jueves, 25 de septiembre de 2008

JUSTICIA EN JULIANA
La buena fama es un asunto de pequeños detalles. Si la Fortuna no lo tiene así dispuesto, ni el mérito, ni los dones de la naturaleza, ni la laboriosidad resultan equipaje suficiente para adquirir un buen nombre. La posteridad sólo recuerda a quienes tuvieron la suerte de cara.
Tomemos como ejemplo de esto el caso del sabio Salomón. Este buen hombre, cuya discreción de juicio y perspicacia celebramos aun hoy, ha legado a las generaciones que le sucedieron un modelo de virtud y justo proceder. Salomón, el juez, el insobornable, el incorruptible, aquél a quien no resulta posible burlar. Hemos de conceder que todo el mundo habla bien de este tipo.
Pero lo cierto es que la fama con la que Salomón ha conseguido atravesar la jungla de los siglos es hija del azar. Como señalábamos más arriba, una cuestión de pequeños detalles. Cuenta el Antiguo Testamento que el juez sapientísimo ordenó la vivisección de un niño para contentar a las dos mujeres que reclamaban su maternidad. La sugerencia, inapropiada y carente de tacto en mi modestísima opinión, horrorizó a una de las querellantes quien, persuadida de que aquel sujeto de las barbas era muy capaz de endiñarle un tajo a la tierna criatura, desistió de su reclamación y concedió, a fin de evitar su rebanado, que el infante fuese entregado a su antagonista. Y en esta renuncia supo el sabio Salomón a quién cabía otorgar el título de verdadera madre.
¿Sabiduría? ¿Acendrado sentido de la justicia? ¿Inusual perspicacia? Nada de eso. Si el incidente granjeó a Salomón la fama de hombre prudente fue, de manera única y exclusiva, debido a la suerte o, si usted lo prefiere, a una potra descomunal. Pues, y razone usted conmigo, ¿qué habría sucedido si la buena señora, en lugar de escandalizarse por la solución con la que el juez pretendía poner fin al litigio, hubiera aceptado su parte, esto es, la mitad del bebé en conflicto? “No es mal reparto: me pido las mollejas”, bien pudiera haberse conformado la presunta madre. Si los acontecimientos se hubiesen sucedido de este modo, y como quiera que el hombre es esclavo de sus palabras, Salomón tendría que haber despiezado al chiquillo. Otra cosa le habría condenado a pasar a ojos de sus súbditos por un sujeto pusilánime y le habría hecho acreedor al reproche de todo el reino de Israel.
Véalo desde mi perspectiva. Un pequeño detalle, en este caso, unas cuantas palabras pronunciadas por una mujer anónima, es lo que separa al Salomón ecuánime y ponderado del Salomón infanticida.
Todo lo hasta aquí expuesto concierne, de manera muy particular, a los herederos de Salomón: por su orden, los jueces de Operación Triunfo, los jueces de línea y los miembros del Consejo General del Poder Judicial. Como nos revela la enseñanza hasta aquí expuesta, la honorabilidad de todos ellos es un asunto de detalle.
Montesquieu, como Salomón, también fue un gran hombre, pese a que jamás se vio en la tesitura de tener que proponer el loncheado de un menor de edad. Su teoría política de la división de poderes ha sido una de las grandes aportaciones del Estado francés a la humanidad, además del francés propiamente dicho. Que la señora madre de Montesquieu hubiese alumbrado o no al pequeño Monty (perdonéseme la irrespetuosidad), y con él, a la teoría de la separación de poderes, es una mera cuestión de detalle.
Esto es algo que tienen muy presente los integrantes del órgano de gobierno de los jueces, a quienes, a lo que parece, se les da una higa si Montesquieu vivió o no lo suficiente como para recomendar la conveniencia de que ejecutivo, legislativo y judicial caminen cada uno por su lado. Tal es el follón en el que se hallan inmersos, tal el alboroto vivido en las sedes del PSOE y el PP, que los jueces no están para tales nimiedades. Tampoco las direcciones de los partidos políticos, atareadas en usurpar las competencias del Parlamento. Una empresa que han conseguido culminar con notable éxito.
El método ideado por el viejo Salomón para la resolución de conflictos, esto es, el corte en juliana, parece tener muy cortos alcances como instrumento para impartir justicia: apenas si sirve para dirimir disputas de maternidad. Aunque, puestos a defendernos, los ciudadanos bien podríamos proponerlo como procedimiento en las deliberaciones del Consejo. Ya que no podemos disfrutar de una justicia decente, al menos facilitemos, vía despedazamiento, la renovación de los órganos que la dirigen.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

PERDÓNEME, CHARLES
La Iglesia anglicana acaba de pedir disculpas a Charles Darwin por haber tenido en su día el mal gusto de poner en duda la teoría de la evolución. No existe constancia de que Darwin haya dado las gracias por el detalle. Hace unos años, el Papa de Roma rehabilitó a Galileo y presentó sus excusas por la obcecación vaticana que mantuvo durante siglos a monaguillos, vicarios, obispos y cardenales en la convicción de que era el Sol lo que giraba en torno a la Tierra. Como acaba de hacer Darwin, el padre de la hipótesis heliocéntrica también guardó un silencio ofensivo, alentado, seguramente, por un temperamento rencoroso. No resulta sorprendente. Todos estos científicos suelen hacer gala de una educación deplorable.
Mi tía Laurencia recibió a los 82 años una visita insólita. Allí, bajo el dintel de la puerta de su casa, la esperaba un anciano decrépito y consumido aferrado a un fragante ramo de magnolias. Algo en aquella voz y en su pellejo avejentado le permitió reconocer en el visitante al Cipriano, su prometido de juventud, que en la víspera de bodas desapareció del pueblo dejando atrás novia, cura y convite. “Perdóname –le rogó el ajado galán a mi tía- Había un tráfico horroroso, y no he podido llegar antes”.
Hay en el mundo instituciones y gentes que no parecen particularmente dotadas para manejarse con las unidades de medida que el común de los mortales utiliza para amojonar el transcurso del tiempo. El pretendiente de mi tía Laurencia debió vivir a un ritmo desmedido, ajeno a las horas, como en un suspiro. A las iglesias anglicana y católica les ha ocurrido tres cuartos de lo mismo. Esta mañana, el arzobispo de Canterbury habrá caído en la cuenta, y, arreándose un cachete en la frente, se habrá dicho: “¡Cáspita! ¡Lo del Darwin!”. De similar manera, al sucesor de Pedro debió de parecerle que apenas fue ayer cuando se acabó de amontonar el pasto de la hoguera a la que habían pensado arrojar a Galileo.
Pero no seamos injustos. Este relajo con el que algunos se conducen, esta actitud esquiva con las obligaciones que impone el devenir de los años, este pasar sin sentir, no es patrimonio exclusivo de las iglesias y de los maridos frustrados de la Laurencia.
Sarah Palin, candidata a la vicepresidencia de los EEUU por el partido republicano, también padece este mal, aunque, en su caso, no se haya mostrado tan compasiva como la Iglesia de Inglaterra con el bueno de Darwin. La que podría ser la mujer más poderosa de la primera potencia mundial considera al padre de la teoría de la evolución poco menos que un embaucador. La Palin es una señora de armas tomar para quien la Asociación Nacional del Rifle viene a ser lo más parecido a una sociedad filantrópica.
Considerado como un derecho inalienable de las familias norteamericanas, la candidata defiende la conveniencia de que las escuelas instruyan a los más jóvenes en que eso de la selección natural y la evolución de las especies no es sino una pamema. La buena señora Palin, ejemplar ama de casa y corajuda gobernante, exige que las enseñanzas de Darwin se erradiquen de los planes de estudio para dar paso a la mucho más fundamentada teoría del “creacionismo” o, como se ha rebautizado recientemente con la intención de proporcionarle bouquet científico, del “diseño inteligente”. La señora Palin tampoco parece ser muy consciente de que el tiempo pasa.
Que la jerarquía de una iglesia se niegue durante décadas, o incluso siglos, a dar su plácet a lo que todos los demás ya han aceptado como una evidencia resulta poco más que pintoresco. Al fin y al cabo, y en retribución al sentido común, anglicanos y católicos han acabado por conceder que ni Darwin ni Galileo eran unos charlatanes. Lo que se antoja realmente inquietante es que el futuro gobierno de los EEUU pueda estar dirigido por un hatajo de fanáticos empecinados en discutir de nuevo lo que ya discutieron nuestros tatarabuelos. Vivimos tiempos de revivals. Vea, si no, lo que ocurre en Italia, donde Berlusconi ha dado en recuperar la muy mussoliniana tradición de fichar gitanos.
Cuando yo era joven, la mayoría sentía una cierta aprensión a la enconada resistencia que mostraban los nostálgicos del franquismo. Hoy, al calor de los nuevos tiempos, que son los más viejos, ha emergido un nuevo cuerpo de nostálgicos a quienes Franco y su régimen deben de antojárseles como el colmo de la modernidad. Las añoranzas de esta gente se remontan mucho más atrás, emparentados como están con los antidarwinistas de Palin y los neofascistas de Berlusconi.
Podría escribir otra porción de cosas sobre este asunto, pero he de dejarles. Tengo en la puerta al Cipriano, que se pregunta si los gladiolos resultarán más eficaces que las magnolias para persuadir a la Laurencia de que sus intenciones son honestas.

jueves, 11 de septiembre de 2008

Un temperamento ejemplar

“Ningún hombre sería infeliz si pudiera alterar su manera de sentir”, dijo uno que se murió hace muchos años después de haber escrito un porrón de libros. Distinguidísimo conciudadano y gloria local algecireña cuyos méritos nunca han sido suficientemente reconocidos, Feliciano Doblas nació con ese don, con esa elasticidad de espíritu que predispone al individuo hacia una vida plena de felicidad y gozo. La sentimentalidad de Doblas era maleable como un profiláctico de látex de talla universal.
La revelación de este don le fue dada a edad muy temprana y en trágicas circunstancias. El repentino fallecimiento de su abuela, adorable anciana a la que amaba de manera incondicional, sembró en su pecho infantil un dolor acerbo y acre que se le antojó insoportable. Mientras los suyos lloraban desconsolados la irreparable pérdida, Doblas resolvió acabar de raíz con aquel padecimiento intolerable, y no se le ocurrió otra cosa sino suspender definitivamente el afecto que profesaba a la vieja. Decidió que no la querría en absoluto, que aquel cuerpo enjuto, artrítico y roturado por las arrugas le resultaría indiferente. El devenir de los años le persuadió de que en aquella actitud frente al mundo se escondía la cifra de la felicidad.
Si las mujeres que excitaban su pasión le repudiaban, Doblas las reducía, de la noche a la mañana, a sórdidas arpías de cuerpos contrahechos y fétido aliento. Si la fama le resultaba esquiva, se obligaba a apreciar los beneficios de la vida contemplativa y el retiro piadoso. Si, por azar e impericia, se golpeaba el pulgar con un martillo, nuestro hombre no dudaba en entregarse a los clandestinos deleites de la disciplina masoquista. Si eyaculaba precozmente, corría raudo a refugiarse en la ascesis, santo ejercicio que faculta al individuo para huir de la férula del cuerpo y elevarse hacia los espirituales dominios donde la efusión seminal prematura no es motivo de vejación ni menoscaba reputaciones.
Ya adulto, Doblas ponderó la oportunidad de labrarse una carrera pública como ideólogo del partido de la oposición. Conocedor de que su don habría de protegerle de toda contingencia, no le importó que sus decálogos, opúsculos y tratados fuesen denostados con fiereza por quienes, hasta entonces, habían sido sus correligionarios, sus colegas de partido, sus tan queridos camaradas. Esta ira desatada contra sus ideas y principios más fundamentales no mermó ni un ápice su proverbial imperturbabilidad. Visto lo visto, y dejándose mecer por la opinión mayoritaria, Doblas se erigió en el principal censor de sí mismo y en su más inmisericorde antagonista. Organizó manifestaciones para desacreditarse, escribió artículos en la prensa local en los que, después de ponerse verde, menospreciaba sus ideas, recabó firmas para solicitar de las autoridades competentes un castigo ejemplar, reclamó con vehemencia su propia destitución.
La energía desplegada por Doblas no pasó desapercibida para los dirigentes del partido en el poder, quienes valoraron la firmeza con la que se conducía contra quien, hasta entonces, se había tenido como principal inspirador e ideólogo de la oposición. O sea, contra sí mismo. Impresionados, le ofrecieron el ingreso en su partido y un cargo en la administración remunerado con largueza.
Instalado en su nuevo despacho, un incidente menor, pero no por ello menos revelador, vino a demostrar, si es que a estas alturas resultaba necesario, que Doblas, según su propio temperamento, estaba condenado a ser feliz. Fue la cosa que, arrellanado en el sillón de cuero charolado desde el que recibía a las visitas, un testículo caprichoso y travieso vino a desplazarse desde la ubicación a la que obligan las leyes de la gravitación terrestre hasta el espacio perineal, al tiempo que el peso del cuerpo se depositaba sobre la frágil gónada, todo lo cual le provocó un dolor profundo y sordo que alentó la gestación de dos gruesos y trémulos lagrimones cuyo rastro dibujó una senda transparente en el precipicio de sus mejillas. Pese a todo, y oculto entre las volutas de humo de la cachimba que encendió para dar un toque de intelectualidad solemne a su reflexión, Doblas concluyó, contra el parecer más extendido y en atención a la delicada consistencia del órgano comprometido en el incidente, que no existe acomodo más mullido para un cuerpo varonil y saludable que el que ofrecen los propios genitales.
Y es que en estos tiempos apremiantes y mundanos, sólo un temperamento flexible garantiza el éxito.

sábado, 6 de septiembre de 2008

Ya no se obran milagros

Hace mucho que no acaece un milagro. La inactividad de vírgenes, santos y ángeles custodios es la consecuencia inevitable de la corriente de apatía y desencanto que ha anidado entre las personas celestiales. Hubo un tiempo en el que los muertos recientes se desembarazaban de sus sudarios para incorporarse y salir a pasear por la plaza del pueblo sin que tal resolución ocasionase la más mínima admiración entre sus convecinos. A nadie extrañaba que, minutos antes de expoliar el seno izquierdo de su nodriza, un lactante se aventurara a expresarse en un correctísimo arameo con el propósito de alertar a la grey del Señor del inminente advenimiento de una catástrofe espeluznante que alimentaría desdichas sin cuento. Estas taumaturgias gozaban de gran predicamento entre los creyentes. La gente se hallaba habituada a estos numeritos sobrenaturales que lo mismo te introducían un camélido por el ojo de una aguja que te multiplicaban por ciento un arenque. Pero entonces llegaron la civilización y el progreso, que trajeron consigo, entre otra porción de calamidades, el descrédito de todos estos prodigios y portentos.
La decadencia de la industria milagrera es asunto bien sencillo de entender. En tiempos remotos, las gentes arrostraban vidas atroces, existencias dolorosas cuyos estigmas eran el hambre, la enfermedad y la injusticia de un mundo ominoso e inclemente. El traqueteo fúnebre de carros desvencijados con su carga de cuerpos exánimes devorados por la peste negra componía una melodía terrible, pero cotidiana. La lepra, la viruela, el sarampión, el cólera, el tifus eran la encarnación terrenal del Maligno, cuya amenaza empujaba a aquellos pobres miserables a buscar el cobijo protector de las iglesias, donde se veneraban con fruición el prepucio cercenado de un santo, el maléolo tibial incorrupto de una mártir o el incisivo cariado de un profeta.
Así, en un mundo inmisericorde, sujeto a la volubilidad de un concierto de fuerzas funestas concitadas contra el ser humano, resultaba lógico que el prestigio de los enviados divinos se mantuviera incólume. La licuefacción de la sangre coagulada de San Genaro, la regeneración de los miembros amputados de un campesino devoto o los milagros de ubicuidad de un presbítero reverenciado (según revelación de testigos imparciales, visto a un mismo tiempo ataviado con casulla en el altar de su iglesia y en traje de paisano junto a las puertas de un establecimiento de dudosa, a la par que excelente, reputación) no se antojaban sucesos excepcionales. La vida era así.
Todo esto cambió con el devenir de los siglos. Los hallazgos de la ciencia médica y la asunción de hábitos asépticos, higiénicos y profilácticos hicieron de los milagros cosa prescindible. Hoy no necesitamos apariciones marianas envueltas en haces de luz deslumbradores y anunciadas por trinos de tesitura embriagadora por la sencilla razón de que, gracias a las aportaciones de científicos tan eminentes como Hipócrates, Fleming y el doctor Rosado, no tenemos nada que temer de la peste bubónica. Somos gente civilizada con sus necesidades básicas satisfechas.
Ya no miramos al cielo en demanda de la intercesión divina que permita la multiplicación de panes con los que saciar nuestra hambre. De hecho, ya no vivimos acuciados por el ayuno que impone la miseria. Es tal el bienestar del que disfrutamos que ni tan siquiera consentimos el sufrimiento de quienes se declaran en huelga de hambre con la pretensión de reivindicar la reparación de tal o cual injusticia. Tan civilizados estamos que no dudamos en suspender nuestras huelgas de hambre en cuanto sentimos apetito.
En lo que respecta a las enfermedades, carece de sentido recurrir a las esferas celestiales en busca de remedio. La medicina ha adelantado una barbaridad, hasta el punto de que el diagnóstico fundado en la observación detenida de las heces, esputos y orina del paciente ha sido superado hace mucho. Nuestros males están a la altura de los tiempos y reciben nombres tan elegantemente pintorescos como el de síndrome de estrés post-vacacional. Como puede observarse, somos tipos refinados.
No hay milagros por la sencilla razón de que el Servicio Andaluz de Salud nos ofrece más fiabilidad que una novena a Santa Eduvigis. Por muy temeraria que parezca la preferencia.

martes, 2 de septiembre de 2008

El capricho del difunto

El moribundo le extiende apremiado una mano huesuda y macilenta que usted acepta. Para todos resulta obvio su pesar por la partida inminente de quien, víctima de su cárcel carnal, de la que pronto se verá liberado, aún ventosea y expele viscosos esputos oliváceos. Un esfuerzo postrero permite al agonizante incorporarse sobre el colchón para acercar la boca desdentada a su oído. Un aliento dulzón se escapa de entre los labios, anuncio inequívoco de la vecindad del fatal desenlace. Es entonces cuando le confía su última voluntad: “Que mi cuerpo sea incinerado en un horno donde habrá de arder durante cuarenta días y cuarenta noches al calor del fuego alimentado por la madera de treinta sauces jóvenes. Que mis cenizas sean depositadas en un cofre labrado en plata cuyos vértices lucirán, engastados, cuatro zafiros hindúes tallados por otras tantas vírgenes. Que lo que quede de mí sea transportado de esta manera hasta la cima del pico más inaccesible de cuantos configuran la cordillera del Himalaya. Esto es lo que te encargo”.
Y usted, que probablemente no tenga nada mejor que hacer a esa hora de la tarde, acepta la encomienda del doliente sin expresar queja alguna. Requerirá los servicios de un ingeniero forestal cuyo asesoramiento le permitirá dar con la dichosa treintena de sauces que, personalmente, se encargará de talar, astillar y preparar como combustible. Buscará en las Páginas Amarillas el número de teléfono del orfebre que habrá de dar forma al joyerito del que se encaprichó el fiambre. Viajará al subcontinente indio para adquirir los zafiros a los que aludió aquél que ya ni ventosea ni esputa. Evacuará consultas con los más prestigiosos ginecólogos hindúes a fin de hallar a las ya mencionadas cuatro vírgenes, criaturas que, para mayor desazón suya, tendrán que unir a la gracia de la discreta castidad la de poseer alguna instrucción en la industria de la talla de piedras preciosas. Pertrechará a una decena de avezados escaladores, guiados por un par de experimentados sherpas, y partirá en azarosa expedición hacia el Everest donde, después de un sinfín de penalidades, depositará la cajita de las narices.
La escrupulosa observancia de las últimas voluntades del difunto será objeto de encomio y alabanza en su vecindario, entre los socios de la peña taurina que usted frecuenta y en los labios de los parroquianos del bar Manolo, desayunos y almuerzos.
Nadie recordará, sin embargo, cómo hace apenas un par de meses el caprichoso difunto, entonces vivo y propietario de una salud inatacable, le pidió como favor personalísimo que le acercara en su coche a una farmacia de guardia. “El coche no lo muevo que lo tengo en la calle Sevilla y después no hay quien aparque”, le espetó usted con firmeza para negarle el favor.
La muerte es una institución a la que profesamos un respeto reverencial. Hay quien vive con el solo propósito de cumplir la postrera voluntad de su difunto padre, expresada en el lecho de muerte ante una nutrida concurrencia de parientes y empleados de la funeraria. Esta especie de individuo jura y perjura que su padre será retribuido y su último deseo, satisfecho, y este fin se convierte en la motivación de su existencia, independientemente de que el beneficiario de tan desinteresado empeño sea el mismo padre al que en vida el hijo enclaustró en un asilo dirigido por una mafia albano-kosovar con la aviesa intención de agenciarse su pensión. A los muertos les dispensamos un respeto que negamos a los vivos.
Quizás sea el temor a que los que se han ido regresen para vengarse, o la aprensión de que, cuando nos alcance el turno, acabemos dándonos de bruces con el espectro de aquél al que ignoramos cuando nos rogó, ante la inminencia de su muerte, que intercediéramos para que su cerebro reposase en un frasco con formol sobre las estanterías del Museo de Hijos Inmarcesibles de Algeciras, en la sala dedicada a los concejales, los promotores inmobiliarios y los secretarios provinciales. Quizás la idea misma de que nosotros también habremos de morir un día nos perturba de tal modo que, por una cuestión de solidaridad futura, nos vemos empujados a redimir a todos los muertos recientes, sean cuales fueren sus pecados.
Deténgase a pensar en todos aquellos cretinos, reconocidos de manera unánime como tales por sus contemporáneos, cuyos nombres han cruzado el umbral de la posteridad troquelados en la placa de una calle, en la fachada de un instituto de enseñanza secundaria o en la entrada de un polideportivo con piscina olímpica. Y es que basta morirse para que la reputación de uno mejore notablemente.