jueves, 31 de julio de 2008

Refutación del placer playero

Ese hombre gordo, de dimensiones paquidérmicas, dormita sobre la arena, recostado, más bien varado, junto a la orilla. La observación minuciosa de los detalles más nimios constituye el origen de las ideas excepcionales. Por eso escruto la abundosa figura de ese bañista que ronca a pierna suelta mientras su barriga ciclópea asciende y desciende al compás de una respiración trabajosa. Observo fugazmente a mi cuñada embadurnada de Ambre Solaire para, seguidamente, devolver mi atención al tipo obeso, y me pregunto: “¿El alma dilata?”. Si fuera así, quedaría explicada esa desmedida protuberancia abdominal.
Aquí, tendido sobre mi toalla, en la cual luce impreso el logotipo de Lucky Strike, el mundo se me revela distinto y prodigioso. Pese a mi estado de arrobamiento, no soy ajeno al hecho de que un individuo religioso dudaría de la naturaleza expansiva del alma, entidad tan distinta al cuerpo, del cual es su contrario. El alma contiene la esencia del yo, aquello que realmente somos, sostendría un hombre de fe. El cuerpo es sólo una carcasa, un cobijo. No hay seres humanos desalmados porque una criatura desprovista de alma no es sino un cadáver, un amasijo de carne y huesos condenado a corromperse. Y, de ser así, si el único propósito del cuerpo es consumirse para liberar al alma de su confinamiento, esta vida mundana sólo es la más grosera etapa de una existencia excelente y etérea, probablemente eterna si hemos de creer en los libros que recogen las revelaciones de los dioses. Una vida eterna…Eso ofrece unas perspectivas inmejorables.
Este calor abrasador, del cual no cabe quejarse pues temperaturas tan elevadas se compadecen con las fechas en las que nos encontramos, finales de julio, principios de agosto; y ese niño que defeca junto a la caseta del socorrista, tutelado por una madre abnegada; y el olor a pimientos y tortilla de patata de la familia refugiada bajo la sombrilla de la Cruzcampo; y ese viento de levante…
Y, sobre la cima tripuda del bañista al que al comienzo aludíamos, advierto la presencia de una embarcación de recreo orgullosa de su porte, buque lujosísimo con su estribor y su babor, su manga y su eslora, su driza y su botavara. Sobre la cubierta, un grupo de adinerados veraneantes de mediana edad departe animado por la compañía y la suave brisa mediterránea. Tal visión me obliga a preguntarme: “¿La opulencia dilata?” Así ha de creerse si se considera el aprecio con el que el común de las gentes celebra la posesión de bienes materiales en cantidades desproporcionadas. La fusión de dos grandes fortunas, ya sea a través de un ventajoso acuerdo mercantil, ya mediante un afortunado enlace matrimonial, altera los mercados, conmociona los índices económicos, ocupa durante semanas a los editores de las revistas del corazón. Dos colosales fortunas que se hermanan generan un patrimonio doblemente colosal. Nada de esto ocurre con la pobreza.
Tome usted las dos miserias más reputadas de España, concierte un acuerdo para la fusión de ambas y el resultado será una miseria idéntica al par de miserias fundacionales. Luego, la miseria no dilata.
Reflexiono acerca de estas cosas pero no por ello dejo de considerar el malestar que ocasiona la acumulación de arenilla húmeda en los pliegues inguinales y en los espacios interdigitales de los pies, padecimiento al que resultan particularmente sensibles las personas educadas en la observancia de los más elementales hábitos higiénicos.
El espíritu y la carne, el alma y la materia, la ascesis y el mundo, el éxtasis y la sensualidad…Hace calor, mucho calor, pero la inercia del esfuerzo intelectual puede más, y me veo asediado por nuevas dudas: “¿El incremento de la temperatura de los hemisferios cerebrales aboca a la gestación de pensamientos más perspicaces, de ideas más densas, de reflexiones más especiadas?”.
Odio la playa.

viernes, 25 de julio de 2008

Existe un orden indescifrable

Existe un orden, de eso no hay duda. Jamás en la historia del hombre ha sucedido que inopinadamente hayan muerto 10.000 individuos a un tiempo, fulminados por un mal invisible que mata en grupos, coordinados como en un paso de ballet, víctimas de un colapso que les arrebata la vida en un segundo preciso, el mismo en todos los casos, una masacre sin causa aparente, sin la previa declaración de una epidemia, la colisión de un meteorito, la devastación de un maremoto que justifique tan elevada mortandad. Y es que existe un orden, indescifrable, sin duda, pero conforme al cual todos nos vamos retirando sin tumultos, uno a uno y en privado. El mundo así entendido se asemeja a una gran carnicería en la que sólo se sirve a quien ha solicitado la vez.
El universo es una cosa bien organizada, lo cual demuestra que es obra de un dios capaz y previsor, un ingeniero de mundos cuya voluntad fue la de que su invento perdurara para, de este modo, garantizarse la admiración de sus criaturas que, así deslumbradas, no tardarían en rendirle adoración y en apresurarse a idear una religión con sus oficiantes, sus iluminados y sus templos. Vanidad divina se llama esto.
Dios, en su infinita sabiduría, estableció un orden de entrada y de salida que, desde la noche inmemorial de los tiempos, ha ido cumpliéndose escrupulosamente. La tarea no era fácil. Tantos millones de seres humanos en permanente movimiento, unos naciendo, otros muriendo, requieren de una minuciosa atención, no vaya a ser que mueran los nietos antes que los tatarabuelos o que Napoleón nos venga a nacer el mismo día en el que Sarkozy contrae nupcias con la Bruni. Sólo un dios negligente habría permitido tamaños desatinos.
Todos, como en una magnífica representación teatral, vamos abandonando el escenario nada más concluir la lectura del texto. El orden es inflexible y no permite demoras ni excepciones. Es el orden lo que garantiza la bonanza empresarial de las funerarias. Si todos muriéramos a la vez, no quedaría nadie detrás para recoger e inhumar los cadáveres. El orden contribuye de este modo a generar empleo y riqueza.
La propia naturaleza del orden y su función exigen de la discreción y reserva que son propias de los mecanismos que rigen la Creación. El orden es un arcano, condición sin la cual los caminos del Señor dejarían de ser inescrutables. Si el orden fuese revelado, si supiésemos, como en la cola del híper, quién es el siguiente, el caos se adueñaría de esta cosa tan bien urdida que es el mundo. Si el secretario general del partido conociera que su vicesecretario, hacia el que profesa una profunda desconfianza, morirá después, podría sentirse tentado a pervertir el orden, a contrariar los designios del Supremo Hacedor. El secretario general, acuciado por el temor a perder el poder, podría aprovecharse de las brumas nocturnas para asaltar a su vicesecretario en un callejón cercano a la sede y arrancarle la vida con la saña que sólo infunde la codicia. Las consecuencias de un acto como éste son imprevisibles. Los aspirantes a la vicesecretaría, ahora vacante por defunción, promoverán sangrientas disputas en las que aquéllos que han sido elegidos para morir antes harán lo indecible para permutar el turno. Es decir, si el orden fuese revelado sucedería, entre otras muchas desdichas, que la infamia y la ambición se apoderarían de los partidos. Gracias a Dios, el secreto del orden no será mancillado y podremos seguir disfrutando del ejemplar y edificante comportamiento de nuestros hombres públicos.
El orden rige inmutable: primero usted, más tarde aquél, finalmente el otro. No se nos oculta que usted se sentirá apremiado por esa excusable debilidad humana que llamamos curiosidad a hacer todo lo posible para conocer su puesto en la cola, su número de orden, el día, lugar y hora de su despedida. No es que no dispongamos de dicha información (Dios omnipotente sólo confía sus insondables designios a un grupo muy selecto de sus criaturas, entre las que nos contamos quienes esto suscriben y Pitita Ridruejo), lo que sucede es que nos debemos a un compromiso de confidencialidad.

Hay cosas que no pueden hacerse públicas así como así.

domingo, 20 de julio de 2008

No confunda el cuchillo del pescado

Que somos gente civilizada es una certeza que abrigamos sin ningún género de duda. Los distinguidos nietos de nuestras abuelas somos gente cultivada, educados en las más refinadas normas de urbanidad, aseados como las patenas y dotados de una sensibilidad exquisita que abomina de la injusticia y la barbarie. Ciudadanos de la Unión Europea, acostumbramos a ataviarnos con pulcritud para asistir a las bodas y a no eructar en las cenas de gala. Hay países cuyos nacionales confunden el cuchillo del pescado con el del postre. Con eso está dicho todo.
Los muy civilizados vástagos de Occidente no nos hemos dejado seducir por los atractivos que ofrecen la holganza y la abulia, y, con esta loable disposición, hemos construido en un puñado de centurias una religión, una ética, una tecnología, una perspicacia artística y un pensamiento especulativo que son la envidia del mundo y el calvario de nuestros enemigos. Somos gente talentosa, desde luego.
Uno de nuestros grandes hallazgos –el más feliz, probablemente, junto al de la patente de la Thermomix - ha sido el de la aplicación de la física a la moral. La utilización del espacio como una magnitud empleada para la elaboración de valoraciones éticas no deja de ser una ocurrencia genial, reservada en exclusiva a gente tan civilizadísima como usted, su suegra de usted y yo mismo. Este préstamo tomado de los físicos configura el principio que establece que cuanto mayor sea la distancia que nos separa de la infamia, menores serán nuestro espanto y nuestra obligación de sentirnos moralmente concernidos. Esto es algo que ya pusieron en práctica nuestros tatarabuelos. Los súbditos de la Reina Victoria no moverían una ceja para censurar la matanza de un grupo de nativos en Zululandia, pero no dudarían en llorar de consternación de haber leído en The Times que su Majestad Imperial sufría con regia discreción los padecimientos que ocasiona un uñero.
Esta moral determinada por la distancia nos proporciona un sinfín de beneficios y ahorra preocupaciones y sufrimientos innecesarios. Una bomba despedaza a medio centenar de civiles iraquíes inocentes, y torcemos el gesto en una significativa señal de disgusto. Ese mismo artefacto estalla en el centro de París para llevarse consigo a cincuenta muy civilizados ciudadanos franceses, y nuestro escándalo, excitado por la alarma que procura la cercanía del suceso, no conoce límites. Algo parecido ocurre cuando el dolor y el espanto, a bordo de una embarcación precaria y atestada de criaturas, pueden otearse desde la terraza de los restaurantes abiertos en nuestros clubes náuticos. Si la ignominia no viajara en patera, no nos conmoveríamos tanto.
La filantropía forma parte de nuestro acervo civilizador. Nosotros no somos salvajes, no señor, ni puede comparársenos con esos cafres que vemos en televisión correr semidesnudos con los rostros desencajados mientras blanden un machete en la mano para decapitar a otro desgraciado que huye despavorido. Aristóteles, Santo Tomás de Aquino, Descartes, Voltaire, Rousseau, Darwin y Einstein nos avalan. Por eso, cuando la miseria alcanza nuestras costas, lamentamos lo ocurrido y decretamos, con el artificio oratorio del que sólo puede jactarse una cultura fraguada en el respeto al hombre y a su dignidad, que necesitamos reforzar la vigilancia en nuestros mares. Cualquier sociedad con un más pobre pedigrí civilizatorio podría haber pensado en acoger a todos esos desheredados y repartir con ellos lo que, en puridad, no es nuestro. O promover la generosa empresa de propiciar la prosperidad en las tierras de las que proceden los menesterosos para evitar ese exterminio lento y desesperado con cuyas fotos ilustramos las portadas de nuestros muy concienciados diarios. Pero nosotros no, nosotros somos gente civilizada. Y por eso haremos lo imposible para que cosas tan desagradables no vuelvan a suceder, al menos en nuestras aguas territoriales.
Así las cosas, y en nombre de nuestra civilización, no nos queda más remedio que advertir a todas estas pobres gentes que, de perseverar en esta obstinada actitud de mostrarnos tan de cerca y de tan impúdico modo sus miserias, nos veremos obligados a seguir horrorizándonos. Avisados quedan.

lunes, 14 de julio de 2008

Abuelas descuartizadas

Nadie puede estar seguro de que el comensal de la mesa vecina, el pasajero del asiento de enfrente o la señorita que nos precede en la cola no se hayan visto acuciados en las últimas semanas por el perverso instinto de descuartizar a sus respectivas abuelas. Y, lo que es peor y resulta más desasosegante, nadie puede afirmar con absoluta certeza que no hayan ejecutado tan avieso proyecto.
Los desconocidos nos inspiran desconfianza precisamente por eso, porque no podemos conocer de antemano el estado de salud de sus abuelas. Los individuos civilizados hemos ideado una ingeniosa estratagema para superar la zozobra que nos ocasiona el encuentro cotidiano con aquéllos a quienes no hemos sido debidamente presentados. Nos basta con ingeniárnoslas para que ése al que no hemos visto en nuestra vida acabe siendo como nosotros, aunque para ello debamos de recurrir a algún tipo de violencia. Si come lo que nosotros, viste como nosotros, recurre a nuestro mismo cirujano plástico, cree en nuestros dioses y maneja el mismo par de ideas que empleamos para conducirnos por el mundo, entonces es uno de los nuestros. Siendo así, nada tenemos que temer.
“¡Yo soy un ser pacífico, decente y puntual contribuyente, y no impongo nada a nadie!”, alega un lector injuriado. Enhorabuena, pero lamento decepcionarle. No me estaba refiriendo a usted en absoluto. No le conozco y, por consiguiente, no puedo fiarme. ¿Quién me garantiza que no ha dedicado este pasado fin de semana a despiezar a la madre de su madre? Nadie, señor mío. Esta inclinación del ser humano a sojuzgar a sus congéneres no se la atribuyo a usted, ilustre desconocido -o abyecto mataviejas, quién lo sabe-, sino al individuo gregario, al hombre del clan, la iglesia, la secta, el partido o la patria, elijan ustedes la encarnación que prefieran. Las grandes infamias siempre han sido una obra colectiva. El descubrimiento de la penicilina se lo debemos a un tipo que vivía su obsesión por los hongos en la soledad de su laboratorio, pero para levantar el III Reich fue necesario contar con la participación de centenares de fanáticos y la indiferencia de todo un pueblo.
Entre los españoles, hijos de esa nación elegida a la que Dios bendice, ha sido siempre de buen gusto acogotar al prójimo. Salvo en aquellos días gloriosos en los que un español disponía de los medios necesarios para convertir a un indígena mejicano o boliviano en lo más parecido a un señor de Soria, nuestros compatriotas han encontrado siempre cierta resistencia entre los extranjeros a dejarse persuadir por los beneficios y placeres que proporciona abandonarse a la seducción de la españolidad. Así que, ante la contumacia de alemanes, franceses, polacos y kazajistaníes, hemos convertido en nuestro deporte favorito la evangelización del coterráneo descarriado a quien, para escándalo del celador del sepulcro de Don Pelayo, no le duele España tal y como nosotros consideramos que debería de dolerle.
Un caso ilustrativo lo constituye el uso que algunos vienen dando al llamado “Manifiesto por una lengua común”, un documento suscrito, entre otros, por intelectuales tan admirables y respetados como Vargas Llosa, Fernando Savater o Álvaro Pombo. Los inspiradores del escrito estarán equivocados, o no, en su evaluación de la salud del español en las comunidades bilingües, pero ésa no parece ser la cuestión que se dirime en la arena pública. De hecho, creo que, más allá de los firmantes y de un pequeño número de partidarios y contradictores, ninguno de los animadores del debate está realmente preocupado por el estado de las distintas lenguas nacionales en nuestro país.
De un modo involuntario, los suscriptores del manifiesto han dado a luz un instrumento que, distanciándose de las verdaderas inquietudes de los firmantes, sirve para lo que han servido siempre estas cosas en manos de españoles: para celebrar que, una vez más, se ha puesto a nuestro alcance un arma con la que cascar cráneos ajenos. El grupo de irreductibles ya conocido, con el conspicuo protagonismo del diario “El Mundo”, toman el manifiesto como se blande un tomahawk cuando se abriga el impertinente propósito de resquebrajarle el occipucio a un sargento del Séptimo de Caballería. Resulta obvio que aquí la cuestión lingüística es lo de menos. Hay que meter ruido, a costa de lo que sea, y arremeter contra aquél que no es del bando propio o no celebró con el debido entusiasmo el gol de Torres.
Quien honestamente esté de acuerdo con el contenido del manifiesto puede hallarse, sin quererlo, en la misma estupefacción en la que se vio sumido aquél que, admirador del acabado, solidez y belleza de la cuchillería tradicional de Albacete, se descubrió acorralado en un callejón por un ladrón que esgrimía en su mano derecha una lustrosa faca facturada en la ilustre localidad manchega.

jueves, 3 de julio de 2008

El pueblo es sabio

Existe la falsa creencia, perniciosamente extendida, de que la suma de todos y cada uno de nosotros da como resultado una entidad de sapiencia infinita, una suerte de ser superior ponderado y cauteloso capaz de discernir lo que más conviene en cada momento. Hablamos del pueblo. Según esta superchería, los ciudadanos de un país tomados en su conjunto adquieren una lucidez que les capacita para proponer, con vigorosa determinación y ánimo constructivo, las mejores soluciones a los más enrevesados problemas.
Que tal cosa es una simpleza no se debe escapar a nadie que se halle en posesión de una mediana perspicacia. Conozco a una buena porción de majaderos cuyo esfuerzo colectivo dará lugar, a lo más, a una majadería de proporciones colosales, fruto inevitable de la adición de cada una de las majaderías individuales que la integran. Y poco más. Uno podrá referirse a ellos con grandilocuencia y llamarles “el pueblo”, pero no por eso dejarán de ser los mismo mastuerzos que alumbraron sus madres.
Una democracia saludable no requiere, necesariamente, de un pueblo sabio. Un país puede erigirse en el más acabado paladín de los valores democráticos y, al tiempo, estar plagado de cretinos. No son cosas incompatibles. Lo único que reclama la democracia es que, en las decisiones que afectan a la vida de las gentes, se considere como criterio único y vinculante la voluntad de la mayoría. Pero el pueblo puede llegar a ser tan bobo como cualquiera de sus cuñados de usted. Dar por sentada la sabiduría popular no es sino un prejuicio.
Con la naturaleza nos viene a pasar algo parecido. Una lluvia torrencial, diluviana, se precipita sobre las calles de un pueblo indefenso, sorprendido por la ira del cielo. La furia de las aguas arrastra en su voracidad propiedades, animales, personas, aboca a la ruina a honrados trabajadores, arrebata los frutos a la tierra, abate las obras de ingeniería y deja tras su paso, alcanzada la calma, el tristísimo tañido de una campana…Pues bien, cuando todo ha pasado, siempre emerge por ahí algún idiota que, con tono doctoral, declara a una televisión de ámbito estatal: “La naturaleza es sabia”. No cabe duda de que, quien así habla, es un hombre del pueblo.
No hace muchos años, un comentarista radiofónico, me temo que también hombre del pueblo, celebraba lo que, según su parecer, no podía ser interpretado sino como una demostración palmaria de la sabiduría del cuerpo electoral. A propósito de unas elecciones en la que los dos partidos mayoritarios habían obtenido un número muy similar de votos, el comentarista concluía que el equilibrio de los resultados explicaba del mejor modo lo sabio que podía llegar a ser el pueblo, español en este caso. “Los españoles hemos dado una muestra de madurez propiciando este empate técnico”, decía. El razonamiento resulta, en esencia, estúpido, pues para que el pueblo pudiera haber premeditado tal cosa habría sido necesario que todos los españoles hubiesen acudido a las urnas por parejas y con el acuerdo expreso de que, en cada dúo de electores, uno votara a los populares y el otro a los socialistas. Pero no olvidemos que los tertulianos radiofónicos también forman parte del pueblo.
No digo yo que el pueblo no sea capaz de un acto bondadoso, inteligente y discreto. Pero de ahí a santificar su omnisciencia media un abismo. Aunque, tal y como escribí más arriba, siempre resulta preferible arrostrar las consecuencias de un error promovido por la mayoría que alimentar la soberbia de una elite aplaudiendo sus aciertos. Los miembros de la clase política también son gente del pueblo. Así que hágase usted una idea.
Cuando Torres voló con la gracilidad de la Paulova junto al manta de Lehman para golpear el balón, suave y quedo, hacia el interior de la portería alemana, salté, impelido por un furor atávico y patriótico, sobre un perfecto desconocido al cual abracé con la ternura e identificación que sólo cabe entre dos varones adultos unidos por un mismo equipo de fútbol e idéntico sentimiento nacional. Sufrí una transfiguración de la personalidad de la que, sin embargo, no me avergüenzo: el doctor Jekyll, Bruce Banner y Andrés Pajares experimentaron antes un fenómeno similar de alteración del yo.
Ese hombre que me quiso tanto durante aquellos brevísimos segundos que sucedieron al tanto de El Niño, que me amó como quizás jamás haya amado a su propia madre, era, como yo, un hombre del pueblo. Éramos España, la patria primigenia y primordial, el pueblo franco, sincero y reposado que grita con una voz unánime un canto que es hijo de la Revolución Francesa, las enseñanzas de Gandhi y los discursos de Azaña. Es, más que un grito, una declaración de principios que atruena en los oídos y en los corazones y que demuestra, de una vez para siempre y para escarnio de los escépticos, que el pueblo es sabio: “¡Gol!”.

martes, 1 de julio de 2008

Prefiero a un antropófago

La efusividad sentimental es una estrategia de supervivencia de la que nos valemos los seres sociales para no ser pisoteados por nuestros compañeros de tribu. La escena, trivial en apariencia, que nos muestra a dos adultos a los que la casualidad reúne en una calle populosa y que, reconociéndose mutuamente, se abalanzan el uno sobre el otro para fundirse en un abrazo estrechísimo, no arroja luz alguna sobre los misterios del aprecio entre humanos ni sobre los propósitos últimos de la solidaridad de especie. No quiera ver amor desinteresado ni afecto honesto si, encontrándonos, nos estrujamos de modo recíproco hasta comprometer la integridad del espinazo desde el tramo cervical hasta el mismo hueso sacro; si, percibiéndonos, nos cubrimos las mejillas de húmedos y estridentes besos; si, escrutándonos, celebramos con campechanía el aspecto lozano y juvenil del otro (“por ti no pasan los años, jodío”). Si hacemos éstas y otras cosas del mismo jaez es para sobrevivir, para defender nuestro territorio de la incursión de extraños, para repeler el asedio a nuestra cueva, a nuestra prole y a nuestro pedazo de carne de mamut.
La expresión pública de los afectos más íntimos cumple la misma función social que en algunas culturas sin thermomix desempeña la antropofagia. Las tribus caníbales conciben ese grosero hábito de manducarse al vecino como una conducta estimable, un ardid dirigido a evitar el incómodo trago de que sea el vecino el que se lo manduque a uno. Cuando un colega de profesión, un primo segundo o el señor del butano le abraza como lo haría si se reencontrara con su padre después de tres décadas extraviado en la frondosa jungla brasileña, dé por sentado que lo está haciendo en legítima defensa.
Existen contextos sociales en los que estas estrategias de supervivencia adquieren una relevancia más notable. Entre determinados clanes africanos que devoran carne humana, la ingestión de la magra musculatura de los ancianos constituye un rito iniciático sin cuya observancia el grupo no aceptará como adultos a los jóvenes que apenas empiezan a afilarse los incisivos. Del mismo modo, las sociedades civilizadas encuentran en ciertos acontecimientos que implican a toda la comunidad el momento propicio para la manifestación pública del apego al prójimo. La Feria Real de Algeciras ejemplifica del mejor modo toda esta sabia retahíla antropológica que nos venimos trayendo entre manos.
No habrá refugio a la sombra, ni esquina soleada, ni váter portátil, ni hamburguesería ambulante que le permita escapar, eludir el rito obligado, la convención exigida. Un hombre grande y gordo, apenas afeitado, al cual no desea ni nada bueno ni nada malo, que le resulta absolutamente indiferente, un hombre obeso y, para más señas, calvo, se dirige hacia usted con la misma bestial determinación de un grupo de elefantes en estampida, sonriéndole, advirtiéndole con un burdo lenguaje gestual de sus intenciones, consciente de que la desinhibición propia de estas fiestas le permitirá tomarse ciertas libertades, tales como las de abrazarle, osculearle los pómulos y los carrillos, prenderle de los hombros confianzudamente y, sin respiro, celebrar con escándalo el encuentro, entre millones de microscópicos esputos que, desde dos labios grosezuelos, se proyectan sobre su rostro inerme. “¡Qué me alegro de verte!”, le confesará, perturbado por la emoción, el susodicho. No importa que al entusiasta abrazador de personas le importen un pimiento sus penalidades, que se le dé una higa si usted ha contraído una enfermedad mortal o si, a consecuencia de un cúmulo de sucesos desdichados, se alimenta de pan pringado en el aceite de las sardinas en lata. Su único plan es exhibir su generosidad, desenfado y bonhomía, por lo que, quiéralo o no, acabará por colocarle, con la misma solemnidad con la que se impone la Orden de Isabel la Católica, dos atronadores besos, uno por mejilla.
Yo, personalmente, no frecuento la feria porque detesto que me besen. Puestos a elegir, casi prefiero que un nativo antropófago se me meriende un brazo. Aunque suela presentárseles como gente poco instruida y brutal, los caníbales son criaturas decentes.