lunes, 25 de agosto de 2008

No me llamen Celedonio

Celedonio no es nombre de héroe nacional.
Hay quien cree que el término que se emplea para designar a un ser transfiere a lo designado cualidades morales, atributos físicos o una presencia de ánimo de los que ese ser carecería si fuese abandonado a sus solas fuerzas. Es esto cosa, dicen, que se observa entre los animales. Quizá, el petirrojo no luciría el intenso color bermejo que ilumina su pecho si no hubiese recibido tal nombre. El perezoso, un mamífero de aspecto estrafalario y uñas largas, fue bautizado así para condenarlo a una vida detenida, a una existencia de movimientos morosos y contenidos, como los de un funcionario municipal a mes y medio de la jubilación. ¿Y qué decir del oso hormiguero? Pudiera ser que ese animal desdentado de luengo hocico se deleitase hoy con el consumo de sabrosas carnes rojas y vinos espumosos si no hubiese nacido aquel malintencionado que, con el único propósito de constreñir su dieta, vino a asignarle tan desabrido nombre.
La aplicación de este razonamiento, apoyado como hemos visto en las enseñanzas que nos procura la zoología, bastaría para garantizar a nuestros vástagos una vida dichosa, admirable y de provecho. El cura que deja caer el agua bendecida sobre el yermo cráneo del infante para, a continuación, certificar que el niño portará como gracia la de Kevin no hará sino conducir al pequeño por las sendas que desembocan en el estrellato hollywoodiense. Si, por antojo del padre, el neonato es inscrito en el registro civil con el nombre de João Paulista, no habrá fuerza en el mundo que impida, llegada la edad adulta, su fichaje por el Manchester United. Pero, Celedonio, ¿qué clase de nombre es Celedonio?
Lamento tener que confiarles que el ardid no funciona. Bautizar a un niño horroroso con el nombre de Adonis, Narciso o Miguelbosé Manuel en la vana esperanza de que la fealdad infantil devendrá en belleza apolínea en la madurez no deja de ser un gesto de candidez fruto del amor paternal, pero ineficaz de cualquier modo. Hay quien, a pesar de llamarse Prudencio, no conserva ni un solo punto en su carné de conducir. La vida, por desgracia, es mucho más compleja.
Esta inclinación a creer que el mundo mejora si empleamos los términos adecuados para designarlo es origen de una porción de majaderías que, no por ser colosales, han dejado de hacer fortuna en el lenguaje cotidiano. Vivimos condicionados por un extraño prurito de corrección y un militante desapego a la tradición, siempre vista como cosa superada y vituperable. Una invasión de las de toda la vida, con sus masacres, su toma de prisioneros, su exterminio de la insurgencia, resulta en nuestros tiempos un ejercicio del todo trasnochado. ¿Quién va a dedicarse a invadir cuando puede, como alternativa, promover una guerra preventiva que, aun siendo lo mismo, resulta de lejos una cosa mucho más higiénica, democrática y acorde a la legislación internacional?
Del mismo modo, y en un tono más civil, un cierto esnobismo empuja a creer que, si se trata de recuperar una iglesia románica del siglo XI, donde se ponga una buena puesta en valor que se quiten las anticuadas restauraciones. Poner en valor es cosa fina y distinguida que lo mismo puede usarse para un edificio vetusto apreciado por la dilatada historia de sus piedras que para la reforma de los sanitarios en la casa de su cuñado.
Donde se advierta la presencia de un grupo numeroso de mujeres en manifestación, habrá de afirmarse que compacto avanza el colectivo femenino; si los reunidos son trabajadores del servicio público del taxi, no cabrá duda de que quienes protestan son los integrantes del colectivo del taxi; si quienes se quejan son los pobres de solemnidad, un ciudadano sensible identificará en la concentración al colectivo de personas con riesgo de marginación y exclusión social. La vieja costumbre de llamar a las mujeres, mujeres, a los taxistas, taxistas, y a los pobres, pobres, ha sido inmolada en el altar de los nuevos principios, las mejores intenciones y la propiedad de las formas.
Celedonio, víctima de estos tiempos melindrosos y afectados, quiere renunciar a su nombre de pila para tomar el de Deborah del Carmen. Celedonio no es nombre para una primera vedette del Molino de Barcelona.

jueves, 14 de agosto de 2008

Ágape en el club de golf

La señora viuda de Regimbart-Arnoux de Perálvarez y Díaz de Cañada Aloisius Wittensburgh exhibe en la fotografía del dominical una sonrisa suntuosa, cual resulta propio de las de su clase. La viuda de Regimbart-Arnoux, Fefa para su círculo más íntimo, no da puntada sin hilo. La heredera de las bodegas Perálvarez & Sons departe divertida con un selecto y nutrido grupo de contertulios, lo más escogido de la sociedad provincial, cuando, de improviso, la desenfadada conversación se ve interrumpida por la inesperada irrupción del fotógrafo (¡sonrían señores, frunzan la boca las señoras!), y la imagen, ahora animada, se congela para siempre en la página 51 de la sección de sociedad del periódico. Quizás no lo quisiera, pero la señora viuda de Regimbart-Arnoux ha quedado inmortalizada junto al secretario provincial del partido, que reta a la cámara con un gesto felino, más de gato doméstico que de puma americano, con las paletas cabalgando sobre el labio, feliz por codearse con tan grata y adinerada compañía. Ni que decir tiene que la señora ha dado un paso hacia atrás para alejarse del advenedizo que se ríe como un minino capado y al que su difunto esposo odiaba con encono.
No se antoja probable (ha de tenerse en cuenta que el difunto falleció devorado por un cocodrilo cuyo inoportuno apetito fastidió el safari familiar por Kenia), pero en el hipotético caso de que el desaparecido Genoveno Regimbart-Arnoux de Perálvarez y Díaz de Cañada Aloisius Wittensburgh hubiese levantado la cabeza, habría expresado su más subyugada admiración por la sencilla elegancia con la que su esposa, hoy viuda, luce ese bello par de zapatos de piel de saurio, alarde de distinción y, al mismo tiempo, acto de venganza no desprovisto de lirismo.
La señora, incómoda por la cercanía del político domesticado, se procura la vecindad del propietario del periódico de cabecera en la provincia, un joven hacia el que profesa el mayor aprecio y unas sórdidas inclinaciones, impropias de una mujer que se halla más allá del climaterio. Ataviado con un blazer azul marino de botonadura dorada, pantalón blanco y zapatos náuticos, diríase que el empresario periodístico no es ajeno a la lascivia de la provecta viuda, pues, si se observa con atención, se verá cómo cada uno de sus ojos se orienta en distinta dirección, componiendo una mirada confusa y cruzada que bien pudiera ser atribuida a una satisfacción clandestina de índole sexual. Nada de eso se da en este caso, sin embargo. No es éxtasis orgasmático lo que reflejan los ojos del propietario del periódico diario sino una enfermedad que arrastra desde niño, a la que el vulgo llama bizquera y la alta sociedad, más compasiva, estrabismo.
Más allá, en uno de los extremos de la foto, pugnan en virilidad y apostura el presidente del Buenavista Club de Golf y el afamado médico Poyatos Pichardo, personaje paradójico éste último donde los haya pues ha de hacerse notar que, contra lo que pudieran sugerir sus apellidos, el doctor no se cuenta en la nómina de los urólogos eminentes sino que debe su reputación a sus hallazgos en el ámbito de la cardiología.
Los asistentes no podrían aseverar con certeza si los fondos recaudados durante el ágape serán destinados a la financiación de un hospital de primera atención en una aldea tanzana, al presupuesto para la construcción en Sanlúcar de Barrameda de un centro cultural de amistad armenio-gaditano o a sufragar la fianza de un concejal detenido por prevaricación y cohecho. Lo único que inquieta a Fefa, viuda de Regimbart-Arnoux, es que los manojos de patas de gallo que se aferran obstinados a los extremos del ojo no resulten visibles en la fotografía, para lo cual no duda en abrir con desmesura los párpados como haría una brótola espantada por un exhibicionista.
La fiesta ha sido un éxito, tal y como revela el texto que acompaña las instantáneas publicadas en el periódico dominical. La señora viuda de Regimbart-Arnoux de Perálvarez y Díaz de Cañada Aloisius Wittensburgh alega que debe marcharse, que se le ha hecho tarde, que el servicio está de día libre, que para mañana, muy temprano, espera la visita de sus nietos Keka y Rosauro, de vacaciones una vez concluido el curso en el internado de Ginebra. Disimulando el desprecio, Fefa se deja besar en la mejilla por el secretario provincial del partido, quien, alarmado por la profundidad de la prospección, no oculta su aprensión ante la evidencia de que sus labios grosezuelos han penetrado hasta diez centímetros en el maquillaje de la reputada bodeguera.
Tenemos que hacer más vida social, le sugiero a mi esposa.

miércoles, 13 de agosto de 2008

¿A Marte a por hielo?

[“Los científicos de la Nasa han tenido que fletar una sonda espacial para acabar encontrando hielo en Marte. No me extraña. Yo mismo tuve que trasponer el sábado pasado hasta la gasolinera de Pelayo para comprar una bolsa de ‘Don Fresquito’. Sí, lo sé, no es lo mismo. La principal diferencia entre ambas expediciones estriba en que mientras la agencia aeroespacial norteamericana tuvo que ir hasta allá para tener la certeza de que la superficie marciana albergaba agua, yo, antes de coger el coche, ya sabía que en Pelayo vendían cubitos en paquetes de dos kilos.
Hay sucesos que dan que pensar. Aunque no lo crean, esto del hielo y el planeta rojo me ha hecho reflexionar acerca de cómo la posesión de una ilustración, de una formación sólida, de unos conocimientos pluridisciplinares puede llegar a volver tonto a un ser humano. Una de éstas que se dicen personas doctas habrá entendido a la primera las razones por las cuales los americanos invierten millones de dólares en un viaje interplanetario para buscar agua en Marte. ¿Agua? Agua tenemos aquí a espuertas, del grifo, a granel, etiquetada y, si uno está dispuesto a pagar un poco más, hasta de Vichy. Me lo podrán explicar, pero a mí me sigue pareciendo que Pelayo está más cerca.
Yo creo que la sabiduría envanece. Una vasta erudición convierte a quien la posee en un sujeto feble y pusilánime, amén de alentar detestables conductas como la práctica de la homosexualidad o la del golf. Un hombre que se vista por los pies jamás se dejará seducir por el deleite sodomita ni osará hollar la funesta hierba del campo de Valderrama. Ni, desde luego, deambulará por el Sistema Solar en busca de un pedazo de hielo.
Aquél que identifique sin duda la autoría de ‘La Cartuja de Parma’, conozca el peso atómico del polonio y sepa ubicar el píloro en el organismo humano con un error de más menos tres palmos, ese tipo, señor mío, ha de ser necesariamente un alfeñique engreído. ¡Qué distinto de esa persona admirable que se conduce gallarda y franca por la vida, inasequible a cualquier conocimiento que pueda perturbar el sosiego de su actividad cerebral, uno de esos sujetos que, firmes en sus convicciones, supieron oponer durante su adolescencia numantina resistencia al 1º de BUP y a los documentales del UHF! Uno tiene estudios, y es que se vuelve tonto.
Que la sabiduría se encuentra en el origen de las cosas más absurdas es algo conocido. Tome, por ejemplo, el título de uno de esos libros que en los programas del Sánchez Dragó se presentan como ‘obras maestras de la literatura y el pensamiento universales’. Estos libracos suelen estar escritos por gente que luce intrincados bigotes y espesas patillas. Además, y esto es así de manera indefectible, el autor suele llevar muerto un porrón de años. Elijamos, y es un poner, ‘El mundo como voluntad y representación’, un título lo suficientemente raro (abstruso, que diría un aprobado en Selectividad) como para disuadir a cualquiera de su lectura. Compárese la rareza (o abstrusidad o abstrusidez o abstrusismo, que esto no lo sé a ciencia cierta) de dicho título con la sencillez y llaneza de estos otros: ‘Las recetas de la señá Laurencia’ o ‘El tiro de pichón, bello deporte’. Son éstos últimos títulos desprovistos de pretensiones, populares como el contenido mismo de las obras que identifican, literatura para gente normal, heterosexual y aficionada al fútbol. ¿Ha apreciado la diferencia? ¿A que sí? Pues bien, aun así, hay quien sigue prefiriendo a Chopenjáuer*. Hay gente para todo…”]
Y, una vez dicho esto, el delegado provincial de Cultura bostezó y requirió al ujier para que le acercase el sombrero.


(*Nota del conferenciante: Chopenjáuer, Arzur, autor del folletín “El mundo como voluntad y representación”, obra monumental de las letras alemanas en la que, al final, muere la muchacha)