usa en beneficio propio este procedimiento exclusivo de mi invención: que usted sucumbe a los deleites del placer sodomita, que no consuma el matrimonio como Dios manda, que no va a las manifestaciones que los obispos organizan para el contento de las gentes de orden, que a diario aboca al vértigo del vacío infecundo a millones de espermatozoides que soñaron con un final uterino y no inodoro… pues más chepas, una lluvia de ellas sobre las espaldas de los impíos. Y como bajo las amplias vestimentas eclesiales las gibas pasan desapercibidas, pues miel sobre hojuelas.
El señor C. supo por la prensa que se hallaba a un tris de la más absoluta ruina. En el transcurso de los últimos meses, C. había examinado con escrúpulo de egiptólogo la cuantía que figuraba al pie de su nómina mensual para comprobar, no sin pesar, que sus retribuciones apenas alcanzaban para saciar la voracidad de su parentela y del departamento de préstamos hipotecarios del BBVA. Pero sólo cuando la noticia saltó a las portadas de los periódicos adquirió la certeza de que se encontraba a un paso de la bancarrota.
Su economía doméstica, la misma que hasta entonces había sido reputada por los más afamados especialistas como una de las más sólidas de la Unión Europea, amenazaba ahora con colapsarse. “La desconfianza de los inversores en el Plan Bush contra la recesión hunde las bolsas”, leyó para descubrir que su delicada situación financiera debía más a un señor de Tejas, antiguo dipsómano y promotor de conflictos bélicos, que al miserable de su empleador y sus sueldos miserables.
Antes de la difusión internacional de la noticia, C. ya había barruntado la precariedad de su situación pero había callado por un elemental principio de prudencia. Nadie habría tenido en cuenta las objeciones de un humilde repartidor de gas butano a los documentados dictámenes elaborados por la prensa financiera. Si los más conspicuos expertos sentenciaban que los hogares españoles gozaban de una holgada situación económica, ¿quién diablos era el butanero para sostener lo contrario? C. calló y se consoló pensando que quizá su caso respondería a algún tipo de anormalidad cuya naturaleza le resultaba desconocida.
Pero ahora las cosas han cambiado. El desplome de las bolsas, la amenaza de recesión que pesa sobre la economía estadounidense, el pánico suscitado en los mercados europeos y, sobre todo, la publicación de todos estos inquietantes sucesos en los diarios han convertido a C. y a su familia, más allá de la sospechas que albergaba desde antaño el afectado, en pobres de solemnidad. C. siempre supo que era pobre, pero ahora ya es oficial. La caída del Íbex 35 lo atestigua de manera inequívoca.
La esperanza, como ocurre con la propia vida, es lo último que se pierde. Así que C. aún confía en la recuperación del Nikkei, el Dow Jones y el Nasdaq, en el diagnóstico de los factores que alimentan la recesión de la economía del coloso americano, en la adopción de medidas adecuadas que favorezcan la contención de las turbulencias que amenazan el parqué y en un comportamiento razonable de los agentes implicados que sirva de freno a la volatilidad de los mercados bursátiles y procure la reversión de las pérdidas. “Cuando esto suceda, Emilio Botín, Amancio Ortega, Florentino Pérez y yo podremos respirar más tranquilos”, se dice el señor C. mientras una vecina con tesitura de soprano le reclama a gritos dos bombonas para el 2º B.
Una ráfaga de viento basta para hacernos reflexionar acerca de la diferencia que media entre lo esencial y lo accesorio.
Mientras con la mano derecha se aferraba a un viejo árbol, con la otra sostenía la de la suegra impedida, quien, a causa de un mal paso, oscilaba inquietantemente sobre el abismo que a sus pies abría el precipicio. La vida de la provecta anciana dependía de la garra varonil del yerno. Pero fue entonces cuando se levantó la inoportuna ventolera, el inesperado vendaval, ante cuya amenaza nuestro hombre decidió privar a su madre política de la seguridad que hasta entonces le habían brindado sus cinco musculados dedos, los cuales dedicó, ahora, a sujetarse el sombrero para defenderlo de la corriente. “Sí, no te lo discuto, es tu madre; pero es que el sombrero es de pelo de camello”, replicó airado a los reproches de la esposa mientras la octogenaria señora, ajena a la discusión, emitía un alarido animal cuyos agudos se tornaban tanto más irritantes cuanto menor iba siendo la distancia que separaba el cuerpo del fondo del barranco.
La transcripción aquí de esta verídica historia, de la que en este contexto se aprovechará su valor simbólico, persigue un propósito instructivo y moral. La parábola del señor que despeñó a su suegra por conservar su sombrero es la especia que ha de excitar nuestra curiosidad por conocer si hemos aprendido a distinguir entre lo necesario y lo prescindible.
Porque, llegados hasta aquí, ya va siendo hora de preguntarse, ¿qué es lo necesario? ¿El ejemplar del ABC o el DVD de la Antología Completa de la Zarzuela que se distribuye conjunta y gratuitamente con el periódico? ¿Las garantías que ofrece la cuenta de depósito del Santander o el juego de cuchillos jamoneros con el que la entidad bancaria obsequia a todos sus nuevos clientes? ¿La suegra incapacitada o el sombrero de pelo de camello?
Hubo un tiempo en el que la vida era simple. Uno tenía un perro, una esposa, un piso céntrico, un empleo en la administración, una gastritis ulcerosa y dos mil pesetas en acciones de la Telefónica, y estaba persuadido de que éstas eran, realmente, las cosas que importaban. Esto en lo que concierne a la posesión de bienes materiales. Pero también uno se sabía hombre social y político, por lo que poseía una visión particular del mundo y de cómo éste debería ser ordenado. En función de estas ideas propias, el individuo votaba a quien mejor representaba su concepción de la organización de los intereses públicos, a aquéllos que pensaban igual que él. Precisamente, lo que ha cambiado es esto.
Más allá de las alharacas y el estrépito de los debates públicos, uno no acierta a precisar cuál es la ideología que ha de atribuirse a cada una de las formaciones políticas que concurren a las elecciones, cuáles son los principios que animan su propuesta, dónde se halla el cimiento que debe sostener tan complejo edificio. Lo esencial no se ve.
Los partidos políticos, orillada la ideología como cosa antigua, cifran su personalidad, lo que les distingue del otro, en gestos, puestas en escena y mensajes de extrema simplicidad que son al interés común lo que la Antología de la Zarzuela al ABC. Uno busca un candidato con convicciones firmes, avalado por una organización que aliente un modelo de sociedad en el que podamos reconocernos y acaba llevándose a casa 400 euros anuales o una subida de las pensiones de jubilación y viudedad. Uno espera un héroe que salve a la viejecita de morir despachurrada al pie del desfiladero y, al final, lo único que consigue es un sombrero de pelo de camello.
Un equipo de paleontólogos ha descubierto en Uruguay los restos fosilizados de un roedor descomunal que debió de vivir hace unos cuatro millones de años. Los expertos aseguran que el animal pudo alcanzar un peso de unos 2.500 kilogramos. La singular noticia ha sido recogida exhaustivamente por los diarios, en cuyas páginas se ofrecen datos precisos acerca de la catadura del bicho, sus hábitos cotidianos y la trascendencia del hallazgo.
No dudamos del alcance y la significación que para la historia evolutiva de los roedores esconde el cráneo que testimonia la existencia, en una época inimaginable, de tan notable especie. De lo que no albergamos duda alguna es de que si esta revelación científica ha despertado algún interés entre el hombre de a pie se debe al tamaño de la alimaña.
Un señor con bata blanca se asoma a la televisión y nos cuenta que ha descubierto una rata que corrió sobre la Tierra hace la tira de años, y uno, repantigado en el sofá con los pies abrigados por unas acogedoras pantuflas, acepta sin demasiado interés que alguien con estudios pueda entusiasmarse con el hallazgo de un mamífero peludo de cuya presencia escapan las señoras. Y es que hay gente para todo. Pero, ahora bien, si ese mismo señor precisa que la susodicha rata podría haber competido en envergadura con un hipopótamo actual, nuestra curiosidad se acrecienta. ¿Nos interesa el hallazgo? ¿Nos seduce la idea de los nuevos caminos que se abren al conocimiento de los procesos evolutivos de las especies vivientes? ¿Nos conmueve la excitación de la comunidad científica ante un hito que obliga a reconsiderar todas las hipótesis y teorías generalmente aceptadas hasta la fecha? No, en realidad. Lo que de verdad reclama nuestra atención es la idea de que las alcantarillas pudieran acoger, en una época remotísima, a ratas grandes como un Renault Twingo. Somos así de sutiles.
El tamaño realmente importa. Una rata ciclópea concita más interés público que una de sus congéneres de tamaño medio. No es la rata lo que nos entusiasma, son sus dimensiones. Este razonamiento es aplicable de manera estricta al ámbito de lo social. El sha de Persia, el presidente de la General Motors o el Papa de Roma nos resultan familiares, y en no pocos casos admirables, porque la comunidad los tiene por cosas grandes y desproporcionadas. Que el sha de Persia vea carcomerse lo más suyo por el avance de la sífilis conmociona al hombre común en cuanto que quien resulta víctima de tan vergonzante mal es un miembro de la realeza. Un fontanero sifilítico no interesa a nadie. Alguien cuyo único propósito en la vida es el de reparar tubos sifónicos se tiene por una cosa pequeña, muy alejada, desde luego, de la magnificencia que inviste al señor de todos los persas.
Lo que vale para los shas, los presidentes de las grandes multinacionales y los papas sirve también, en su escala, para la aristocracia de una ciudad de provincias. El poeta laureado, el hijo predilecto o el presidente del Círculo Mercantil son tenidos, en atención a un extendido sentido de la proporción, como algo más grande que, pongamos por caso, un perito mercantil. Ni que decir tiene que a ojos del vulgo el notario, el cronista oficial, el concejal de Alcantarillado y el diputado al Congreso adquieren dimensiones colosales.
Además, los próceres locales, tal y como acaece con nuestra rata uruguaya, fosilizan estupendamente.
Lord Herbert Reginald Montague fue tenido en vida como uno de los más ilustres hombres públicos que jamás rindieron servicio a Su Majestad la Reina Victoria. El nombre y obra de Lord Montague alcanzó los confines del Imperio, celebridad que sus contemporáneos atribuían a una oratoria excelente, una rígida moral anglicana y un intelecto vivo y punzante. En realidad, y esto era una verdad tan sólo conocida en su círculo familiar y entre el personal de su servicio doméstico, Lord Montague era un cretino, lo que en ésta y en otras épocas se ha venido en llamar un perfecto idiota.
La fama de este hijo esclarecido de Inglaterra se forjó en las disputas electorales en las que intervino. Las gentes estimaban el mérito de sus ponderados discursos y medidas razones, armas a las que Lord Montague recurría en tiempo de elecciones. Pero, si como ya hemos advertido, Lord Herbert Reginald Montague era propiamente un majadero, un cenutrio, un tonto del haba, ¿cómo es posible que la posteridad haya acogido en su selecto seno a un mastuerzo tan fenomenal?
Para dar cumplida respuesta a tan razonable objeción habrá que explicar que este conspicuo caballero de la Reina hizo carrera política gracias al extraño síndrome que le aquejaba, una corrupción de los mecanismos del pensamiento que la psiquiatría tardaría todavía décadas en describir. Pues resulta que Lord Montague, enfrentado a un público enardecido, subía al estrado y comenzaba a hablar con encendido apasionamiento, descubriendo, para su sorpresa, que, debido a sus dificultades en el manejo de su propio idioma y de su sistema neuronal, lo que decía no tenía nada que ver en absoluto con lo que pretendía decir, que las ideas que creía alumbrar en su cerebro se convertían en una cosa completamente distinta cuando salían de su boca para difundirse entre el auditorio. Y, lo que se antoja más admirable, acababa diciendo algo que resultaba infinitamente más brillante que lo que había pensado decir.
Si hemos de buscar un símil eficaz, podríamos decir que Lord Montague era como el cazador que avista una perdiz, se apresura a asegurar el arma contra el hombro, dirige el cañón de la escopeta en dirección a la cabeza del malhadado animal, afianza el dedo en el gatillo, dispara…y acaba abatiendo a un elefante. Del mismo modo, el cráneo de Lord Montague albergaba ideas-perdiz que, cuando escapaban de entre sus labios para el conocimiento público, se convertían, sin intervención alguna de su voluntad, en ideas-elefante.
El legado y las enseñanzas de Lord Montague permanecen vivos en nuestros días. Lo que el síndrome Montague nos invita a entender es que el éxito de una campaña electoral no depende tanto de las ideas como de la apariencia. Nuestro candidato puede ser un idiota, pensar como un idiota, tener, incluso, unas facciones ante cuya contemplación no quepa duda alguna de que se trata de un idiota. Pero, y esto es lo fundamental, el éxito electoral depende de que no parezca un idiota.
Las campañas no están concebidas para persuadir a nadie de la bondad de las propuestas políticas del partido en cuestión. Son, en realidad, como un termómetro que permite conocer quién tiene intención de votarnos y quién no. Por eso, resulta absolutamente indiferente lo que se diga, las promesas que se hagan, el contenido del programa electoral.
El bobo de Lord Montague no lo habría explicado mejor.
Siempre ha sido así. Desde que el mundo es mundo, esta cosa mustia que es el hombre se ha conducido del mismo modo. Ha creído de buen tono mantener cierta reserva en lo tocante a sus más primitivas pulsiones y sus instintos más innobles. No seré yo quien se oponga a que esto haya de ser así, y me encuentro incluso dispuesto a aceptar que resulta de dudoso gusto incomodar a una señora con la inoportuna confesión de que uno ha inhumado en el jardín trasero de casa los cadáveres frescos y despiezados de media docena de adorables ancianitas viudas. Somos seres sociales, condición que nos obliga a comportarnos con corrección y a no ventosear en público.
El fingimiento es uno de los rasgos definitorios de nuestra especie, una precaución que ha garantizado nuestra supervivencia desde que descendimos del árbol para echar un vistazo por los alrededores. Los evolucionistas acuñaron el principio según el cual sólo sale adelante quien consigue adaptarse. Quizás nosotros mintamos con el mismo propósito que guía a los camaleones a mudar de color ante la presencia de un depredador. La vida es una jungla.
Más allá de esta impostura, que la misma existencia reclama, pervive otra categoría de hipocresía pública más burda, más boba, más superflua. Quién no ha contemplado en alguna ocasión los rostros contritos de los asistentes a un acto solidario con las mujeres violentadas por los hombres, o con los niños famélicos del África, o con los cetáceos amenazados por las flotas balleneras del Japón, o con las víctimas de terribles e incurables enfermedades, o con los avisados hombres de ciencia que nos advierten del riesgo cierto de que los polos se derritan. Si uno conversara apenas unos minutos con estas buenas gentes notaría que, probablemente, no pueden jurar si las violentadas son las ballenas o si quienes pasan hambre son los hombres de ciencia. Alguno llegará a preguntarse si lo que se está deshelando no será Kenia.
Los poderes públicos se ocupan de que no falten las oportunidades para lucir comprometido con las desdichas del mundo. Puede que uno no haya movido jamás un dedo por mejorar las condiciones de vida de los miserables de la Tierra o para evitar que el planeta se recaliente como el café de una pensión de tercera. Aun así, siempre hallará la complicidad de los gobiernos, ya sean estatales, regionales o locales, que le proporcionarán el escenario adecuado para mostrarse conmovido por el dolor ajeno ante sus conciudadanos.
Muchas de estas performances solidarias han acabado por convertirse en un fin en sí mismas. No son pocos los esfuerzos invertidos en la producción de folletos, llaveros y mecheros que dan cuenta de la tragedia que asuela a tal o cual país de un continente olvidado; lo más granado de la sociedad local se da cita en los lujosos salones de los hoteles para promover el reproche público hacia tal o cual conducta social inequívocamente deplorable; interminables seminarios abordan las distintas estrategias de las que sería necesario valerse para responder con eficacia a tal o cual emergencia humana. Y no estarían mal tales prevenciones si no fuera porque el impulso alcanza exactamente hasta aquí, y no va más allá. Poco más que un telediario en el que el ministro/consejero/concejal posa para la cámara y anuncia que la firme determinación de su gobierno no es otra que la de promover nuevas iniciativas para poner fin al problema, la primera de las cuales será la organización de un gran foro de debate.
Todo esto recuerda al enfermo quien, moribundo, contempla a su alrededor el trasiego de médicos y enfermeras que forman corrillo e intercambian impresiones animadamente a propósito del tratamiento que mejor se acomoda a la total recuperación del paciente. Charlan, entran y salen de la habitación, hacen aspavientos, pero ninguno proporciona al doliente ni una mísera aspirina. Así, hasta que uno de los doctores advierte que nuestro hombre acaba de fallecer. “Si se ha muerto, es que las cosas han empeorado”, confía el médico a sus colegas, quienes, atribulados, recomiendan una nueva reunión para evaluar el actual estado de la cuestión.